Puede que no esté de acuerdo con lo que tiene que decir, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo

Voltaire

Inicio: Historia de una infamia.

Hace ya dos años que desapareció viejo roble del parque de la Biblioteca Pietro Ceretti de Intra. La tromba de viento y agua que sacudió la ribera del lago en 2012 lo dejó maltrecho. Presentaba mutilaciones varias en sus ramas, pero restó erguido y bien enraizado. Inhiesto, sobrevivió a aquel terrible temporal. Pasaron meses y allí seguía el pobrecillo, con las heridas visibles todavía. Muchos apostamos por que se repondría de aquel trauma. Pero alguien con autoridad atribuida pensó que era mejor eliminarlo. Una mañana, un ejército de operarios armados con sierras le amputaron brazos y tronco en desprecio de su vida. El árbol vetusto calló al suelo y ya no volvieron a reverdecer sus ramas. Ignoro cuantos años vivió el quercus, pero debió ser entorno al centenar; a juzgar por los anillos de su tronco que revelaban la alternancia de años fértiles y lluviosos con estaciones más frías y secas. Todas dejaron su huella en el grosor de sus cortezas. Como las velas de una tarta de cumpleaños guardadas en una caja de cartón en el armario. Confieso que sentí desprecio por nuestra especie cuando supe del sacrificio de aquel ser extraordinario. Cuántas veces debió testimoniar los flirteos entre jóvenes amantes o los juegos de los chiquillos a su alrededor. Cuántos cuerpos cansados se apoyaron a reposar en su tronco. Cuántos perros, con despectiva ingenuidad, dejarían su impronta amoniacal. Supongo que si hubiera estado dotado con el don de la palabra escrita, su memoria llenaría enteros archivos. No supe identificar la mano ejecutora del arboricidio. Tampoco pregunté a sueldo de quién laboraron los sicarios. Preferí no indagar sobre ello. Antes de que se perpetrara la infamia, tuve la ocasión de retratarme a los pies del gigante. Son las únicas fotografías que guardo de mi longevo amigo. Del que recuerdo reposar a su sombra en los veranos calurosos. Recostarme en su costado durante la pausa posmeridiana de después del almuerzo. Y hasta una vez, en la soledad del parque, me abracé a su tronco para sentir el palpitar de la tierra. Mi amigo ya no está, ni siquiera procuraron suplantar su ausencia. Nadie pareció protestar por ello, ninguno dijo nada. Sorprende a veces como claudicamos ante la ignominia. Con él, un pedazo de historia de esta ciudad ribereña del lago acabó siendo pasto de las llamas en alguna estufa doméstica. Quería sólo contar esta pequeña historia de una infamia en recuerdo y respeto de quien me brindó siempre generoso su sombra. Que es también la historia de todas las infamias que alevosas se cometen diariamente.

 Fotografía by Paolo Caporossi