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Sobre Historias sefardíes, Radio Sefarad dedica en la sección SEFER: DE LIBROS Y AUTORES – La muy personal conexión de Luis Rivero con el mundo sefardí y judío en general llevó a este exabogado, escritor, articulista y traductor a gestar los 13 relatos que componen Historias sefardíes.
Judíos e historias judías situados por Rivero en diferentes escenarios y contextos históricos, en un ejercicio literario destacable y en ocasiones realmente conmovedor.

Entrevista en La Provincia de lunes 7 de mayo 2018
Entrevista | Luis Rivero
La historia de un pueblo en la diáspora solo puede escribirse desde el exilio”
“Lo que nos hace semejantes son los sentimientos y las actitudes fundamentales de los seres humanos que las integran, que es lo que nos hace humanos” destacó el escritor

Nora Navarro 07.05.2018 |
“La historia de un pueblo en la diáspora solo puede escribirse desde el exilio”
“La historia de un pueblo en la diáspora solo puede escribirse desde el exilio”
El escritor, traductor y articulista grancanario Luis Rivero, colaborador habitual de LA PROVINCIA/DLP, publica el libro ‘Historias sefardíes’ (Mercurio Editorial, 2017), en el que reúne un total de 13 relatos que brindan “una visión ficcionada del mundo sefardí” y a los que, pese a su situación en contextos histórico-temporales, localización geográfica y escenarios narrativos tan dispares como sus personajes y protagonistas, subyace “la existencia de un nexo sefardizante entre ellos”.
¿Cómo nace su interés por el mundo sefardí?

La cultura sefardí es parte fundamental en la genealogía e historia de las distintas comunidades de la Península, pero también tuvo una presencia significativa en Canarias, si bien poco conocida, cuando no ignorada absolutamente. Desde hace muchos años, el “mundo judío” ha suscitado mi interés y, en particular, llamó poderosamente mi atención esta “rareza” histórica que son los judíos de Sefarad, que era como se conocía desde la Antigüedad al territorio de la península ibérica. El origen supuesto de este pueblo que se asentó con vocación de permanencia y convivió pacífica y ejemplarmente durante siglos con cristianos y musulmanes, apuntan algunos historiadores a que se trataba de aquellos exiliados de Palestina durante la dominación romana; hay quienes hablan de una de las tribus perdidas de Israel. Pero en un momento de la historia, es condenado de nuevo al exilio. Los sefardíes definen su existencia por ser “la diáspora de la diáspora”. Lo más fascinante es cómo este pueblo ha sido capaz de sobrevivir disperso por el mundo, adaptarse a los distintos lugares de acogida y preservar su lengua y su cultura durante siglos.

¿Cómo documentó los hechos, costumbres y testimonios que trazan esta cosmovisión de la cultura sefardí?

Sin premeditación, podríamos decir. El estudio y lectura de estos temas, movido, no por la idea de escribir, sino por la pura curiosidad, han ido conformando con los años una “memoria documental”, que me ha familiarizado con todo ese imaginario doméstico, ritualista, folclórico, litúrgico o léxico. Cuando pensé en escribir sobre los sefardíes, se trataba de un ensayo que resumiera las conclusiones a las que había llegado tras meses de investigación de lo que iba a ser el tema de mi tesis doctoral: “la condición de sefardí como presupuesto para la adquisición de la nacionalidad española”. Pretendía ser un estudio que intentara determinar el concepto de lo sefardí desde el punto de vista jurídico, pero desde una perspectiva multidisciplinar. Lo que era bastante ambicioso, pero sugestivo. Luego -como siempre, sin pensarlo- surge la ficción, en la que te mueves con mayor libertad porque no debes ser fiel a la realidad de los hechos, sino que la construyes sobre estos.

¿Por qué quiso deslocalizar y jugar con los marcos temporales y geográficos en que se desarrollan los distintos relatos?

Quizás porque la historia de un pueblo en la diáspora solo puede escribirse desde el exilio. La respuesta a su pregunta es la conclusión a la que llega uno de mis personajes, el nieto de Ezequiel Caro, que ahora hago mía. No podía ser de otra manera. Narrador y personajes se sitúan en distintos momentos históricos y lugares de la geografía de esa diáspora: Lisboa, Canarias, Estrasburgo, Zúrich, Tesalónica, Amberes, Reikiavik, Estambul, Toledo, París, Tel Aviv, Maracaibo, Nueva Jersey, Nueva Orleans, Brooklyn, Madrid, Buenos Aires, Barcelona? Estos marcos geográficos y temporales pueden parecer caprichosos, pero creo que son necesarios. Quizás por romper la disciplina que fija el propio concepto lineal de lo temporal.

¿En qué medida se inspiran sus personajes y anécdotas en vivencias reales o biográficas?

Creo que la historia real no se escribe con una mayúscula académica, no está hecha de fechas memorables ni de hazañas de personajes célebres. La verdadera historia está hecha de infrahistorias. Son la memoria y los testimonios de seres anónimos o desconocidos sobre los que se escribe la historia real. Los relatos ofrecen una visión ficcionada de ese universo sefardí. Alguna anécdota se extrapola de la realidad para ser libremente ficcionada, unido a retales de memoria dispersa, pero recurrentes. Me he permitido incluso un par de bromas a algún que otro amigo a los que he inmortalizado como personajes, dotándoles de un rol de antihéroe con notas de comicidad pero a partir de sucesos o anécdotas reales. En ocasiones sigo optando por la voz narrativa en primera persona, que dota al relato de mayor verosimilitud y crea empatía con el personaje, que hace que el lector reste en la duda de si lo que está leyendo sucedió realmente o es pura invención.

¿Cuál es el sentimiento unificador que comparten los personajes de Historias sefardíes ?

El nexo principal que aparece como conector de tramas y común a todas las historias es un elemento sefardizante. Casi siempre se trata de sujetos así identificados como miembros de una comunidad, tradición o cultura; o los propios elementos que conforman ese imaginario colectivo. También de quienes han perdido esas señas identitarias, o los descendientes de los que renunciaron a su credo con tal de permanecer en su patria.

¿Este proyecto literario nace también con vocación de reivindicar el pasado de los descendientes judíos en la Península ibérica? ¿La ficción literaria es un arma contra el olvido?

Ficcionar, pensar, escribir, contar, leer son medios para recordar. Si no son un arma, sí es la mejor medicina contra la desmemoria. Cuando el recuerdo se pierde o no es identificable porque se ignora, es como si no existiera. El olvido es siempre contingente. Puede perpetuarse hasta que por generación espontánea es reivindicado por alguien que rescata el recuerdo y recupera la memoria. Esta es la historia de muchos criptosefardíes y anusim desmemoriados, de los descendientes de judíos conversos o cristianos nuevos que ignoran esta pertenencia. Por ejemplo, usted y yo estamos hablando aquí, ahora, y seguramente ignoramos que nuestros apellidos pueden tener orígenes judeoconversos; al menos, eso es lo que parece deducirse de crónicas de la época o actas de la inquisición. Podemos ser parte de esos desmemoriados que desconocen sus orígenes. Si la gente indagara al respecto, se llevaría más de una sorpresa. Es de reseñar una iniciativa colectiva reciente en reivindicación de esa memoria, que es la Academia Nacional de Judeoespañol dentro de las Asociación de Academias de Lengua Española.

Las escenas cotidianas de Historias sefardíes recogen el sentir de una sociedad a través de escenas trazadas con lirismo y humor, en la estela de García Márquez o Rulfo, ¿qué influencias literarias impregnan sus relatos?

Creo que no le corresponde al autor advertir las influencias, sino a los lectores críticos. Es un hecho que uno se nutre también de lo que lee, que los sedimentos narrativos se van “empozando” y depositando a niveles sutiles y terminan – selectivamente- impregnando la creación propia. Pero en cualquier caso se me hace muy difícil esa labor autocrítica de desentrañar tales influjos en un texto propio. Lo único que puedo decir es que, si hay un autor de culto por el que profeso una admiración cercana a la devoción, ese es Borges.

¿Las reflexiones que subyacen a las 13 historias sugieren que, al final, las sociedades se parecen entre sí y es más lo que nos une que lo que nos separa?

En cierto modo, sí. Pero hay que estar atentos a las conclusiones que se sacan de ello. ¿Nos parecemos? Sí, pero no somos iguales; el mundo no es “una aldea global”, como machaconamente se repite. Esto no es más que una premisa ideológica que se alinea con el pensamiento único o mainstream para justificar otras cosas. Lo grande de la especie humana es su “pluriculturalidad”, si se me permite el palabro. Lo diverso es lo que nos hace atractivos para los otro, pero las sociedades son sustancialmente distintas -afortunadamente, diría: ¡qué aburrido sería si fuéramos todos iguales!-. Lo que nos hace semejantes son los sentimientos y las actitudes fundamentales de los seres humanos que las integran, que es lo que nos hace humanos.

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