Cuatro ojos ven más que dos

Luis Rivero . Suplemento de Cultura La Provincia DLP

Aunque se trata de una frase aforística del refranero popular castellano su uso se encuentra muy extendido en las islas. El origen de este refrán parece remontarse a la máxima latina: «Nonne plura quatuor oculi vident quam duo?», y otros registros antiguos similares. Su carácter universal queda patente con la traslación y presencia en otras lenguas: «Quattro occhi vedono più di due» (italiano); «Quatre yeux voient mieux que deux» (francés); «Quatro olhos vêem mais (do) que dois» (portugués) o en inglés: «Four eyes see more than two».  En Castilla el refrán se difundió en el pasado fundamentalmente en dos versiones. La más antigua data de la segunda mitad del siglo XV y pervivía aún en el siglo XVI: «Más ven dos ojos que uno». Una segunda versión que ha llegado hasta nuestros días es: «Más veen quatro ojos que no dos». Esta es la forma que pervivió en los siglos XVI y XVII: «Más ven cuatro ojos que dos». La versión más escuchada en las islas es «cuatro ojos ven más que dos», además de ser la forma usual en buena parte del español de América: Colombia, Cuba, Puerto Rico, República Dominicana…

Puede emplearse en un sentido recto como frase comparativa simple que hace notar la mayor precisión y amplitud del campo de visión que abarca la doble mirada «estereoscópica» frente a la simple. En sentido figurado o traslaticio se usa para advertir de la conveniencia de consultar más de una opinión antes de adoptar una decisión de cierta importancia.      

Indagando en los aspectos subliminales que se alojan en el lenguaje y su simbología, los ojos vienen asociados en la mitología a distintos símbolos de valor similar. Dentro del simbolismo general, al dios Saturno (Cronos) se le representaba con cuatro ojos, dos en la cara, hacia adelante, y dos detrás de la cabeza. Símbolo de simultaneidad del presente que se sitúa entre el pasado y el futuro. Significando, quizá,  la visión testimonial del paso inexorable del tiempo como “devorador” de seres vivos.  Por su parte, en algunas culturas antiguas la representación de la mano sobre los ojos simboliza la clarividencia en el instante de la muerte. Lo que va más allá de la visión física propiamente dicha, indicando una percepción extrasensorial. En la mitología griega,  Argos Panoptes  era un gigante con mil ojos, perspicaz y eficaz guardián, pues se dice que solo algunos de sus ojos “dormían” en cada momento, mientras los demás permanecían “despiertos”. En la tradición judeocristiana –en el libro del Génesis– la serpiente advierte a la mujer que si comen el fruto del árbol prohibido «se les abrirán los ojos, […] y serán como Dios en el conocimiento del bien y el mal». Intuyéndose la visión como fuente de «conocimiento». 

Los ojos guardan, pues, tanto una relación simbólica con la propia capacidad sensorial de la vista, como con una visión más amplia ligada a la perspicacia, al conocimiento, incluso a la clarividencia y la facultad extrasensorial.

En expresiones comunes se recurre a la imagen metafórica de los ojos como símbolo de perspicacia, «tener buen ojo» para algo; de atención o advertencia a estar vigilantes: «tener los ojos bien abiertos».

 En el español de Canarias, una expresión afín es «abre el ojo y esparrama la vista» que se dice a modo de advertencia, de estar atentos o tener mucho cuidado frente a un eventual situación o suceso adverso que pueda darse. A veces se pronuncia incluso en tono amenazante o sentido admonitorio –con valor similar a «ándese con ojo»– para advertir a alguien de que tenga cuidado, de «no pasarse de la raya». 

Así pues este dicho aforístico antiguo y universal posee una forma singular en el español de Canarias: «cuatro ojos ven más que dos». Se usa habitualmente para justificar o fundar una decisión –o la conveniencia– de consultar varios pareceres (de sólito, de especialistas en la materia en cuestión) para reforzar así –desde una perspectiva «probabilista»–  el acierto del pronóstico, solución o diagnóstico. La posición que fundamenta este proceder se basa en la idea de que es más probable acertar o estar seguros de algo cuando coinciden los criterios de más de una persona experta o entendida en la materia: entre más «ojos», más personas, lo vean, «más puntos de vista» se tienen, y, supuestamente, menos probabilidades habrá de equivocarse.  

¡Estoy envenena(d)o!

Luis Rivero en Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

Estar alguien «envenenado» es estar muy enfadado, colérico o amargado. En ocasiones se rumorea en ausencia del sujeto: «¡Chacho, está envenena(d)o!», o a menudo se usa como frase autoreferencial: «¡Estoy envenena(d)o!»; en este supuesto equivale a una exclamación de lamento que escapa a modo de desahogo y sustituye al saludo, en cuanto que es lo primero que se pronuncia en el encuentro con alguien de confianza, seguido de una retahíla de quejidos que justifican el solemne cabreo.

Los antecedentes de la expresión hay que buscarlos –seguramente– en la teoría humoral, base del pensamiento galenista, que fue el fundamento de la medicina desde la Antigua Grecia hasta los siglos XVI y XVII. Progresivamente, esta concepción de la ciencia médica fue sustituida por otros criterios «más modernos». Antiguamente se creía que el cuerpo humano estaba compuesto por una serie de «humores», y que la presencia predominante de cada uno de ellos se relacionaba con un determinado carácter en las personas a partir de los cuales se construyen ciertos temperamentos y tipos psicosomáticos: melancólico, bilioso,flemático, colérico…. Si bien las doctrinas humorales de los antiguos así lo entendían, la moderna ciencia –al menos buena parte de ella– ha abandonado estas teorías. Sin embargo, el saber popular, que no conoce más academias que la vida misma, sigue confiando en ellas y las sigue recordando –consciente o inconscientemente– a través de multitud de locuciones y refranes. 

La presencia del galenismo en el lenguaje es patente en expresiones comunes que pronunciamos a diario casi sin caer en la cuenta. El término «humor»  –por ejemplo– continúa empleándose para definir el estado anímico de una persona: «estar de mal humor»; o asociado a estados de gracia e hilaridad: «tener un buen sentido del humor»; o incluso como sinónimo de humorismo o comicidad. Asociaciones semánticas todas ellas que traen origen en las antiguas teorías humorales.

La doctrina galénica localiza cada humor en un determinado órgano del cuerpo. Uno de estos humores es la bilis amarilla que tiene sede en el hígado y se manifiesta singularmente en las personas coléricas o de temperamento bilioso. Esta idea explica que en  la cultura occidental el hígado sea el órgano asociado a la cólera y la bilis a la hostilidad, lo que lo relaciona con el sabor amargo (de la bilis). De hecho la voz “bilis” es también sinónimo de ‘cólera’ e ‘irritabilidad’. 

 Y siendo el hígado sede del humor bilis y “productor” de la actitud iracunda o de la rabia, esta produce la secreción de la «hiel», otro sinónimo de bilis. Recurriendo de nuevo a los retazos del pensamiento galénico en el lenguaje común, se dice:  «echar bilis», «ponerse verde de envidia» o «escupir veneno y bilis». Todas ellas expresiones que tienen que ver con el sentimiento de ira.

Siguiendo las trazas del lenguaje, observamos que en la Antigüedad se llegó a relacionar la hiel  con lo amargo o venenoso. Con ese significado viene usada en varios pasajes de la Biblia (tanto en el A.T. como en el N.T.). La voz griega para designar la hiel es cholé (raíz de la palabra cólera) y es usada en Hch 8:23 («porque veo que eres un veneno amargo») o Mt 27:34 («vino mezclado con hiel»), la misma que aparece en la Septuaginta en Salmo 69:21 («por alimento me dieron veneno»).

Por su parte, en hebreo bíblico, la polisemia de la palabra rohsch(:hiel)puede referirse a una ‘planta amarga y venenosa’ (Lam 3:5, 19); a ‘un veneno o ponzoña’ (Dt 32:33); o cuando se usa relacionado con el agua, ‘agua venenosa/envenenada’ (Jer 8:14), entre otros significados.

Al hilo de esta lectura simbólica que relaciona órganos corporales y funciones fisiológica con sentimientos y emociones, puede entenderse mejor que cuando alguien tiene un disgusto se lamente diciendo: «estoy amargado» o «me tiene amargado». Si el individuo no es capaz vencer ese furor y transmutarlo en agresión (aunque sea en el buen sentido de la palabra) «se tragará la bilis», su agresividad y «su amargura» que tarde o temprano somatizarán en el estómago produciendo ácidos que se comportan como un auténtico «veneno» y hará muy difícil digerir “lo queno le gusta”: “el disgusto“.

Más allá de que a veces pueda parecer simplemente un modo exagerado de expresar un cabreo (que bien podría sustituirse por el «estar caliente como un macho»), existe un sentido profundo en la frase: «¡Estoy envenena(d)o!». En la que la fuerza del psicolenguaje queda patente, al igual que ocurre en otras expresiones afines y usuales en el español de Canarias, como: «tenerle (a alguien) la sangre condenada» (darle un disgusto o provocarle un enfado hasta la exasperación) o «amargar (a alguien) la existencia», contenedores de esa sabiduría ancestral que se transmite subliminalmente a través del lenguaje. 

¡Aquí no vamos a vivir!

Luis Rivero Suplemento Cultura La Provincia/DLP

Me sucedió precisamente hace unos días, mientras intentaba hacerme hueco en la barra de un bar para almorzar y le pregunté  a una señora si no tenía inconveniente en que me sentara a su lado, consciente de la estrechez del sitio y de la incomodidad que podía suponer. Me sorprendió con una respuesta que hacía años que no escuchaba: «Sí, mi niño… Total, aquí no vamos a vivir». Y tomé nota de la frase para incorporar este viejo uso a mi repertorio de «canarismos» que a ahora paso a comentar. 

En efecto, la frase se emplea en situaciones en la que se está en un lugar hacinado, donde no se dispone de espacio suficiente para estar sentado cómodamente o en el que hay que permanecer en pie. En general también se echa mano de ella para referirse a cualquier situación de incomodidad pasajera que podamos atravesar (como por ejemplo: tener que convertir el sofá en cama improvisada ante la visita de un huésped inesperado); y así mitigar las molestias que puedan suponer y restarles importancia, dando a entender que se trata de una  dificultad momentánea. Aceptando la situación de buen grado, a sabiendas de que no va a ser duradera, de que se trata de una circunstancia transitoria. 

En la construcción de esta frase de enunciado negativo («aquí no vamos a vivir») se recurre a la expresión “vivir” con el valor de ‘habitar’ o ‘morar en un lugar’, esto es, permanecer con cierta estabilidad. Lo que trasmite una imagen de permanencia. Permanecer es estar en algún sitio durante cierto tiempo; implica la noción de duración, perseverancia, estabilidad…Y es esta vocación de permanencia que niega la expresión la que la dota precisamente de cierta carga de transcendencia. A través de este efecto hiperbólico parece “buscarse” evocar una situación que bascula entre la idea de permanencia/no permanencia. El recurso a un lenguaje más bien suntuoso para la simplicidad de la situación a la que se refiere rememora en el oyente la percepción de intrascendencia: “aquí no vamos a permanecer durante toda la vida ni si quiera durante mucho tiempo. Esto es una situación pasajera”. Lo que –sin quererlo– sugiere una imagen casi de magnitud filosófica, se podría decir. Aunque se trate más bien un modelo discursivo que a través de la exageración intenta de poner énfasis en lo pasajero de la situación referida. 

La frase contiene resonancias que nos recuerdan algunas doctrinas orientales en las que se recurre a menudo al concepto de la “impermanencia”. Un vocablo poco recurrente en la lengua española –y en Occidente en general–  hasta el punto de que no existe en el Diccionario, pero que puede ser intercambiable con los conceptos de ‘algo de naturaleza efímera’, ‘la precariedad’, ‘la transitoriedad’, etc. Más sugerentes son ciertas expresiones de calado que, a diferencia de la frase comentada, contiene elementos discursivos que sí parecen guardar una clara relación con la mentalidad y creencias presentes en la comunidad hablante. Son los casos de locuciones como: «Aquí estamos de paso» (en esta vida estamos de paso), que denota la idea de precariedad, de transitoriedad; u otras de aire –quizás– más festivo como: «total, son dos días» (lo que vamos a vivir), que indica lo efímero de nuestra existencia terrena e implícitamente sugiere el que hay que aprovecharla; o entre las que forman parte de la tradición judeocristiana, otra más solemnes que dejan entrever la misma idea de «no permanencia», es el caso de la máxima bíblica que todavía reza en el frontón de algunos cementerios: Pulvis es et pulverem reverteris («polvo eres y al polvo retornarás») que a modo de sentencia pende como un memento que nos recuerda la «impermanencia» cada vez que visitamos el campo santo. Pero el «total, aquí no vamos a vivir», no deja de ser un exceso en la expresión que con cierto gracejo alienta a afrontar una dificultad leve y pasajera, distendiendo los ánimos y restándole importancia a la misma. 

Molino parado no paga la maquila

‘Maquila’ es un arcaísmo castellano de origen árabe (makíla,  de la raíz k-y-l: ‘medir’, ‘cosa medida’). Se refiere a la porción de grano molido con la que se queda el molinero en pago de su trabajo (DRAE: ‘porción de grano, harina o aceite que corresponde al molinero por la molienda’, en el español de Canarias hace referencia generalmente al gofio). Eldicho“molino parado no paga la maquila” viene a decir en sentido figurado que la inactividad nunca produce beneficios. Es sinónima de aquellas otras que dicen: “molino parado no muele gofio” o “barco varado no gana flete” (que ya hemos comentado en estas páginas). Las dos primeras de inspiración en el mundo rural, frente a esta última que se construye sobre una alegoría de ambiente marinero o portuario.

En cuanto a la etimología del vocablo“maquila”, su origen árabe-hispánico está en consonancia con buena parte de las voces concernientes a la arquitectura (ejemplo: albañilería), ingeniería hidráulica (ej.: tarjea o atarjea: acequia) y las distintas artes y técnicas aplicadas a la industria de producción y transformación agraria (ej.: tahona o atahona: molino). Hemos citado aposta dos canarismos (tarjeaytahona) como ejemplos de vocablos que confrecuencia se tiende a identificar, erróneamente, como indigenismos (“guanchimos”); sin embargo, como mismo sucede con la voz “maquila”, entre otras, se trata de arabismos introducidos indirectamente del castellano antiguo al español de Canarias (donde han buscado acomodo, a menudo como andalucismos o portuguesismos).  

El dicho “molino parado no paga la maquila” nos traslada a una época antigua en la que el true que era un sistema de intercambio bastante común, lo que nos sitúa en los albores de la economía monetaria, o en un estadio de ésta en los que la moneda tiene una presencia marginal. Se identifica aveces con épocas de carestía, aunque no siempre fue así.  Un ejemplo de economía de trueque puede verse en una práctica de mediados del siglo XIX en las islas, durante los años de esplendor del cultivo y exportación de la cochinilla.  Un periodo en el que el valor que alcanzó este preciado producto en los mercados europeos lo llevó a convertirse en una especie de patrón monetario. Llegándose a adoptar en ocasiones como“moneda corriente” en el comercio local. Pero hubo un tiempo en el que, recogida la cosecha de cereales (millo, cebada, trigo, etc.), se desgranaba, o se trillaba, se aventaba para después tostar y llevar el grano al molino para hacer gofio. En los años de escases, como fueron los periodos de guerra y posguerra, la insuficiencia de dinero en circulación propiciaba el intercambio igualitario subjetivo –que se diría en términos de teoría económica–del trabajo del molinero por una porción del cereal molido. Para moler el millo se recurría en un principio a los molinos a mano hasta llegar a artilugios con técnicas más sofisticada, como las tahonas atahonas [en Canarias se dice a los molinos movidos por tracción animal; en algunos lugares se le llama así al molino de mano, pronunciado a veces: tajona, e incluso se hace extensivo al molino de viento], los molinos de viento, de agua y más modernamente, los detracción mecánica, alimentados por combustible o electricidad. Las formas de pago al molinero podían ser en dinero o con las “maquilas”, que era –como hemos dicho–  la medida de gofio en compensación a la molienda. Las maquilas tenían una equivalencia en kilos, pero  variaba de un lugar a otro.

Y apropósito de ‘atahonas’ y ‘maquilas’, una expresión castellana antigua, antónima a la comentada, dice: “como mula de atahona”. Viene citada por Cervantes –entre otros autores–  en una de sus obras (El coloquio de los perros), y es un símil para significar: ‘dar vueltas ininterrumpidamente’. [Covarrubias registra atahona como el oficio u ocupación monótono, pesado y repetitivo, como la bestia del atahona que da vueltas sin parar].  Pero laexpresión aforística “molino parado no paga la maquila”, recurriendo también a elementos del imaginario rural de una época, se expresa como sentencia en la que, indirectamente, alude y elogia la diligencia y el trabajo del hombre del campo, frente a la pasividad y la pereza. 

Darle a la picareta

Luis Rivero en Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP sábado 14.09.2019//

Las locuciones verbales «darle a la picareta» o «gustarle (a alguien) el darle la picareta» serían sinónimas de la expresión castellana «empinar el codo», esto es, ‘beber’ o ‘tomar’ (que aquí es referido a bebidas alcohólicas) , generalmente en exceso; o lo que es lo mismo: se dice de alguien a quien «le gustan las copas», por no decir, que tiene fama de “borrachín”. 

Expresiones idiomáticas y metáforas están íntimamente ligadas a la cultura. En la construcción metafórica, en el español de Canarias, se busca a menudo el elemento de cercanía con la realidad como prepuesto identitario. Así se suele echar mano a objetos que forman parte del imaginario. Y entre estas categorías están los utensilios de la casa, instrumentos de labranza o de trabajo en general (sacho, guataca, martillo, clavos, picareta, cucharilla, cuchara, talla, jarro, tiesto, plato, fonil,                                                                                                                                                                            garrafón…). Esto ha dado lugar a un gran número de símiles o comparaciones ingeniosas y metáforas más o menos pintorescas. Son ejemplos: «jalar por (el) sacho», locución que expresa trabajar duro para ganarse el sustento; «ser más bruto que un arado», para referirse a una persona de modales rudos; «la tacha que sobresale se lleva el primer martillazo», aforismo que proclama que en determinadas circunstancias las personas sobresalientes suelen ser objeto de ataques; «para una talla vieja nunca falta una jarro sin asa», dicho que expresa que cualquiera que sea la condición de una persona, siempre encuentra su par; «comer como un serrucho o como una lima», para expresar apetito voraz; «echarse fuera del plato» o «mearse fuera del tiesto» para reprochar comportamientos excesivos o impertinentes; «estar gordo como una pipa», frase comparativa que se dice de una persona obesa; o la aquí comentada:  «Darle a la picareta». ‘Picareta’ se le llama en el español de Canarias a la herramienta de albañiles y labrantes que, utilizada con una sola mano, sirve para labrar cantos o rebajar paredes, suelos u otras superficies de especial dureza. 

El gesto de doblar el brazo (para «empinar el codo» o «echarse un tanganazo» de ron o de vino) recuerda a cuando se trabaja con la picareta en una obra.  Sobre esta semejanza se construye una metáfora hiperbólica que compara este movimiento persistente con el acto de beber compulsivamente. Es lo que explica la asociación alegórica entre «darle a la picareta» con beber, y por ende, «gustarle a alguien la picareta» como sinónimo de “gustarle” mucho la bebida.

A diferencia de otras construcciones metafóricas, en este tipo de expresiones relacionadas con determinadas conductas socialmente reprobables, pero toleradas en la sociedad isleña, se observa la presencia de un elemento caricaturesco. Es el caso de las borracheras, incluso cuando estas puede ser manifestación de dependencias severas, convirtiéndose en adicción al alcohol. Frente a la imagen del «borrachín», más que un reproche formal (del tipo: «si no sabes beber, lo dejas en la botella» y otros similares), las creaciones lingüísticas reflejan la mofa y el escarnio ante tales conductas. Buena prueba de ello son las ocurrencias graciosas o chistes de borrachos (como señas de humor e ironía) y el gran número de sinónimos en tono de chanza que existen en el español de Canarias para nombrar las borracheras,  o los verbos beber o  emborracharse. Veamos algunas de estas construcciones. Para definir los estados de embriaguez en sus distintos grados: «parecer un barco con marejada» que se dice en tono irónico de alguien que va borracho y tambaleándose o «dando tumbos» mientras camina; «salir con el rabo tieso», salir del bar entonado después de haber bebido; «estar afinado como un piano», estar muy borracho; «estar templado como un piojo/o como una pipa»; «estar borracho como una cuba»; o «estar templado como un requinto». Sinónimos del verbo emborracharse son: cargarse, empitonarse, empedarse, templarse, enronarse, enchisparse, etc. Como sinónimos de borrachera se usan: tranca, mamada, mamadera, pedo, chispa, jumaza, jumacera, cebollón, jartera, torta, mazurca, templadera… Algunas hipérboles que definen el hábito inmoderado de beber: «beber como un garrafón»; «beber como un fonil»; «beber como un tanque»; o «haber bebido más ron que un burro agua»…

Todas estas expresiones parecen ironizar y restar importancia a un comportamiento potencialmente pernicioso, y por tanto censurable,  que en la cultura insular se advierte de manera trivial casi como un vicio menor que es tratado con burla o con donaire. O viene subliminalmente soterrado y observado con ligereza y benevolencia a través de las comparaciones en tono humorístico que se escuchan respecto a este hábito, cuando no se celebran con jocosidad. Como aquella ocurrencia chistosa que se escucha en ambientes varoniles de uno que ve a un hombre con una “tranca” de cuidado, y va y le dice con ironía: «¡Bonita la lleva, amigo!» … A lo que responde el borrachín: «Y ya ve, a mi muje(r) no le gusta». 

Otros modos de hablar con números (y IV)

Luis Rivero en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP del sábado 7 septiembre 2019.

Como hemos visto, abundan en Canarias los usos “numéricos” o expresiones de cantidad para formular ideas y conceptos que poco o nada tienen que ver con los números, al menos aparentemente. En ocasiones se recurre al símil aritmético o a una unidad monetaria para la construcción del aforismo. Buena parte de estos dichos y modismos son de uso general en el español, frente a otros más genuinos o exclusivos del español de Canarias. 

Entre estas metáforas “aritméticas” o “pecuniarias” propias de las islas tenemos la que dice: «Siempre (le) falta una peseta pa(ra) (e)l duro», que se predica de alguien mezquino o tacaño, que no escatima ocasión para racanear a la hora de pagar la cuenta o deja siempre a deber algo; del que tiene fama de roñoso. No obstante, a veces se usa –así lo hemos escuchado en alguna ocasión– con valor objetivo («siempre falta una peseta para el duro»), para lamentarse ante alguna obra o reparación en la que nos quedamos cortos en la medida, cantidad o proporción necesaria para concluirla satisfactoriamente. Similar resulta la expresión «querer hacer de cuatro pesetas un duro» que se emplea para referirse a alguien austero y agarrado en el sentido de ser excesivamente ahorrador (alguien que «gasta menos que un ruso en catecismos»). Echando mano al mismo símil monetario de las anteriores, aunque apartándose del significado de aquellas,  encontramos este registro que advierte que «nadie da duros a cuatro pesetas». Se trata de un dicho  que sugiere al crédulo de ser prudente ante los actos de aparente liberalidad, pues las cosas no son gratuitas y nadie da nada a cambio de nada. 

Entre las expresiones arcaicas de origen castellano que recurren a un numeral “pecuniario” como metáfora localizamos varias que, no obstante su origen, han encontrado fácil acomodo entre los hablantes isleños, hasta el punto de que hoy gozan de una fuerte implantación en nuestra habla. Es el caso de la exclamación: «¡Ni qué ocho cuartos!». Con la que se expresa disconformidad con lo que alguien dice. Sus orígenes parecen remontarse al siglo XVIII (en que aparecen los primeros registros documentados de la expresión), periodo este en el que existía el realillo de a cuatro cuartos de peseta, moneda de curso legal a la sazón. Se cuenta que en épocas de carestía las exigencias de la población provocaba la subida de precios de los alimentos de primera necesidad de manera desproporcionada. Hubo periodos en los que la hogaza de pan, de cuatro cuartos podía pasar a costar hasta diez cuartos. Esta situación debió provocar airadas protestas en los mercados, hornos y ventas a la hora de comprar. De modo que cuando se escuchaba el precio de la mercadería, con sorpresa y desdén se mostraba la disconformidad con lo que costaba. De ahí parece haber surgido la exclamación: «¡Ni qué ocho cuartos!». Difundiéndose hasta llegar a nuestros días para enfatizar el desacuerdo o manifestar disconformidad con lo que previamente se ha dicho: «¡Qué […] ni qué ocho cuartos!».

«De tres al cuarto» es otra locución adjetiva que guarda relación en su origen con la moneda de curso legal en aquel tiempo. Con ella se hacía referencia en los mercados al género de poca calidad o de escaso valor (“me da de esos, de tres a un cuarto”; hoy se diría en baratillos o mercadillos algo parecido: “de tres a un euro”). De ahí la frase pasó a usarse para designar la escasa calidad o valía de algún producto o de cualquier otra cosa, o despectivamente,  referido a una persona, a alguien “de poco monta”, de poca importancia (en tales casos acompañado de sólito de la profesión, ocupación u oficio del sujeto). 

           Asimismo, en el ámbito isleño, se puede escuchar todavía la exclamación: «¡Qué tres patas para un banco!». Se trata de una frase de aire jocoso y festivo que alguien de confianza dirige a un grupo de tres personas que permanecen ociosas, es decir, «sin dar un palo al agua». El número tres tiene aquí un carácter meramente cuantificador para indicar el número de personas a las que se dirige (como sucede con la exclamación ya comentada: «¡Qué dos cabezas para un caldo de pescado!»), o puede deberse a una deformación por imitación de la expresión sinónima: «¡Qué tres teniques para un fogal!» (y que también hemos comentado en estas páginas), que, oportunamente, se adecua al número de personas a las que se refiere. De lo contrario no parece tener mucho sentido, pues los bancos suelen tener cuatro patas de apoyo y no tres. Como mismo sucede con los gatos…  

Otros modos de hablar con números (III)

Luis Rivero, en suplemento de Cultura de La Provincia/DLP , sábado 30 septiembre 2019.

Entre las «expresiones numéricas» usuales  del español de Canarias, se registran algunas en las  que el numeral se introduce para evidenciar exageración. Es el caso de: «hace una ventolera/o un frío de mil demonios», hipérbole usada sobre todo al referirse a fenómenos atmosféricos adversos o de características excepcionales, y en ocasiones para cualquier otro suceso fuera de lo común (“un follón o un lío de mil demonios”). 

Otro “numeral” que subraya exageradamente lo que se quiere transmitir es “(llegar) a las mil y quinientas” (referido a la hora). Se usa  cuando alguien llega o va a llegar tarde a una cita, a una reunión de amigos o al regresar a casa. Donde la exageración lleva una carga de ironía para reprochar la impuntualidad excesiva o la informalidad del sujeto. 

Por su parte, entre los “modismos de última generación” en Canarias –aunque no está claro su origen–  localizamos esta expresión hiperbólica que se usa sobre todo en ambientes juveniles:  «¡del quince!». Si bien su significado puede variar según las circunstancias en que se use, la expresión opera generalmente a modo de superlativo para resaltar una cualidad positiva del objeto o situación de referencia. Así que cuando se dice que algo «está del quince» quiere decirse que está muy bien, que es excelente, o que está «de pinga» (americanismo este procedente probablemente de Cuba, que aludiendo al órgano sexual masculino se utiliza en Canarias –al igual que en  Cuba y Venezuela– para exclamar que algo está muy bien, que es excelente).

El sentido de «está del quince», en su origen, pudiera obedecer a una metáfora  sobre las calificaciones escolares, tradicionalmente calculadas en una escala del 0 al 10. “Estar del quince” podría querer decir salirse de la calificación (“está que se sale”), para referirse a algo excepcional, fuera de lo normal. Más allá de la hipótesis sobre su origen, lo que sí parece claro es que no guarde relación con aquella otra locución, hoy en desuso, que dice: «¡Echame un quince!» o «¡ponme un quince de ron». Se trata este de un registro usado para nombrar una copa grande de ron que otrora costaba 15 céntimos. Teniendo aquí el numeral una función cuantificadora o de unidad de medida (similar a la expresión “echarnos unas perras de vino”, para nombrar unas copas de vino en base a los céntimos de peseta, “perras”, que costaban antaño). El numeral “quince”, además de expresar un “tanganazo” de ron, comprende otros usos en el español de Canarias. Por ejemplo: “haber tenido sus quince”, frase usada en las islas para evocar los encantos que una persona (normalmente una mujer agraciada) tuvo en su ​juventud. 

Otra expresión “numeral” con evidentes muestras de exageración es la que dice: «no ver tres montados en un burro». Su origen parece remontarse a principios del siglo XIX, cuando en Andalucía se llevó a cabo una campaña de prevención y cuidado de la vista entre la población rural. Ante una población en su mayoría analfabeta, los médicos hubieron de ingeniárselas para sustituir las tradicionales letras de las tablas optométricas para captar la agudeza visual por figuras del entorno con las que los campesinos estuvieran familiarizados, como por ejemplo, la silueta de un burro con una persona encima. Aunque desconocemos si existía  de verdad o es fruto de la exageración propia del habla este pueblo, lo cierto es que la figura de  tres personas a lomos de un jumento es un signo evidente, y la imposibilidad de distinguirlo sería señal de un defecto grave en la vista. De ahí parece nacer la expresión «no ver tres montados en un burro», para señalar hiperbólicamente que alguien no ve nada o muy poco; que ha llegado hasta nuestros días y que no obstante su origen, se ha adaptado de manera natural a la singularidad del habla isleña.

Otros modos de hablar con números (II)

Siguiendo con las expresiones habituales en las islas que recurren a un numeral determinante en su significado, llama la atención el uso: “no tener dos dedos de frente”, para referirse a alguien atolondrado o que muestra pocas luces. Aunque no se trata exactamente de un dicho de origen isleño, sino de empleo generalizado en el español, su uso se ha difundido e implantado en las islas como si fuera propio. Su origen parece remontarse –según alguna hipótesis– a los estudios de frenología de principios del siglo XIX. Una doctrina psicológica que –dicho grosso modo– estudiaba las características anatómicas del cráneo y cerebro humanos, localizando las facultades mentales en zonas precisas del cerebro y atribuyendo determinados perfiles psicológicos según los relieves y protuberancias de la cabeza. Su principal valedor fue el médico vienés Franz Joseph Gall que desarrolló su trabajo en el primer cuarto del siglo XIX. Una de las premisas de la frenología es que el tamaño de las diferentes zonas o áreas cerebrales, responsables de cada una de las facultades, se manifiesta en la superficie ósea del cráneo. Entre el vulgo habría trascendido la correlación entre la dimensión de la frente y la inteligencia en un individuo. Es decir, que cuanto más amplia fuera la zona frontal, era señal de mayor inteligencia, y cuanto menos frente tuviera, menos inteligente sería el sujeto. Estas teorías alcanzaron a la sazón tal popularidad –no obstante ser objeto de críticas y burlas por parte de la “comunidad científica” y  la prensa de la época– que se extendió la idea de que aquellos que tenían una frente estrecha eran poco inteligentes. De ahí parece haberse implantado por lexicalización la expresión «no tener dos dedos de frente». Llegando hasta nuestros días como sinónimo de persona limitada, de poco entendimiento o de poco juicio. Esta es una de las explicaciones sobre el origen de la expresión. Pero más allá del hecho de quienes tildan de seudociencia a las teorías de Gall, lo cierto es que se le reconoce algunas aportaciones importantes que han dado lugar  a la división del cerebro por localidades o módulos a los que se les atribuye determinadas funciones mentales. Esta es hoy una noción fundamental de la neuropsicología y la neurociencia que desde entonces viene siendo objeto de debate, si bien la cuestión no es pacífica. Y desde este punto de vista, la corteza prefrontal se relaciona con la planificación de comportamientos cognitivos complejos, procesos de toma de decisiones, etc. 

Si la cabeza es símbolo –desde un enfoque etnolingüístico– de inteligencia y juicio (“sentar la cabeza”, “tener pájaros en la cabeza”, “tener la cabeza en su sito”), atendiendo a la visión de “modularidad de la mente” que arranca desde la frenología y llega hasta la moderna neurociencia, la expresión no parece del todo infundada. 

Se podría decir que en la frase “tener/no tener dos dedosde frente” el numeral aporta una connotación “craneométrica” (o craneoscópica) que mantiene el referente de la magnitud de “dos dedos” como límite o frontera entre lo normal y lo anormal.  Lo que –obviamente–  es un modo hiperbólico de referirse a alguien poco o muy poco inteligente (“no tener dos dedos de frente”), que es como decir que es “un bobilín” o “un totorota”; frente a lo que se dice de “cualquiera con dos dedos de frente”, esto es, medianamente listo, o normalito. 

¡Qué dos cabezas para un caldo (de) pesca(d)o! (y otros modos de hablar con números) (I)



Nos hemos referido en alguna ocasión a un peculiar modo de «hablar con números» para designar una variedad de expresiones que contienen un numeral como elemento determinante en el sentido de la frase. Si bien es cierto que, aunque se escuchen con frecuencia o formen parte del vocabulario habitual del hablante, a veces resultan incompresibles o «indescifrables»  por desconocerse la razón del tal o cual expresión numérica. Por ejemplo:  ¿por qué decimos «buscarle las tres patas al gato» para referirnos a un comportamiento que juzgamos quisquilloso? ¿O por qué se dice de alguien de poco conocimiento o inteligencia que «no tiene dos dedos de frente»? Esta manera de recurrir a los numerales en determinados dichos y modismos está presente en el español hablado en Canarias, si bien no siempre son propios ni mucho menos exclusivos de éste. De hecho, muchas de estas expresiones son de uso generalizado en otros dominios del español. Entre los dichos más comunes podemos enumerar:«¡Qué dos cabezas para un caldo de pescado!», «no ver tres montados en un burro», «hace una ventolera (o un frío) de mil demonios»,  «¡[…] ni qué ocho cuartos!», «siempre falta una peseta pa(ra) (e)l duro», «tres cuartos de lo mismo»,  «¡qué tres teniques pa(ra) un fogón!», «meterse en camisa de once varas», «¡qué tres patas pa(ra) un banco!», «cantarle a alguien las cuarenta», «no haber sino cuatro gatos» y un largo etc. Si bien no todas estas expresiones –como hemos dicho– son genuinamente canarias, su uso se ha adaptado y generalizado en las islas hasta formar parte del habla común. Pero veamos el origen y el porqué de algunas de ellas, si es que lo hay. 

A buen seguro el lector habrá escuchado alguna vez –en el ámbito de una relación de confianza y en tono jocoso–: «¡mira qué cabeza para un caldo de pescado!», para referirse a una persona o «¡qué dos cabezas pa(ra) un caldo (de) pescado!», cuando se trata de dos amigos o amigas, que son «tal para cual». Se enfatiza con ello el poco seso, la falta de asiento o la desmemoria de ambos sujetos. El dicho se usa al menos en Gran Canaria y recurre a la gastronomía con la ironía que pondera el carácter olvidadizo y descuidado de la persona comparándolo con la sustancia que las cabezas de pescado aportan al caldo en este preciado plato de la cocina isleña (quién sabe si haciendo valer la aportación de fósforo y sus efectos benefactores sobre la memoria, como es creencia popular, al pacer, no desacertada). La referencia numeral en la frase no es caprichosa, sino que obedece a un valor cuantificador de los individuos a los que hace referencia. 

Otra «expresión numeral» al uso es «buscarle las tres patas al gato». Se trata de una antigua frase aforística de origen castellano, muy usual en las islas, que hace referencia –en su sentido más común– a quien muestra una actitud o comportamiento quisquilloso o irritante, hasta el punto de hacer llegar a la exasperación o «sacar de quicio a cualquiera». Según algunos paremiólogos, la versión más usual, «buscarle los tres pies al gato», puede tratarse de una corrupción o deformación en su uso, puesto que el dicho original es: «buscarle los cinco pies al gato». Cosa que resulta coherente, pues si los gatos cuentan con cuatro extremidades, nada de extraordinario tendría el dar con tres patas, y hasta con las cuatro. Mientras que encontrarle cinco sería algo imposible. De hecho, antiguamente, solía añadirse: “y no tiene sino cuatro”, y aun esta otra coletilla: “no, que son cinco con el rabo“. Aunque se trata de una frase proverbial muy antigua y todavía hoy recurrente, no se documenta hasta el siglo XVI. Covarrubias la registra en la versión original de “buscar cinco pies al gato” para referirse a quien con sofistería y embustes tratan de hacer entender lo imposible. (Este autor atribuye su origen a uno que quiso probar o hacer creer que la cola del gato era un pie). A partir de aquí son numerosas la citas en variadas formas. La “innovación” de la versión, hoy quizás más extendida, de “buscarle los tres pies al gato” se debe a Cervantes que la cita en el Quijote (Q, I-XXII ), o al menos es quien así la documenta por primera vez. En las islas se escuchan ambas versiones con la variante de “patas” en lugar de “píes”, esto es: «buscarle las cinco/tres patas al gato», aunque creemos que el uso preponderante sigue recurriendo al numeral “tres” (si bien hemos escuchado también adaptaciones con “cuatro” patas).

A sebar olas


¿Quién no recuerda de chiquillo ir en verano a la playa «a sebar olas»? Esta expresión isleña, más bien propia de las islas orientales, refiérese al entretenimiento veraniego de «coger olas». Otrora diversión de jóvenes y pequeños que se practicaba originariamente sin tabla, «a pecho descubierto», en una exhibición  de agilidad y destreza al aprovechar la fuerza de las olas para deslizarse sobre su cresta hasta la misma orilla. La habilidad consiste en coger la ola justo antes de que rompa, e impulsándose con algunas brazadas, adoptar la posición de “torpedo” –valga la expresión– bocabajo, con el cuerpo estirado, cabeza  sumergida y  brazos alongados hacia delante. Pero cuando el oleaje es fuerte y severo, además de destreza, esta práctica requiere buenas dosis de coraje, pues puede llegar a ser peligrosa. Hay quienes han visto en ella los antecedentes del surf en las islas, y enteras generaciones disfrutaron en su juventud y niñez de esta diversión, antes de que aparecieran las primeras tablas. 

            El origen de la expresión no parece del todo claro. Algunos autores registran el verbo «sebar» con s , mientras hay quienes lo transcriben con c , «cebar». El significado más común y extendido es el de ‘deslizarse sobre las olas’, asociado fundamentalmente a este entretenimiento playero. Aunque también puede hacer referencia a las embarcaciones. Con  valor más preciso puede significar el acto de ‘deslizarse el barco con la quilla sobre la cresta de la ola’. De ahí es probable que por extensión semántica acabara utilizándose para referirse a cuando los muchachos en la playa aprovechaban la fuerza de las olas para dejarse llevar hasta la orilla. 

Su etimología es imprecisa.  Algunos autores apuntan que «sebar» deriva por aféresis de «ensebar», ‘untar con sebo’. Referido al procedimiento de ungir o embadurnar con sebo los parales. Los parales son los palos o maderos semicilíndricos con una muesca con superficie plana en la parte superior, donde encaja la quilla de la falúa, que vienen «ensebados» y permite que la embarcación se deslice con facilitad tanto al botarla al agua como al vararla, protegiendo así su quilla. Es esta una técnica muy antigua y universal a la que continua recurriéndose todavía hoy con las pequeñas embarcaciones de pesca artesanal  en Canarias. Es probable que por extensión semántica, se pasara a nombrar a cuando con la misma facilidad el barquillo se desliza sobre la cresta de la ola. 

Por su parte, Guerra registra la expresión «sebar olas» como sinónima de «coger la baladera»  que define como la habilidad de algunos bañistas consistente en mantener el cuerpo de una manera determinada y dejarse llevar por las olas. Apunta como posible etimología la voz castellana «resbaladera» (dicho de algo que se resbala o se escurre fácilmente) que por aféresis se transformaría en «baladera». Este mismo autor anota que el término pudiera estar asociado también a  «rebelaje» o «rebalaje» que es voz castellana –esta última– usada para definir, entre otras acepciones, a la ‘zona de la playa donde ocurre el reflujo’ de la marea. 

El verbo «sebar» guarda también cierta homonimia en su raíz con el término «seba», un portuguesismo usado en Canarias para nombrar a las algas marinas. Sobre todo cuando el mar de fondo arranca estas plantas de los  «sebadales» (poblaciones o praderas submarinas de algas) y la marea las arrastra hasta la orilla y las bota fuera con la resaca.  

            Con independencia de su etimología, lo cierto es que el «sebar olas» es sin duda una de esas expresión genuinas del español de Canarias que sigue viva entre varias generaciones de hablantes para designar, generalmente, el «coger olas» usando aquella primitiva técnica de antaño o bien con las modernas tablas de surf o buguis. De manera que cuando «el mar está como un plato» no se podemos «sebar olas», pero con «las mareas del Pino»… «¡Agüita!»