Tres piedritas en mi fogal y las estrellas del cielo no las atino a contar

Publicado en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP/El Día/La Opinión de Tenerife , sábado 8 enero 2022…

 Esta suerte de acertijo antiguo localizado en Tacoronte, Tenerife, rememora el hogar rural tradicional de una época. Las «tres piedritas» son los «tres teniques», que así se llaman a cada una de las piedras grandes que conforman el hogar o fogal. Sobre las que se sustenta la olla, el tostador o cualquier otro recipiente para la cocción de los alimentos. «Tenique» parece ser voz indígena que remonta su origen a las lenguas habladas por los antiguos canarios y a su vez tomada probablemente del bereber. El término «fogal» (‘hogar’) es probablemente un portuguesismo (similar a ‘fogalera’) que designa el lugar central en las antiguas viviendas, el punto de encuentro y de reunión entorno al fuego; lo que no en vano ha dado el nombre a la entera casa: el hogar. El término hogar trasciende así de la idea física de la propia estructura arquitectónica que sirve de hábitat para abrazar un sentimiento de pertenencia, acogimiento e identidad. La acogida de cada miembro de la familia que al crepúsculo de la tarde o «allá al solpuesto» se reúnen entorno al fuego a compartir vivencias. El mismo sentimiento nos reporta el recurso al diminutivo «tres piedritas», lo que transmite la sensación de afecto que se manifiesta por ciertas cosas y objetos materiales, y que nos recuerda aquella otra expresión antigua que exclama: «¡Ay, mi casa y mis tres teniques!», que antiguamente se pronunciaba con nostalgia cuando se regresaba al hogar después de una jornada de trabajo o un tiempo de ausencia. Estas expresiones que hoy forman parte de un gerontolenguaje en vías de desaparición, nos precipitan en un mundo rural que ya es casi parte del pasado. La imagen nos evoca a quien, extasiado, reposando frente a la lumbre, pierde su mirada en la danza de las llamas y el silencio, solo interrumpido por el crepitar del fuego mientras centellea. Y en el que uno queda absorto en sus pensamientos y en la fascinación que provocan la visión de las llamas.  El enigma contenido en el acertijo no deja de tener su enjundia. Por una parte, las imágenes contraponen y complementan una visión del microcosmos, del fogal y los tres teniques que, como realidad inmediata y tangible, cercana, circunscrita al ámbito doméstico es perfectamente identificable, y hasta cuantificable (tres piedritas). Este microcosmos tiene su reflejo en «las estrellas del cielo» que, como parte del cosmos o macrocosmos, realidad superior e inabarcable, resulta infinita y se pierde ante nuestra vista e imaginación (y «no se atinan a contar»). [En realidad, no tenemos la certeza que esta visión micro/macrocósmica exista como constructo o figura teórica así descrita entre los primitivos canarios. Estamos hablando, pues, de un conocimiento arcano de transmisión intergeneracional en la sociedad maga colonial, en este sentido no parecen nada despreciables los conocimientos astronómicos y una cosmovisión de los antiguos canarios, o quizá solo sea fruto de la pura intuición sapiencial del vulgo]. En este imaginario rural la idea de microcosmos del fogal nos recuerda asimismo que las «piedras de fuego», los teniques, y el fogal tienen un reflejo en lo alto, en el cosmos. Como si las centellas del fuego del fogal ascendiesen hacia el espacio sideral, retornando a su origen ancestral, como para fundirse con las estrellas del cielo en un espacio infinito.  

El que tiene padrino, no muere pagano

Hubo un tiempo en el que los grandes monoteísmos coexistieron con las llamadas religiones primitivas, periodo en el que los panteones paganos empezaron a ser suplantados poco a poco por los «nuevos dioses». A esta época es a la que –quizá– haga referencia y se sitúe imaginariamente el escenario que sugiere la metáfora que conforma este refrán. El origen de esta paremia habría que buscarlo, más concretamente, en un momento histórico en el que se implantaba la iglesia cristiana en Occidente frente a las «religiones paganas». Este proceso de cristianización forzosa, podríamos decir, arranca con el emperador Constantino hasta bien entrada la Edad Moderna, pasando por los reinos godos de la península, primero, y después por los reinos cristianos unificados y el territorio «recuperado» de Al-Ándalus, con la conversión de mozárabes, moriscos y judíos (judeoconversos). En clara referencia a esta época, aparece una versión del mismo dicho que se registra en la península y que dice: «el que tiene padrino, se bautiza, y el que no, se queda moro» (referida a la conversión de moriscos y mozárabes).

En sentido figurado, el dicho alude a las personas influyentes, de cierta autoridad y de una buena posición social,cercanas a las esperas de poder, que pueden echarte una mano cuando haga falta, así como a los recomendados que se benefician del patrocinio de aquellas. Y esto es precisamente lo que sugiere este registro que en versión isleña dice: «El que tiene padrino, no muere pagano», mientras que su sinónimo castellano se expresa de manera parecida: «quien tiene padrino, se bautiza». (Es de destacar que en las islas se ha adoptado una forma idéntica al proverbio en portugués: «Quem tem padrino nao more pagao», esto es, «el que tiene padrino no muere pagano»).

El dicho pivota sobre dos partes bien diferenciadas, una primera que sienta un presupuesto: «tener padrino», y una segunda parte que establece un resultado: «no muere pagano»; y en el que las voces «padrino» y «pagano» buscan la rima como recurso nemotécnico.«Padrino» [del latínpatrinus, derivado depatris, ‘padre’] en su origen posee una carga semántica religiosa, como institución prevista en la iglesia católica para referirse a la persona que presenta al «ahijado» al bautismo y que asume el compromiso de colaborar con los progenitores en la «educación espiritual» de aquel. De esta suerte de «parentela espiritual» que sitúa al padrino en el estatus de protector y colaborador en la crianza de un ahijado, es probable que por extensión semántica haya derivado en otro tipo de protecciones referida a la autoridad e influencias de quien despliega un trato de favor para obtener algo en beneficio del patrocinado, que es una de las acepciones que del término contempla elDiccionario.

Por su parte, «pagano» viene del latínpaganus, derivado de pagus que significa ‘pago’, ‘pueblo’ o ‘aldea’. De modo que pagano quiere decir’aldeano’, ‘campesino’; de cuyo término deriva «paganismo», referencia que probablemente tiene su razón de ser en la mayor resistencia de los pobladores de los campos y aldeas a abandonar los ritos paganos durante el proceso de cristianización. [Lo que explicaría a su vez la «reutilización» y «consagración» por parte de la iglesia cristiana de lugares «sagrados» del paganismo, tales como cuevas, montañas, rocas, árboles o fuentes, e incluso las propias divinidades paganas veneradas en estos lugares (ya sean masculinas o femeninas)eran sustituidas por sus «homólogos» en la nueva religión, todo ello al objeto de ganar y asegurarse la lealtad de los nuevos fieles]. Lo que en los dominios de la cristiandad serían los ‘gentiles’, que así se llamaba a las personas no bautizadas. Un pagano, pues, se refiere aquí a quien no ha recibido el sacramento del bautismo, que es una de las acepciones que mantiene elDiccionario. Y así se entiende mejor la diferencia formal entre la parte conclusiva del dicho en su versión castellana («se bautiza») y la empleada en las islas («no muere pagano»), es decir, «no muere sin bautizarse». Todo ello para expresar que el que está bajo la protección de una persona influyente («tiene un padrino»), con buenos contactos y conocencia para ayudar a que salga adelante el protegido («ahijado»), ese «no muere pagano», y tengan por seguro que no se queda desamparado, ya que se le abrirán muchas puertas y no le faltarán las recomendaciones para enchufarlo donde haga falta, y, en definitiva, no quedará «huérfano». Pero igualmente se advera a veces, como dice el antónimo del mismo refrán, que «el que no tiene padrino, [ese] muere pagano», porque como se suele decir, «algunos nacen con estrella y otros estrellados».

Al acebuche no hay palo que lo luche

Al acebuche no hay palo que lo luche 

Este aforismo genuinamente isleño hace referencia a las cualidades del palo de acebuche para la práctica de la «lucha con garrote».  El acebuche (del árabe hisp. azzabúg) u olivillo es un endemismo de Canarias presente en todas las islas. Se trata de un arbusto perteneciente a la familia de las oleáceas, una especie de olivo silvestre, del que no se aprovechan sus frutos, pero sí su madera. Ya los primitivos canarios la usaban para hacer fuego, para fabricar herramientas y utensilios, e incluso armas. Su madera es muy apreciada en la elaboración del «palo» o «garrote» para ejercitarse en este «arte de combate» que es el «palo canario» (además de para otros usos, como lo es el garrote del pastor). El dicho, que funciona a modo de superlativo, expresa la calidad suprema y los óptimos resultados de la «vara» obtenida a partir de una rama de acebuche. Pero esto exige un cuidadoso proceso de selección y una técnica de elaboración cuasi ritual que va desde elegir el palo (una rama bien derechita, del largo y grosor justos); cortarla con la luna y en la estación adecuadas (los expertos aconsejan con los fríos del invierno y con la luna en menguante); dejarla secar protegida del sol y de la humedad; enderezarla, con distintas técnicas rudimentarias pero eficaces,  y darle fuego para acabar de enderezarla y quitarle la cáscara (o ‘corteza’). La madera de acebuche que se caracteriza por su dureza y flexibilidad, después de este proceso –que puede durar hasta un año– gana en fortaleza y consistencia.  

«No hay palo que lo luche», asevera este dicho popular en una clara alusión comparativa a otras especies arbóreas de las que también se extraen los palos, como el escobón (otro endemismo de las islas cuya madera tiene fama por su dureza), el almendrero o el brezo, entre otros. Pero según la tradición popular, el acebuche las bate a todas por sus especiales cualidades de maleabilidad y dureza.  «Que lo luche» quiere decir, en sentido figurado, «que no hay quien se meta con él», «que no hay quien le haga sombra» porque es indiscutiblemente el mejor. Así existen una serie de máximas rimadas que se encargan de confirmarlo: «al escobón le dio un bofetón»; «al brezo y al escobeso (‘codeso’) le dio por los bezos»; «al almendrero le dio palos en el terrero»; «de la melosilla hizo astillas» o «al barbusano no le dejó un hueso sano». Lo que hace pensar en la importancia de la elección de la madera para la fabricación del palo como determinante para vencer en «combate». El «garrote» se denomina de diversas maneras según las islas: «palo», «lata», «asta», «vara», «lanza», etcétera. El palo canario o lucha del garrote es una técnica de combate de origen ancestral que era utilizada entre los antiguos canarios, aunque también podía tener un carácter lúdico en determinadas celebraciones, como mismo se da hoy en las islas y con otras prácticas similares de algunos lugares del continente africano. El enfrentamiento se practica entre dos luchadores y se trata de ganar al contrario valiéndose de un palo o garrote (que puede tener distintos tamaños y grosor según la costumbre de cada isla o la estatura del luchador). El palo sirve tanto de instrumento ofensivo, para acertar golpes al rival, enganchar o «clavar» el palo, como de arma defensiva, evitando o parando golpes o «varillazos». Los gestos o movimientos de defesa y ataque se conocen como «braceo» y «mudar las manos», mientras que las «trabas» o «zapatas» son lances para tratar de derribar al contrario.  Además de una depurada técnica, este juego tradicional exige gran agilidad, fuerza y reflejos en los luchadores. Pero el aforismo parece atribuir todo el mérito del triunfo a las «armas de combate» utilizadas más que a la destreza y habilidad en su uso. Como si mismo emularan las historias de cuchilleros de Borges, en cuyos duelos contaban más las armas que los hombres. Sobre todo cuando estas habían pertenecido a gauchos célebres [«Eran cuchillos que en su manejo se habían hecho famosos»; El encuentro, Borges]. Pero el dicho «al acebuche no hay palo que lo luche» no es más que una expresión hiperbólica para hacer valer que el mejor palo para esta práctica es el de madera de acebuche, dada su fortaleza, resistencia y la agilidad que procura en su manejo que, si bien no aseguran la victoria, al menos, pueden contribuir a un buen resultado en la contienda. 

Lo bueno dura poco

Publicado en los suplementos de Cultura de La Provincia/Diario de Las Palmas y El Día/La Opinión de Tenerife del sábado 18.09.2020

Aunque de uso corriente en las islas, en realidad se trata de un adagio de ámbito universal que podemos encontrar en fórmulas similares en otras lenguas y culturas de nuestro entorno, además del castellano.

Se utiliza de sólito como frase conclusiva ante un resultado que convencionalmente se juzga poco o nada ventajoso, por lo que raramente observa un carácter predictivo. Viene, pues, a justificar un desenlace del todo lógico desde el punto de vista del hablante. El contexto más propio se da cuando se pone fin o está a punto de concluir una situación favorable o de confort, como por ejemplo: a la vuelta de las vacaciones; en tales circunstancias, quien sufre el menoscabo se lamenta por lo efímero de las condiciones privilegiadas de que disfruta, a lo que nuestro interlocutor, “quitado hierro al asunto”, nos recuerda que lo bueno dura poco. A veces se pronuncia en tono de consolación ante una reacción o sentimiento de desánimo. En ocasiones es intercambiable o viene acompañado por expresiones similares como: “¡Se acabó lo bueno!”, que pronunciado con cierta sorna intenta dar de merecer a quien se resiente por la pérdida o bien se exclama con aire de resignación. Otras expresiones periféricas a aquella y que ponen énfasis en la buena vida como sinónimo de ociosidad y holgazanería son: “a lo bueno se acostumbra (uno) rápido”, “pegarse la buena vida”, “vivir como un cura”, “rascarse la barriga”, “no dar un palo al agua” o “tumbarse a la bartola”, entre otras muchas.

La moraleja de la expresión podríamos circunscribirla ideológicamente hablando –por así decirlo– entre los dichos que se conforman bajo el influjo de las corrientes ascéticas cristianas (ascetismo), que infunden la creencia en la existencia terrena como un paso tortuoso por «este valle de lágrimas» y pregonan la austeridad y la templanza frente a toda vivencia.

Desde la vertiente de la psicolingüística podría encuadrarse en la manifestación de un pensamiento en esencia pesimista. Con ello sealude doctrinariamente a la efímera duración de las situaciones que nos transmiten alegría o placer; y señala que, por lo general, en la vida abunda más el infortunio que la dicha. Lo que no deja de ser una visión sombría del mundo y de las cosas que nos rodean. Advierte de no habituarnos ni regocijarnos demasiado porque “lo bueno dura poco” o como expresa aquel otro dicho popular: “después del gusto viene el disgusto”, que en términos generales podría concordar con la imagen cuasiarquetípica del palo y la zanahoria.

El tono de resignación del dicho lo convierte en inapelable. Cuando en realidad no tiene por qué ser necesariamente así “ni está escrito en ninguna parte” que lo bueno tenga que durar poco, si bien es verdad que “lo bueno, si es breve, dos veces bueno”, aunque se trata de una antonimia en cuanto uno elogia la brevedad y el otro la lamenta.«Lo bueno, si breve, dos veces bueno» es un refrán que recoge un viejo ideal estilístico: el de la brevedad como una de las virtudes de la narrativa. Dicho ideal se remonta a comienzos de la retórica griega, pues ya el noto orador Isócrates exigía que el discurso forense fuese breve.

“Lo bueno dura poco” expresa, pues, una idea que pesa en el inconsciente colectivo de manera determinante, excluyendo un juicio de valor del que se pueda concluir lo contrario. Y es esta fuerza de las palabas que se repiten en forma de sentencia la que marca esta “incontestable” convicción porque, a fin de cuentas, “hay que estar para las duras y para las maduras”.

A la tercera dula salta la torna más segura

Publicado en los suplementos de Cultura de La Provincia/Diario de Las Palmas y El Día/La Opinión de Tenerife del sábado 11.09.2020

Esta antigua frase proverbial se usa para aseverar que a la tercera ocasión se consigue siempre lo pretendido. Lo que se corresponde con el refrán castellano: “A la tercera va la vencida”, que encomia el esfuerzo y la constancia de alguien frente al reto que pueda suponer una situación determinada. 

         Se recurre a una metáfora construida sobre elementos del mundo rural ligados a la agricultura tradicional y al sistema de riego de las heredades canarias, organizado por “adulamientos”. La “dula” es en el español de Canarias el ‘turno de riego’ del que gozan los “herederos” sobre el caudal o acequia de la heredad. Se trata de un arcaísmo de origen semítico (del árabe hispánico ‘dúla’ y este a su vez del árabe clásico: dawlah que quiere decir `turno`). Pero a diferencia de la voz recogida por el DRAE (‘porción de tierra que, siguiendo un turno, recibe riego de una acequia’), en las islas se refiere exclusivamente al ‘turno de riego’.  Este matiz semántico se explicaría porque en Canarias los repartimientos de tierras y aguas de nacientes y barrancos que tuvieron lugar durante los primeros años de la colonización vinculaban la propiedad de la tierra con el derecho de riego, y con el tiempo quedaron disociadas. Es un hecho que ha llegado hasta nuestros días que propiedad de la tierra y propiedad del agua no son coincidentes. De ahí que la “dula” se le llama en Canarias al turno de riego del “heredero” (regante de una heredad que participa por derecho de una parte alícuota del caudal). 

Una “torna” es una tabla o plancha de hierro, latón o mortero que se coloca en las acequias o “atarjeas” para cerrar el paso del agua en la boca de riego o en la entrada de un “macho” (de riego). Las tornas se usan también para cerrar las bocas de salida de las “cantoneras”, que son pequeños depósitos para recibir el agua del estaque principal o mina y para la repartición o distribución del caudal entre los regantes según la dula que les corresponda. En un tiempo, las tornas solían reforzarse con trapos, tiras de plataneras, limos o lodos para evitar filtraciones y pérdidas de agua, y a veces se apuntalaban con cuñas para asegurarlas.  

         ¿Pero por qué a la tercera? “A la tercera dula salta la torna más segura” puede ser una versión insular, inspirada y expresada en el propio idiolecto rural, de lo que a todas luces parece un dicho universal. Correas lo registra ya desde el siglo XVII en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales en la forma: “La tercera, buena y valedera” [en otros textos precedentes se recoge la fórmula: “¡Andar!, ya callan, a tres me parece que va la vencida”; La Celestina XIX, 3].Y parece tener origen –según Correas– en “los tiros y caídas de luchas”, que era la tercera la que se daba por buena (“La tercera, esa es la buena”), y que ha llegado hasta nuestros días como “a la tercera (va) la vencida” o fórmulas similares. Hay quien apunta como posible origen las formaciones de las legiones romanas, en la que los soldados más veteranos ocupaban la tercera fila (triarios), que eran los últimos en entrar en combate y suponían el esfuerzo definitivo para ganar la batalla. De ahí la expresión proverbial res ad triarios redit (Liv., VIII, 8, 11) que significaba que la situación era crítica y que había llegado el momento de que entrara en acción la tercera línea. De esta puede derivar: “a la tercera (o a las tres) la vencida” que se usa cuando se alienta a realizar el último esfuerzo. En el Evangelio de Lucas, Jesús vaticina que quien se había mostrado como su más fiel discípulo, Pedro, renegaría de él antes de que el gallo cantara por tercera vez. Incluso en la lucha canaria, los desafíos a los que se retan los luchadores en ocasiones son a tres agarradas.  

         Esta frase proverbial se usa, con carácter general, para alentar y advertir que la tercera ocasión es la buena y se alcanzará el objetivo perseguido. Por mucho que se refuercen las tornas, estas ceden (‘saltan’) al ímpetu de la “tercera dula”, por la embestida del caudal de agua que corre por la acequia. Puede tener un valor de consuelo y ánimo frente al desaliento que provoca la sensación de fracaso por haber perdido consecutivamente las dos oportunidades precedentes. O bien convertirse en un presagio de buen augurio al que dotamos, aunque sea inconscientemente, de un cierto poder mágico-simpático, quién sabe si por la fuerza de las repeticiones de esta fórmula desde tiempo inmemorial. Lo cierto es que sin saber por qué razón, “a la tercera va la vencida” o “a la tercera dula salta la torna más segura”.  

¡No me chingues la borrega!

Publicado en los suplementos de Cultura de los diarios La Provincia/Diario de Las Palmas y El Día/La Opinión de Tenerife del sábado 04.09.2020.

Aunque  poco usada, a muchos de nuestros mayores les resultará familiar esta expresión que viene pronunciada solitamente en un tono exclamativo para advertir a alguien que deje de importunar o para reprenderle por lo que ha dicho. La “borrega” es en el español de Canarias una especie de petaca en forma de bolsa achatada, elaborada en cuero o en caucho, que se usa para guardar la picadura, es decir, una tabaquera que se solía llevar en el bolsillo de la chaqueta para el tabaco de liar y de pipa (o cachimba). En algunas islas se le llama también “borreguera”. 

 El verbo “chingar” tiene el significado en Canarias de ‘mojar o salpicar a alguien con un chingo de agua’. [“En verano, los chiquillos jugaban chingándose con agua unos a otros y acababan ensopados”]. También puede guardar el sentido de ‘estropear o echar a perder algo o fastidiar(se)’.  

En sentido recto, pues, “chingar la borrega” quiere decir ‘mojar la borreguera o tabaquera’. La advertencia en forma exclamativa: “¡No me chingues la borrega!” vendría a advertir de estar atentos a no mojar la bolsa del tabaco para evitar que este se estropee. Pues la picadura en la borrega permanece seca y “amorosada” [de “amorosar”: ‘reblandecer, ablandar, suavizar’], y si el tabaco se moja, se acartona y se echa a perder. Este parece ser el sentido propio de la expresión. De ahí el giro lingüístico que utiliza la metáfora para exclamar: ¡No me fastidies!, más en consonancia con otra de las acepciones del verbo chingar (‘estropear’, ‘echar a perder’).  

Es frecuente el recurso a metáforas construidas sobre la base de objetos o elementos del imaginario rural o doméstico de otra época que hacen que para el hablante contemporáneo y de entorno cultural urbano resulte extraño y a veces incomprensible. Son ejemplos de ello: “Molino parado no paga maquila”, “enterado de la caja del agua” o el ahora comentado: “No me chingues la borrega”, en los que el uso de voces como “maquila”, “caja del agua” o “borrega” son una antigualla para las nuevas generaciones de hablantes.  

Se usa en forma exclamativa como hemos dicho para reprochar a quien molesta o importuna con su conducta o actitud o para reprender lo que ha dicho. También se pueden escuchar las formas: “llenarle/achucharle/apretarle a alguien la borrega” para expresar ‘hartar con impertinencias y majaderías’. Son expresiones sinónimas: “¡No me jeringues!” o “¡no me jodas!” que en ocasiones se suelen emplear como exclamación de sorpresa frente a una información o noticia, generalmente disgustosa, que nos traslada nuestro interlocutor. “Jeringar”, en sentido propio, es sinónimo de ‘chingar’ y parece tener origen en el acto de expulsar con fuerza líquido con una jeringa; es más común el sentido figurado con el significado de ‘fastidiar(se)’, estropearse o frustrarse alguna cosa o un plan’. Otras expresiones afines o sinónimas son  

: “joder la pava” o “joder la pavana”, es decir, ‘fastidiar, incordiar o dar la lata’; o “no me llenes la cachimba (de tierra)” que se usa en algunas islas (y también se registra en algunos lugares de América) para persuadir a alguien que muestra un comportamiento molesto, incómodo, cansino o impertinente.  

“Cachimba” parece ser un portuguesismo que en el español de Canarias se usa para designar la pipa de fumar. Así, pues, “llenársele a alguien la cachimba” es hartarse de las insolencias y molestias de otra persona. Otra exclamación similar que se pronuncia ante un hecho, de ordinario negativo o inesperado, que denota sorpresa o enfado es: “¡Hay que joderse!” (o “¡No me estés jodiendo!”); pero acaso el “no me chingues la borrega” alcanza en el hablante un grado de sanción más severo, y hasta de “calentura”, ante un acto o actitud de alguien que reprobamos por fastidiosa, ruin, desproporcionada o fuera de lugar.   

Bardo Thödol (El libro tibetano de los muertos) Notas de una lectura a la luz de la física moderna

Publicado en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP 12.12.2020 Luis Rivero/

            Tal como el hombre desea, así es su destino. Brihadaranyaka Upanishad

Borges nos recuerda –parafraseando a Platón–  que el maestro elige al discípulo, pero el libro no elige a sus lectores, que pueden ser malvados o estúpidos. La primera vez que calló en mis manos un ejemplar delBardo Thödol,  no fui capaz de pasar de las primeras páginas. Pasarían algunos años hasta que me abordara un impostergable deseo de retomar su lectura. Y esta es la primera de las impresiones extraídas de este enigmático libro: el Bardo Thödol se lee cuando realmente se está “dispuesto” para su lectura. El tema de la muerte y en particular de la propia muerte es generalmente rehuido y evitado en lo posible en las sociedades occidentales. Si bien la muerte es una certeza (quizá la única certeza que tenemos), a menudo nos  negamos a afrontarla, hasta llegar a convertirse en tabú. 

Platón afirma en el Timeo–en clave críptica– que “es dura tarea descubrir al hacedory padre de este universo, y, una vez descubierto, es imposible declararlo a todos los hombres”. Carl Gustav Jung, en su comentario psicológicoalLibro tibetano de los muertos, concluye de su lectura que el ”dador” de todas las cosas ”dadas” habita dentro de nosotros. Y esta es –creo– una de las claves de comprensión del Bardo Thödol: todos los fenómenos tienen su origen en la mente. Tal como pensamos, así somos y seremos, en vida y después de la muerte, pues los pensamientos son “padres” de todas las acciones. 

Desde tiempo inmemorial, vivimos, morimos y nacemos sin que tengamos memoria de ello. En este proceso cíclico, el Libro tibetano de los muertos sería –si se puede expresar así– una suerte de manual de instrucciones para difuntos y moribundos. Pretende ser una guía al más alláque abarca el periodo de existencia del bardo, descrito simbólicamente como el estado intermediode 49 días de duración que van desde la muerte al renacimiento. En la tradición tibetana el texto viene leído cerca del cuerpo yacente, susurrado al oído del difunto por un monje que actúa como psicopompo. El propósito es atraer la atención del fenecido sobre la posibilidad de liberación en todo momento y advertirle sobre la naturaleza de sus visiones. Todo ello según la firme creencia de que la consciencia es inmaterial y no desaparece con la muerte física.

Algunas enseñanzas del Bardo Thödoly su paralelismo con la física moderna

A medida que nos adentramos en la lectura del Bardo Thödol vamos constando el sentido de las palabras del físico Fritjof Capra:«Los conceptos de la física moderna muestran con frecuencia sorprendentes paralelismos con las filosofías religiosas del Lejano Oriente» (El tao de la física).Me propongo, pues, referir someramente las ideas principales contenidas en el Libro tibetano de los muertosy su analogía con algunos de los conceptos de la teoría cuántica y principios de la física moderna. Según la filosofía budista todas las condiciones, estados o reinos de existencia samsárica, cielos, infiernos o mundos de los que habla el Bardo Thödolson solo fenómenos. El samsara –que en sánscrito quiere decir ‘existencia cíclica’– es para la doctrina budista la sucesión de muertes y renacimientos a las que está abocado el individuo. En el samsara se dan seis reinos de existencia en los que se puede volver a nacer dependiendo del karma: el reino de los seres infernales, el de los espíritus ávidos, el de los animales, el de los humanos, el de los semidioses y el de los dioses.

         Todos estos fenómenos –según el Bardo Thödol–son transitorios, ilusorios o irreales. Existen solo en la mente de quien los percibe y no tienen forma externa. Se afirma además que no existen dioses, demonios, espíritus o criaturas sensibles. Todos son fenómenos que dependen de una causa: “un anhelo o sed de sensación conforme a una existencia (samsárica) inestable”. En tanto esta causa no sea superada –como decía Sócrates– “a cada nacimiento seguirá una muerte y a cada muerte un nuevo nacimiento”, y así sucesivamente hasta alcanzar la Iluminación que interrumpe la rueda del samsara

         Señala el Bardo Thödolque la existencia post mortemes una continuación de la existencia fenoménica del mundo humano, ya que la consciencia no desaparece con la muerte física. La naturaleza de la existencia entre la muerte y el renacimiento en este o en otro mundo viene determinada por las acciones precedentes, es decir, por el karma. Se trata en cierto modo de un estado prolongado de apariencia onírica, lo que podría denominarse «una cuarta dimensión del espacio» (como señalan algunos estudiosos), plagado de visiones alucinatorias que son resultado del contenido mental del perceptor. Estas pueden ser felices y de apariencia celestial, si el individuo ha acumulado un buen karma, o dolorosas y de apariencia infernal, si tiene un mal karma. [Para la teoría de la relatividad el espacio no es tridimensional ni el tiempo constituye una unidad separada. Ambos están íntimamente relacionados y forman una continuidad cuatridimensional«espacio-tiempo»].

Los descubrimientos de la teoría de la relatividad y de la física atómica (que a la postre desembocaron en la formulación de la teoría cuántica) vinieron a cambiar el panorama de la física al dar al traste con la concepción newtoniana del mundo, esto es, la noción del espacio y tiempos absolutos, las partículas sólidas elementales, la naturaleza estrictamente causal de los fenómenos físicos… 

Otra de las características del estado intermedio –según el Bardo Thödol–es que no todos los difuntos experimentan idénticas visiones o fenómenos. Cada individuo pensará según lo que se le haya enseñado. En tal sentido, los pensamientos son como semillas que germinan en la mente hasta dominar completamente el contenido mental del individuo en forma de creencias o arquetipos. En consecuencia, para un budista, un hindú, un musulmán, un hebreo o un cristiano las experiencias del bardoserán diferentes. Las formas de pensamiento de un budista o de un hindú, como en un estado onírico, alimentarán las visiones «a imagen y semejanza» de las divinidades del panteón budista o hinduista; un musulmán se recreará en las visiones del paraíso islámico descrito en el Corán; o las de un cristiano se corresponderán con el cielo, el purgatorio o el infierno. En suma, estas visiones dependen del contenido mental de cada individuo. En otras palabras, el estado post mortemes muy parecido al estado onírico, y los sueños son una réplica de la mentalidad del que sueña. Señala Evans Wentz que el Bardo Thödol parece basarse en datos de experiencias humanas fisiológicas y psicológicas, y contempla este estadio en el más allá como un problema psicofísico, y por tanto básicamente científico. Lo que el percipiente ve en el plano bárdico es su propio contenido mental. 

Desde la física cuántica se afirma que no podemos ver ni entender aquello que no está en el repertorio de nuestros pensamientos y paradigmas sobre el mundo. Dicho de otro modo, la conciencia humana emerge a un primer plano pasando de ser un mero epifenómeno psíquico a una causa determinante de la existencia de los fenómenos manifiestos. Cuando se dice que la existencia post mortemes una continuación de la existencia fenoménica surgida del mundo humano, se afirma que la experiencia bárdica está marcada por los propios arquetipos o paradigmas aprendidos durante la experiencia vital. «Tal como se enseñe a un hombre, así será lo que piense», en vida y después de la vida. Esto es lo que explica que las visiones que afirman haber experimentado los místicos cristianos sean coincidentes con la imagen del Dios Padre sentado al trono de la Nueva Jerusalén, todo el escenario bíblico o el entero imaginario: Virgen, santos, ángeles y arcángeles; como mismo un musulmán podrá presenciar la visión del paraíso, del profeta o de los ángeles; o un amerindio podrá “ver”la tierra feliz de las cacerías.  Incluso un ateísta experimentará sus particulares visiones en el bardo, según su propio “credo” y arquetipos mentales.

Por otra parte, el nacimiento en el mundo humano se hace inevitable, ya sea directamente desde el bardo o desde cualquier otro mundo (paraíso o infierno) a los que haya llevado la balanza kármica, a no ser que se alcance la Iluminación. La Iluminación se produce al captarla irrealidad de la existencia (del samsara), es decir, al comprenderque todo es una ilusión. Es posible alcanzar este estado en vida, en el momento de la muerte o durante el bardo, así como en ciertos reinos no humanos. Para dar este paso son importantes –siempre según el Bardo Thödol– la instrucción en el yoga, en el control de los procesos mentales para concentrarse en alcanzar el Recto Conocimientoy la guía de un gurú. Esta versión de los diversos “mundos o reinos” de existencia guarda una sorprendente similitud con la idea de “universos paralelos” de la física cuántica.

Otro de los conceptos fundamentales del budismo tibetano es «la conciencia de unidad de la totalidad de las cosas, llamado dharmadhatu[‘universo’]». Creer que los conceptos abstractos de «cosas» y «sucesos» separados son una realidad es pura ilusión. Esta unidad básica del universo no solo es un elemento central de la experiencia mística de los grandes maestros orientales, sino que también resulta uno de los descubrimientos de la física moderna. Si bien aparente a nivel atómico, se manifiesta con mayor rotundidad en el mundo de las partículas subatómicas. La física cuántica sostiene el concepto de interconexión de todo cuanto existe en la naturaleza. En la llamada interpretación de Copenhague, desarrollada por Bohr y Heisenberg, se demuestra con precisión de qué manera la teoría cuántica implica una interconexión esencial subyacente en toda la naturaleza. Y no solo a nivel subatómico, sino que el sistema macroscópico forma también un conjunto unificado y el concepto de «objeto separado y observado» deja de tener validez.[El Nobel de Física Erwin Schrödinger habla de entrelazamiento cuántico, un fenómeno en el que el estado de dos o más sistemas físicos depende del estado de cada unode los sistema, aun cuando estos estén espacialmente separados].

Otra de las enseñanzasque pueden extraerse del Bardo Thödol es que los seres conscientes en el estado intermedio, más allá de la “pulsión kármica”, pueden elegir la forma de su próxima reencarnación, incluso dónde nacer: el país, la cultura, la familia… Se dice que los seres más elevados espiritualmente podrán optar por alguno de los reinos de existencia superior (reino de los semidioses o el de los dioses), con la posibilidad de liberarse del samsara en cualquier momento. En relación a la «posibilidad de elección» el físico Amit Goswami señala que contamos en la vida con múltiples probabilidades desplegadas a modo de ondas de probabilidad (de un electrón). Esto nos pone delante a diversas opciones tan reales como las ondas de probabilidades de Schrödingery estas probabilidades dejan de existir cuando proyectamos nuestras expectativas, que se limitan a una sola posible. El doctor Stuart Hameroff va más allá afirmando que cada ”pensamiento consciente puede ser considerado como una elección, una superposición cuántica que colapsa en una elección”. [Esto nos recuerda la posibilidad «de seleccionar la puerta uterina» de laque habla el Sidpa Bardo(una de las fases del estado intermedio descrita en el Libro II del Bardo Thödol), en la que la consciencia «elige» donde nacer y se escoge a los padres]. La física moderna parece sugerir que cada vez que observamos el mundo, en un determinado nivel de la realidad estamos provocando un colapso de la función de onda . Un colapso que transformará una onda de infinitas posibilidades en algo concreto y material. Y esto nos convierte en creadores, en «hacedores» o «dadores» de nuestra propia realidad, como afirmaba Jung. El observador crea el colapso de la función de ondas en una determinada dirección y así participa en la creación de la realidad. El momento en que una onda de probabilidad se transforma en materia es lo que los físicos llaman colapso de la función de onda. Sería algo así como si ahora mismo detrás de usted no hubiese nada y justo en el momento en que se gira para mirar, todo toma forma y se «materializa». Es decir que aquello que hay detrás de usted en este momento solo existe como posibilidad. En cierto modo, todo esto guarda gran similitud con lo que afirma el Bardo Thödol que todos los fenómenos se encuentran en su origen en la mente.

“Si bien la mayor parte de la ciencia occidental considera esta cuestión [la inmortalidad de la consciencia] una fábula o un mito, la ciencia tanatológica demuestra –afirma el psiquiatra Stanislav Grof– que gran parte de lo que plantea en el Bardo Thödoles pertinente”.  Grof se basa en los estudios de experiencias cercanas a la muerte en las que lo relatado por las personas “traídas de nuevo a la vida” ha podido ser verificado. Relatos que cuentan que la consciencia abandona el cuerpo de modo muy similar a como se describe en el Bardo Thödol.  Sugerente lectura, pues, que puede despertar el interés o la curiosidad tanto de aquellos que afrontan por primera vez el argumento como de quienes se sientan atraídos por las tradiciones y la filosofía orientales, y  que más allá de los propios credos puede contribuir a desmontar ese tabú que es el tema de la muerte, y comenzar a verla desde una perspectiva diversa.

Sobre el manuscrito y la traducción del Bardo Thödol

El Bardo Thödol fue traducido por primera vez al inglés por Lama Kazi Dawa-Samdup y editado W.Y. Evans Wentz, pionero en el estudio del budismo tibetano y su transmisión a Occidente. A principios de 1919 un joven monje tibetano de un monasterio de Darjeeling, India, procuró al editor Evans Wentz un ejemplar del manuscrito del Bardo Thödol. El texto original se remonta al siglo VII, en la época de Padma Sambhava (fundador del lamaísmo), en que se encarga la redacción del Bardo Thödoly una vez concluido sería celado y redescubierto años más tarde.  Se trata, pues,  de uno de los libros perdidostibetanos. Según la tradición tibetana, el Bardo Thödol sería una de las obras ocultadas en secreto a fin de preservarlas para las generaciones futuras, y que tendrían que revelarse al mundo a su debido tiempo. Es decir, cuando la humanidad estuviese preparada para ello. Sea como fuere, es lo cierto que durante el periodo de persecución de budismo, a comienzos del siglo IX, fueron ocultados en cuevas y otros lugares secretos gran cantidad de libros pertenecientes al periodo arcaico del budismo tibetano. 

Me tiene hablando solo

Luis Rivero en suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP sábado 30/10/2020.

Si en ocasiones somos sorprendidos o nos damos cuenta de que mientras andamos solos por la calle o realizamos cualquier tarea ordinaria en casa hilvanamos un discurso mental a media voz con nosotros mismos, se dice que uno está hablando solo. Las causas se relacionan de sólito con un estado de preocupación. El hecho puede ser a veces estigmatizado, pues hablar solo es visto como un síntoma de demencia, o simplemente puede transmitir a quien lo presencia el estado de desasosiego de un sujeto ensimismado e inmerso en sus problemas. Este es el sentido que tiene la expresión y la imagen que traslada la hipérbole “me tiene hablando solo”. Es decir, cuando alguien se siente agobiado y no encuentra solución a una dificultad, ya sea de orden familiar, laboral o de cualquier otra índole. La situación más propia en la que suele inserirse la frase es cuando se le pregunta por el particular. La respuesta casi siempre es la misma: “Chacho, me tiene hablando solo”. 

En el español de Canarias, al igual que en otros dominios de la lengua castellana, encontramos abundantes hipérboles basadas en la exageración de fenómenos corporales, órganos y sus funciones o de actividades en general relacionadas con el físico para nombrar o definir realidades abstractas. Piénsese, por ejemplo, en expresiones tan comunes como: “quedarse (alguien) mirando para el techo” que recurriendo a la metáfora de la vista y su función específica (mirar) además de significar “llevarse un chasco”, puede expresar sorpresa o pasmo; o “salir(le) humo de la cabeza (a alguien)” (o “la cabeza le echa humo”). La referencia a la cabeza como sede del cerebro y, por ende, del pensamiento, y la metafórica combustión a la que induce pensar la presencia de humo, viene a expresar con chanza el ‘sentirse atolondrado, aturdido por un esfuerzo intelectual notable o por la dificultad en la compresión’. 

Por su parte, una dimensión elemental del simbolismo anatómico de la boca es la identificación, en una suerte de tropo, del órgano con su función (ingerir alimentos y hablar) o viceversa. En la locución “quedarse (o dejar al alguien) mascando en seco” se hace referencia al verbo “mascar (en seco)” (como sinónimo de ‘masticar’) para evidenciar en sentido lato la paradoja que no se tiene nada que “chascar”, nada sustancioso que masticar. Asocia una de las funciones de la boca (triturar los alimentos para ingerirlos) para indicar que alguien “se lleva un fuerte chasco”, o lo que es lo mismo, “llevarse una montada” o un desengaño; o la expresión “calentársele el pico (a alguien)” que recurre a la fabulación o animalización de convertir la boca en “pico” para hacer referencia a cuando alguien, tras haber tomado la primera copa, se entona y se le suelta la lengua (hablar con locuacidad) hasta propasarse. En esta línea de giros o modismos situamos la frase aquí comentada. Tener a alguien hablando solo (“me tiene hablando solo”) expresa con exageración que se vive o se atraviesa una situación problemática que precipita a quien la padece en ese torbellino de ideas que se transforma en bisbiseo mental, en un soliloquio que rumia los propios pensamientos dándole vueltas al mismo problema, lo que te hace más vulnerables frente a la ansiedad y la depresión, hasta el punto de que te tiene hablando solo. Aunque a veces se use de manera desmesurada hasta la exageración y con donaire: “Chacho, me tiene hablando solo”

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Estar como un saltaperico

Luis Rivero, Sábado 16.10.2020 |Suplementos de Cultura de La Provincia/DiariodeLasPalmas y El Día/La Opinión de Tenerife

Entre las expresiones que forman parte de ese gerontolenguaje del español de Canarias, ya en desuso, en franco retroceso o en vías de desaparición, se sitúa la voz “saltaperico”. Así se le llama en las islas a una tira de papel o ristra de petardos pequeños (especie de misto) que detonan cuando se les prende fuego por frotación contra una superficie dura y rugosa. Otrora, la chiquillería jugaba con estos triquitraques tirándolos al suelo, a los pies de otros chicos, para hacerlos saltar y correr. Y de ahí probablemente su nombre. Se trata de una palabra compuesta por el verbo “saltar” (“salta”) y el antropónimo “Perico”, hipocorístico de Pedro. Perico es -suponemos- un personaje fabulado, objeto de burlas y bromas en el imaginario popular, que con esta forma nominal ha tomado acomodo por emulación o simpatía en distintas expresiones orales, como mismo sucediera en otras locuciones: “Periquillo el de los palotes”, “como Pedro por su casa”, “como Mateo con la guitarra” o el Francisco del “¡cógelo, Cuco!”. 

El nombre lleva subliminalmente asociada la imagen de un chiquillo “pegando brincos” y corriendo para evitar las detonaciones entre sus pies, como quien escapa de un “volador enrabonado”, mientras el resto parece divertirse y gritar al unísono: “¡Salta, Perico!”. 

Por metonimia el término “saltaperico” se hace extensivo a una persona inconstante que cambia con facilidad y rápidamente de actitud o parecer, de ocupación o empleo (que viene a tener el mismo sentido que en el español de Cuba: ‘persona inestable’). 

La metáfora se traslada a la frase comparativa: “Estar como un saltaperico” o “parecer un saltaperico”, para referirse hiperbólicamente a quien se mueve continuamente de acá para allá sin dirigirse a ninguna parte ni concluir nada en concreto, caminando con inquietud y nerviosismo, con “jiribilla” (‘desazón, exceso de movilidad’). Dicho de otra manera: “No saber dónde poner el huevo”. Hace referencia tanto a la actitud física o locomotriz, como también al aspecto caracterial y humoral del sujeto. Lo que se concreta en una locución afín a la comentada: “tener (alguien) mucha sangre” para referirse a una persona muy dinámica y ágil para hacer muchas cosas. De hecho, para la medicina grecolatina la sangre era considerada la fuente del calor corporal y vehículo de las pasiones. En la antigua fisiología hemocéntrica se asignaba a la sangre una función orgánica y psíquica (vital, racional y sensorial). Esta idea subyace en otras expresiones populares como “hervirle (a alguien) la sangre”, que expresa fogosidad y cólera, o por el contrario “no tener sangre en las venas” para expresar falta de irritabilidad, laxitud de ánimo. 

En los linderos semánticos de la expresión comentada se mueven otras similares en las que la sabiduría popular ha sabido dar un matiz y alcance más preciso. A saber: la comparativa “ser más desinquieto que una rueda de fuego” que define la actitud y carácter de la persona incapaz de permanecer quieto; “ser variable como el tiempo”, para referirse al carácter cambiante; “tener (alguien) hormiguillas en el culo” que se dice de alguien “que no sabe estar quieto”, que es inquieto, sin sosiego.

Sacarle el cuero (a alguien)

Luis Rivero. Suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP……. 09.10.2020 |

Esta expresión que forma parte del repertorio fraseológico propiamente isleño está también presente y arraigada al otro lado del Atlántico; si bien en las islas observa un valor polisémico respecto al uso más corriente que tiene en la mayoría de los países americanos. Aunque prácticamente ha caído en desuso, se puede escuchar todavía la locución “sacar el cuero (a alguien)” con valor literal de ‘despellejarlo’ (“arrancarle/sacarle el pellejo”) y que en sentido figurado quiere decir ‘hablar mal de alguien o criticarlo con saña’. Con este registro se constata en diversos lugares de América. Sin embargo, en Canarias han tomado el relevo de esta antigua expresión otros usos sinonímicos que hoy resultan más frecuentes, como: “rajar” de alguien o “poner(lo) a caldo” que con la locución de uso general en castellano “poner (a alguien) a caer de un burro” vienen a significar lo mismo, ‘hablar mal o criticar a alguien cuando no está presente’. 

Pero sin duda el significado más genuino que conocemos de esta expresión idiomática en el español de las islas es el que hace referencia a “sacarle el cuero” (a alguien) en el sentido de ‘explotarlo de manera cruenta y abusiva’. 

La locución verbal “sacar el cuero” podría encuadrarse dentro del extenso grupo de metáforas basadas en exagerar o poner en evidencia determinados aspectos y fenómenos corporales, partes del cuerpo o relacionados con estas para expresar ideas abstractas, como por ejemplo: “Dejarse la piel”, para significar que se realiza un ‘esfuerzo titánico’; o “caerse(le) el pelo” (“¡Se te va a caer el pelo!”) que se asevera como advertencia ante una reprimenda o castigo a quien queda al descubierto por haber errado o actuado incorrectamente. 

La locución evoca seguramente en el inconsciente colectivo la imagen del látigo o “rebenque” con el que antiguamente se castigaba a los galeotes para que no cesaran de remar o para que mantuviesen un ritmo vivaz. En el universo pancanario puede sugerirnos un pasado remoto en el que los campos isleños contaban con la presencia de patrones abusadores y encargados o capataces despiadados que maltrataban y explotaban a los jornaleros en las fincas de plataneras o a los aparceros y peones agrícolas en los tomateros. La imagen del “rebenque” parece estar presente, aun subliminalmente, en la memoria colectiva y nos remite a tiempos de esclavitud. [“Rebenque” se le llama en Canarias a un ‘látigo o instrumento fabricado con un cabo de madera y una tira de cuero de animal que sirve para arrear a las bestias’]. No en vano, en la simbología antigua, el simbolismo del látigo refunde el lazo y el cetro que son signos de dominación y superioridad, y expresa a su vez la idea de castigo, si bien en la mentalidad arcaica los azotes y la flagelación pueden tener también el valor de “estímulo”. 

La voz “cuero”, por su parte, se usa en el español de Canarias para denominar a la piel de un animal muerto (con la que se puede confeccionar el rebenque), así como a la piel del animal vivo y por extensión a la del ser humano (que imaginariamente soporta los “rebencazos” o una “buena cueriada”). Por asociación de ideas, la expresión nos sugiere la imagen del “rebenque” que nos remite a la del “cuero” (‘piel’), sobre las que se construye la metáfora: “arrancar la piel a tiras”, que a su vez nos insinúa el mensaje de estar sometido a una “explotación cruel”. 

El contexto natural de uso de la expresión se relaciona obviamente con el mundo del trabajo. Así por ejemplo, cuando a alguien le preguntan o le piden referencias de un patrón o de un encargado o capataz con fama de negrero, la respuesta puede ser:

“¿Vas a trabajar con fulanito? ¡Ni se te ocurra! Ese le saca el cuero a cualquiera”.