Cada semilla lleva en sí misma la potencialidad del árbol

Luis Rivero

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[Qué mejor que presentarse con un cuento]

HAMMAN (EL BAÑO TURCO)

©Luis Rivero #

Mientras Montse me hablaba de su viaje a Estambul, iba despertando en mí un creciente interés lascivo. De entre las maravillas de la capital bizantina, me reseñó con especial entusiasmo su visita al hamman. Me contaba las excelencias de los masajes recibidos de unas señoras con pechos desnudos e inmensos que, sudorosas, refregaban su cuerpo húmedo, en medio de vapores de agua caliente. El relato fue suficientemente sugerente como para encender en mí la chispa de la pasión, que esta vez se me antojaba exótica, lejana y desconocida.

Aquél mismo mes de septiembre partí hacia Estambul, presto a descubrir los misterios de sus calles, sus bazares y sus intimidades más húmedas y ardientes. Paseaba por la vieja Constantinopla para familiarizarme con ella: la avenida de Istiklal, las mezquitas, el Gran Bazar, el Estrecho del Bósforo, el Puente de Gálata… Exploré los territorios más lúgubres y marginales de la gran metrópoli. Hasta que un día me decidí a realizar la visita más ansiada, y descubrir los secretos ocultos del hamman. Yo anhelaba ponerme en manos de aquellas mujeres de frondosos pechos para lim- piar mi cuerpo y relajarme. En tanto, alimentaba mi imaginación con todo tipo de fantasías.

La noche anterior tuve un sueño muy extraño. Me veía a mí mismo en el hamman, en medio de nubes de vapor de agua. Entre la bruma apareció un ángel que salía a recibirme. Cuando me acerqué, observé que tenía unos pechos enormes. El ángel me acogió entre sus senos. Éstos parecían hacerse todavía más grandes; yo me percibía cada vez más pequeño. Hasta quedar reducido a un ser minúsculo e indefenso ante aquel par de mamas gigantescas que amenazaban con aplastarme. Empecé a gritar desesperadamente por liberarme de la presión que ejercían aquellas tetas descomunales sobre mi cuerpo. De ellas comenzaron a manar leche, como una fuente inagotable. El líquido, espeso y blanco, inundaba la cámara. Mostraba dificultad para permanecer en pie sin ser cubierto. Movía los brazos y las piernas para mantenerme a flote, hasta que el nivel del fluido lácteo llegaba casi al techo. Quedaba sólo un reducto de aire en la bóveda. Yo me agitaba con desesperación tratando de seguir flotando y respirar el poco oxígeno que restaba…

Me desperté gritando, empapado en un sudor frío. Todavía con la respiración jadeante, tomé consciencia de que todo había sido un mal sueño. Miré la hora, y quedé pensativo. Me preguntaba si no sería un sueño premonitorio que me advertía de un eventual peligro en mi pro- yectada visita a los baños turcos. Pero a aquellas horas de la madrugada eran más las ganas de seguir durmiendo que enredarme en interpretaciones oníricas. Me di media vuelta y concilié de nuevo el sueño.

A la mañana siguiente, me desperté dispuesto a hacer frente al reto. Mientras desayunaba en la cafetería del hotel, rondaban en mi cabeza algunas de las imágenes del sueño de la noche anterior. Relacionaba aquél episodio nocturno con las sesiones de psicoanálisis. Y me dio por pensar que si la atracción por aquellas mujeres y sus excelencias mamarias no serían más que reminiscencias edípicas del periodo de lactancia en mis primeros años de vida. Como había referido en una de las sesiones con mi psicoanalista, de pequeño era un mamón de campeonato. Y estuve agarrado a los pezones hasta bien pasados los tres años. Según me contaban, no quería despegarme de la teta, y repudiaba cualquier otro alimento si no se me re- compensaba, al menos para el postre, con una generosa ración de leche materna.

Seguí hilvando pensamientos y flashes que me arribaban, como en una de mis sesiones de psicoanálisis. Hasta que me alcé decidido a desvelar aquél enigma que se presentaba en medio de la gran metrópolis. Estaba dispuesto a afrontar la realidad. Quería mirarla a la cara y descubrir si había sido un sueño premonitorio que me alertaba, de una manera rebuscadamente metafórica, de un eventual peligro. O confirmar, acaso, que la fascinación que sentía por las damas turcas del hamman tenía algo de morboso que me portaba a lo más recóndito del complejo edípico. Había decidido que aquella misma tarde iría al hamman y revelar el misterio.

Una lluvia persistente caía sobre la gran Estambul, invitando a refugiarme sin excusas en el hamman. Preferí lo auténtico, y evitar los baños de los hoteles, acondicionados para turistas. Así que me fui a un lugar con solera: el Çemberlitas Hamman, se llamaba. Por entonces, era un lugar exclusivamente para turcos, y algún que otro intrépido turista.

A la entrada, un anciano con bigote y cabello blanco me entregó un par de toallas a cuadros que parecían manteles de cocina para uso cotidiano. Pasé a un vestuario con taquillas viejas y puertas de madera con candados. Me enfajé uno de aquellos manteles a cuadros a la cintura y me calcé unas babuchas rígidas de plástico. Entré chancleteando a aquél lugar húmedo y vaporoso donde se percibía una atmósfera añeja. Atravesé la arcada de la antesala, y un montón de tíos con bigotes negros clavaron sobre mí sus miradas al unísono. Parecían personajes salidos de una novela negra. Mafiosos que se reunían entre vapores para conspirar y tramar fechorías. Aquella escena alimentó mi imaginación. Me desplacé lentamente hasta la pared, como buscando la protección del mármol para cubrir mis espaldas, por temor a que una daga traicionera atravesara mi costado. Después de mirarlos y remirarlos, entre la curiosidad y la desconfianza, me di cuenta de que era gente normal y corriente. Que aprovechaba la tarde del jueves ―víspera del día festivo musulmán― para tomar un baño y relajarse.

Seguí avanzando hacia la sala contigua. Entré en una gran cámara hexagonal de mármol, coronada por una cúpula con óculos en forma de estrellas de ocho puntas. De éstos descendían halos de luz humeantes que se proyectaban sobre el suelo bañado. Caminaba lento, esperando ser recibido por media docena de musas de suculentos senos. Como en un harem de un cuento de Las mil y una noches. Apenas tuve tiempo de saborear aquél instante antes de que mi gozo se precipitara en un pozo…

Sí, serían una media docena, pero de hombres forni- dos con poblados bigotes que esperaban de brazos cru- zados la llegada de algún cliente.

―¡Ostras! ―exclamé medio asustado―. “Esto no es lo que yo esperaba”, pensé, mientras miraba a aquel tipo bigotudo de cien kilos de peso y pelo en el pecho. Parecía más un ex legionario metido a luchador, que un masajista. El forzudo me hizo ademán con la mano, invitando a acomodarme…

Mi amiga Montse, en su desconocimiento, no me lo había advertido. Como mismo en el hamman femenino eran mujeres las que masajeaban, en el hamman masculino tenían que ser hombres. Y no las tetonas que yo esperaba. Porque, además, estábamos en Turquía. (“Por si no te habías enterado, pedazo de ignorante”, pareció recriminarme, con cierto retintín, la voz de mi propia conciencia). Eso sí, los hombres iban a pecho descubierto, y mantel de tela a cuadros fajado a la cintura, como mismo me las había descrito Montse.

Aquél hombre, parecía un “quebrantahuesos”. Me hacía sentar, levantarme o tirarme por el suelo, inmovilizándome con todo tipo de lances como si fuera un yudoca. Hizo crujir todos los huesos de mi cuerpo. Y a ver quién le decía nada a aquél gigante. Yo, intuyendo los beneficios de aquella tortura, decidí resignarme y le dejé hacer su trabajo. Pero en una de éstas, en posición decúbito prono, se puso ―literalmente― de pie sobre mi espalda y comenzó a caminar sobre ella. No pude más que expulsar el aire en una exhalación liberatoria mezcla- da con un grito abortado de ahogo, cuando sentí a aquel “animal” de cien kilos, de pie sobre mi espalda. “Este tío me hace papilla o me destroza una vértebra” ―pensé―. Pero se ve que el turco conocía bien su oficio, y había calculado que mi espalda aguantaba (claro, con veintitan- tos años era otra cosa).

En aquel momento, me vino la imagen del sueño de la noche precedente, en la que me veía aplastado por las tetas de un ángel sexuado. Fue casi la misma sensación de ahogo y opresión que ahora sentía entre los pies del gi- gante y el mármol del pavimento. Luego pensé si el sue- ño había sido premonitorio o liberador de lo que ―al parecer de mi psicoanalista― era una fijación edípica.

Lo cierto es que sobreviví a aquel masaje (por llamarlo de alguna manera). Hasta terminé por cogerle el gusto al hamman, el cual frecuenté a partir de entonces. Y ello, a pesar de mi decepción por la ausencia de las mujeres pechugonas que había creado en mi fantasía. Me convertí en un asiduo del Çemberlitas Hamman, y, como cualquier turco de a pié, iba cada tarde a tomar el baño.

Ya de regreso de mis vacaciones, en la primera sesión que tuve, relaté a mi psicoanalista el extraño sueño de aquella noche en la vieja Constantinopla. No le conté de la motivación de mi viaje por temor a ser tachado de depravado. Pero, no obstante la interpretación que a él le merece, a mí me siguen fascinando esas sinuosas formas femeninas. Yo le digo que para mí es algo normal. Tan natural como mismo todos los turcos llevan bigote.

No puedo evitarlo. Apenas salgo de mi sesión semanal de psicoanálisis, mientras camino por la calle y todavía resuenan en mi mente sus palabras, yo miro siempre de frente. Buscando dos voluminosos senos que se balancean al ritmo del andar de la musa portadora. Lo mío debe de ser una fijación edípica recalcitrante.

¿Y saben lo que les digo? Que me da lo mismo, de algo hay que morir.

[Este cuento pertenece a la colección publicada en el libro Vivir del cuento de Luis Rivero. Editorial Mercurio]

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 Fotografía by Paolo Caporossi