Con la cuchara que coges, comes

Con la cuchara que coges, comes

Luis Rivero 14.04.2018 Cultura /La Provincia

Esta frase proverbial de uso corriente en las islas, pero también en otros dominios del castellano (al menos en Andalucía), cuenta con varias versiones. Desde la forma más arcaica que ya recogía y comentaba Millares Cubas en 1922: «con la cuchara que coges, con esa comerás»; pasando por la más purista, común en Andalucía: «con la cuchara que tú escojas, con esa vas a comer»; a las más habituales que escuchamos todavía hoy: «con la cuchara que coges, con esa comes» o en forma abreviada y más corriente: «con la cuchara que coges, comes».

 

El verbo ‘coger’ tiene aquí el sentido literal de ‘asir’, ‘tomar’ o ‘agarrar’ un objeto («la cuchara») que es el registro al que obedecen gran número de locuciones del español de Canarias que contienen este verbo, pero también en sentido más mediato viene a significar: ‘escoger’o ‘elegir algo’.

La voz ‘coger’ cuenta en el español hablado en Canarias con una rica polisemia que puede obedecer a valores dispares, según las distintas locuciones. Así por ejemplo, no es lo mismo «cogerle el lomo a alguien» que «coger recortes», o «coger macho» que «coger a alguien por la palabra». Todas ellas contienen significaciones con diversos matices semánticos de un mismo verbo. Pero en la frase comentada –como hemos apuntado– la voz ‘coger’ se sitúa conceptualmente en la idea de ‘elección’; imagen metafórica que traslada implícitamente el significado, en su literalidad, asociado al ‘asimiento’. Con lo cual el acto de coger/escoger la cuchara es sinónimo de tomar una decisión, que en este caso puede o parece resultar trascendente, según se deduce del contexto en el que se suele echar mano del dicho.

Se aparta así de otra expresión del castellano antiguo que instrumentaliza la cuchara como metáfora: «meter la cuchara (o la cucharada)» que quiere decir entrometerse inoportunamente en una conversación de otros o inmiscuirse en asuntos ajenos.

 

En sentido figurado, la expresión («con la cuchara que coges, comes») hace alusión ala trascendencia de las decisiones que tomamos en la vida; aquellas que se refieren o afectan a nuestro futuro, ya sea profesional, amoroso, familiar, etc. Es decir a aquellas determinaciones a las que convencionalmente atribuimos cierta importancia. Es común desde siempre en los asuntos de casamientos, en los que las madres o las abuelas aconsejan a sus hijas o a sus nietas antes de tomar la decisión de esposar a un novio. Que quiere decir poco más o menos que lo que ahora elijas, para bien o para mal, es –en cierto modo– «para toda la vida». De manera que a nosotros corresponde la decisión sobre nuestro propio destino, pues cada alternativa que tomamos implica el renunciar a algo, pero también supone asumir nuestra responsabilidad ante esa elección. Se trata, pues, de un aforismo de claro matiz admonitorio que aconseja en este caso prestar atención o meditar la decisión que se va a tomar, pues es de capital importancia, y advierte sobre las consecuencias que puede acarrear en la vida de esa persona.

La metafórica «cuchara» se transforma en elemento de trascendencia como instrumento asociado al nutrimento y a la vida, esto es, «lo que nos da de comer», sea en sentido literal, léase una elección de orden profesional u económico que nos proporciona un modo de «ganarnos la vida», o ya sea entendido en el aspecto afectivo o emocional –nutrimiento para el alma o el espíritu– como podría ser la elección de un futuro marido o mujer con el que compartir una vida en pareja y fundar una familia.

 

Tener menos luces que el faro de Tindaya

CANARISMOS

Tener menos luces que el faro de Tindaya

Luis Rivero 07.04.2018 | publicado en el suplemento de Cultura de La Provincia.

Un amigo lector de Fuerteventura nos refiere esta expresión que forma parte del rico acervo de dichos y refranes propios de los hombres de la mar. Con ironía se recurre entre los marinos isleños a esta frase comparativa para hacer notar que una persona no tiene “muchas luces”. Que como es sabido se suele decir de alguien nada avispado o más bien poco inteligente. La ocurrencia tiene su gracia si se cae en la cuenta de que desde el Cotillo a la Punta de Jandía no existe faro alguno, y por tanto, en Tindaya no hay ni ha habido nunca faro. Esto lo saben bien los pescadores que faenan por estas aguas y en general los marineros canarios. (Aunque bien es verdad -como ellos afirman- que se echa en falta la presencia de esta luminaria que oriente y advierta al navegante en la noche). Con lo que la sorna resulta patente, pues si no hay faro en Tindaya, está claro que poca luz puede dar? Lo que lo convierte en un modo socarrón y exagerado de advertir que alguien es un auténtico ‘tolete’.

La expresión -como decimos- es jerga propia de los ambientes marineros y se construye como comparativa de inferioridad recurriendo a los vocablos “menos” “que” para relacionar el “coeficiente intelectual” de una persona, por así decirlo, con la poca luz del faro (por inexistente). Tiene su paralelismo en tierra firme -también en Fuerteventura- en esta otra locución que dice: “tener menos luces que un coche de pedales”.

Como es sabido, la luz viene asociada con valor simbólico específico al conocimiento y la inteligencia, lo que parece ser un arquetipo universal. De manera que referido a las personas se dice de alguien -por ejemplo- que “brilla con luz propia” como un halago a su talento o perspicacia. Mientras que una “lumbrera” es un ser muy inteligente o de conocimientos excepcionales; por el contrario, “no tener luces” o “tener pocas luces” es un modo casi eufemístico de referirse a un verdadero necio.

El faro -por su parte- debe su nombre a una metonimia de etimología griega que hace referencia al lugar que albergó la que fuera la más famosa luminaria de la Antigüedad: la isla de Pháros ( Faro) frente al puerto de Alejandría, en el Antiguo Egipto. Se trata de un símbolo primordial: “lucero” guía que centellea y resiste inhiesto cual centinela en permanente estado de vigilia durante la noche, que orienta y alerta al marino de los peligros de la costa.

No obstante la riqueza simbólica que contiene la figura del faro, entorno a la cual se aglutinan los símbolos de la torre y la luz, su recurso -entendemos- es aquí puramente instrumental, pues se trata de una imagen habitual entre los marinos, toda vez que se ha convertido en elemento capital para la navegación nocturna, y así lo ha sido desde antiguo. Se hace, pues, una referencia elemental a la luminosidad en medio de la oscuridad de la noche (oscuridad como antagonismo de luz o conocimiento). Se traduce por asimilación como sinónimo de inteligencia -en una suerte de hiperónimo- pero presentado con jocosa ironía como ausencia de luces, “no tener muchas luces”, que se dice eufemísticamente. Lo que hace de la necedad un objeto de mofa. Buena prueba de ello es la gran variedad de sinónimos a la que se recurre en las islas para decir que una persona tiene “pocas luces”: atolondrado, bobalicón, bobanco, bobilín, de poco seso, güevón, sanaca, singuango, simplón, tolete y un largo etcétera.

Partir un higo para hacer el kilo

Canarismos

Partir un higo para hacer el kilo

Luis Rivero 24.03.2018 | Publicado en el suplemento de Cultura de La Provincia

Este localismo que he escuchado siempre en Vasequillo viene a decir que el valsequillero “parte un higo para hacer el kilo” cuando la fruta no alcanza el peso exacto, que es un modo de ser preciso hasta la exageración. Se dice de quien no escatima gestos ni esfuerzos para ahorrar (dicho finamente: economizar); en otras palabras: de quien tiene fama de tacaño o agarrado.

La expresión antigua reza: “medio higo pa(ra) (e)l kilo”, que es como jocosamente se asociaba a aquel gentilicio. Pronunciada con la h aspirada (jigo) y contrayendo la preposición con el artículo (pa’l), como es usual en el habla isleña. Hoy ha quedado más bien relegado a un localismo autorreferencial que con buen talante ha terminado por ser asumido y -con ironía- lo pregonan de ellos mismos los naturales de este pueblo de las medianías de Gran Canaria. Puede tener a veces un valor similar a otra expresión más genérica que dice: “siempre le falta una peseta para el duro”. Pero esta fama de roñosos no quiere decir meritada ni que sea privativa del lugar, pues bien es verdad que como casi siempre: unos tienen la fama y otros el provecho. Y así podemos encontrarnos expresiones con referencias similares en otros pueblos como el “pagar al estilo de Guía, tú pagas la tuya y yo pago la mía”. Y de manera genérica un buen número de dichos que a modo de ocurrencias hacen referencia a la actitud cicatera, entre otras: “barrer pa(ra) dentro como las escobas” que se dice de las personas egoístas; “dar menos que un puño cerrado”; “ser más agarrado que un pasamanos” o “más agarrado que una lapa”, y expresiones similares que se escuchan a lo largo y ancho de toda la geografía insular, lo que parece no hacer de la actitud reprochada patrimonio exclusivo de ningún lugar.

Si la escasez es un rasgo que caracteriza a las sociedades preagrícolas y persiste en las sociedades agrícolas primitivas, en las comunidades rurales insulares no lo es menos. Tradicionalmente, estas se sustentan en una convicción que adquiere casi fuerza ideológica: la insuficiencia de recursos, en base a la cual se practicaba la austeridad como “doctrina”. Como si perviviera una vieja creencia que impone la carestía como criterio y mesura omnipresente en cada aspecto de la vida cotidiana. Ello podría explicarse por la pervivencia de aquella memoria atávica de las sociedades primitivas que coexiste con la memoria viva de nuestros ancestros más próximos. Por poner un ejemplo: muchos de nuestros progenitores o abuelos nacieron y crecieron durante alguna de las guerras o posguerras que azotaron Europa en la primera mitad del pasado siglo y que tuvieron evidente repercusión en las islas. Esa población -fundamentalmente rural- y, en parte, su descendencia está adoctrinada por el fantasma de la escasez. La guerra, el hambre, las secas, las epidemias, años estériles, penurias, precariedad… son elementos que permanecen vivos en la memoria (aunque se trate de episodios hoy lejanos); y muy probablemente en algún sustrato del inconsciente colectivo que se nutre de ella.

La agricultura tradicional practicada en las Islas -sobre todo en las zonas de medianías- ha sido básicamente una agricultura de subsistencia. Se trata de una economía basada en el cultivo de cereales, papas, hortalizas y frutales para el autoconsumo, con moderados excedentes con destino al mercado local y la combinación con pequeñas explotaciones ganaderas. En este contexto, la incertidumbre sobre la suficiencia de recursos y el fantasma ancestral de la penuria quizás hayan sido responsables de la frugalidad en los hábitos de consumo y de cierta cicatería en las relaciones de intercambio en el pasado; y que incluso pueden subsistir en el inconsciente colectivo con manifestaciones singulares en los individuos. Pero paradójicamente quien muestra con celo excesiva ecuanimidad en sus tratos y “parte un higo para completar el kilo” se convierte en un ser escrupuloso, pero también hace de él un hombre justo. Más allá de la mezquindad, sugiere la idea del “sol de justicia” que se dice del sol del mediodía por no proyectar sombra alguna, más que en sí mismo; no alarga su sombra sobre nadie ni la recibe de nadie, solo su propia sombra: a cada uno, lo que es suyo.

A burro viejo todo son mataduras

Canarismos

A burro viejo todo son mataduras

Luis Rivero/ publicado en suplemento Cultura de La Provincia/DLP

Este dicho de uso local en algunas zonas de Gran Canaria advierte sobre las dolencias y males de las personas mayores como propios de la edad, es decir: en la vejez, todo son achaques. Tiene un valor específico frente a aquel otro refrán castellano que dice: “a perro flaco, todo son pulgas”. Locuciones afines son: “tener más llagas/más mataduras que un burro viejo” que expresa hiperbólicamente el estado de una persona llena de heridas o dolencias. Hay que diferenciarla de aquella otra que reza: “quitarle la albarda al burro y verle las mataduras”, que da a entender que las carencias o defectos se aprecian cuando la ocasión los deja al descubierto; o referido a las personas: que estas no revelan su auténtica condición hasta que no se las conoce bien.

Pero el dicho nos introduce en un variado repertorio de aforismos y expresiones populares que tienen como protagonista al mismo animal.

La domesticación del burro ( Equus africanus asinus) se estima que pudo tener lugar entre el quinto y el tercer milenio a.C. Periodo este en el que se considera que concluye la primera fase de domesticación (en torno al 3.500 a.C.). Es probable, pues, que el asno acompañe a su “educador”, Homo sapiens, desde hace unos 7.000 años.

Además de aliviar al hombre en las duras tareas agrícolas, este sumiso amigo ha sido proficua fuente de enseñanza e inspiración para su cuidador. De entre todos los animales domésticos seguramente ninguno se parangona al asno en cuanto a versatilidad en su actitud, comportamiento, nota fama, imagen metafórica o simbología. Su figura se ha asociado desde antiguo a los más diversos símbolos. Así puede aparecer como emblema de humildad, paciencia y coraje; pero también se relaciona con la imagen pintoresca de animal ridículo y terco -estereotipo recurrente en las fábulas y en algunas paremias-; al mismo tiempo es quintaesencia de mansedumbre y docilidad, símbolo de sumisión a la autoridad y sus exigencias; o puede ser visto como prototipo de semental; de hecho algunas mitologías antiguas asocian la figura del jumento a la fertilidad y así se transfigura como uno de los miembros menores del panteón griego.

Decíamos que la domesticación del burro pudo haber acontecido hace unos unos miles años, durante los que el hombre ha vivido en estrecho contacto con él. Fíjense si habrá llovido desde entonces y hemos tenido tiempo de observar y constatar comportamientos que resultan aleccionantes, por decirlo de alguna manera. Ello sin entrar ahora en cuándo arriba exactamente al archipiélago este ungulado, pues antes del contacto directo existe un conocimiento ancestral como parte de ese acervo histórico precedente. Entre los dichos que tienen como sujeto instructivo al asno o lo implican de alguna manera -ya sean de ámbito local o pancanario-, tenemos un buen número de ejemplos de esa versatilidad de la que hablamos:

“Saber más que un burro viejo” (para referirse a la perspicacia y sagacidad); “al burro viejo no le pesa la albarda” (acostumbrarse a las condiciones adversas); “burro que canta no se deja avasallar” (para referir un espíritu indomable o rebelde); o una hipérbole para hacer notar que una cosa es compleja o muy intrincada, tanto como “matar un burro a pellizcones”; o la comparativa de igualdad simple que refiere la pérdida de libertad del varón cuando pasa por la vicaría: “hombre casado, burro amarrado”; o expresiones como esta del juego de la baraja que buscando la rima trata de señalar la infalibilidad de ciertos palos: “con rey y mala hasta el burro gana”; o la expresión: “¡qué burro se irá a morir!”, cuyo barrunto o vaticinio de muerte se expresa como un acontecer inesperado y agradable, recibir una grata sorpresa; o aquella otra que se dice de alguien cuando está muy enamorado o encelado: “está enamorado como un burro” (quizá en coherencia con la fama que tiene de este animal de estar en permanente celo); “¡qué sabrá el burro lo que son caramelos!” (ignorancia supina); “burro grande, ande o no ande” que prioriza el tamaño de las cosas; “el burro a(de)lante pa(ra) que no se espante”, que relaciona esta condición animal con la ausencia de ciertos modales de cortesía en la prioridad; “burro cargado encuentra camino” (instinto y agilidad).

Son algunos de los dichos y refranes que sugieren al jumento como sujeto paradigmático para referirse a variadas cualidades y situaciones. Ello constituye un buen ejemplo de la maestría demostrada a lo largo de cientos de años -o milenios- por nuestro cuadrúpedo amigo. Aunque a veces haya que reconocer que “es resabiado como una mula”.

Moro viejo no aprende idiomas

Moro viejo no aprende idiomas

Luis Rivero

Este aforismo castellano toma carta de naturaleza para incorporarse con voz propia al elenco de dichos de uso común en las Islas. Entre las distintas versiones, quizá la más escuchada sea la que dice: “moro viejo no aprende idioma” o “moro viejo no aprende lenguas”. Y se usa para hacer notar las dificultades que presentan las personas mayores en adoptar nuevos hábitos y habilidades.

Junto a esta forma se registra también otra versión de ámbito local: “burro viejo no aprende lengua”. Adaptación en la que se recurre a un elemento típico del imaginario rural: el burro; sujeto aleccionante que incorpora un mayor valor pedagógico por su cercanía y por la “noción” que de este aporta el idiolecto de referencia. El burro sustituye al “moro” como sujeto en la expresión de manera hiperbólica, pues al asno se le atribuye en ese ideario popular la condición de animal de costumbres perdurables [: “al burro viejo no le pesa la albarda”].

Otra variante registrada en las islas es la que dice también: “loro viejo no aprende a hablar”.

El dicho original “moro viejo no aprende idioma” está relacionado con una frase proverbial que localizamos en algunas zonas del Caribe: “moro viejo, mal cristiano”, para indicar cuán difícil resulta cambiar la forma de ser de la gente mayor. Y también con un antiguo refrán castellano que guarda una similar homofonía en su construcción, pero de significación bien diferente, y que reza: “a moro viejo, no aprendas algarabía” (advierte que no puede pretenderse enseñar a quien es maestro en la materia).

El dicho pone en relación dos elementos significativos y contrapuestos: la vejez y el aprendizaje. Ello para evidenciar que aprender lo nuevo y crear hábitos comportamentales suele ser atributo de la edad temprana o juventud. Las edades del ser humano se equipararían con las distintas fases de la naturaleza. Así se parangonan la primavera con la juventud o el otoño con la madurez o la vejez. Este orden natural marcaría el desarrollo evolutivo correspondiente a cada edad a la que se le atribuirían sus propias actividades y habilidades conforme a la realidad social y cultural. Dentro de esta lógica de la humana naturaleza, el aprender a hablar es menester propio de los primeros años de vida. Pero con este aprendizaje no solo accedemos a un sistema de comunicación primario y elemental, sino que se adquieren a través de él un conjunto de variados conocimientos. Así pues, existe una estrecha ligazón entre el desarrollo/aprendizaje del lenguaje y la adquisición de capacidades cognitivas diversas. Y este podría ser el fundamento implícito que sustenta el dicho simple: “moro viejo no aprende lengua”. Es decir, para referirse -por extensión- a las dificultades que presentan las personas mayores o entradas en años en cambiar de hábitos y aprender determinadas agilidades, sobre todo aquellas que no son propias de la edad (y no solo un idioma). Lo mismo hay que decir respecto al localismo: “burro viejo no aprende lenguas”; lo que queda evidenciado con una expresión afín o lindante que expresa: “después de viejo, cabrero”, para referirse a las personas entraditas en años que hacen cosas que no se corresponden con la edad que tienen.

La expresión comentada, de sólito, se entona con chanza frente al interlocutor al que se dirige el dicente sin reparar en la autoridad que otorgan las canas [“¡aquí no se respetan las canas!”]; a veces hasta se le atribuye prematuramente la condición de “viejo” a la persona madura o que muestra una edad desfasada con la actividad en la que se aplica. Puede tener también un sentido autorreferencial -es decir, cuando es el hablante quien lo predica de sí mismo-; en tal caso actúa como justificación de la impericia o del desconocimiento absoluto mostrado por el sujeto respecto a una determinada habilidad. [“Abuelo, ¿por qué no se apunta a un curso de esos de informática? ¡Ah, mi niño, ‘moro viejo no aprende idioma’!”]. Por su parte, “el burro viejo no aprende lengua” puede expresarse con abierta jocosidad o puede contener una mayor carga burlesca hasta llegar al escarnio.

 

El que no sabe es como el que no ve

Canarismos

El que no sabe es como el que no ve

Luis Rivero 02.03.2018 | Suplemento Cultura La Provincia/DLP

Con independencia de su origen, el dicho se adapta a la singularidad propia del habla isleña de manera natural. Así ha quedado incorporado al amplio repertorio de proverbios populares canarios. Su simplicidad y versatilidad lo convierten en uno de esos aforismos a los que se echa mano habitualmente. Al menos entre ciertas categorías de hablantes.

Se recurre a una construcción comparativa de igualdad que tiene un valor conclusivo y de aserto general. Se estructura sobre el concepto del “saber” y una metáfora inspirada en “la ceguera”. Elementos contrapuestos que enuncia en sentido negativo y en términos de equivalencia (“no sabe” = “no ve”). Haciendo abstracción para concluir que “no saber”, “desconocer” o “ignorar” algo equivale a “no ver las cosas” o “a estar ciego”.

Puede tener un valor referido a un aspecto elemental sobre supuestos de menor entidad; por ejemplo, frente al desconocimiento de una información trivial o intrascendente, pero útil o práctica en el ámbito doméstico; o también puede referirse a situaciones de cierta trascendencia: como el ignorar determinados conocimientos de mayor alcance o enjundia. Se suele emplear casi como una ocurrencia, y nunca suena en tono de reproche y mucho menos de burla. Al contrario, suele ser quien ignora el “objeto de conocimiento” el que recurre con ligereza al dicho como una manera de excusar su impericia, torpeza o ingenuidad. Posee, pues, un valor paliativo o justificativo que trata de enmendar la propia ignorancia. Ausencia de conocimiento que se dispensa porque -como es sabido- “nadie nace sabiendo”.

No obstante la sencillez del enunciado, la expresión posee un sustrato ideológico de profundo calado. El binomio que se expone con simplicidad en la oración invoca un simbolismo de dominio universal. Imágenes arquetípicas arraigadas en las diversas culturas y representadas por la dicotomía: “luz-oscuridad”, “esplendor-tinieblas”, “visión-ceguera”. Donde la invidencia se parangona al desconocimiento y la ignorancia, mientras que la luz se asocia al conocimiento y la inteligencia. En la práctica totalidad de las mitologías antiguas se da esta asimilación entre el valor simbólico de la inteligencia y la luz; así como las tinieblas, antagonismo de la luz, simbolizan la “ceguera de la vida”, la ignorancia del hombre.

Pero sin necesidad de adentrarnos en estratos simbólicos tan profundos, esta misma ambivalencia la podemos localizar en la lengua común, a niveles más superficiales y menos trascendentes. Entre las metáforas de uso habitual que describen las facultades intelectivas o sus limitaciones nos encontramos: “la ceguera” cuando hace referencia a la incapacidad mental para percibir o comprender algo; y por el contrario, “una lumbrera” es la persona que brilla por su inteligencia y conocimientos. El dicho comentado es pues un símil o comparación de valor elemental: “el que no sabe es como el que no ve”. Simplicidad con la que lo expresa el vulgo en su cotidianidad, y en particular en los ambientes rurales.

La misma sencillez se advierte en otros dichos relacionados con la facultad de la visión, el saber y la ignorancia que se sitúan en la periferia de aquel. “Ojos que no ven, corazón que no siente” que se dice para señalar que la ausencia o el desconocimiento contribuyen a ignorar lo que se quiere o sentir menos la desgracia ajena; “no hay peor ciego que el que no quiere ver” que sugiere cuan inútiles resultan los esfuerzos de que alguien vea o entienda lo que no quiere ver o entender. O “ser más listo que el hambre” que constata un hecho simple: la necesidad agudiza el ingenio. Pero hablando de saber, casi siempre es la sabiduría proveniente de la experiencia acumulada con el paso de los años la que suele imponerse, por eso se dice: “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Y es que en estas cosas “el que sabe, sabe y el que no…”

Untar los bezos

CANARISMOS

Untar los bezos

Luis Rivero 24.02.2018 | Cultura La Provincia/DLP

Untarle los bezos a alguien es gratificar mediante regalo o promesa de recompensa a quien goza de una posición de poder o influencia para obtener algo a cambio. Esto es, ofrecer dádiva con el objeto de sobornar, generalmente a funcionario o miembro de una institución. No obstante el tono de burla o ironía, la locución verbal no deja de ser permisiva con el propio sistema de corrupción; aquiescencia que muestra con naturalidad, aunque sea a pequeña escala o ámbito local.

El español de Canarias conserva, como es sabido, multitud de arcaísmos del castellano. Uno de ellos es el término “besos” para designar los ‘labios’, o más exactamente, “bezos” con z como lo registra el Diccionario básico de la ACL y recoge también el DRAE. Parece tratarse de una antigualla medieval que habría subsistido hasta bien entrado el siglo XVI y terminaría implantándose en el habla isleña, conservándose hasta hoy. Si bien el seseo dominante en la mayor parte de las islas -que hacen difícilmente pronunciable esta forma arcaica- provoca que la z se transforme en s en la lengua hablada, y por ende, en algunas transcripciones. Como así la recogía Millares Cubas ya en 1925, entre otros. A veces se utiliza para referirse a los labios gruesos o ‘bembas’, americanismo con el que también se conocen en Canarias a los labios abultados y exuberantes. El origen de la voz “bezos” parece apuntar a la metonimia que toma esta placentera función para referirse al órgano (los labios). Son comunes en este sentido las expresiones: “dar por los bezos” a alguien que significa darle de merecer, provocar adrede envidia o ‘rasquera’; o “cogerle los bezos” que es propinarle una buena paliza, sobre todo dejándole señales visibles en el rostro. Frente a la connotación negativa de estas dos expresiones, el “untar los bezos” posee un valor neutro; ni sanciona ni reprocha, sino que parece advertirlo como una práctica normalizada que acaso expresa en tono de sorna [“a ese hay que untarle los bezos si quieres que los papeles salgan rápido”].

“Untar”, por su parte, viene a significar aquí lubricar la boca, los labios, con algo dulce o un elixir agradable de sabor para predisponer al “untado” a que mantenga la boca cerrada o haga la vista gorda. Guarda cierta resonancia simbólica con ‘ungir’ que en su valor pretérito se relaciona con el acto de acogimiento y devoción que se mostraba a un huésped de elevada condición.

La creencia de que los distintos órganos o partes del cuerpo humano son sede virtual de los sentimientos o de determinadas capacidades resulta común a las distintas culturas. Una dimensión elemental de este simbolismo anatómico es la identificación del órgano con su función. Esto ha dado origen a una rica simbología de las partes del cuerpo que se manifiesta en una serie de expresiones comunes o dichos característicos del español, en sus distintas variantes geográficas, y en el español de Canarias en particular. La boca, y por ende, la lengua o los labios evocan a través de la metáfora la facultad del habla u otras actitudes asociadas; por ejemplo: “calladito a la boca” (que habla poco y actúa), “irse de la lengua” (incontinencia), “ser un lenguatrapo” (persona chismosa), “darle a la lengua” (alegantín), “calentársele el pico” (rajar). Participan de esta implicación en el sentido del gusto: “sentir la miel en los labios”, “cogerle el gustillo” o la comentada: “untarle los bezos”. Pero la boca puede también identificarse con la función nutricional: ‘comer’, ‘chascar’, ‘mamar’, ‘chupar del bote’… Expresiones todas ellas que en el lenguaje común se asocian a quien recibe favores, ganancias o ventajas de cualquier tipo en asuntos públicos. En la periferia de estas locuciones se sitúa un portuguesismo muy nuestro que es “engodar”; término que guarda también relación con el acto de cebar o alimentar [echar ‘engodo’] y que en sentido figurado significa aquí: ganarse la confianza, simpatía o favores de alguien para aprovecharse de ello. Sería este, pues, un estadio previo en el que se engatusa a alguien para después acabar por “untarle los bezos”. Y así podemos escuchar expresiones tales como: “Al alcalde le untaron bien los bezos para que diera el permiso de obra”.

Vive como un cura

CANARISMOS 

Vive como un cura

Luis Rivero 10.02.2018 | Cultura La Provincia/DLP

Aunque la expresión es de uso general en castellano, se escucha muy a menudo en Canarias. El tono de donaire y burla con que se pronuncia la hacen propia de la socarronería del isleño. La locución “vivir como un cura” (o “vivir mejor que un cura”) se emplea para referirse a alguien al que le gusta vivir en la abundancia, “tratarse bien”, sin hacer demasiado esfuerzo (o “sin dar golpe”). Otra variante de este dicho es la que dice: “vivir más bien que un cura con tres parroquias” que se escucha también para decir de alguien que le gusta vivir con holgura y bienestar. Obedece esta hipérbole a un simple principio aritmético que parece razonar que si con una parroquia se puede vivir regaladamente, imagínense con tres.

La frase, cargada de ironía, actúa como un comparativo hiperbólico con sujeto elíptico que se deduce del contexto de la comunicación. Casi siempre la locución va dirigida en tono de guasa de manera directa al interlocutor presente. A veces se usa con el nexo y forma comparativa de desigualdad “mejor que” o “más bien que” en lugar de “como” para enfatizar la situación de privilegio que evidencia y se critica con chanza. En ocasiones se escucha también una forma de mayor calado semántico que actúa casi con valor superlativo. Para ello se recurre a la propia jerarquía eclesiástica como modelo de referencia, esta es: “vivir/comer como un obispo”. Lo que parece elevar la comparación a un grado superlativo.

Esta fama del clero viene de viejo. Y se remonta a los beneficios eclesiásticos de los que han gozado desde siempre la Iglesia y sus miembros. Beneficios como el cobro del diezmo, “tributo” con el que los feligreses habían de contribuir al sustento de la Iglesia y los clérigos; amén de otras rentas generadas por el ejercicio del culto, como los derechos de estola y otros emolumentos como la congrua. Si bien la propia Iglesia consideraba pecado de simonía la obtención de beneficios o prebendas por la administración de los sacramentos. No obstante, el vulgo vuelve a hacer mofa de tales costumbres con aquella otra expresión que dice: “venga el dinero por velorios, cásese el diablo con el demonio”. Expresión festiva que antiguamente se escuchaba en algunas islas y que rememora aquella vieja costumbre de las velaciones (casamientos) y otros “servicios” remunerados y el sentido pragmático del clérigo en sus menesteres. Más remotamente pueden verse como antecedentes de este carácter sinalagmático en las prestaciones “sacras” las instrucciones dadas en el libro del Deuteronomio 18. Se refiere a los sacerdotes levitas, de la tribu de Leví, de la que se dispone “que no tendrá parte alguna en la heredad de su pueblo”. Pero en contraprestación se otorga a esta casta sacerdotal el derecho a recibir “las primicias” de la tierra: del grano, del vino, del aceite, y también de la lana, de la leche y de parte de la carne del ganado sacrificado.

Hay que hacer notar que los verbos ‘vivir’ y ‘comer’ son intercambiables al arbitrio del hablante, según las circunstancias y grado de concreción en la comparación. (Así resulta, por ejemplo: “comer como un cura” o “comer mejor que un cura”, o “comer como un obispo” que se dice del amante de la buena mesa). En la periferia de ello se sitúa el antónimo de esta expresión que se suele escuchar también en Canarias: “a buen hambre no hay mal pan”. Que predica que cuando hay necesidad, no cabe una actitud exigente y no se hace ascos a ningún alimento. Pero “ningún cura se acuerda cuando fue monigote”, dice otra locución que en sentido figurado sanciona a quien en una posición jerárquicamente superior, ignora su pasado y origen, y se muestra crítico y riguroso frente a las acciones o faltas que él mismo antaño cometiera.

Y es por ello que el vulgo ha caricaturizado la imagen del clero y ha acabado por parangonarla jocosamente con alguien al que gusta vivir bien sin grandes mortificaciones, esto es, el atractivo de la vida tranquila y regalada.

 

Calentarse el pico

Canarismos

Calentarse el pico

Luis Rivero. Publicado en suplemento Cultura La Provincia/DLP 3.2.2018

Calentársele el pico a alguien quiere decir propasarse bebiendo alcohol. Esto es, embalarse y animarse después de tomar la primera copa. Pero también hace referencia a cuando alguien habla sin parar diciendo cosas inoportunas por no poderse contener. «Se le calentó el pico y pegó a rajar» se dice de quien se anima, empieza a alegar sin parar y acaba por hablar mal de alguien desacreditándolo. Hasta podemos leer en la prensa que «[…] el alcalde atribuyó la salida de tono de su concejal a que a éste “se le calentó el pico”». Frase con la que se excusa el desliz de un cierto concejal por hablar más de la cuenta.  O en la crónica de la boda de un conocido edil en la que se dice: «algunos invitados, llegados ya los momentos de tener el piquito caliente, empezaron a perder la compostura». Lo que sugiere en este caso es que los invitados a la boda, después de «mojar la boca», es decir, tras tomar alguna copa y «entonarse», se van de la lengua y se explayan sin reparar en formas. Con idénticos significados (entonarse con alguna bebida espirituosa o referirse a cuando alguien no para de hablar) se usa en algunas partes de América –al menos en Argentina, Uruguay y Cuba– por lo que podría tratarse de un americanismo importado. El nexo que parece poner en relación ambos significados es la idea del alcohol como elemento desinhibidor que propicia locuacidad en el individuo, hasta llegar a perder la compostura y propasarse con las palabras diciendo cosas que no debe.

Afín a esta expresión, y más propia del ámbito insular, es «darle a la picareta» como sinónimo de beber o ‘tomar’ (le gusta «darle la picareta»), «empinar el codo».  ‘Picareta’ se llama en Canarias a la herramienta que sirve para labrar cantos o rebajar paredes, suelos u otras superficies de especial dureza, zapapico, pico pequeño. El gesto de doblar el brazo (para empinar el codo) como cuando se trabaja con la picareta y la similitud con el esfuerzo persistente en hacerlo de manera machacona,  hasta entrar en calor, es lo que explica la asociación alegórica entre «darle a la picareta» y «empinar el codo». Por su parte, el pico, además de herramienta del albañil o del labrante, es la parte saliente de la cabeza de un ave y coloquialmente se le llama también a la boca de una persona propensa a la verborrea incontrolable. Por lo que la significación y las voces derivadas (pico, picareta) parecen estar relacionadas.

En el mundo rural son abundantes las hipérboles basadas en la exageración de fenómenos o elementos del entorno para referirse o definir realidades abstractas o usos comunes. Por ejemplo se dice «beber como un garrafón» o «beber como un tanque» para expresar que alguien tiene el hábito de excederse con la bebida; o «ha bebido más ron que un burro agua» que se dice de quien ha tomado mucho ron a lo largo de su vida, es decir, de quien tiene fama de borrachín. Se parangonan así características de elementos concretos para definir determinadas actitudes ordinarias. De manera jocosa se recurre a los símiles del garrafón, del estanque o del burro –elementos del imaginario popular– que sirven de contenedor o depósito capaces de acumular gran cantidad de líquido o a la necesidad del animal de beber mucha agua para apagar su sed, para describir hiperbólicamente la actitud del individuo propenso a ingerir alcohol sin moderación. Este tipo de símiles o comparaciones en tono humorístico que se escuchan respecto a la afición a la bebida, generalmente en ambientes varoniles [tales como: «pegarse un tanganazo» o un «cacharrazo», «salir con el rabo tieso» (marcharse ‘entonado’), «estar rebajado de servicio» (no poder beber por estar malo) y expresiones por el estilo], parecen no solo ironizar y restar importancia al hábito (que alguno pudiera considerar pernicioso), sino que además lo celebran con jocosidad hasta distender cualquier actitud de reproche hacia ello.

 

Echarse fuera del plato

 Canarismos

Echarse fuera del plato

Luis Rivero

Cultura La Provincia DLP Sábado 27 enero 2018/// Se trata de una locución  común en las islas que suele escucharse con valor de advertencia, reproche o reprimenda ante una conducta considerada reprobable. Tiene, pues, un carácter netamente admonitorio frente a comportamientos que se identifican casi siempre con algún exceso verbal. En ocasiones se usa la forma: «No se me eche fuera del plato», recurriendo al tratamiento de ‘usted’ para dirigirse a alguien de la propia familia o del entorno, con el propósito de distanciar la figura de autoridad del dicente, y tratar de persuadir así al destinatario del mensaje.

La expresión «salir(se) del plato» o «salir(se) fuera del plato» es probablemente un americanismo procedente de Cuba que bien pudo llegar a través de ese puente cultural tendido por los flujos migratorios en ambos sentidos.  En las islas se utiliza tanto la forma «salirse fuera del plato» como «echarse fuera del plato» para señalar que alguien hace o dice algo impertinente, se excede o propasa, de sólito, verbalmente.

Otras locuciones afines que expresan el mismo concepto son «echarse fuera del tiesto» que se usa también para calificar un comportamiento que se considera poco juicioso y comedido. O lo que es lo mismo: «mearse fuera de la bacinilla»  que se dice también de la actitud impertinente e indiscreta de una persona inoportuna en sus juicios y opiniones. También parece dársele en ocasiones el significado de ‘decir mentiras’.

Se trata de un símil con valor subliminal («echarse fuera del tiesto», «salirse del tiesto» o «mear fuera de la bacinilla») que –en lenguaje un tanto soez– evoca la figura recurrente del varón orinando. El ‘salirse’/’echarse fuera’ tiene aquí el significado de orinarse sin control, sin darse cuenta, lo que también se conoce en el español de Canarias como ‘angurria’  que es una micción incontrolada. La metáfora, de rigor naturalista, rememora la necesidad de expeler con urgencia por  imperativo de la incontinencia patológica.  Lo que se traslada –subliminalmente– como incontinencia verbal de quien no se puede controlar y larga sin prestar demasiada atención o con total descuido. Sin reparar en lo que se dice ni cómo lo dice.  Pero también referido a quien no atiende a formalidades ni a modales en su comportamiento, en general, y que lo llevan a propasarse, contraviniendo las buenas costumbres o reglas de la sana educación.

Se convierte así en antónimo de moderación, cautela, ponderación, corrección, mesura… Elementos que resultan transgredidos por quien tiene el desliz de «echarse fuera del plato» o de «mearse fuera de la bacinilla». Se dice a veces de la persona ‘zafada’ (de ‘zafarse’: desatarse, liberarse, en sentido metafórico, no guardar las formas; con especial referencia a los menores cuando pierden la compostura y se muestran inquietos y alborotadores: «están zafados», se dice), que es como se llama en Canarias a quien se muestra irrespetuoso y ligero en las palabras y actitudes. También se dice ‘enralarse’ para referir un comportamiento relajado, sin guardar formas, o propasarse.

Expresión afín a las anteriores es: «echarse la camisa por fuera» que tiene el valor preciso de correrse una juerga ocasional y por sorpresa, casi siempre sin moderación.