¡No me chingues la borrega!

CANARISMOS

Luis Rivero 04.09.2020 |Suplementos de Cultura de La Provincia/DLP y El Día/La Opinión de Tenerife

Aunque poco usada, a muchos de nuestros mayores les resultará familiar esta expresión que viene pronunciada solitamente en un tono exclamativo para advertir a alguien que deje de importunar o para reprenderle por lo que ha dicho. La “borrega” es en el español de Canarias una especie de petaca en forma de bolsa achatada, elaborada en cuero o en caucho, que se usa para guardar la picadura, es decir, una tabaquera que se solía llevar en el bolsillo de la chaqueta para el tabaco de liar y de pipa (o cachimba). En algunas islas se le llama también “borreguera”. 

El verbo “chingar” tiene el significado en Canarias de ‘mojar o salpicar a alguien con un chingo de agua’. [“En verano, los chiquillos jugaban chingándose con agua unos a otros y acababan ensopados”]. También puede guardar el sentido de ‘estropear o echar a perder algo o fastidiar(se)’. 

En sentido recto, pues, “chingar la borrega” quiere decir ‘mojar la borreguera o tabaquera’. La advertencia en forma exclamativa: “¡No me chingues la borrega!” vendría a advertir de estar atentos a no mojar la bolsa del tabaco para evitar que este se estropee. Pues la picadura en la borrega permanece seca y “amorosada” [de “amorosar”: ‘reblandecer, ablandar, suavizar’], y si el tabaco se moja, se acartona y se echa a perder. Este parece ser el sentido propio de la expresión. De ahí el giro lingüístico que utiliza la metáfora para exclamar: ¡No me fastidies!, más en consonancia con otra de las acepciones del verbo chingar (‘estropear’, ‘echar a perder’). 

Es frecuente el recurso a metáforas construidas sobre la base de objetos o elementos del imaginario rural o doméstico de otra época que hacen que para el hablante contemporáneo y de entorno cultural urbano resulte extraño y a veces incomprensible. Son ejemplos de ello: “Molino parado no paga maquila”, “enterado de la caja del agua” o el ahora comentado: “No me chingues la borrega”, en los que el uso de voces como “maquila”, “caja del agua” o “borrega” son una antigualla para las nuevas generaciones de hablantes. 

Se usa en forma exclamativa como hemos dicho para reprochar a quien molesta o importuna con su conducta o actitud o para reprender lo que ha dicho. También se pueden escuchar las formas: “llenarle/achucharle/apretarle a alguien la borrega” para expresar ‘hartar con impertinencias y majaderías’. Son expresiones sinónimas: “¡No me jeringues!” o “¡no me jodas!” que en ocasiones se suelen emplear como exclamación de sorpresa frente a una información o noticia, generalmente disgustosa, que nos traslada nuestro interlocutor. “Jeringar”, en sentido propio, es sinónimo de ‘chingar’ y parece tener origen en el acto de expulsar con fuerza líquido con una jeringa; es más común el sentido figurado con el significado de ‘fastidiar(se)’, estropearse o frustrarse alguna cosa o un plan’. Otras expresiones afines o sinónimas son: “joder la pava” o “joder la pavana”, es decir, ‘fastidiar, incordiar o dar la lata’; o “no me llenes la cachimba (de tierra)” que se usa en algunas islas (y también se registra en algunos lugares de América) para persuadir a alguien que muestra un comportamiento molesto, incómodo, cansino o impertinente. 

“Cachimba” parece ser un portuguesismo que en el español de Canarias se usa para designar la pipa de fumar. Así, pues, “llenársele a alguien la cachimba” es hartarse de las insolencias y molestias de otra persona. Otra exclamación similar que se pronuncia ante un hecho, de ordinario negativo o inesperado, que denota sorpresa o enfado es: “¡Hay que joderse!” (o “¡No me estés jodiendo!”); pero acaso el “no me chingues la borrega” alcanza en el hablante un grado de sanción más severo, y hasta de “calentura”, ante un acto o actitud de alguien que reprobamos por fastidiosa, ruin, desproporcionada o fuera de lugar.

Al que le tocó, le tocó

Luis Rivero , suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

De entre los dichos de ámbito luctuoso, traemos hoy a colación esta expresión que todavía podemos escuchar en los corrillos que se forman a las puertas de los velatorios. Es pues una de las frases propias de los duelos en las largas horas de acompañamiento a los familiares del difunto, al menos, en algunos pueblos de la geografía insular. 

Se trata de una sentencia breve que se construye sobre la base de una simple anáfora. Repetición que viene marcada por el verbo «tocar» con el significado de ser señaladopor la suerte (referido a quien resulta agraciado por el hado de la Fortuna) o por la desdicha; o bien referirse a quien corresponde por turno algo. Una de las acepciones de la voz «tocar» se usa para definir un golpe de suerte, como por ejemplo la locución:  «le tocó el gordo» (de lotería). Con este mismo significado, a veces, tiene un sentido irónico para nombrar en realidad una calamidad o desgracia. Así resulta de las expresiones:  «le tocó la negra» o «le tocó la china», para denotar mala suerte en la elección o en el azar. 

En efecto, el verbo «tocar» viene usado a menudo en el español de Canarias, al igual que en otros dominios, como parte de una locución que implica o traslada –según el contexto– el significado de “corresponder/designar”, algo similar a «ser elegido» por la suerte  o por la adversidad (y he aquí el sentido irónico). Otra acepción se refiere al derecho u ocasión de hacer algo por turno, «a quién tiene la vez», por ejemplo cuando se dice: «ahora me toca a mí», para explicar de quien es el turno. 

En sentido más trascendental se usa «le tocó» cuando a alguien «le llega suhora», esto es, cuando un sujeto expira o fenece. La expresión puede ser intercambiable por un pomposo «estaba para él», o bien puede ir acompañada del enigmático: «no somos nadie».  Esta afirmación conclusiva («no somos nadie»)  nos alongaen el vacío de la impermanencia de la vida humana, al tiempo que nos recuerda cuan ignotos son los entresijos y vicisitudes que nos depara.  «Al que le tocó, le tocó», en clave aforística de juego de azar, puede tener un sentido propio o figurado. Se escucha también en voz presente con valor de futuro: «al que le toca, le toca». Como si la decisión que pone fin a la existencia se diera al albur de una suerte de ruleta cósmica que gira y gira y, por misteriosas razones, se detiene ante aquel que el destino parece haber elegido de antemano, aunque nos reserve siempre una sorpresa como desconocedores de la lógica que lo dispone. La expresión no encierra gran contenido filosófico en sí. La propia anáfora a la que se recurre con el verbo “tocar” por toda explicación del hecho infausto al que se refiere deja prueba de su simplicidad. De manera que se podría argumentar por todo razonamiento un irrebatible: «Esto es así».

«Al que le tocó, le tocó» se usa también cuando se contrae una grave enfermedad, y se expresa al tiempo que se conoce el fatal desenlace de la misma. Pero cuando se corre mejor suerte, y quien la padece puede llegar a contarlo, entonces, con sorpresa y admiración, se suele exclamar: «¡Ños, escapó loco!» o «¡escapó de milagro!». O bien cuando se trata del propio sujeto que cuenta el trance en primera persona: «¡Chacho, escapé de milagro!».

Estás aplatanado


©Luis Rivero 01.08.2020/ en suplemento Cultura La Provincia/DLP

La expresión no es exclusiva de las islas ni mucho menos, es también de uso común en el españolde España y de América, si bien puede tener un sentido diverso y de hecho tiene un valor singular en Canarias. El Diccionario registra la voz “aplatanado” (adj. ‘indolente’, ‘inactivo’) como participio del verbo “aplatanar(se)”(de ‘plátano’) con el significado de ‘causar o entregarse a la indolencia o inactividad”. En el español de Canarias y en algunos lugares del Caribe se usa para referirse a la adaptación o “aclimatación” de un forastero al modo de vida, costumbres y actitudes vitales propias del país de acogida (‘acriollarse’). Es decir, ‘adaptarse o hacerse a un lugar y, en Canarias, especialmente adaptarse a las costumbres y modo de vida isleños’. 

El “aplatanamiento” (‘acción de aplatanarse’) puede ser entendido como un término de “ida y vuelta”, podríamos decir. Tendría, pues, un valor exógeno frente a un valor endógeno. Desde el punto de vista exógeno define al isleño tal como nos ven desde fuera, “los otros”, expresa lo que el foráneo que nos visita piensa del canario. [En ocasiones se escucha que “los canarios están/son aplatanados” (“estáis/sois”), frases en las que la línea que separación de los verbos “estar” y “ser” puede ser tan sutil que se confunde un estado coyuntural o modo de estar o comportarse (‘estar’) con un rasgo congénito y definitorio (‘ser’), es decir, con una condición de permanencia en el mundo]. El sentido endógeno muestra como utiliza el isleño este concepto. Puede hacer referencia como hemos dicho a la adaptación de modos de vida, usos y costumbres locales por parte del peninsular o del guiri que recala por estos lares. Pero también puede tener un carácter autorreferencial al reproducir el mismo cliché construido y difundido desde fuera. 

Por otro lado el término “aplatanado” se define en relación a un participio antagonista con el que forcejea: “emancipado”. La actitud indolente que se nos atribuye, que a menudo se acompaña de términos como la sumisión, la inmadurez o el complejo de inferioridad frente al “colono” (por recurrir a la terminología fanoniana), desemboca en el terreno de la alienación. Puede decirse así que “aplatanado” –en el caso canario– sería antónimo de “emancipado”; término que en sentido recto, pero también metafórico implica el liberarse de la patria potestad, de la tutela, y por ende, de cualquier servidumbre, subordinación o dependencia. No en vano, el psicólogo Manolo Alemán se refería a Canarias como una “sociedad sin padre”, como uno de los rasgos identitarios que la definen. “Sin padre” quiere decir que carece de un referente de autoridad sobre el que cimentar los conceptos de seguridad, confianza y estabilidad, que conforman los elementos imprescindibles de la emancipación. Esto es, superar el estado servil, la inmadurez como pueblo, el “destetarse” de una sociedad con claros rasgos matriarcales. Dicho en palabras del antropólogo Ángel Sánchez que subraya como rasgos de este pueblo: “ignorante, emigrante, pacífico, conformista, hospitalario, adaptable […] clasista, inmaduro, cobarde e inferiorizado frente a los poderes establecidos, los deberes y las leyes”. 

Todos estos son elementos significantes de ese estado conformista y sumiso que es el “aplatanamiento” pertinaz que nos define y que se nos atribuye desde fuera (con el que inconscientemente nos identificamos porque de algún modo así se nos ha etiquetado e inculcado). Pero el selfie quedaría incompleto si no “reseteáramos” la situación en base a parámetros actualizados. Este estado de mansedumbre congénito que pudiera ser tachado de cobardica y sumiso (aunque algunos lo adornan de espíritu “tolerante”) sufre necesariamente una reacción/adaptación amplificada cuando concurre con la abducción colectiva instrumentalizada a través de internet, las nuevas tecnologías y las redes sociales.  

El aletargamiento, la ignorancia, la indolencia y la apatía conforman ese estado de “neurastenia” social al que aboca al individuo la “robotización”  inducida desde el “sistema”. Y que como efectos más patentes ha terminado por degradar el estatus de ciudadanos hasta convertirlos en pasivos “consumidores”, reduciendo la sociedad a un gran mercado donde las conductas no obedecen a la voluntad individual ni colectiva, sino a estímulos bien definidos desde “el puente de mando”. Lo que en buena medida tendría algo que ver con el shock  que pudo suponer a la memoria histórica y genética de la población canaria el salto en apenas cinco siglos  de los “letreros” de barranco Balos a los emoticonos del wasap.

La cáscara guarda el palo

Luis Rivero 17.07.2020 | Suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP

Esta frase proverbial se usa para señalar en tono satírico que alguien es poco amigo de la higiene. Se escucha en Canarias y es muy usual en diversos lugares de América. La “cáscara” se le dice en el español de Canarias (y de América) a la ‘corteza’ o’cubierta’ exterior de los árboles y arbustos, de tubérculos (papas), de frutas (plátanos), de semillas, de algunos crustáceos (lapas), huevos y otros alimentos, como el pan y el queso. Pero también se usa en sentido figurado para referirse a la ‘costra’ que se forma y acumula en la piel por falta de aseo. [Es decir, la “raña”: suciedad, porquería que se acumula principalmente en codos, rodillas y tobillos y que denotan una ausencia total de limpieza]. 

La voz “palo” parece tratarse de un americanismo arraigado también en Canarias para nombrar la ‘madera del árbol’ o el ‘árbol’ o ‘arbusto’ y su uso está generalizado en gran parte América. Aunque se apunta también un posible origen isleño si se considera la nomenclatura de una serie de endemismos macaronésicos, como el “palo blanco”. El empleo de “palo” como sinónimo de ‘árbol’ o ‘tronco’ se advierte asimismo en dichos como el que nos recuerda que “todo palo no sirve para trompo”. En sentido propio quiere decir, pues, que es la “corteza” (la “cáscara”) la que ‘protege’ (“guarda”) al ‘árbol’ (“palo”) de cualquier “agresión” externa, ya sea de la erosión o de la propia biocenosis. 

En sentido figurado se dice de la persona poco aseada, que descuida la higiene corporal. En ocasiones se utiliza, con ironía, como argumento justificativo por el mismo sujeto poco atento a la limpieza. 

En cierto modo vuelve a coincidir, o al menos se acercan bastante, la sabiduría popular con el propio saber científico. No en vano, existe un amplio consenso entre inmunólogos y médicos que sostiene que un exceso de limpieza hace que el sistema inmune pierda funcionalidad o se debilite hasta hacerlo más vulnerable. El fundamento de tal afirmación parece estar en que el sistema inmunológico ( el encargado del “escudo” de protección del cuerpo humano, como mismo la “cáscara guarda el palo”) se refuerza a medida que tiene que hacer frente a los patógenos presentes en el ambiente. Lo que no deja de tener su lógica sobre la base del mismo principio que explica que los músculos se atrofian si no se usan suficientemente. Es decir que cuando nos aseamos con demasiada frecuencia, perdemos parte de la barrera protectora de la piel quedando a merced del ataque de microorganismos extraños. En definitiva, quedamos expuestos ante la agresión de bacterias, virus y otros patógenos “desconocidos” por nuestro sistema inmunitario; lo que ofrecería al jediondo, desde un punto de vista “científico”, la excusa perfecta para no lavarse y cultivar una costra de mugre en todo el cuerpo que, paradójicamente, le protegería. Por eso, a mayor razón, se excusa con gracejo la persona que solo se baña ocasionalmente: “¡La cáscara guarda el palo!”. 

Pero conviene ponderar tal afirmación. No se trata de “tener más mierda que el palo de un gallinero”, como dice otra expresión escatológica al uso para señalar a quien huye del agua “como gato escaldado”, pero bien es cierto también que “cochino limpio no engorda”, que se usa para censurar la higiene el exceso y demás melindres.

Nadie nace sabiendo

Luis Rivero 26.06.2020 | Suplemento Cultura El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/Diario de Las Palmas

Cuenta una antigua leyenda que antes de nacer, cuando todavía nos encontramos en el vientre materno, aquel que será después nuestro ángel custodio en vida, con un siseo de silencio y el dedo índice sobre sus labios pronuncia en voz baja estas palabras: “Calla. No digas lo que sabes”. Y acto seguido, el ángel posaría su dedo sobre nuestros labios a modo de ritual que sella un pacto de silencio. Dicen que la hendidura que presentamos los humanos entre el labio superior y la nariz (surco subnasal) sería la impronta dejada por el dedo del ángel que sigiló nuestra boca para que no reveláramos al mundo lo que sabemos, con este gesto -quizás para curarse en salud- también nos hizo olvidar ese conocimiento que albergaríamos en algún lugar recóndito de nuestra memoria genética. El advenimiento del ser humano al mundo estaría marcado, pues, por el sigilo del olvido y del silencio. 

Este mito nos sitúa ante dos visiones del saber. La que concibe al ser humano conectado con la sabiduría universal, a la que la habríamos tenido acceso a través de algún tipo de existencia previa a la encarnación en un cuerpo y la venida al mundo (o según algunos pensadores y tradiciones espirituales, a través de sucesivas reencarnaciones). Y otra, la más común, que da por hecho que la vida presente es la única fuente de conocimiento para el ser humano. Sea como fuere, el acceso a este conocimiento se encontraría cancelado (‘celado’) y las experiencias de aprendizaje, en un sentido no solo trascendente, sino también ordinario o mundano, consistirían fundamentalmente en un descubrimiento (o redescubrimiento de lo que en realidad ya sabíamos por esa misteriosa conexión precedente con el mundo que nos rodea). 

El dicho es sinónimo del proverbio castellano “nadie nace enseñado” que en la forma que conocemos, “nadie nace sabiendo”, es más propio y usual en las islas y en el español de América. Según algunos paremiólogos se trata de una máxima que viene del proverbio latino atribuido a Séneca: Nemo nascitur sapiens, aunque hay quienes le asignan otro origen posible. El registro aparece en el Quijote al menos en una ocasión, por lo que presumimos que su uso era ya común en el siglo XVII [“-Vos tenéis razón razón, Sancho -dijo la duquesa-, que nadie nace enseñado, y de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras”; Q, II-XXXIII]. 

“Nadie nace sabiendo”, en el sentido más usual, justifica la ignorancia o el desconocimiento en cualquier ámbito de la vida a la vez que la falta de pericia o habilidad en alguna ciencia u oficio. Se dispensan así la ineptitud o la inmadurez de alguien (incluso puede tener un sentido autoreferencial como excusa de la propia ignorancia) ya que es la experiencia, como “madre de la ciencia”, la clave que se perfila como fundamento del conocer y del saber. Nadie puede ser subestimado por su ignorancia “temporal”, puesto que el conocimiento es una meta que se alcanza (o se descubre) con los años y fruto de un proceso de aprendizaje basado en la experiencia o supliendo la falta de las vivencias propias por las del sujeto aleccionador (maestro). En definitiva, conocimiento y sabiduría están relacionados con tiempo, vivencias y experimentación. Tres nociones conexas con la vida. Ya que todo es cuestión de tiempo: “Con el tiempo y una caña?” , insinúa otro dicho recurrente; o “la experiencia es la madre de la ciencia”, sentencia universal que subraya la importancia del conocimiento práctico en la enseñanza/aprendizaje. “Una para saber y otra para aprender”, que a modo de máxima pedagógica puede ser invocada frente a alguien que muestre desconocimiento sobre un oficio o habilidad manual. Otra expresión afín a las anteriores, cuya rudeza la hacen más propia de ambientes rurales, es “capando se aprende a cortar huevos” o “cortando huevos se aprende a capar” (o “haciendo surcos se aprende a surcar”) que viene a decirnos que la habilidad o destreza en el manejo de una técnica, arte u oficio se adquieren a medida que se va practicando. 

Así pues el conocimiento y la sabiduría sobre todas las cosas de la vida, trascendentes o no, puede ser entendido como un descubrimiento o experiencia vital primera que excluye estadios previos de existencia (cosa que no puede afirmarse con rotundidad), o como una recuperación de ese conocimiento, perdido u olvidado, de experiencias precedentes en conexión con la sabiduría universal (sobre lo que tampoco podemos tener certezas). En cualquier caso, es el propio rodaje en la vida el que nos permite acceder al conocimiento, lo que supone también “descubrir” (‘destapar lo que está cubierto’, ‘sacar a la luz lo que permanece celado u oculto’), es decir, tener consciencia de algo que ya existía. Porque a fin de cuentas, conocido y olvidado o desconocido que fuera, nadie nace “sabiéndolo”.

Todos somos hijos de la muerte


Luis Rivero 20.06.2020 | Suplemento de Cultura El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP


El lector habrá escuchado en más de una ocasión este adagio, y es probable que pronunciado con cierta solemnidad en una conversación de trascendencia. La sentencia nos recuerda el carácter transitorio, cuando no efímero, de nuestra existencia, y nos muestra subliminalmente que de poco sirven las riquezas, la acumulación material, la posición social, las prisas y los excesos por llegar primero y más alto, porque a fin de cuentas la muerte, implacable, nos trata a todos por igual. En ocasiones se expresa como advertencia de que es mejor estar a bien con los seres que nos importan, hacer frente a las obligaciones impostergables, y estar siempre dispuestos como si fuera el último día para “saldarlas” porque nunca se sabe lo que el destino nos tiene guardado. 

Pero, ¿por qué “hijos de la muerte”?, que es lo mismo que decir que “la muerte es nuestra madre”. Lo que no deja de ser -al menos aparentemente- un contrasentido, pues el propio concepto de “madre” implica vida, concepción, nacimiento, capacidad creadora, protectora y afectiva. La ‘madre’ es un elemento vivificador. La dualidad “madre/hijo” se construye sobre conceptos complementarios, sin que podamos concebir la existencia del uno sin el otro, como mismo la muerte no puede ser entendida sin la vida. Esta asociación de ideas opuestas (vida/muerte) y su significado puede advertirse en los ritos iniciáticos de muerte y renacimiento de algunos pueblos indígenas primitivos que escenifican simbólicamente la vuelta al útero materno, alegoría del regreso a la Gran Madre telúrica (la Madre Tierra). Y esto mismo es lo que nos sugiere (o guarda ciertas resonancias) el adagio latino que a modo de memento figura inscrito desde antiguo en los frontispicios de los camposantos: pulvis es et pulverem reverteris (eres polvo y al polvo volverás; Génesis 3:18). “Estás hecho de tierra como Adán y en tierra te convertirás”. Hay quienes han visto en ello las bases de la doctrina del judaísmo antiguo, fundamento de la concepción judeocristiana actual sobre la vida y la muerte. Esto es, la precariedad del ser humano en el mundo. La vida y todos los bienes que posee el hombre les son concedidos en préstamo (así lo expresa la literatura talmúdica) y como tal han de ser restituidos en el momento de partir. Todo, absolutamente todo pertenece al Creador del Universo, la tierra y todo lo que esta contiene. 

Como tantas veces, las huellas de la etimología de los dichos pueden rastrearse en ese auténtico compendio de paremiología que es la Biblia. El fundamento “ideológico” del aforismo “todos somos hijos de la muerte” bien podría intuirse de este versículo del Sirácida (Ecleto 40:1): “Penoso destino se ha asignado a todo hombre, pesado yugo grava sobre los hijos de Adán, desde el día en que salen del seno materno, hasta el día de su regreso a la madre de todos”. 

“Todos somos hijos de la muerte” nos sugiere sin reservas que cada uno de nosotros es “candidato” a expirar en cualquier momento ( a fin de cuentas, como dice otro dicho isleño: “Para morirse no hace falta más que estar vivo”). Como si desde el mismo momento en que nacemos estuviéramos “sentenciados a la pena capital”. Y en cierto modo, la muerte así “pensada” aparece como ‘dadora de vida y devoradora de hombres’, como ‘dios creador y benefactor a la par de terrible y destructor’, ‘matrona y verdugo’, ‘principio y final’? “Todos caminan al mismo lugar, todos vienen del polvo y todos vuelven al polvo” (nos vuelve a recordar uno de los libros sapienciales del A.T., Qohéleth 3: 19-20). 

Pero al mismo tiempo, esta dualidad “vida/muerte” nos sugieren una visión de las doctrinas universales de la metempsicosis. Esto es, las doctrinas de la “reencarnación” y la “resurrección”. La reencarnación como punto basal de las creencias brahmánicas y budistas considera -al igual que los pitagóricos- que la “conciencia/alma” emigra de un cuerpo a otro tras la muerte física. Mientras que la ortodoxia cristiana mantiene la creencia en una “resurrección”, un solo universo y dos vidas, una terrena en nuestro cuerpo natural y otra futura y ultraterrena en el cuerpo de resurrección. Lo que implica una cadena de “renacimientos” tras las muertes sucesivas, ya sean mediante “reencarnación” o “resurrección” mistérica. Pero felizmente cuenta el isleño con no pocos recursos para sacudirse este aturdimiento luctuoso, con expresiones que se insertan a menudo en una conversación ordinaria, tales como: “el muerto al hoyo, y el vivo al bollo” o “muera gato, muera jarto”, que representan otra visión bien distinta de la vida y de la muerte.

Más sabe el diablo por viejo que por diablo

Luis Rivero. Canarismos en suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

Ni la Biblia ni los tratados de demonología parecen revelar con precisión la edad que tiene este “individuo”, si bien se le suele considerar un ser muy longevo. La longevidad del demonio no es un hecho verificable, pero la sabiduría popular así lo cree y se da por sentado. Si consideramos que en la Torá hebraica (el Pentateuco) no se menciona al diablo, es fácil concluir que se trata de una entidad creada o concebida con posterioridad por la teología cristiana. De hecho solo el Nuevo Testamento habla del mentado sujeto y, con diversas designaciones, es citado en los Evangelios, en el Apocalipsis y en la literatura epistolar en al menos ciento treinta ocasiones. La teología se refiere a esta figura como un “ángel caído” que fue expulsado del cielo junto con otros colegas por desobediencia y rebelión contra Dios. Y a los que –según cuenta la tradición– les fueron amputadas las alas. Pero si consideramos que es en torno a los siglos IV y V cuando la iconografía religiosa comienza a figurar a ángeles y demonios como seres alados (con plumaje y todo), podemos hacernos una idea remota de la edad o primeras apariciones públicas del “maligno”. De la apariencia física y características intelectuales del demonio, más allá de su aspecto antropomorfo, a veces grotesco o deforme que es representado en los iconos medievales como un individuo de baja estatura, tuerto y cojo, en ocasiones, poco se sabe en realidad. En la paremiología no abundan tampoco las descripciones físicas del diablo, amén de la cojera (“El diablo cojo sabe más que otro”) y la senectud (“El diablo sabe mucho porque es viejo”). No obstante la falta de absoluta certeza sobre la edad y capacidad intelectual del diablo, parecen evidentes los atributos de la vejez y, por ende, su sabiduría. Y aquí vuelven a coincidir sabiduría popular o tradición folclórica con los dogmas teológicos. Sin embargo, en el Siglo de Oro, en el que probablemente podríamos situar el origen del dicho comentado, algunos autores mantienen reticencias contra la supuesta sapiencia diabólica. Hasta el punto de negar o atenuar las cualidades intelectuales de una fuerza antagonista a la omnisciencia divina, y opta por mostrar todos los defectos posibles, incluidas la necedad y la estupidez. Pero cuando la mentecatez y la bobería son consideradas como expresión de otra suerte de inteligencia, el diablo recupera el rango de “viejo sabio”. La mayoría de las veces, sin embargo, se ha reconocido a Satanás un alto grado de sabiduría. Y ello se explica por la subsistencia de sus cualidades angélicas originarias que no desaparecieron con la expulsión del cielo y aun cuando fue precipitado al vacío con las alas cortadas, y a su “existencia autoconsciente desde el principio de los tiempos”. Motivos por los que no podría negarse a semejante vejestorio una sabiduría por encima de lo común. Y de ahí el uso de expresiones tan recurrentes como: «¡Es más listo que el diablo/demonio!» o «¡es listo como el demonio!» que como exclamativas comparativas se refieren hiperbólicamente a la astucia y perspicacia de una persona. Lo que viene a confirmar la certeza y razón de lo que se predica, que son el paso de los años y la propia experiencia los que aportan una gran riqueza de conocimientos. O dicho en términos más afines al imaginario doméstico o común: «Ese es (un) perro viejo» o «tiene más ideas que un perro viejo», para querer significar que a la persona experimentada es muy difícil de engañarla o que alguien es muy astuto. 

Crónica de una pandemia anunciada


Profecías, predicciones, coincidencias significativas y otras cuestiones en torno a la Covid-19: desde Nostradamus pasando por Obama, Anthony Fauci, Luc Montagnier o el inquietante Evento 201

Luis Rivero 08.05.2020 |Suplemento Cultura La Provincia/DLP y El Día/La Opinión de Tenerife

Hay un límite al número de veces que puedes escupir a alguien a la cara y decirle que llueve.Barbara Boyd 

Aunque las artes adivinatorias son casi tan antiguas como la humanidad, cuando se habla de adivinaciones se hace inevitable pensar en Nostradamus. Estudiosos y seguidores de Las Profecías del galeno francés aseguran de la predicción de un buen número de acontecimientos históricos que con el tiempo se adveraron. Hay quienes afirman que la Centuria II, cuarteta 53 de sus profecías es un vaticinio preciso sobre la epidemia de Covid-19. Pero hay que decir que la lectura del oráculo provenzal es de un lenguaje enigmático y de una ambigüedad tal que podría referirse a cualquier otra cosa. (Como cuando tu astrólogo te hace la carta astral y no se moja, y recurre a circunloquios y metáforas que nadie entiende). 

Más modernamente, un libro titulado El código de la Biblia de Michael Drosnin afirma que en la Torá se encontrarían encriptadas toda una sucesión de revelaciones premonitorias. El asesinato de Isaac Rabin o los atentados del 11-S habrían sido predichos en la Biblia. El descubrimiento, que se atribuye al matemático israelí Eliyahu Rips, ha sido contrastado por expertos -según su autor- y existe un programa informático de búsqueda sobre la base de palabras claves. Hay quienes aseguran que la voz Covid19 (en caracteres hebraicos) figura entre la nomenclatura del texto bíblico. Por buscarle un punto débil al método, sin quitarle mérito, hay que decir que el hebreo bíblico es una lengua de escritura consonántica y sin solución de continuidad, sin espacios de separación entre los vocablos, esto es, sin matrices (que se diría en términos modernos). Para entendernos, la búsqueda de vocablos reveladores encriptados en el texto sería algo así como si Dios hubiera querido jugar con nosotros, no ya a los dados, sino a la sopa de letras. Además el hebreo masorético goza de una extraordinaria polisemia en sus palabras y cada letra tiene un valor numérico. De modo tal que una misma palabra puede significar varias cosas a la vez que poco o nada tienen que ver entre sí. 

Pero los que se llevan la palma en predicciones son, de lejos, Los Simpson. Veamos algunas profecíassorprendentes de esta popular serie de dibujos animados. Un episodio del 2000 predijo la presidencia de Donald Trump, cuando el magnate norteamericano ni siquiera había decidido presentarse a las elecciones. En otro capítulo de 1997 hablaban de una epidemia de Ébola que habría golpeado el continente africano, cuando el virus malamente era conocido por un reducido grupo de científicos, predicción que fue confirmada por la difusión real del virus en 2015. Sin duda el augurio más sorprendente es el que hace un episodio de la cuarta temporada (1992/1993): un virus gripal de origen asiático se extiende por toda la ciudad de Springfield. La epidemia aparece a raíz de que algunos habitantes hacen compras en una web asiática a través de Internet. Cuando reciben los paquetes en sus casas se contagian. Hay quienes han querido ver en este episodio una premonición del Covid-19. 

¿Casualidades?, ¿coincidencias significativas?, ¿premoniciones? 

Sea lo que fuere, quien de verdad ha dado muestras de auténticas dotes adivinatorias es el presidente Obama. En diciembre de 2014 (03/12/2014) durante un discurso centrado en la justificación de destinar fondos a la investigación -en lenguaje cuasiprofético- se refirió a la necesidad de estar preparados para afrontar la llegada de una enfermedad desconocida, que, en un mundo globalizado tendría una velocidad de propagación mucho más rápida de la que pudo tener una gripe de similares características en el pasado. En un tono más apocalíptico, Anthony Fauci, en otro discurso en la Universidad de Georgetown en 2017, se referiría con bastante precisión a un brote epidémico sorpresa y advirtió de que habría que afrontar desafíos con enfermedades infecciosas. AD

Con tales vaticinios se habría podido hablar de auténticos visionarios si no fuera porque en noviembre de 2015 la revista Nature ( Nature Medicine, 09/11/2015) publicaba que un grupo de científicos chinos trabajaba en la elaboración de una “quimera”. La creación de un virus extraído del murciélago y que podría infectar a los humanos. De esta publicación se hizo eco el programa de divulgación científica de la radiotelevisión pública italiana (RAI3) Leonardo (emitido el 15/11/2015). Este híbrido habría sido creado en laboratorio a partir de una proteína de un coronavirus extraído de un murciélago e injertado en un virus del SARS (síndrome respiratorio agudo severo) de una rata. El experimento -señalan estas fuentes- confirmó que el virus podía infectar a los humanos. Motivo por el cual varios científicos en el ámbito internacional se habían mostrado preocupados por los riesgos que suponía la experimentación, aunque esta continuó adelante. Un año antes (en 2014) la Administración norteamericana había suspendido las ayudas a esta investigación. No obstante, esta moratoria no detuvo los trabajos, que se encontraban en fase muy avanzada. 

En resumen, los juicios agoreros del presidente Obama (en 2014), entonces inquilino de la Casa Blanca, y de Anthony Fauci (en 2017), a la sazón ya director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, no parecen atribuibles a sus habilidades como pitonisas, sino a que, quizás, algo debían saber sobre el asunto. 

Recientemente, esa especie de ministerio de la verdad que son las llamadas agencias fact checkinghan salido al paso matizando la información publicada por la prestigiosa revista científica y por la televisión pública italiana. Así se han afanado en lanzar comunicados con manifestaciones tales como: “No existe evidencia científica de que la actual cepa del virus fuese creada en un laboratorio” (sic). 

Sin entrar ahora en los misterios de su aparición, puesto que estamos hablando de oráculos y vaticinios, no podemos pasar por alto, sin embargo, que el Premio Nobel de Medicina 2008, el profesor Luc Montagnier, afirmó recientemente en una entrevista concedida a la cadena de televisión francesa CNews que el Covid-19 es resultado “de una manipulación” humana, es decir, “no es natural” sino un trabajo “minucioso de biólogos moleculares”. Pero las palabras del experto virólogo (descubridor del virus VIH) también han sido censuradas por agentes del ministerio de la verdad

No sé si hay que hablar de clarividencia, de predicción o de pura casualidad al afrontar la gran simulación pandémica Evento 201 celebrada en octubre de 2019; un experimento sociológico sin precedentes organizado por el Centro Johns Hopkins para la Seguridad de la Salud, el Foro Económico Mundial y la Fundación Bill y Melinda Gates. El propio Centro Johns Hopkins explicaría en un comunicado que no se trataba de una predicción. Pero a la vista de lo que está sucediendo, las coincidencias resultan inquietantes. “Para el escenario, modelamos una pandemia ficticia de coronavirus, pero declaramos explícitamente que no era una predicción. En cambio, el ejercicio sirvió para resaltar los desafíos de preparación y respuesta que probablemente surgirían en una pandemia muy severa”, señalaba el comunicado. Todo esto -repito- sucedió en Nueva York el 18 de octubre de 2019, y aunque la noticia tuvo escaso eco mediático, ha saltado a la palestra recientemente ( diario16.com 13/03/2020). El objetivo -según sus organizadores- no era otro que la puesta en escena de una eventual pandemia y examinar así cuáles serían las consecuencias sanitarias, económicas y sociales. El escenario descrito es de auténtica distopía. Evento 201 simula un brote de un nuevo coronavirus transmitido de murciélagos a cerdos y a humanos, de fácil contagio entre personas. Esto lleva a una pandemia severa. “El patógeno y la enfermedad que causa se basan en gran medida en el SARS, pero es más transmisible en la comunidad por personas con síntomas leves”. Tiene su foco “en granjas porcinas en Brasil, de manera silenciosa y lenta al principio, pero luego comienza a propagarse más rápidamente en entornos de atención médica”. Con una especial incidencia en los barrios populares de las grandes metrópolis de América del Sur, la epidemia explota. Se extiende por transporte aéreo a Portugal, Estados Unidos y China, y después a otros países, hasta quedar fuera de control. 

Si de un episodio de ficción se tratara, habría que decir aquello de “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. 

No sé ustedes, pero yo a veces tengo la impresión de estar soñando. Como le ocurriera a Santiago Nasar (personaje de ficción de Gabriel García Márquez) que la víspera del día en que lo iban a matar había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna fina, y se sintió feliz por un instante. De repente despertó y se dio cuenta de que eran cagadas de pájaros. No sé si las cagadas de pájaro son un buen o un mal augurio en el arte de la oniromancia, pero temo que cuando despertemos sea ya demasiado tarde.

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Ponerle una vela a Dios y otra al diablo

Luis Rivero 08.05.2020 |Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP y suplemento Cultura El Día de Tenerife/La Opinión de Tenerife

Este antiguo aforismo castellano, no infrecuente en las Islas, tiene también un carácter universal. Se usa para expresar que conviene estar a bien con todo el mundo, máxime cuando se trata de relacionarse con grupos o personas en clara rivalidad entre ellas. De manera que cuando la situación sugiere o exige inclinarse por una de las partes en contienda, mejor evitarlo y hacer lo posible por quedar bien con ambas. Así se dice de quienes quieren permanecer sin tomar partido, “sin mojarse”, para no correr riesgos, “y encenderle una vela a Dios y otra al diablo” si es preciso. El carácter universal de esta locución proverbial viene documentado por la presencia de versiones similares en algunas lenguas y culturas de nuestro entorno. A saber: en italiano por ejemplo existe la forma aforística: “È bene accendere una candela a Dio e due al diavolo”; en francés: “Ménager la chèvre et le chou”; en portugués: ” Acender uma vela a Deus e outra ao Diabo”; o en inglés: “It’s good sometimes to hold a candle to the devil”

La vela encendida forma parte de la simbología litúrgica en diversas religiones, entre ellas la cristiana. El ritual se asocia o tiene en general un carácter votivo, de súplica, petición o ruego que se eleva (como una llama) hacia la divinidad venerada. Como luminaria, la candela encendida es señal de esperanza, de vida. Pero indaguemos en los entresijos de la expresión. Más allá de la imagen que sugiere una ecuánime devoción a dos figuras antagonistas, la significación podría obedecer a una idea tan simple como la que pregona literalmente el dicho. Nos ha parecido ver una posible explicación a este proceder en el texto fundamental de la tradición judeocristiana. En un pasaje del primer Libro de los Reyes (1Re 11, 6-8) se cuenta que Salomón “iba en pos de Astarté, diosa de los sidonios, y de Milcón, abominación de los amonitas”. Y por entonces el rey Salomón edificó un altar a Camós (dios de Moab) y otro a Milcón (dios de los amonitas). “Lo mismo hizo con todas sus mujeres extranjeras que quemaban incienso y sacrificaban a sus dioses”. El rey Salomón, de quien dice la tradición que era muy sabio, lo sabía: era mejor estar a bien con todos porque “nunca se sabe”. (O como dicen los ingleses: “a veces es bueno mantener una vela al diablo”, por si acaso?). Astarté, Camós, Milcón, Adramélec, Anamélec, Baal-Zebub, entre otros, son parte de la nomenclatura de Elohim (según la voz hebraica), llamados dioses, que aparecen en el Antiguo Testamento (en el que es evidente el “politeísmo”) y que, a la sazón, “gobernaban” distintos territorios. 

¿Pero qué pinta el diablo en todo esto? Del diablo y del infierno, como construcciones de la dogmática cristiana, sencillamente no hay ni rastro en el A.T. Hay dos trazas que pueden inducir a las construcciones teológicas posteriores. Una es el nombre de Baal-Zebub (dios cananeo de Ecrón), es decir uno de los rivales del dios de Israel, del que parece haber derivado Belcebú. La otra referencia es a Satán que no significa ‘príncipe de las tinieblas’ ni nada por el estilo, sino como explica la filología bíblica se traduce como ‘antagonista’ o ‘acusador’, una figura similar al ministerio fiscal contemporáneo. Lo que ocurre es que la Biblia de los Setenta (la Septuaginta), es decir, el texto escrito en griego en el siglo III a.C. sustituye el término hebraico Satán por el griego diabolos (que significa ‘acusador’, ‘calumniador’). Sobre cuyos términos la teología ha construido esa figura. La creencia en el cielo (reino de un dios bueno), así como en el infierno (reino del dios malo) es dualista desde su origen y no existe indicio alguno de esta en el A.T, como tampoco hay nada que fundamente el monoteísmo. De hecho hay quienes piensan que el monoteísmo histórico no es más que un batiburrillo de tendencias politeístas, dualistas, monoteístas y animistas. Los creyentes asumen con naturalidad el dogma en un dios monoteísta, pero también creen en el diablo dualista [quizás porque la teología no puede evitar sentirse atraída por esta dicotomía para afrontar (¿o justificar?) el problema del mal] en concurrencia con un politeísmo hagiográfico y toda la doctrina escatológica. 

Y este es -creemos- el trasfondo ideológico/teológico que subyace en un dicho tan simple como el enunciado. Y quizás así se entienda mejor cuando se dice que “hay que tener amigos hasta en el infierno”.

Con gofio y jareas, hasta diez mareas

Luis Rivero 22.05.2020 | Suplemento Cultura La Provincia/DLP y El Día/La Opinión de Tenerife

Con gofio y jareas, hasta diez mareas

Con gofio y jareas, hasta diez mareas

De todos es sabido que el gofio de millo, trigo, cebada u otros cereales tostados ha sido desde antiguo un alimento básico en la dieta del isleño. Singularmente apreciado en épocas de carestía, periodos en los que resultó indispensable “para matar el hambre”. Antaño, en épocas de escasez, se confeccionaba también a base de cosco, barrilla, helechas o cualquier otro vegetal comestible que abundara. En el imaginario popular representa el sustento diario, elemento transferible por “el pan de cada día”, asociado a la saciedad. El gofio, podemos decir, es en la cultura canaria lo que el pan representa en las culturas occidentales europeas y euroasiáticas, fundamentalmente mediterráneas. De manera similar a lo que significa la “cultura del arroz”, elemento que identifica la dieta de los pueblos del Lejano Oriente, o “la del maíz”, producto identitario de las culturas amerindias. El gofio es también seña de identidad insular. No en vano el folclore popular está plagado de alusiones a este producto típico de la gastronomía isleña. 

Jarea se le llama a todo pescado jareado. El pescado capturado se orea y se seca al sol previo a lañarlo. Lañar es abrir el pescado por el lomo o por el vientre con un corte longitudinal para después salarlo. Las especies capturadas son generalmente sardinas, longorones y otros pelágicos, que una vez secos quedan listos para el consumo (se conocen también como pejines a las especies de pequeño tamaño). Se trata -a decir de algunos- de un manjar que se degusta rociado con alcohol o ron ardiendo para calentarlo. 

“Gofio y jareas”. Es sin duda una dieta “de gente pobre” que muchos relacionan con las hambrunas y los años de seca, sobre todo en las islas de Fuerteventura y Lanzarote. “Gofio y pejines”, sustento diario, dieta austera, casi espartana, pero suficiente para subsistir. De tal modo que ayuda a resistir “hasta diez mareas” si es preciso. Lo que no deja de ser una hipérbole, pero sugiere cierta predisposición al sacrificio y resistencia a las penurias, a los rigores del viaje, a los embarque durante las zafras. Esta primera parte del dicho conjuga el fruto del trabajo de la tierra (gofio) con los dones de la mar (jareas) que acaso evocando subliminalmente el milagro evangélico de la multiplicación “de los panes y los peces”, los parangona a la abundancia y la capacidad para sustentar a muchos. 

“Diez mareas”. Una marea (de pesca) es el tiempo que transcurre desde que sale un pesquero a faenar hasta que regresa a puerto. El tiempo de pesca se cuenta, pues, en “mareas” que pueden ser de horas, de días y hasta de semanas, según el tipo de embarcación (desde los barquillos pequeños de la flota artesanal de litoral con una jornada de varias horas a algunos palangreros más grandes que hacen mareas más largas), técnicas de pesca utilizadas y la zafra de que se trate. La zafra en el ámbito marinero es la temporada en que se pesca una determinada especie marina. Pero, ¿por qué diez mareas? Más allá del sentido hiperbólico que pretende transmitir, el número diez no queda exento de simbolismos, ya sean caprichosos o fruto del azar, pero que no escapan al influjo del inconsciente colectivo como “moderador” del dictado que conforma los dichos. Diez es el retorno a la unidad según los sistemas decimales; es final e inicio de una nueva serie, símbolo de realización para algunos y para otros representa incluso la totalidad del universo o el número de la perfección. 

Embarcarse, como idea subyacente, en un sentido alegórico pero también en sentido recto tiene mucho de viaje trascendente, de partida hacia lo ignoto. Cuando el marino sale a navegar se entrega a los vaivenes y avatares que el destino, la mar o el viaje le puedan deparar. Tiene en cierto modo un sustrato simbólico de sortear riesgos y peligros. Atrás, en tierra firme, quedan las certezas, la casa, la familia, el refugio seguro, y se parte hacia un mar de incertidumbres. Por ello el retorno a puerto, sano y salvo, siempre tiene algo de regreso a la Ítaca originaria, la mayor recompensa del marino. 

Es dicho, en su origen, de ambientes marineros, y como parte del idiolecto de los hombres de la mar se ha extendido a otros usos más genéricos. Quizás hoy poco usado, continua reflejando el espíritu de sacrificio y la especial predisposición a resistir. La referencia a la sobriedad pero suficiencia de la dieta ?-para el hombre de hoy- sugiere las duras condiciones y adversidades a las que deben hacer frente los marinos (pero de manera genérica concierne también a las situaciones de penuria o dificultad en tierra firme que forman parte de un pasado relativamente reciente). La rima asonante (de la primera parte del dicho: jareas con mareas, en la parte conclusiva) no parece casual, sino que busca facilitar la asimilación memorística de este aforismo gastronómico para su permanencia en el refranero popular, con especial arraigo en pueblos costeros y barrios marineros.