Los pobres con agüita hacemos caldo

Canarismos

Los pobres con agüita hacemos caldo

Luis Rivero 13.07.2018 | Cultura La Provincia/DLP

Los pobres con agüita hacemos caldo

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio. Es esta una observación asertiva seguramente constatada en el curso de la historia de la humanidad. A la cual se le hace responsable de descubrimientos, invenciones y saltos evolutivos en el devenir de la especie. Esta sería sustancialmente la significación primordial de la frase aforística referida. El concepto se refleja de forma más elemental en la comparativa: “es más listo que el hambre” que da cuenta de que la necesidad extrema puede despertar en el menesteroso la sagacidad, agudizando intuición y talento para salir del apuro o superar situaciones de dificultad. En definitiva, el dicho “los pobres de/con agüita/agua hacen/hacemos caldo” viene a hacer notar que cuando escasea o falta el sustento necesario, se ponen en marcha ciertos mecanismos que nos dotan de la habilidad y destreza necesarias para llevar a cabo tareas o a desarrollar aptitudes hasta entonces desconocidas.

Pero si la antropología induce a la conclusión de que el lenguaje es reflejo directo de las dinámicas sociales y de los cambios generacionales, no es menos cierto que la ideología y el pensamiento como parte del imaginario se trasladan a través del vehículo idiomático, y a veces de un modo sutil. Más allá del valor significante primario de la expresión comentada, llama la atención que el uso más común toma la forma verbal de la primera persona del plural del presente de indicativo. Modo este que seguramente la provee de una particular fuerza ideológica que no parece del todo inocua. La expresión “los pobres con agüita hacemos caldo” está dotada de una seña identitaria bien precisa: la pobreza. Condición con la que el hablante se identifica subliminalmente -cuando no asiente conscientemente-.

El binomio escasez/abundancia como mismo: pobreza/riqueza están presentes desde los albores de la historia de la humanidad. Muchas culturas consideran la pobreza como parte inevitable de la imperfección y de la injusticia en la que se sume el mundo. Así hay quienes piensan que se trata de un problema econométrico resoluble sobre el que se puede intervenir desde las políticas públicas. Sin embargo, la pobreza es más una herencia ideológica -que genera a su vez actitudes- que una situación coyuntural o perdurable. Esta concepción doctrinaria se reconoce en otro dicho que repite habitualmente: “dinero llama dinero”; como mismo la pobreza llama a la pobreza, la escasez a la escasez y la abundancia a la abundancia. Buena parte de la responsabilidad sobre la pobreza y sus consecuencias socioeconómicas la tienen las promesas de vida eterna inculcadas durante dos mil años de monoteísmo.

La religiones monoteístas no parece que sean ideológicamente neutras, y mucho menos de efectos “biodegradables”. Las máximas que inculcan perduran -sin solución de continuidad- en el imaginario colectivo. Pasando a formar parte del pensamiento individual y grupal a través de la palabra. Aunque no siempre a los pobres les gusta ser pobres, algunas doctrinas intentan convencerlos de que entrarán en posesión de un legado celeste que superará todas la fortunas de la vida terrena.

Buena prueba de la inexistencia de contenidos asépticos en las doctrinas religiosas la tenemos en la Biblia. Por ejemplo, las voces pobre/pobreza aparecen en torno a las doscientas veces; mientras que las palabras rico/riqueza se mencionan al menos en trescientas cincuenta ocasiones. El término riqueza aparece sobre todo en el A.T. asociado -mayormente- a cualidades loables y positivas. Nos hablan de reyes y patriarcas que son colmados de riquezas y privilegios; o de hombres comunes que son premiados con tales dones. (“Buena es la riqueza en la que no hay pecado, mala es la pobreza al decir del impío; Eclesiástico 13).

Por su parte el N.T. suele identificar la riqueza y a quien disfruta de ella como una condición ligada al mal, a la imperfección y al pecado. (“[?] es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”; Mateo 19). [Quizás haya que buscar aquí el fundamento último del dicho: “gente rica, gente (d)el diablo”].

En fin, lo que pudiera parecer una frase aforística casi trivial que pone énfasis en la vivacidad frente a las dificultades, soslaya un trasfondo ideológico que podría esconder la “reivindicación” virtuosa de la pobreza, y que no parecería casual ni inocente y mucho menos neutral.

Pegarle una quintada (a alguien)

CANARISMOS

Pegarle una quintada (a alguien)

Luis Rivero 06.07.2018 | Suplemento Cultura La Provincia/DLP

Se trata de un modismo en franco retroceso que seguramente el hablar culto y la modernez han hecho caer en el desprestigio. Hoy acaso sobrevive entre determinados grupos de hablantes que ya peinan canas. Pero si la “quintada” como modo de expresión popular ha caído en desuso y ha quedado relegado casi a una rareza que registran las compilaciones de canarismos, no es menos cierto que entre los más jóvenes se escuchan todavía otros modismos populares de valor similar. Son ejemplos: “pegar un trancazo”, “dar el tranque”, “pegar una montada” o “hacerle a alguien una jugada”. Todas ellas formas de expresión sinónimas o similares a la anterior que pueden circunscribirse a ámbitos más amplios de hablantes.

Una “quintada” es un engaño o una mala pasada, una “jugada” que se le hace a alguien no cumpliendo con lo prometido o recurriendo a cualquier argucia con el propósito de embrollar. En un sentido laxo se suele utilizar con el valor de “tranque” o “montada” para referirse a una faena de menor entidad, como por ejemplo faltar a una cita o no aparecer en el momento en que se esperaba.

En cuanto a su etimología, la palabra parece derivar de “quinto” o “quinta” que se refiere a los soldados de reemplazo en el servicio militar obligatorio. [Todavía se escucha de nuestros mayores expresiones tales como: “Fulano es de mi quinta” para decir que son coetáneos o que “sirvieron” juntos, es decir, que fueron conmilitones durante el servicio militar]. El Diccionario recoge “quintada” como broma humillante que los soldados más veteranos gastan a los reclutas. En sentido similar lo registra Guerra en su Contribución al léxico de Gran Canaria. No obstante, el uso más común que conocemos es el de ‘engaño’, ‘artimaña’, ‘martingala’ o ‘mala jugada’ (por utilizar un pleonasmo usual)

La locución “pegar una quintada” (a alguien) recurre al verbo ‘pegar’ con el significado de ‘dar’, ‘hacer’ o ‘perpetrar’ para señalar a quien es objeto o a quien lleva a cabo un engaño, encerrona o fraude. Cuando se dice que “fulano me dio una quintada” para referirse a quien ha faltado a la palabra o recurrido al engaño implica -en una suerte de código de valores idiomático- que esa persona ha dejado de ser fiable y atendible, cayendo en el desprestigio social. Así viene tachado de “chafalmeja” (que se refiere a una persona de conducta informal e irresponsable) y en el peor de los casos, puede ganar fama de golfo o “palanquín” (del que ya se sabe “de qué pata cojea”).

Con carácter más laxo es de uso general la expresión: “¡Fuerte montada!” o “¡Si no’s montada esa!” que puede expresar ironía o sorpresa al descubrirse la faena que le acaban de hacer a uno o cuando alguien se lleva un chasco.

En sentido afín se escuchan las expresiones construidas con el verbo “embarcar” o el sustantivo “embarque”. Se usa indistintamente cuando a uno lo embaucan o lo enrollan y lo meten en un apuro o dificultad -contra su voluntad o por habérsela buscado- de cuya situación no sabe bien cómo salir. “¡Fuerte embarque!” o “¡ya me embarcaron!” son expresiones al uso cuando se descubre la situación de la que se desconocían las consecuencias. Las voces embarque/embarcar se emplean -creemos- en el sentido figurado de “embarcarse”, que en el español de Canarias, entre otras singulares acepciones, guarda el sentido de emigrar o embarcarse para América. Empresa -otrora- aventurada que no ofrecía demasiadas garantías de acabar bien. De ahí -probablemente- que cuando alguien se ve “cogido” por sorpresa o lo “dejan tirado” ante una situación de dificultad es como si lo “embarcaran”. Entonces suele exclama: “¡Si no’s embarque este!”.

Un andancio que anda por ahí

CANARISMOS

Un andancio que anda por ahí

Luis Rivero 29.06.2018 | Cultura La Provincia

De entre los numerosos arcaísmos del castellano que subsisten en el español hablado en Canarias, nos encontramos con esta rareza: “andancio”. El Diccionario lo registra esta voz como enfermedad epidémica leve. Otros léxicos se refieren a una enfermedad ligera que aparece en determinadas estaciones del año. O lo definen como: malestar o indisposición de actualidad; contagio o nombre popular de una enfermedad. Con todo se puede decir que se trate de una epidemia -generalmente de gripe, por ser lo más común, aunque puede ser cualquier otra dolencia- casi siempre estacional y que no reviste especial gravedad. Como arcaísmo lo localizamos al menos en León y Salamanca; y también en Cuba -además de Canarias-. El Diccionario de americanismos lo sitúa en el hablar popular y culto de Venezuela en forma femenina: andancia, como síntomas de alguna enfermedad leve. Guerra lo recoge en su Contribución al léxico de Gran Canaria como andancio/andansio: enfermedad virulenta, epidémica. El DRAE, en cuanto a su etimología, señala “andancio” como procedente ‘de andar’. Hay quienes apuntan a la voz portuguesa andaço o del gallego andancio, con origen o influencia del verbo ‘andar’. En algunos pueblos de Gran Canaria se usa todavía como expresión en reducidos grupos de hablantes: “eso es un andancio que anda por ahí”/ “eso es un andancio que hay par’a(h)i”(: por ahí). La expresión un “andancio que anda” parece dotar a la enfermedad en cuestión de la propiedad de desplazarse, para expresar que se propaga, se extiende, que va de un lugar a otro. Lo que representa figuradamente una idea que no deja de ser curiosa: la enfermedad como algo con capacidad de movimiento.

Un elemento peculiar de algunas lenguas es la categorización de los seres en animados e inanimados. Esto se realiza conforme a patrones culturales, especialmente derivados del pensamiento mítico y mágico, más que a determinantes universales de carácter biológico inherente a las cosas nombradas. Por poner un ejemplo desde el campo de la antropología lingüística, en las lenguas habladas por algunas tribus o pueblos nativos de América, ciertos elementos como el fuego, los astros, e incluso la enfermedad son concebidos como fuerzas naturales y se agrupan en una clase especial de seres animados, al igual que los espíritus que gobiernan a los hombres.

Sabemos que la condición de seres animados viene determinada originariamente -como bien indica la etimología de la palabra: del lat. ‘animare’- por estar dotados de movimiento. Esta idea parece subyacer en la concepción aristotélica de la clasificación de los “mundos” o “reinos”, al menos en su origen. Es decir, la distinción esencial entre seres animados e inanimados no está tanto en estar dotados o no de un “ánima”, ‘alma’ -como afirman las doctrinas teológicas posteriores- sino en la capacidad o predisposición al movimiento. Así las cosas, el concepto no resulta del todo extraño si se considera que la enfermedad epidémica se transmite (del lat. transmitt?re;’trasladar’,’transferir’) de una persona a otra y esto implica, en cierto modo, movimiento.

“Un andancio que anda por ahí” se presenta como una frase hecha de carácter predictivo/informativo. Sirve para predecir un fenómeno que ocasional o estacionalmente aparece con carácter epidémico en la población. En tal caso puede considerarse un vaticinio cuando actúa en un plano exclusivamente teórico. Pero también puede tener un valor informativo cuando en boca de nuestros mayores se afirma con fundamento, basado en la propia experiencia vivid. (“Eso es un andancio que anda por ahí”). Se trata de una expresión hoy en retroceso o en casi total desuso -quizás identificada como “poco elegante” y propia de gente del campo, cuando en realidad puede considerarse más bien un cultismos antiguo- y ha sido progresivamente sustituida por otra más “fina”: “eso es un virus” (para referirse a la causa u origen, al síntoma o a la enfermedad, indistintamente). Que dicho así, como se suele escuchar por ahí, se ampara, más que un conocimiento médico preciso, en una conjetura pseudocientífica.

Parece que no moja y empapa

CANARISMOS

Parece que no moja y empapa

Luis Rivero 15.06.2018 | Suplemento Cultura de La Provincia/DLP

La expresión la escuchamos sobre todo en Gran Canaria y Tenerife, entre otras islas, y del otro lado del Atlántico parece localizarse también en Cuba y Venezuela con idéntico significado. En sentido literal hace referencia a la lluvia fina y continua, casi imperceptible, pero que termina calando hasta los huesos. A esta llovizna se le denomina de diversas maneras en cada isla, conforme a las características y singularidad del fenómeno. También ha dado lugar a la construcción de verbos específicos para expresar la acción de los distintos tipos de precipitaciones. Así por ejemplo se le llama: ‘garuja’ o ‘garujeo’ (verbo: ‘garujar’, ‘garugar’ o ‘garujiar’); ‘posma’ o ‘posmita’ (‘posmear’); ‘sorimba’ (‘sorimbar’); o ‘chubascar’ o ‘chubasquiar’, ‘sereno’, ‘peluja’, y un largo etcétera.

Toda esta serie de hipónimos utilizados para conceptualizar y nombrar ya sea la lluvia, un tipo de llovizna característica y otros fenómenos meteorológicos afines en sus distintas categorías se construyen a través de una motivación. Esta puede ser fonética (onomatopeya) como por ejemplo: “chipichipi” [probable origen onomatopéyico relacionado seguramente con el verbo ‘chispear’ o ‘chispiar’] como se llama en las islas a la lluvia muy menuda que cae con suavidad, pero de manera continua; puede tener igualmente una motivación morfológica (ya sea por derivación, composición o acronimia) como por ejemplo: “maresía” o “marismo” [derivado del morfema ‘mar’] y que se llama en algunas islas al aire cargado de humedad marina en las zonas cercanas a la orilla del mar; o ya sea por derivación semántica (metáfora o metonimia), como por ejemplo: “rocío” como se conoce en Gran Canaria a un chubasco de intensidad regular [del verbo “rociar”]. Estas motivaciones conforman en su origen el punto de vista del observador/hablante que subraya algún rasgo descriptivo del fenómeno o hecho observado para nombrarlo. Construcciones que en su significado primario funcionan como apreciación empírica sobre el fenómeno atmosférico en cuestión y se relacionan, por tanto, con las paremias meteorológicas o cabañuelas (barruntos o “aberruntos”), para así advertir -casi siempre- las consecuencias de esta llovizna fina, menuda, que “parece que no hace nada”, pero acaba “enchumbando” o “ensopando”.

Al mismo tiempo, la metáfora meteorológica “parece que no moja y empapa” se utiliza en sentido figurado para referirse a alguien apacible, aparentemente manso, poco llamativo o de poco ánimo que al final se revela como una persona llena de virtudes, eficiente y de encomiable entrega en las tareas que acomete. Cuando tales habilidades resultan desconocidas y acaba sobresaliendo inesperadamente y sorprendiendo a todo el entorno, se suele expresar: “míralo a él, parece que no moja y empapa”. Expresiones similares resultan: “parece que no mea y echa un buen chorro”, que igualmente se dice en algunos lugares de las islas de una persona que parece timorata y apocada, y que en realidad resulta ser todo lo contrario; o “el que menos mea, hace un charco”. O frases afines que acompañan a las anteriores como comentarios que complementan aquella opinión: “y parecía bobo cuando la compraron”, que su utiliza en ocasiones para expresar sorpresa.

Barco varado no paga flete

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Barco varado no paga flete

Luis Rivero 09.06.2018 | Cultura La Provincia/DLP

De entre los varios dichos de origen marinero o inspirados en ambientes de los hombres de la mar, este se localiza en algunas islas y al otro lado del Atlántico -al menos, en Cuba- amén de en otros dominios del español donde presenta otras variantes. La expresión “barco varado no gana flete” o “barco parado no paga flete”, según las distintas versiones que se escuchan, recurre a dos términos claves, y potencialmente contrapuestos, propios del argot marinero: “varado” y “flete”. “Varado” es participio del verbo varar y -como es sabido- expresa cuando la embarcación es arrastrada hasta la playa buscando refugio ante las inclemencias meteorológicas, de la resaca o de los golpes de mar. Es sinónimo de estar parada en la orilla del mar, en seco. “Flete”, por su parte, se le llama al alquiler de un barco o navío -y por extensión de otros medios de transporte- y en ambientes marinos y mercantiles, también se refiere al precio que hay que pagar por este alquiler, y por ende se ha hecho extensiva -por metonimia- a la carga que transporta el barco.

Expresiones idiomáticas, metáforas e idiolecto en general suelen estar íntimamente ligadas a la cultura, la ideología y al imaginario colectivo. Así conforman una especie de constructo lexical, elaborado en la praxis, que actúa a modo de moderno “manual de autoayuda”, por recurrir -si se me permite- a una expresión contemporánea al uso.

El dicho en cuestión se recrea en una metáfora propia de la actividad naviera o de la cultura o ambientes marineros, formando parte del elenco de figuras alegóricas que recurre a oficios artesanales y actividades humanas o económicas para expresar cualidades, actitudes y situaciones de la vida cotidiana o del trabajo. Con tales elementos se configura una sentencia de pedagogía elemental que afirma que la inactividad no genera beneficio alguno. Con ello se censuran la pasividad y la pereza, e implícitamente se insta a ser diligentes y “productivos”. No parece del todo casual la elección de la imagen del barco varado para expresar inactividad u ociosidad si se considera además que la simbología antigua -a un nivel elemental- asimila en ocasiones el barco al cuerpo humano.

Son varias las expresiones que recurren a metáforas similares, tales como: “estar en el dique seco” que se refiere a cuando alguien no lleva a cabo actividad ocupacional o laboral alguna, de sólito involuntariamente o forzado por las circunstancias. O aquella otra expresión majorera que dice: “llevar una buena varada” que igualmente echando mano de una locución marinera viene a significar cuando alguien lleva tiempo parado, sin hacer nada, ya sea debido a una enfermedad o a otro impedimento.

El dicho “barco varado no gana flete” puede invocarse en alusión a alguien que “trabaja en la cuerda floja”, es decir, a quien habitualmente “no da un palo al agua” y se entrega pertinazmente a gandulear. En ocasiones puede referirse a una actividad económica en sí misma considerada que se encuentra transitoriamente cerrada o sin producir. Pero también puede predicarse como máxima que con carácter o intención general elogia el trabajo y la actividad provechosa frente a la inmovilidad; y singularmente como reproche a una persona vaga u holgazana en el trabajo. Es decir, a quien se entretiene en exceso con una minucia o labor menor para escaquearse y “hacer argollas”. Aunque también es cierto que a veces puede servir de pretexto al capataz o al patrón para “sacarle el cuero a alguien” (explotar a una persona de mala manera o aprovecharse abusivamente de ella)

Hay que echarle de comer aparte

CANARISMOS

Hay que echarle de comer aparte

Luis Rivero 02.06.2018 | Suplemente de Cultura de La Provincia/DLP

La expresión en castellano “hay que darle de comer aparte” -de etimología imprecisa- parece haberse acomodado en el español de Canarias adoptando una variante y un matiz significante peculiar. Se trata de una de esas expresiones populares que recurre a una especie de eufemismo para precisar una actitud negativa determinante como definidora del mal carácter de un individuo. “A ese hay que echarle de comer aparte”. En ella se recurre a la locución verbal “echar de comer” que en el español de Canarias -al menos- viene a definir el acto de alimentar a las bestias y animales domésticos en general. “Se echa de comer” a los animales, mientras que a las personas “se les da de comer” o “se les pone de comer”. Esta diferencia en el uso de distintos verbos o locuciones verbales específicas para identificar la acción de ofrecer alimento a personas o animales es común a varias lenguas.

Las metáforas de animales y comparaciones con objetos y utensilios del imaginario rural parece ser una característica en las lenguas románicas. Esta tendencia a las metáforas y a la “animalización” de las personas a través de expresiones que tratan de definir comportamientos, tipologías de individuos o características determinantes de estos resulta un recurso usual en el español hablado en Canarias, aunque no exclusivo de este. Las construcciones que recurren a la “animalidad” para fijar un determinado concepto sobre la base de una serie de rasgos típicos del modelo referencia pueden sugerir una especie relación “totémica” que trata de expresar por emulación el elemento característico. En esta suerte de “fabulación” de dichos y expresiones se extrapolan gestos, aspectos y actitudes propias de los animales como elementos definitorios del comportamiento humano individual o grupal.

Se recurre así, de sólito, a locuciones verbales comparativas que reseñan una peculiaridad o atributo definitorio al que se asocia el animal en cuestión en el imaginario popular. En las islas podemos escuchar expresiones tales como: “comer como un cochino” para definir el apetito voraz de un individuo y la falta de refinamiento o modales en este acto; “estar gordo como una tonina” para referirse a una persona extremadamente obesa [la tonina es una especie de delfín común en las aguas canarias, y figuradamente ha pasado a ser sinónimo de persona muy gruesa]; “estar armado como un burro”, frase que haciendo referencia a la especial lozanía de la que tiene fama este animal, se sugiere cuando el varón da muestras de especial vigor sexual; “ser más puta que las gallinas” que juzga -siempre sobre la base de parámetros “androcráticos” presentes en el idiolecto de referencia- la actitud “fácil” o “ligera” de la hembra con especial predisposición a mantener relaciones sexuales “abiertas”, por así decirlo; “estar caliente como un macho” que se dice de alguien que está enfurecido o colérico, parangonándolo a las malas pulgas que se le atribuyen al macho cabrío; la frase “estar flaco como un podenco” se usa para definir la excesiva delgadez de una persona; o “estar enguirrado” para referirse a alguien cuando está engurruñado, encogido, flaco, menudo o bajo de tono por el frío o por una enfermedad. Ciertas actitudes de las mencionadas han cristalizado por asimilación en un verbo que define el rasgo determinante del animal modelo de referencia. Son ejemplos los términos: “encabronarse” para referirse al acto de enojarse o enfadarse aireadamente; “encochinarse”, estar muy enfadado hasta el punto de mostrarse intratable; o “amularse” para significar el enfado y obstinación solapadas, generalmente guardando silencio en actitud de recelo.

Algunas de estos verbos de comportamiento animal asimilado ayudan a precisar el significado de la expresión “a ese hay que echarle de comer aparte”, pues en cierto modo definen rasgos o actitudes de quien resulta intratable por estar normalmente encochinado, o por su carácter y modales particularmente rudos, poco sociable y nada educado, o acaso propio de la persona hosca, arisca y poco fiable. A veces se escucha: “¿Eso? ¡Eso es un animalito!” (en ocasiones se usa la forma neutra del pronombre, lo que hace que el sujeto reste en la indefinición, como si fuera una cosa)… “A ese hay que echarle de comer aparte”, que es lo mismo que decir que es una auténtico “animal” -metafóricamente hablando- que no sabe comportarse, que es intratable o no es de fiar, porque se puede “revirar” en cualquier momento.

Entrevista

Entrevista en La Provincia de lunes 7 de mayo 2018
Entrevista | Luis Rivero
“La historia de un pueblo en la diáspora solo puede escribirse desde el exilio”
“Lo que nos hace semejantes son los sentimientos y las actitudes fundamentales de los seres humanos que las integran, que es lo que nos hace humanos” destacó el escritor

Nora Navarro 07.05.2018 |
“La historia de un pueblo en la diáspora solo puede escribirse desde el exilio”
“La historia de un pueblo en la diáspora solo puede escribirse desde el exilio”
El escritor, traductor y articulista grancanario Luis Rivero, colaborador habitual de LA PROVINCIA/DLP, publica el libro ‘Historias sefardíes’ (Mercurio Editorial, 2017), en el que reúne un total de 13 relatos que brindan “una visión ficcionada del mundo sefardí” y a los que, pese a su situación en contextos histórico-temporales, localización geográfica y escenarios narrativos tan dispares como sus personajes y protagonistas, subyace “la existencia de un nexo sefardizante entre ellos”.
¿Cómo nace su interés por el mundo sefardí?

La cultura sefardí es parte fundamental en la genealogía e historia de las distintas comunidades de la Península, pero también tuvo una presencia significativa en Canarias, si bien poco conocida, cuando no ignorada absolutamente. Desde hace muchos años, el “mundo judío” ha suscitado mi interés y, en particular, llamó poderosamente mi atención esta “rareza” histórica que son los judíos de Sefarad, que era como se conocía desde la Antigüedad al territorio de la península ibérica. El origen supuesto de este pueblo que se asentó con vocación de permanencia y convivió pacífica y ejemplarmente durante siglos con cristianos y musulmanes, apuntan algunos historiadores a que se trataba de aquellos exiliados de Palestina durante la dominación romana; hay quienes hablan de una de las tribus perdidas de Israel. Pero en un momento de la historia, es condenado de nuevo al exilio. Los sefardíes definen su existencia por ser “la diáspora de la diáspora”. Lo más fascinante es cómo este pueblo ha sido capaz de sobrevivir disperso por el mundo, adaptarse a los distintos lugares de acogida y preservar su lengua y su cultura durante siglos.

¿Cómo documentó los hechos, costumbres y testimonios que trazan esta cosmovisión de la cultura sefardí?

Sin premeditación, podríamos decir. El estudio y lectura de estos temas, movido, no por la idea de escribir, sino por la pura curiosidad, han ido conformando con los años una “memoria documental”, que me ha familiarizado con todo ese imaginario doméstico, ritualista, folclórico, litúrgico o léxico. Cuando pensé en escribir sobre los sefardíes, se trataba de un ensayo que resumiera las conclusiones a las que había llegado tras meses de investigación de lo que iba a ser el tema de mi tesis doctoral: “la condición de sefardí como presupuesto para la adquisición de la nacionalidad española”. Pretendía ser un estudio que intentara determinar el concepto de lo sefardí desde el punto de vista jurídico, pero desde una perspectiva multidisciplinar. Lo que era bastante ambicioso, pero sugestivo. Luego -como siempre, sin pensarlo- surge la ficción, en la que te mueves con mayor libertad porque no debes ser fiel a la realidad de los hechos, sino que la construyes sobre estos.

¿Por qué quiso deslocalizar y jugar con los marcos temporales y geográficos en que se desarrollan los distintos relatos?

Quizás porque la historia de un pueblo en la diáspora solo puede escribirse desde el exilio. La respuesta a su pregunta es la conclusión a la que llega uno de mis personajes, el nieto de Ezequiel Caro, que ahora hago mía. No podía ser de otra manera. Narrador y personajes se sitúan en distintos momentos históricos y lugares de la geografía de esa diáspora: Lisboa, Canarias, Estrasburgo, Zúrich, Tesalónica, Amberes, Reikiavik, Estambul, Toledo, París, Tel Aviv, Maracaibo, Nueva Jersey, Nueva Orleans, Brooklyn, Madrid, Buenos Aires, Barcelona? Estos marcos geográficos y temporales pueden parecer caprichosos, pero creo que son necesarios. Quizás por romper la disciplina que fija el propio concepto lineal de lo temporal.

¿En qué medida se inspiran sus personajes y anécdotas en vivencias reales o biográficas?

Creo que la historia real no se escribe con una mayúscula académica, no está hecha de fechas memorables ni de hazañas de personajes célebres. La verdadera historia está hecha de infrahistorias. Son la memoria y los testimonios de seres anónimos o desconocidos sobre los que se escribe la historia real. Los relatos ofrecen una visión ficcionada de ese universo sefardí. Alguna anécdota se extrapola de la realidad para ser libremente ficcionada, unido a retales de memoria dispersa, pero recurrentes. Me he permitido incluso un par de bromas a algún que otro amigo a los que he inmortalizado como personajes, dotándoles de un rol de antihéroe con notas de comicidad pero a partir de sucesos o anécdotas reales. En ocasiones sigo optando por la voz narrativa en primera persona, que dota al relato de mayor verosimilitud y crea empatía con el personaje, que hace que el lector reste en la duda de si lo que está leyendo sucedió realmente o es pura invención.

¿Cuál es el sentimiento unificador que comparten los personajes de Historias sefardíes ?

El nexo principal que aparece como conector de tramas y común a todas las historias es un elemento sefardizante. Casi siempre se trata de sujetos así identificados como miembros de una comunidad, tradición o cultura; o los propios elementos que conforman ese imaginario colectivo. También de quienes han perdido esas señas identitarias, o los descendientes de los que renunciaron a su credo con tal de permanecer en su patria.

¿Este proyecto literario nace también con vocación de reivindicar el pasado de los descendientes judíos en la Península ibérica? ¿La ficción literaria es un arma contra el olvido?

Ficcionar, pensar, escribir, contar, leer son medios para recordar. Si no son un arma, sí es la mejor medicina contra la desmemoria. Cuando el recuerdo se pierde o no es identificable porque se ignora, es como si no existiera. El olvido es siempre contingente. Puede perpetuarse hasta que por generación espontánea es reivindicado por alguien que rescata el recuerdo y recupera la memoria. Esta es la historia de muchos criptosefardíes y anusim desmemoriados, de los descendientes de judíos conversos o cristianos nuevos que ignoran esta pertenencia. Por ejemplo, usted y yo estamos hablando aquí, ahora, y seguramente ignoramos que nuestros apellidos pueden tener orígenes judeoconversos; al menos, eso es lo que parece deducirse de crónicas de la época o actas de la inquisición. Podemos ser parte de esos desmemoriados que desconocen sus orígenes. Si la gente indagara al respecto, se llevaría más de una sorpresa. Es de reseñar una iniciativa colectiva reciente en reivindicación de esa memoria, que es la Academia Nacional de Judeoespañol dentro de las Asociación de Academias de Lengua Española.

Las escenas cotidianas de Historias sefardíes recogen el sentir de una sociedad a través de escenas trazadas con lirismo y humor, en la estela de García Márquez o Rulfo, ¿qué influencias literarias impregnan sus relatos?

Creo que no le corresponde al autor advertir las influencias, sino a los lectores críticos. Es un hecho que uno se nutre también de lo que lee, que los sedimentos narrativos se van “empozando” y depositando a niveles sutiles y terminan – selectivamente- impregnando la creación propia. Pero en cualquier caso se me hace muy difícil esa labor autocrítica de desentrañar tales influjos en un texto propio. Lo único que puedo decir es que, si hay un autor de culto por el que profeso una admiración cercana a la devoción, ese es Borges.

¿Las reflexiones que subyacen a las 13 historias sugieren que, al final, las sociedades se parecen entre sí y es más lo que nos une que lo que nos separa?

En cierto modo, sí. Pero hay que estar atentos a las conclusiones que se sacan de ello. ¿Nos parecemos? Sí, pero no somos iguales; el mundo no es “una aldea global”, como machaconamente se repite. Esto no es más que una premisa ideológica que se alinea con el pensamiento único o mainstream para justificar otras cosas. Lo grande de la especie humana es su “pluriculturalidad”, si se me permite el palabro. Lo diverso es lo que nos hace atractivos para los otro, pero las sociedades son sustancialmente distintas -afortunadamente, diría: ¡qué aburrido sería si fuéramos todos iguales!-. Lo que nos hace semejantes son los sentimientos y las actitudes fundamentales de los seres humanos que las integran, que es lo que nos hace humanos.

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Barriguita llena, corazón contento

CANARISMOS

Barriguita llena, corazón contento

Luis Rivero 26.05.2018 | Suplemento Cultura La Provincia/DLP

Este dicho de contenido aforístico es -en sus distintas variantes- de uso general en los diversos dominios del español en el mundo. En las islas forma parte de las expresiones domésticas con las que nuestras madres y abuelas culminaban cualquier comida familiar en una suerte de bendición profana con la que sacralizaban el acto.

“Barriguita llena, corazón contento” nos reporta a un axioma elemental que tiene su fundamento en el orden de prelación de las necesidades humanas que -como es sabido- sitúa en la base de la pirámide las que se consideran primordiales para la vida: respirar, beber y comer.

La expresión se articula en una oración nominal en la que se identifican dos partes que hacen referencia a dos órganos corporales que desarrollan funciones fisiológicas específicas: estómago y corazón; cada uno de los cuales se complementa con un adjetivo relacionado: lleno/contento que expresan saciedad, abundancia/buen humor, bienestar?

La creencia popular que relaciona a través de expresiones que recurren a las metáforas de órganos físicos o corporales o funciones fisiológica, para definir determinadas emociones, sentimientos, afectos, sensaciones anímicas o facultades intelectuales tiene su base en la teoría humoral del galenismo. Entiéndase ‘humor’ en el sentido de estado anímico o afectivo de un individuo, ya se trate de un rasco comportamental de carácter permanente o coyuntural.

Esta idea ha cristalizado en una serie de locuciones en nuestra lengua que son prueba de la permanencia de esta creencia o tradición. En el español -en general- existen una serie de expresiones asociadas al estómago (panza, tripa, barriga?) que identifican este órgano como sede de las emociones. “Hacer de tripas corazón” se usa habitualmente -también en Canarias- para expresar la actitud de alguien que se esfuerza en disimular una situación de miedo o temor, o para sobreponerse a la adversidad. Por su parte, la exclamación “¡hay que tener estómago!” expresa la falta de escrúpulos para acometer algo que causa repugnancia o estupor a los ojos de los demás.

Mientras que el corazón suele identificarse con la sede de los sentimientos, generalmente referido a los buenos sentimientos o sentimientos amorosos. Así por ejemplo cuando se dice en sentido figurado que una persona tiene “un buen corazón” no es para señalar una regular y sana actividad cardiaca, sino para hacer notar que se trata de alguien lleno de buenos sentimientos. O cuando decimos de alguien que tiene “el corazón roto” para advertir que padece o ha sufrido una fuerte herida emocional. Existen multitud de voces en castellano que redundan en el mismo sentido, así los términos: ‘cordial’, ‘cordialidad’ o por el contrario, ‘discordia’. Todos estos tienen su raíz en la voz latina cor, cordis, ‘corazón’. Una persona cordial es alguien afectuoso, de corazón; mientras la cordialidad indica la cualidad de cordial, de afecto, por el contrario, la discordia revela la ruptura de la paz y armonía en las relaciones para expresar desavenencia, desafecto, contrariedad…

Más allá de las razones hemodinámicas que acaso puedan explicar desde el punto de vista de la neurofisiología la relación entre el proceso digestivo y la sensación de bienestar, la máxima asevera con singular elocución que saciado el apetito, y satisfechas por tanto la necesidad de ingestión alimenticia a reclamo del organismo, el individuo -malas digestiones aparte- se siente de sólito complacido y feliz.

Son diversos los dichos similares en la tradición paremióloga castellana antigua. Entre otros aquel que localizamos en varias ocasiones en el Quijote y que reza: “Todos los duelos con pan son buenos” (en alguna variante se usa el “menos” en lugar de “buenos”), para proclamar que las situaciones de dolor o aflicción son más llevaderas cuando se afrontan con el estómago lleno. Y es que “tripas llevan corazón, que no corazón tripas” que es otro modo del saber antiguo que muestra la relación de subordinación que tiene una cosa con la otra, y que no deben desatenderse las necesidades prioritarias.

Después del gusto viene el disgusto

 CANARISMOS

Después del gusto viene el disgusto

Luis Rivero 18.05.2018 | Cultura La Provincia/DLP

Entre los consejos de uso aforístico de ámbito familiar o doméstico es recurrente el que afirma: “primero viene el gusto y luego el disgusto”. Generalmente advierte de los riesgos implícitos a todo desliz, aventura o romance con consumación del acto sexual entre hembra y varón que puede traer como consecuencia un embarazo no deseado o “prematuro”. Tiene pues un claro carácter admonitorio cuando exhorta y aconseja previamente de la imprudencia, o valor de clara sanción moral cuando reprocha la acción ya concluida e irremediable. No supone tanto un reproche a la vida disoluta de un individuo, como a la negligente, por impulsiva, actitud de la hembra o del varón en sus relaciones.

Son numerosas las locuciones populares en distintas lenguas que expresan emociones, afectos, sentimientos, sensaciones anímicas o físicas, etc., a través de metáforas de los sentidos o funciones de órganos físicos. Tradicionalmente -en el español hablado en Canarias- el sentido del gusto se usa figuradamente para hacer referencia al placer ligado a las apetencias sexuales. El “gusto” es, pues, sinónimo de placer, y más específicamente de placer sexual.

El “disgusto” por su parte es un eufemismo para referirse al embarazo o preñez (más concretamente al embarazo no deseado). [Así viene usado por ejemplo en Galdós: “Puedes salir; no eres una chiquilla y ya sabes lo que haces. Yo creo que no nos darás ningún disgusto, y que has de mirar por el decoro de la familia lo mismo que miro yo. La dignidad, hija, la dignidad es lo primero” ( Fortunata y Jacinta)].

Un antecedente remoto del dicho comentado lo podemos encontrar -quizás- en aquel aforismo latino que reza: omne animal a coitus triste est (que ha trascendido también en diversas citas en la versión: post coitum omne animal triste est: ‘todo animal está triste después del coito’). Esta máxima -tradicionalmente atribuida a Aristóteles y a otras varias autoridades que desde antiguo han recurrido a ella- al parecer tiene su origen en las Epístolas 74,14-16 de Seneca. Literalmente viene a hacer referencia a un fenómeno que desde la Antigüedad llamó la atención de galenos y filósofos. Tanto la biología aristotélica como la medicina de base hipocrática estudian el estado poscoital. La moderna psicología lo denomina disforia poscoital. Y que hace referencia al estado de melancolía o tristeza (‘disforia’ es antónimo de euforia) que dicen invade al macho de las distintas especies animales, Homo sapiens incluidos, después de consumar el acto sexual.

Este sentido literal trasciende a la expresión figurada de carácter genérico en un aforismo, ya antiguo, que reza: “Tras el gusto se sigue la tristeza”. Como aparece en un título cervantino ( Las dos doncellas): “-Ahora digo, hermano y señor mío, que la suma alegría que he recibido en veros no puede traer menos descuento que un pesar grandísimo; pues se dice que tras el gusto se sigue la tristeza; pero yo daré por bien empleada cualquiera que me viniere, a trueco de haber gustado del contento de veros”.

Así, pues, el dicho: “después del gusto viene el disgusto” puede funcionar como advertencia conclusiva con carácter aleccionante; pero la mayoría de las veces, en realidad, trata más bien de censurar el desliz cometido. Un uso propio y característico puede darse en la situación en la que los novios, habiendo consumado una relación prematrimonial “arriesgada” o sin tomar las debidas precauciones, trae como consecuencia el embarazo de la joven. Cuando el estado de gracia se hace ya evidente, y el novio se lamenta de lo sucedido por las involuntarias consecuencias, se le suele recriminar: “Después del gusto viene el disgusto, amigo”. Dicho de un modo vituperante, que puede resultar bastante jeringón dado el panorama que se presenta; pues lo último que espera el “infractor” es que le echen en cara el desliz y las “fatales” consecuencias del disfrute, cuando se sabe que estas cosas se deben a la falta cálculo y prevención achacable a la inexperiencia o a la turbación propia que se desata en el momento.

“… y hágase el bobo”

Canarismos

“… y hágase el bobo”

Luis Rivero 11.05.2018 |Cultura de La Provincia (dedicado íntegramente a Galdós en su 175º aniversario)

 Con apenas diecisiete años -hacia 1860- en Gran Canaria, un joven Benito Pérez Galdós comenzó a anotar en un cuaderno los términos que escuchaba en la calle o en “el campo” y que formaban parte del modo de expresión común del hablante de la época. Se trataba casi siempre de expresiones orales y de las que no encontraba referencias escritas en el diccionario. En este cuaderno Galdós llegó a registrar más de cuatrocientos vocablos de distinta naturaleza y ámbitos de procedencia. Las voces recogidas por Galdós, antes de partir hacia Madrid en 1862, donde se afincaría para comenzar sus estudios de Derecho, marcarían seguramente su producción literaria posterior (al menos, la tardía). Esta recopilación léxica -que ha sido transcrita, analizada y comentada por los catedráticos Clara E. Hernández y José A. Samper y recogida en el volumen Voces canarias recopiladas por Galdós (edición del Cabildo Insular de Gran Canaria, 2003)- dan testimonio del interés que despertó en el escritor la manera de hablar de la gente de su tierra. Pero no es de esta recopilación de voces canarias de lo que quiero hablarles -más allá de que se mencionen de pasada algunos canarismos “de Galdós”- sino de una expresión popular que gana celebridad hoy, precisamente a partir de una anécdota que tiene como coprotagonista al escritor.

En noviembre de 1887 el abogado grancanario don Fernando León y Castillo es nombrado embajador de España en París -cargo que desempeñaría hasta el final de su vida-. Conocida es la vieja amistad entre el político teldense y el más universal de los escritores isleños, de modo que Fernando León y Castillo se prestó a mediar por él para procurar la publicación de su novela Nazarín en Francia (en las páginas del diario Le Figaro), una vez traducida al francés. Se cartean entre ellos de manera regular y a través de este intercambio epistolar se hacen sugerencias, comentarios y peticiones. En una de las misivas, Fernando León y Castillo informa a Galdós sobre el estado en que se encuentran sus gestiones para la publicación de su novela en francés; y posteriormente le recomienda -ante la impaciencia del escritor- de no enojarse (o no “enroñarse”, por usar una de las voces recopiladas por el mismo Galdós). Se lamentaba en su carta don Benito sobre las dificultades para publicar Nazarín (publicación que a la postre sería descartada por el diario francés por ser una novela “demasiado larga”). En la respuesta, el bueno de don Fernando aconsejaba a su amigo: “No olvides aquella norma de conducta de los maúros de Canarias: paso de buey, tripas de lobo y hágase el bobo” [que hemos comentado en otra ocasión].

Este dicho fabulado -hoy prácticamente en desuso- ha llegado hasta nosotros a través de la anécdota narrada en esta relación epistolar. Sin embargo, su origen hay que buscarlo en la tradición refranera castellana. Así el paremiólogo José Mª Iribarren recoge la versión: “Paso de buey, diente de lobo y… hacerse el bobo” entre los refranes y aforismos que forman parte del acervo folclórico navarro. Con alguna variación existe también en otros ámbitos del castellano para hacer valer la paciencia, habilidad y astucia de alguien. Este mismo autor recoge otro dicho afín de similar significado, que acaso resulta más claro: “Paso corto, vista larga, paciencia y mala intención, que ¡ya te llegará la ocasión!”.

Con independencia de su origen, la expresión encontró acomodo en el idiolecto de ámbito rural, propio de los magos y maúros de antaño. De tal modo que en aquella época -y de las palabras de don Fernando León y Castillo se deduce- formaba parte del patrimonio aforístico insular. El “paso de buey” nos traslada la imagen de la yunta de bueyes en su andar manso, cabizbajo, paciente, lento y continuo; en actitud de aparente sumisión al yugo o ‘cango’, y “tirar pa’lante”, sin rechistar, con docilidad.

Tener una “tripa de lobo” es desarrollar el más puro instinto de supervivencia, “tragándose lo que a uno le echen”, “hincarle el diente a lo que sea” y “calladito a la boca”; mostrar el espíritu más salvaje y antagónico a la domestiqueza del buey, pero que se sustenta y tienen en común la propia resistencia ante la adversidad. “Hacerse el bobo” equivale en sentido figurado a ‘atorrarse’, con el significado que se le da en el español de Canarias: ‘mantenerse alguien al margen de una situación comprometida, para pasar desapercibido y que no se conozcan sus verdaderas intenciones’. Hacerse el tonto [el “bobera”, por utilizar otra voz recogida por Galdós], como el que no sabe nada? Todo ello representa la “sumisión” socarrona, paciente -a veces indolente- pero aguda e ingeniosa, propia del carácter isleño; y en particular del hombre del campo que la ha adoptado y desarrollado como estrategia de supervivencia frente a las distintas vicisitudes y a la adversidad. Quizás por ello la expresión se hizo eco y adquirió “carta de naturaleza” en el español hablado en Canarias “en la época de Galdós”.