Cada vez que mea piensa

©Luis Rivero suplemento Cultura La Provincia/DLP , sábado 29 junio 2019

Se trata de una expresión de uso frecuente en las islas y se recurre a ella para aludir a una persona inconstante y variable en su parecer, es decir, a quien muestra una actitud voluble y cambia de manera continua y con facilidad, especialmente en sus creencias y opiniones. La frase puede referirse tanto a una opinión conformada respecto a un tercero no presente en la conversación, como puede estar dirigida al propio interlocutor: “Tú cada vez que meas piensas”. En tal caso tiene un carácter admonitorio o  de reproche frente a esta actitud tornadiza. El recurso a una forma verbal un tanto soez o malsonante (“mear”) y el aire de censura con el que se pronuncia le imprimen un tono grosero o al menos poco decoroso. Por esta razón su uso suele estar reservado entre personas que mantienen cierta relación de confianza. Su carácter burlesco lo asemejan a los llamados “insultos amistosos”, propios del idiolecto de algunas culturas y subculturas y que no resultan extraños al español de Canarias. Los “insultos amistosos” son expresiones coloquiales que se insertan a menudo en la conversación a modo casi de interjección impropia y tienen un carácter “inofensivo”, esto es, “no ofensivo”; es decir, se trata de “agravios” o “escarnios” que si bien fuera de este contexto pueden resultar hirientes, la ligereza en su uso en un ámbito social de familiaridad lo hacen inocuos. 

La valoración del sujeto en la expresión pivota sobre dos verbos (mear/pensar) que se refieren a funciones típicas en el ser humano, pero en cierto modo un tanto “distantes” entre sí, y en este caso, contrapuestas.

“Pensar” (‘reflexionar’, ‘meditar’, ‘razonar’), es un verbo que indica una actividad intelectual, uso de la razón, y en cierto modo se equipara a un acto trascendente, con vocación de permanencia; mientras que “mear” (‘orinar’,‘expeler la orina’) es un verbo instintual, de puro impulso, que obedece a una necesidad fisiológica común a todos los seres vivos, racionales o no, es decir, que afecta a hombres y animales por igual. 

El recurso a ambos verbos busca el efecto de resaltar y contraponer el acto de orinar como algo premuroso e instintivo que no puede reprimirse ni excusarse, frente a la perseverancia y estabilidad del pensamiento como conjunto de ideas u opiniones.

Traslada la imagen de la excreción urinaria que se expele con urgencia, apremiada por la presión de la vejiga, sin necesidad de pensar en el acto, ni de programarlo; indica premura, impaciencia y al mismo tiempo precariedad, carácter efímero, ordinario e intrascendente y que se repite varias veces en el curso de la jornada. Con esta hipérbole quiere expresarse que con la misma ligereza y frecuencia con que se afronta esta necesidad fisiológica de evacuar “aguas menores”, se piensa, es decir, se cambia de idea, de parecer u opinión respecto a una posición precedente. 

Changa (y otros neologismos de última generación)

Luis Rivero en el Cultura de La Provincia. Sábado 15 junio 2019///

Entre las voces urbanas usuales que han formado parte del argot juvenil de las capitales canarias nos encontramos con «changa», «poligonero» o «chandalero». Si bien no suelen contemplarse en los léxicos de canarismos, su uso se ha generalizado hasta trascender del mero argot para referir elementos y ambientes barriobajeros. Por ello, más que de jerga de barrio, bien podría hablarse de «canarismos de última generación». 

Tradicionalmente, el crecimiento urbano ha propiciado la formación de núcleos residenciales en el extrarradio y expulsado hacia la periferia a una población que ya desde sus lugares de origen acusa problemas de pobreza y marginación social. Este fenómeno, del que no son una excepción las ciudades canarias, ha provocado la concentración en estos enclaves de infinidad de familias con idénticos problemas: bajo nivel de instrucción a menudo acompañado de analfabetismo (funcional) y alto índices de fracaso escolar, desocupación sistémica, pobreza y desestructuración familiar; factores que a menudo se retroalimentan agudizando los efectos que han conducido, en ocasiones, a la exclusión social y a transformar estos barrios en auténticos guetos.  Lo que los convierten en caldo de cultivo para la delincuencia, la droga y otros problemas ligados a la marginación. 

            En este contexto, hijo de la sociedad de consumo y de la marginalidad, nace la figura del “changa”. Neologismo propio de las capitales isleñas para designar a lo que con el tiempo se ha convertido en un auténtico fenómeno social o antropológico. Identifica a los gregarios de una nueva “tribu urbana” sobre la base, fundamentalmente, de criterios estéticos que comprende vestimenta, corte de pelo y actitudes   comportamentales. Rasgos identitarios a menudo ligados al trapicheo, a la delincuencia de poca monta, la violencia callejera (de hecho en ocasiones se usa el término «pandillero»), las peleas de perros o a otros signos de ostentación como las cadenas de oro colgadas al cuello y la escúter por montura.

            La voz “changa”, pues,  deja al descubierto “las vergüenzas” de una subcultura urbana al tiempo que pone el dedo en la llaga de la marginación y la conflictividad de los suburbios capitalinos, pero intenta sortearlo con un gracejo y una socarronería que acaso lo despoja del dramatismo del contexto social donde nace.

            Por su parte, con tono despectivo, el término “poligonero” –de referencia espacial– sería algo así como una especie de gentilicio o seudogentilicio genérico y circunstancial. Se da la paradoja que el término polígono (residencial) como actuación urbanística edificatoria es una figura que aparece oficialmente en España con la Ley del Suelo de 1956; modelo que en Canarias tiene su apogeo con el desarrollo de las grandes actuaciones de promoción de vivienda pública de los años 70 y, por su incidencia social, el término (polígono) ha trascendido al habla popular. Esto es lo que explica que estemos ante un raro caso de un derivado construido por lexicalización a partir de un cultismo/tecnicismo: los “polígonos residenciales”.

            Si el “changa” identifica al individuo en base a parámetros estéticos y el “poligonero” encuentra su etimología en el hábitat, el sinónimo “chandalero”, por su parte, se construye sobre la base del indumento gregario de estos individuos. Chándal y playeras de marca que junto con la cabeza rapada en las zonas parietal y occipital conforman sus señas de identidad primarias. Pero el término “changa” comparte otras acepciones más “genéricas” sinónimas o afines a: “mata(d)o”, “laja”, “ruina”, etc.  Como mismo la voz “poligonero/a”, en ocasiones, es usada como imagen caricaturesca para referirse a una  persona chabacana, basta o malcriada: (“¡Chacha!, déjate de gritar que pareces una poligonera”). 

El hueso que está pa(ra) uno no hay perro que se lo coma

Luis Rivero. Suplemento de #Cultura de La Provincia. #Canarismos

La figura del perro que mordisquea con afán un hueso, sobre la que se construye la metáfora que ilustra este dicho, a pesar de la tosquedad de su estilo, goza de cierta enjundia. No obstante el hueso es considerado hoy como «sobras» de la comida y ha quedado reducido en el imaginario colectivo a un mero juguete u objeto de entretenimiento para el can, se sabe que cuando un perro «agarra un hueso, no lo suelta ni a la de tres». El por qué a nuestro mejor amigo le atrae tanto mordisquear los huesos es una respuesta que seguramente hay que buscar en el origen de estos animales. Intuitivamente se suele interpretar como un motivador del fortalecimiento de mandíbulas y dientes, siempre dispuestos a devorar figurativamente la presa capturada, como mismo sus tatarabuelos lo hicieran antaño. Se asocia también al estímulo instintivo por obtener un preciado nutriente: el tuétano, que se encuentra en el interior del hueso. En cualquier caso el festín parece obedecer, más que a la necesidad vital de nutrimiento o a un ocioso ejercicio maxilar, a un mandato de la propia memoria genética. Algunos milenios atrás, antes de la domesticación de los cánidos, estos carnívoros se movían agrupados en manadas para cazar. Hoy, la obtención de alimento en el hábitat doméstico ha dejado de ser un preocupación prioritaria para el canis lupus familiaris. La percepción del hueso –convertido casi en un «fetiche»– es como si despertara en el animal aquella memoria atávica, y a través de este «rito»  rememora la época de cazador de sus ancestros (quizás también de carroñero ocasional) que habría permanecido registrada genéticamente, royendo el hueso como si se tratara de garantizar la propia supervivencia. 

Este carácter de «presa» o recompensa que representa el hueso se parangona a un don o gracia  concedidos por el azar, el destino o la providencia. Con estos atuendos rudimentarios se elabora esta alegoría fabulada para significar la idea del destino y su condición ineludible. La expresión conlleva por lo general un sentido auspicioso o de buen augurio. La voz «hueso» se aparta aquí de aquella connotación negativa usada a veces para referirse a una persona (o situación) difícil de tratar o de afrontar («es un hueso duro de roer»). Al contrario, comparte la idea de retribución que se infiere de la imagen del perro «privado», exultante,  cuando «trinca» un hueso, «pega a chascarlo» y no lo suelta, y que puede identificarse con cualquiera de nosotros («uno»). 

La frase, pues, viene a aseverar que lo que el destino nos tiene reservado, nada ni nadie podrá cambiarlo. El destino se concibe así como «fuerza sobrenatural e inexorable» que parece gobernar el devenir del mundo y las vicisitudes en la vida de los seres humanos. Esta idea universal trasciende a las concepciones teológicas y religiosas. El recurso al imaginario doméstico en la elaboración del dicho lo aparta de esa influencia religiosa o de la idea de Dios que se mantiene en aquella variante que señala: «lo que está para uno, no hay Dios que se lo quite» (y que ya hemos comentado en estas páginas). 

 Otros registros que recurren a elementos del imaginario rural y expresan la misma idea del destino como fuerza contra la que resulta inútil luchar son: «el cardo que está pa(ra) un burro, pasan veinte y no lo ven»,o aquella otra que dice: «la pencaque está pa(ra) uno, no hay vaca que se la coma». 

Dios le da sombrero a quien no tiene cabeza


Luis Rivero 31.05.2019 Cultura/La Provincia

Esta frase aforística, aunque de origen incierto, parece ser de uso generalizado en distintos dominios del español en sus distintas variantes (como por ejemplo: “Dios le da pan/almendras a quien no tiene dientes”, “Dios da el frío conforme a la ropa”, y un largo etcétera). 

La versión que conocemos es la aquí comentada: “Dios le da sombrero a quien no tiene cabeza”. La metáfora viene usada para referirse o lamentarse de quien gozando de una posición privilegiada o de ciertas cualidades que le aventajan, no sabe o es incapaz de aprovecharlas por ignorancia o por “falta de conocimiento”. O bien para llamar la atención sobre alguien que ha sido tocado por la fortuna, premiado o beneficiado, y no obstante dilapida y malogra dichos dones por no saber aprovechar la oportunidad que se le ofrece. Su uso más común suele observar un tono irónico, al tiempo que denota cierta actitud resignada ante lo que parece inevitable. La expresión puede intercambiarse o ir acompañada por otras similares, como la que exclama: “¡Qué mal repartido está el mundo!” (o “el mundo está muy mal repartido”) u otra más propia de las islas: “¡malimpiado!” o “¡malimpriado!”, interjección recurrente [probable deformación de ‘mal empleado’] para expresar lástima, pena o lamento por la oportunidad desperdiciada. 

Sobre la base de los patrones culturales dominantes se recurre en este dicho a la “providencia divina” como causa última del acontecer diario y del proceder humano, presupuesto habitual en nuestro refranero popular. Al mismo tiempo, y en base a estos parámetros, se proyecta una relación que con carácter genérico asocia órganos corporales a determinadas funciones o rasgos humanos. Y singularmente, la cabeza adquiere así un significado simbólico relacionado con la función de contenedor del cerebro y sede donde se localizan el pensamiento y la razón, y por ende, se convierte en símbolo de inteligencia y juicio (“tener juicio”, “tener la cabeza bien amueblada”). 

Por su parte el “sombrero” guarda fundamentalmente un significado utilitario. Su etimología parece clara: el término «sombrero» deriva de “sombra”, y se forma con el sufijo designativo “ero”, para indicar algo que propicia sombra, algo con lo que protegerse del sol. Lo que refuerza el sentido funcional del sustantivo, y subraya su inutilidad en este caso. 

La frase pivota sobre dos sustantivos complementarios: sombrero/cabeza, y dos verbos contrapuestos: dar/no tener (: ‘carecer’). De modo tal que Dios no le da el sombrero a quien tiene cabeza y pueda aprovecharlo, sino precisamente al contrario, a quien no la tiene. ¿Cuál es, pues, la explicación a este aparente desacierto en el proceder del Omnisciente? Siguiendo los mismos patrones culturales en los que parece localizarse la fuente de buena parte de estos dichos, seguramente habría que apelar a aquello de «tan incomprensibles como misteriosos resultan a veces los designios divinos». Y quizás viene a colación para justificar el desatino aquel otro aforismo que dice: “Dios escribe derecho con renglones torcidos”, que parece pretender explicar lo inexplicable de algunos “caprichos” de la naturaleza. 

Como antónimo del dicho comentado, localizamos también esta otra expresión: “Dios nos dé conocimiento porque cabeza tenemos todos”. Frase que podemos escuchar todavía en las islas y con la que el dicente se lamenta de la falta de sensatez de alguien o invoca, por ende, la cordura frente a una situación dada.

En una torna no se pueden coger papas

Luis Rivero 25.05.2019 Suplemento Cultura La Provincia

Entre la abundante fraseología aforística dispersa en nuestro entorno lingüístico, nos encontramos con esta ocurrencia –quizás poco conocida– con inspiración en el mundo rural. El dicho funciona como sentencia frente a quien da muestras de una escasa capacidad intelectual (por no decir que es un “tronco” o un “tolete”). Equivale a decir aquello de “donde no hay, no hay” o a la conocida expresión castellana: “no le pidas peras al olmo”. Genéricamente se usa cuando se pretende algo que resulta muy difícil, si no imposible. 

Su uso más común se daría cuando se desencadena una situación en la que se ponen en evidencia las escasas luces del sujeto que la protagoniza. Con aire de resignación se exclama la consabida conclusión que da por cierta la imposibilidad: “En una torna no se pueden coger papas”. 

Se recurre a una metáfora propia del idiolecto de referencia, el mundo rural,  que parangonaría una situación inverosímil cuál es la probabilidad de que puedan cosecharse papas en una torna con la capacidad de entendimiento en un sujeto de inteligencia limitada. Una “torna”,  en el español de Canarias, se refiere  a la tabla o plancha de hierro, latón o mortero que se coloca en una acequia o “atarjea” para cerrar el paso del agua en la boca de riego o a un “macho” (de riego). La acequia o “atarjea” suele estar fabricada en argamasa, pero también puede estar excavada en el terreno. 

Las tornas se usan también para cerrar las bocas de salida del agua de  las “cantoneras” (o “troneras”) que en el sistema de riego establecido en las heredades de aguas son pequeños depósitos para recibir el agua del estaque principal alimentado del caudal proveniente del pozo, mina o galería y distribuirla a través de diversas salidas o bocas a los herederos y regantes según la dula que les corresponda. Las tornas suelen reforzarse con trapos, tiras de plataneras, limo o lodo para evitar filtraciones y pérdidas de agua. Así las cosas, no obstante recibir un abundante caudal, la torna no es lugar fecundo donde crezcan ni se puedan recogerse papas. 

La metáfora nos sugiere la imagen de la infertilidad de sembrar en lugar que no es propicio para ello.  No obstante la abundancia de agua de riego (implícita en la expresión), si el lugar no es el adecuado  o el  terreno no está abonado, la semilla se malogra y resulta improductiva en terreno baldío. Como inútil puede resultar cualquier intento de dar una explicación y esperar entendimiento de quien carece de él o exigir prestaciones determinadas a un incapaz. Es como si nuestros esfuerzos “cayeran en saco roto”. 

En sentido genérico, como hemos apuntado, el dicho podría usarse para manifestar la idea de pretender algo absurdo, poco verosímil o imposible como: «pedir peras al olmo». Vieja expresión aforística que –aunque cuenta con registros anteriores– viene ciada en varias ocasiones en el Quijote. La pera resulta ser en el refranero popular español una fruta preciada, mientras que exigir este fruto al olmo resulta un despropósito. Así el dicho se usa tradicionalmente y desde antiguo para señalar que no se deben pedir imposibles, pero también para excusar o reconocer las propias limitaciones, como lo hace el mismo Sancho: «–Ya lo querría ver […], pero pensar que tengo de subir en él, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo» (Q, II-XL). 

Vengan los cuartos del velorio, cásese el diablo con el demonio

En charla distendida, de esas de entierro y funeral, mi buen amigo Antonio L. me refiere de haber escuchado a menudo de don Tomás el cura cuando hablaba con su padre, Juanito el zapatero (otrora sacristán, campanero y organista en la parroquia del Carrizal),  aquello de “vengan los cuartos del velorio, cásese el diablo con el demonio”. 

Esta expresión en tono irónico la largaba con socarronería el mentado párroco para justificar que a veces había que cerrar los ojos para dar algún que otro sacramento a quien no era del todo merecedor, pues la iglesia también tiene sus necesidades pecuniarias… Se rememora así esta expresión festiva que antiguamente se escuchaba en las islas y que trae a colación aquella vieja costumbre de remunerar las velaciones o cualquier otro “servicio” sacramental, y con ello el sentido práctico del clero a la hora de administrar los santos sacramentos. 

         Esta frase aforística de tono satírico y de origen incierto, aunque de uso generalizado,  conoce otras variantes como: “venga el dinero/el duro por/de los velorios […]”. El término “cuartos” es una acepción arcaica que se generalizó como sinónimo de dinero. Se refiere a una antigua moneda de cobre de escaso valor, equivalente a cuatro maravedíes de la época o lo que sería lo mismo, a tres céntimos de las antiguas pesetas. Son expresiones afines que todavía escuchamos de nuestros mayores: el “tener o no tener cuartos”; “tener cuatro cuartos”, que es tener lo justo para ir tirando, no mucho; o “tener muchos cuartos”, disponer una buena posición económica. El “duro”, como se sabe, tenía el valor de cinco pesetas; y era frecuente hacer las cuentas y dar el valor de las cosas en duros. Así se podía tener “veinte duros” en el bolsillo; “no valer ni un duro” para referirse a algo de escaso valor; o “pagar mil duros” por la compra de un animal. “Velorios” se llaman en Canarias a las reuniones que antaño se hacían en casa de una parturienta y en las que se acompañaba por las tardes y por las noches con algún refrigerio, bebiendo y cantando para celebrar el nacimiento, y que duraba ocho días. También se le dice “velorio” al ‘velatorio’, es decir, al acto de acompañar a la familia de un difunto estando este de cuerpo presente. Sin embargo, aquí parece referirse a la ceremonia de las “velaciones” que se usaba en la iglesia católica para dar solemnidad al matrimonio y que consistía en cubrir con un velo a los novios en la misa nupcial que se celebraba generalmente después del casamiento.

Lo de casar al “diablo con el demonio” expresa hiperbólicamente que no es tan importante quien sea el que pida que le oficien algún sacramento como que lo pague.  

         El origen de la expresión hay que buscarlo en los tradicionales beneficios que de antiguo ha gozado la Iglesia. Desde el cobro del diezmo, especie de “tributo” con el que los feligreses contribuían al sustento de la Iglesia y el clero (que tiene sus antecedentes más remotos en las “primicias” de la tierra que recibían los levitas), amén de otras rentas generadas por el ejercicio del culto, como los derechos de estola o la congrua. No obstante ser considerado pecado de simonía la obtención de tales prebendas a cambio de la administración sacramental, se hacía la vista gorda. Es probable que la paradoja diera lugar  a que esta ocurrencia con rima se popularizara entre vulgo, y entre el mismo clero: “Vengan los cuartos del velorio, cásese el diablo con el demonio”.                

      En los lindes de esta  se sitúa aquella otra que recomienda “encender una vela a Dios y otra al diablo”, para expresar que mejor estar a bien con todos porque nunca se sabe… En fin, que por lo que se ve: “hay que tener amigos hasta (en) los infiernoh”.  

Estar (alguien) enguirrado


Las expresiones idiomáticas y metáforas propias de un idiolecto están ligadas a la cultura de referencia, casi siempre el mundo agrícola y rural o la naturaleza. 

“Enguirrarse” viene de “guirre”, que es como se llama en Canarias al alimoche. Esta especie de buitre –otrora habitual en barrancos y vertederos insulares– se alimenta principalmente de carroña. La figura de este animal “enguruñado” sobre un risco se fija como imagen metafórica para referirse a una persona flaca, desnutrida, consumida, de mal aspecto. De ahí la expresión: “estar flaco como un guirre” o “estar enguirrado”. Que se dice de un individuo cuando está “enguruñado”, por lo general a causa del frío o enfermedad, o a cuando presenta un aspecto enjuto, flaco, débil. “Enguruñar(se)” es sinónimo de arrugarse, de encoger los miembros del cuerpo de una persona o animal. 

Las metáforas animales son una de las características de las lenguas románicas, en lo que el español no hace una excepción. En particular esta tendencia a la “animalización” a través de dichos y expresiones que intentan definir o retratar actitudes, tipos humanos o características determinantes de estos, resulta recurrente en el español de Canarias. 

Este recurso figurado que alude a la condición “animal” para definir a un individuo, su comportamiento o carácter, la mayoría de las veces observan un tono festivo o de chanza, cuando no claramente satírico o mordaz. 

Generalmente guarda la forma gramatical de oración comparativa, ya sea de superioridad (más/que) o de igualdad (como): “más seco que un tollo” o “flaco como un guirre”. Otros ejemplos de comparativas que asimilan el comportamiento humano a algún rasgo o característica comportamental animal son: “está hecho un animalito”; “flaco como un podenco” o “como un pejín”; “correr como un galgo”; “sudar como un cochino”; “engrifarse como un erizo”; “ser más ladrón que un gato”; “tener los ojos (cuajados) como un antoñito en hielo”; “tener más mala idea que un gato ciego”; “pasar más frío que un perro chico”; “trabajando como un burro”; “cansado como un perro”; “abierto como una jarea”; “ser más puta que las gallinas”; “estar como una cabra”; “estar gordo como una tonina” o “comer menos que un gato viejo”… 

También se recurre a la “animalización” mediante la construcción de infinitivos que definen significativamente un atributo del animal de referencia. Son ejemplos: “enguirrar(se)”; “emperrar(se)” que es cogerse una 

perreta o encapricharse en algo; “encochinar(se)” o “estar encochinado” estar muy enfadado, hasta resultar intratable,; “amular(se)” o “estar amulado” (de mulo), mosquearse, enojarse alguien y permanecer en silencio “sin decir ni mu”; “encabronar(se)” o “estar encabronado”, cabrearse sobremanera, “calentarse como un macho”; “cabrear(se)” o “estar cabreado”, con significado similar al anterior; “engrifar(se)” es rebelarse, volverse contra alguien, es comportamiento propio de algunos animales: “se engrifó como un gato”; “empitonar(se)” (de ‘pitón’, ‘cuerno’), expresa la embestida de un animal con cuernos: enfardarse mucho o rebelare; “revirar(se)” es “virarse” bruscamente (“revirarse como una panchona”), es protestar, enfadarse y enfrentarse a alguien. La mayor parte de estos verbos, formados a partir del prefijo en/em más el sustantivo que identifica al animal de referencia o gestos propios de este con la terminación de infinitivo, expresan ira o enfado. 

Esta especie de fabulación en dichos y expresiones relacionados con elementos del imaginario rural, fundamentalmente, y que extrapolan rasgos y actitudes animalescas como definitorios del comportamiento humano, sugieren una especie de relación “totémica” que trata de expresar por emulación, y con sorna, el elemento característico definidor, v.gr.: “estar flaco como un guirre”.

Entrevista a Luis Rivero autor de “Dichos y modismos de Canarias” (Editorial Mercurio)

Entrevista | Luis Rivero

“En los jóvenes existe cierta familiaridad con las expresiones de sus abuelos”

“El relevo generacional siempre ha existido en todas las épocas y ha planteado siempre un choque cultural entre la tendencia a perpetuar modelos anteriores y la fuerza de los nuevos que tratan de imponerse”, afirma

1. ¿Con qué propósito surge la compilación de expresiones que desgrana, bajo un prisma de interpretación subjetiva, en Dichos y modismos de Canarias?

El texto recoge 100 dichos y modismos comentados y supone una selección de los más de 100 artículos publicados en las páginas del suplemento de Cultura de La Provincia durante dos años, si bien han sido corregidos y adaptados al formato ensayístico, sin apartarse ni perder la frescura que le dan la inmediatez y la premura de la periodicidad semanal de la publicación en un medio. Su propósito no es otro que el de dejar testimonio de determinados dichos y analizarlos desde perspectivas quizás un tanto diversas de lo que hasta ahora se ha hecho tradicionalmente en Canarias. En los trabajos publicados, al menos hasta donde yo conozco, echo de menos algunos modismos y voces que, siendo de Canarias, no figuran como canarismos en dichas compilaciones, o en la mayoría de ellas. Por citar algún ejemplo: el «¡Arrecha!» de Telde o el «¡Cógelo Cuco!», son expresiones que con independencia de su procedencia y sin formar parte de la tradición oral de origen rural, en algún momento, se incorporaron al léxico de tradición oral urbana. Y estos, en mi opinión, son tan canarismoscomo los tradicionales. Trato también de dejar testimonio de ellos porque el relevo intergeneracional hace que muchos de estos usos se vayan perdiendo entre los hablantes. 

            En cuanto a las explicaciones y comentarios que se dan a las frases proverbiales, dichos, modismos y expresiones en general siguen en cierto modo un criterio de interpretación subjetiva en cuanto a su significación –contrastada con la comúnmente aceptada– a su simbología a través de la metáfora y de la enseñanza implícita que contienen (en el caso de los refranes). Parto del presupuesto de que el lenguaje no es casi nunca neutro, no es una manifestación aséptica, sino que contiene una serie de significados subliminales que se delatan –en los aforismos– en la propia metáfora a la que se recurre. Ese sentido figurado con el que se expresan la mayoría de los refranes contienen muchas veces una carga ideológica evidente. El uso de voces o expresiones en un discurso no es caprichoso ni fruto del azar, sino que lleva consigo una significación que trasciende a la propia consciencia del hablante. Contiene un sustrato inconsciente y significante que escapa al propio conocimiento del hablante según el idiolecto del grupo cultural o social de pertenencia.

 2. ¿Cómo se desarrolló su proceso de documentación y cuál fue el criterio de selección de las expresiones?

La mayor parte de las compilaciones léxicas y diccionarios de expresiones y dichos del español de Canaria tratan de inventariar el mayor número posible de refranes, frases aforísticas, modismos y sus significados y usos más comunes. Existen excelentes trabajos de reputados especialistas en este ámbito. Lo primero que hay que decir que este trabajo se aleja de tal pretensión compilatoria y no constituye ni siquiera una muestra de las más representativas. No está tampoco respaldado por un riguroso trabajo de campo a través de encuestas o cuestionarios realizados sobre grupos de hablantes. No ha sido esta mi intensión, para ello ya existen excelentes publicaciones. Ha primado el conocimiento directo que tengo de muchos de los dichos y modismos, el propio dominio de algunos de ellos, o el tener un conocimiento indirecto de la expresión en cuestión. Y desde esta perspectiva pretende ser un ensayo interpretativo desde una aproximación –si se me permite– instintivo/intuitiva que parte de un razonamiento bien simple: ¿Qué le sugiere al oyente un dicho determinado cuando lo escucha por primera vez? ¿Qué asociaciones de ideas evoca en él la metáfora a la que se recurre? ¿Qué imágenes le trae a medida que comienza a familiarizarse con la expresión? ¿Qué imágenes e ideas sugiere al hablante adulto el recordar dichos que no escuchaba desde la niñez?  ¿Cuál es la simbología o la carga ideológica que hay detrás de una palabra determinante en un dicho? Estas y otras cuestiones son las que me planteo para desgranar interpretativamente la expresión analizada.

3. ¿En qué medida aloja un afán de preservar o, incluso, reivindicar la memoria oral de Canarias?

Aunque muchas de las  expresiones contenidas en el libro se trata de dichos y modismos antiguos, en desuso o en vías de desaparición, creo que es competencia y compromiso de quien escribe o comunica desde cualquier medio o foro el reivindicar esa memoria oral que forma parte de nuestro acervo lingüístico. Pero es más, la cuestión no es solo memorística, sino que tiene que ver con el propio presente y el uso de formas de expresión identitarias  que nos permiten –en contextos literarios y formales– el designar las cosas por su nombre, tal como lo hacemos en la vida diaria. En este sentido es loable la iniciativa de este medio (La Provincia) de dar un espacio en las páginas de Cultura de los sábados a una columna sobre «canarismos».

4. A nivel general, ¿las nuevas generaciones en las islas están familiarizadas con estas expresiones? Por tanto, ¿siguen vigentes?

Creo que el relevo generacional siempre ha existido en todas las épocas, y, en general, ha planteado siempre un choque cultural entre la tendencia a perpetuar modelos anteriores o viejos y la fuerza de los nuevos que tratan de imponerse. Esto lo vemos también en los usos o modos de expresión. 

            Si esto es cierto, también lo es que medios de gran influjo cultural como la televisión, y con posterioridad, internet y redes sociales, han venido, seguramente, a acelerar este proceso, con la imposición de nuevos modos y usos en el habla que no eran propios del español de Canarias, hasta hace bien poco. Valga el ejemplo del uso cada vez más generalizado del “vosotros” por el “ustedes” de toda la vida (con la excepción, obviamente, de islas donde ha existido siempre).

            De todas formas, he podido constatar que entre los más jóvenes, existe todavía una cierta o gran familiaridad con expresiones propias de los abuelos. Resulta difícil que muchas de estas expresiones pervivan entre los jóvenes, cuando ya sus padres han dejado de usarlas desde hace tiempo. 

            Desde el “¿No fumas, inglés?” al “¿Qué le pasa al nota?” hay seguramente un desfase intergeneracional que va de padres a hijos, pero ya hoy, el “¿Qué le pasa al nota?” ha dejado de ser desde hace muchos años argot juvenil para incorporarse en el idiolecto de una generación ya de puretillaspara las generaciones jóvenes que han asumido sus propios modismos, de valor similar. Pero los canarismos siguen subsistiendo o apareciendo nuevas expresiones que nos son propias. Las voces «changa», «laja» o «poligonero» bien podrían considerarse neocanarismos de última generación, y no ya solo argot juvenil de ambientes suburbiales de las capitales canarias. 

«Me tiene loco (de) la cabeza»

«El chiquillo está emperrado en que le compre una moto y me tiene loco de la cabeza». El lector habrá podido escuchar –quizás la ha pronunciado en más de una ocasión sin reparar en ello– frases similares a esta. Con este pleonasmo, común en el español de Canarias, se quiere expresar el sentido cansino que producen las palabras o la actitud de una persona que insiste en una pretensión. «Estar loco de la cabeza» es, pues, sentir hastío –estar ahíto– hasta la desesperación («¡cállate un ratito, mi niño, que me tienes ahíta!», pronunciado habitualmente con h aspirada). Otras locuciones similares son: «traer a alguien de cabeza» (en el sentido de provocar molestias), «¡fuerte ahitera, Dios mío!», «estar hasta la coronilla» (la coronilla es la parte eminente de la cabeza y metafóricamente expresa que se está realmente harto) o «estar hasta el moño»  (estar harto, no aguantar más), «sacar de quicio» o «¡fuerte jaqueca!»… Todas estas expresiones se usan con mayor o menor asiduidad en el español de Canarias para expresar que no se aguanta más la pejiguera. [«Pejiguera»  quiere decir ‘insistencia molesta’. Son frecuentes las locuciones verbales «dar la pejiguera» o «estar dando la pejiguera». O también se dice pejiguera a la persona pesada, incordio, «que habla siempre de lo mismo», «que está siempre con la misma matraquilla»]. 

         «Emperrarse», en algunas islas, es sinónimo de coger una rabieta, encapricharse de algo y mostrarse insistente y tedioso para conseguirlo.

         Pero lo que llama la atención realmente en esta expresión es el uso de un pleonasmo que puede parecer cuasi cómico. [Este recurso habitual a la demasía o redundancia en el habla isleña, como ocurre con el «baja p’abajo» o «sube p’arriba», es un fenómeno que invita a profundizar desde la perspectiva de la psicolingüística, pero esto merecería un capítulo aparte]. ¿Por qué esta redundancia? ¿Acaso se puede estar loco de otra parte del cuerpo que no sea la cabeza? La respuesta hay que buscarla seguramente en la creencia popular de que en los distintos órganos del cuerpo se localizan determinadas capacidades anímicas o psíquicas que dan lugar a una amplia simbología en el lenguaje. En tal sentido, la cabeza adquiere el significado según su naturaleza biológica y psíquica de sede o alojamiento del cerebro  y, por ende, simboliza el pensamiento, la razón, la inteligencia y el juicio. Este sustrato simbólico se aprecia en expresiones tales como: «ser duro de mollera», para referirse a alguien terco u obstinado; «perder la cabeza» que es caer en una actitud insensata; «¡qué cabeza para un caldo de pescado!» que reprende jocosamente la torpeza y el talante olvidadizo de alguien; «no tener/o tener dos dedos de frente» que hace referencia al umbral o grado del coeficiente intelectual de un individuo para ser considerado normal; y así un largo etcétera.

          Se distinguen asimismo varias formas de «locura». Cuando nos referimos a una persona poco juiciosa o de poco seso, por ejemplo, decimos que «es un loco (de) playa» (pronunciado de sólito en una sola palabra «locoplaya»); y casi siempre se recurre a expresiones más o menos graciosas y ocurrentes basadas en hipérboles que exageran el fenómeno para definir cualquier tipo de locura. La «locura» –entendida como privación del juicio o la razón y que se manifiesta en distintas patologías que afectan a la mente y al comportamiento del individuo– a menudo suele ser objeto de chanza y donaire en la sociedad isleña, adviértase si no la gran cantidad de «chistes de locos». Así se puede escuchar un gran número de expresiones en tono jocoso: «estar (loco) como una cabra harta (de) papeles» (pronunciado sin preposición y con h aspirada),  «estar como una jaira», «estar como una chola», «estar más sonado/zumbado que una(s) maraca(s)» o «estar como una baifa». Todas ellas para expresar que alguien está chiflado o «jodido del tomate», es decir, que sufre una alteración de sus facultades mentales o que exhibe un carácter impetuoso, temerario, excéntrico o estrafalario. Pero como mismo hay locuras «graciosas», hay también locuras que no son tanto «de la cabeza» sino «del corazón», y así se oye aquello de «amor no quita conocimiento», para advertir que este sentimiento no debe llevar a la ofuscación hasta hacer «perder la cabeza»; o «estar privado de su juicio» [también se escucha «privado a su juicio»] que quiere decir: «estar privado», exultante de ánimo o «loco de alegría». Pero aquí nos referimos a otras «locuras», no la de «estar mal del casco» o «de la azotea», sino a esas situaciones que «vuelven loco a cualquiera», hasta llegar a exclamar: «¡me tiene loco (de) la cabeza!».

Mauro Biglino: «Las religiones han sido ideadas partiendo de historias reales que después han sido transformadas e interpretadas en clave espiritual».

Entrevista de Luis Rivero para el Cultura de La Provincia/DLP

Mauro Biglino (Turín, 1950) escritor, filólogo, traductor y hebraísta. Se ha convertido en un fenómeno social en Italia donde ha vendido más de 300.000 ejemplares de sus obras.Con ocasión de la publicación de su primer trabajo traducido al español, La Biblia no es un libro sagrado (Uno International-Macro), Luis Riveroentrevista al autor paraelCultura de La Provincia

Usted trabajó como traductor de hebreo masorético durante varios años para una institución afín al Vaticano (Ediciones San Pablo). En el curso de estos años ha traducido numerosos libros del Antiguo Testamento. Hasta que se decidió a publicar con una editorial independiente en 2010. A partir de ahí, la editorial San Pablo decidió suspender unilateralmente la relación profesional con usted. Esta especie de disidencia suya y las consecuencias que le han acarreado, a algunos nos recuerda –salvando las distancias– la figura de Giordano Bruno. Un religioso que rompe con la doctrina oficial de la Iglesia y mantiene ideas contrarias a aquella, y cuyo destino fatal se hizo tristemente célebre. Usted, primero, fue «despedido» por lo que escribió y publicó, y después ha sido objeto de ataques y difamaciones en las redes. ¿Quizás los tiempos no han cambiado tanto como parece y acaso la hoguera ha sido sustituida por el linchamiento mediático?

En efecto debo constatar que los tiempos no han cambiado: quien piensa de una manera diversa de lo que se considera la verdad absoluta, es obstaculizado de todos los modos posibles. Por fortuna hoy no existen las hogueras porque están prohibidas por las leyes laicas, pero han sido sustituidas por aquello que usted justamente ha llamado «linchamiento mediático»: burlas, insultos, difamaciones y también amenazas son utilizadas diariamente en las redes para desacreditar mi persona. Todo ello entraba dentro de lo previsible, por eso continuo adelante con serenidad y determinación; porque frente a los intentos de detener, ralentizar o desacreditar mi actividad de divulgación, existen miles de personas que aprecian mi trabajo y me piden de seguir adelante. No es casual que mis libros estén presentes en varios países de Europa: Croacia, Estonia, República Checa, Alemania, Holanda, Francia, Portugal y ahora también en España e Hispanoamérica y pronto en los EEUU. 

Usted sostiene una interpretación literal de La Biblia (léase  A.T.). Y concluye que  este libro no habla de Dios ni de religión ni entidades espirituales ni es un libro «sagrado» y no habla de monoteísmo. ¿Son el concepto monoteísta y la idea del Dios bíblico una invención? 

Creo ante todo que un libro debe leerse como está escrito y en hebreo ni siquiera existe una palabra que indica Dios tal como lo entendemos nosotros. Por tanto, la Biblia no puede en absoluto hablar de Dios; de hecho narra las vicisitudes de una alianza entre el pueblo de Israel y un individuo de nombre Yahweh que era uno de los muchos Elohim presentes en el Antiguo Testamento. El monoteísmo no existe en la Biblia, se trata de una invención teológica que ha sido elaborada en el curso de los siglos por la casta sacerdotal judía, primero, y cristiana después.

¿Con qué fin?

Con el objeto de presentarse como única intermediaria entre el hombre y (el presunto) Dios. Esto confiere el poder de dominar las consciencias actuando con los mecanismos del premio/castigo, las promesas de felicidad o las amenazas de condena eterna, el sentimiento de culpa y la necesidad de redención.  

En el hebreo bíblico no existen ni siquiera las palabras que indican eternidad, crear de la nada, trascendencia, omnipotencia, omnisciencia… No existen por tanto los conceptos fundamentales de la religión que ha sido literalmente inventada a partir de este libro. 

¿Excluye o cuestiona esta conclusión la idea o existencia de un Dios trascendente más allá de cuanto afirma la Sagrada Escritura?

            Desde que inicié mi actividad pública en 2010 (con el cese inmediato de la relación laboral con la editorial San Paolo) siempre he dicho que yo no hablo de Dios porque de eso no sé nada. Por tanto, no excluso su existencia, no tengo la certeza de un ateo, me limito a contar aquello que leo en los códigos hebreos del A.T. y puedo asegurar que en aquel libro jamás se habla de un Dios único, trascendente, espiritual, omnisciente y omnipotente. 

El hecho de que en aquel libro no hable de ello no significa sin embargo que no exista: esto tiene que ver con la fe y con las convicciones de cada uno. Creo que mi trabajo resulte útil a quienes buscan a Dios, porque los libera de la ilusión de que Dios sea aquello inventado por los teólogos judeocristianos: mientras sigan anclados en aquella figura, viven en el engaño. 

Entre los siglos VI y X d.C. los masoretas recogen la tradición secular y trabajan sobre textos preexistentes. ¿En qué consistió este trabajo de los masoretas exactamente?

Los masoretas han llevado a cabo una verdadera tarea redactora, tratando de dar unidad y coherencia al conjunto de estos libros de los cuales no se sabe casi nada: no se sabe con certeza quien los ha escrito ni cuándo, además nadie sabe cómo eran en su origen porque cada vez que los reescribían, los cambiaban, como afirman los mismos estudiosos hebreos, docentes en las universidades israelíes (ej. Alexander Rofe). En el trabajo hecho durante estos siglos se añadieron los sonidos vocálicos (la puntuación masorética), para conseguir que desde ese momento las palabras fueran leídas de una manera precisa.  Aquellos libros, de hecho, estaban escritos sólo con consonantes y cada palabra –según los sonidos vocálicos que eran usados para leerla– podía cambiar de significado. Por ello los masoretas trataron de fijar definitivamente la modalidad de lectura. Pero todavía hoy, en la exégesis hebraica hay quien cambia las vocales, cambiando así el significado de las palabras: esta operación es lícita porque nadie sabe cómo se leía cada término original. No es casual que a finales de los años 50 del pasado siglo, en las universidades israelíes se puso en marcha un proyecto (Bible Project) que tiene por objeto el tratar de reconstruir una Biblia lo más cercana posible a aquella escrita en origen, para ello los estudiosos se han fijado un plazo de tiempo de dos siglos (!).

Todas estas incertezas están en la base del método de lectura al que me he referido al inicio y que considero sea el único intelectualmente honesto: aquel de «suponer que» aquello que está escrito literalmente en aquel libro sea verdad. 

¿Se podría verificar el viejo aforismo italiano: traduttore, traditore?

La tarea del traductor comporta este riesgo, sobre todo con lenguas antiguas, sobre las cuales no existe nunca la certeza. En una traducción que pretenda ser intelectualmente honesta se necesita por tanto prestar mucha atención al contexto, que es un elemento indispensable para aproximarse todo lo posible al significado de cada término concreto. Precisamente para evitar este riesgo, al menos para las palabras más importantes, yo digo –p. ej.– que convendría no traducir términos como Elohim(voz plural que viene traducida por ‘Dios’, en singular), Elyon(que es el comandante de los Elohim, pero que sin embargo viene traducido por ‘El Altísimo’ o se unifica con Elohim), ruach(que significa ‘objeto pesado’ en el que Yahweh combatía y se desplazaba, y que viene sin embargo traducido como ‘Gloria’).

Todas las traducciones de la tradición religiosa buscan la manera en que el lector piense que la Biblia hable de Dios. Por ejemplo, los verbos en plural que se refieren a los Elohim a menudo son traducidos en singular, para hacer creer que la Biblia habla de un Dios único… O bien el término olam que viene traducido como ‘eternidad’, cuando el mismo Diccionario de Hebrero Bíblico de la Sociedad Bíblica Británica recoge que no significa eternidad, sino un largo periodo del que no se conoce su duración. Estas son verdaderas y auténticas traiciones. 

Usted habla de los «libros desaparecidos» de La Biblia. Incluso menciona una suerte de «cementerio de los libros» (algo que casi parece ficción literaria). ¿Qué hay de cierto y qué fue de los «libros desaparecidos»?  

En mis trabajos he señalado un elenco de once libros citados en el A.T., pero que oficialmente no se encuentran (han desaparecido).  Conviene saber que los judíos no podían destruir los libros escritos por sus antepasados en los cuales apareciera uno de los nombres de Yahweh, por eso los conservaban en un local anexo a las sinagogas (guenizá), y después los sepultaban, literalmente. Yo creo que estos libros desaparecidos eran demasiado explícitos al presentar la figura de Yahweh y su modus operandiy de combatir (como El libro de las guerras de Yahweh: Números 21,14). Por tanto, habrían podido cuestionar la doctrina teológica del Dios único y espiritual, por ello fueron puestos «fuera de circulación», pero estoy seguro de que todavía existen y podrían revelarnos aspectos muy interesantes y curiosos. 

Llama la atención del lector no iniciado ciertos términos del A.T. que todavía se pueden leer en algunas biblias: ‘dioses’, ‘Elohim’, ‘Jehová’, ‘Yahweh’, ‘El Shaddai’, ‘Adonai’ ¿Quiénes son estas ‘entidades’? ¿Quiénes eran los Elohim?

Los Elohim eran individuos de carne y hueso que colonizaron la Tierra y se la dividieron para gobernarla. El nombre Jehovah es uno de tantos modos en que podía ser vocalizado el tetragrama YHWH escrito solo con consonantes: Jehovah, Yahweh, Yihwih…

En Deuteronomio 32 se dice claramente que en la repartición hecha por el comandante Elyon entre los Elohim, la heredad, esto es, la asignación reservada a Yahweh fue la familia de Jacob/Israel y solo esta. Otros miembros de la familia descendientes del padre Abraham (Terach) fueron asignados a otros Elohim: los moabitas a Camos, los amonitas a Milcom, etc. Los Elohim combatían entre ellos para arrebatarse estos territorios unos a otros; basta pensar que en Éxodo 15 Yahweh viene definido como ish milchamah, esto es, ‘hombre de guerra’ y efectivamente hacía solo esto. 

La Biblia es una gran crónica de guerra en la que se narra los intentos de Yahweh y los suyos por conquistar tierras que no les habían sido asignadas, pero su promesa de dar al pueblo de Israel todos los territorios que van desde el Nilo hasta el Éufrates (Génesis 15) nunca fue cumplida. Yahweh no era capaz de mantener sus promesas porque no era Dios y sus antagonistas, Elohim como él, se lo impidieron.

¿Pueden parangonarse los Elohim a los theoi griegos o a «dioses» de otras culturas (v.gr. Sumer o Egipto)?

En dos de los libros publicados por Mondadori hago un análisis paralelo entre los Elohim bíblicos y los theoi griegos. Ambos tienen las mismas características, las mismas actitudes, los mismos medios de desplazamiento y tienen las mismas necesidades fisiológicas, particularmente la de inhalar el humo producido por la grasa animal abrasada al fuego que tanto les gustaba porque los calmaba, los «aplacaba» como señala claramente la Biblia (Números 28). No solo los griegos, también los romanos y en general todas las civilizaciones antiguas nos hablan de aquellos «hijos de las estrellas» que llegaron del cielo, fabricaron al hombre con el objetivo de tener un esclavo que trabajase para ellos y después se repartieron los territorios. Han sido llamados theoipor los griegos, devaspor los hinduistas, neterupor los egipcios, asipor los pueblos del norte de Europa y así sucesivamente. La Biblia es solo uno de los tantos libros escritos por la humanidad y nos cuenta la historia de uno de aquellos Elohim, aquel llamado Yahweh y al cual –como he dicho– le fue asignada la familia de Jacob. 

¿Cómo ha sido construida una religión de algo que no es «espiritual» ni «sagrado» ni «divino»?

El libro La Biblia no es un libro sagrado responde a esta pregunta. Sintetizo la respuesta. Las distintas religiones han sido ideadas partiendo de historias reales que después han sido transformadas e interpretadas en clave espiritual. Quienes han detentado el poder han creado y utilizado este instrumento, procurando mantener oculto el conocimiento de la verdad al vulgo, que no tenía acceso a los libros «sagrados», una historia revisada y reconstruida para fundamentar el poder sobre las masas.

Han sido muy eficaces porque las religiones son el único sistema de control de los pueblos que ha perdurado más de 2.000 años. Ningún imperio en la historia ha durado tanto. El secreto de la longevidad de las religiones está en su capacidad de dar respuesta a la madre de las angustias en el hombre: el miedo a la muerte. Para lo que cada religión ha elaborado la suya: desde la resurrección a la reencarnación hinduista o el renacimiento budista…

 Considerando las experiencias fundantes o mitos fundacionales del pueblo hebreo y de la religión judeocristiana: la alianza entre el patriarca Abraham con El Shaddaiy de Moisés con Yahweh en la «teofanía» del monte Horeb: ¿Deben ser considerados mitos o realidad histórica? ¿Qué hay de trascendente en estas historias?

Leyendo la Biblia no se deduce nada de trascendente. Si adoptamos el método de «suponer que» se trate de historias reales, aquel libro trata de un pacto, una alianza forjada al objeto de obtener ventajas recíprocas: por una parte un poderoso (Yahweh) que encuentra un pueblo del cual servirse, y por otra parte, un pueblo que recibe la ayuda y una serie de ventajas que se concretan solo en esta vida.  

En la Biblia no existen premios ni castigos después de la muerte; no existen paraísos o infiernos y tampoco el purgatorio, no existe el pecado original y no existe el concepto de Dios «omnipotente», una traducción errónea (¿o falsa?) de El-Shaddai que en la mejor de las hipótesis significa ‘Señor de la estepa’. El fundamento del judaísmo y del cristianismo se encuentra por  tanto en sucesos históricos precisos que después han sido redactados y presentados en clave alegórica, metafórica y espiritualista para «inventar» las religiones. 

Sin duda la tradición judeocristiana ha influido en el pensamiento filosófico y político, en las ciencias y otras ramas del saber, y por ende en parte de la historia de la humanidad. Así las cosas: ¿Se hace necesario reescribir la historia del mundo? 

Absolutamente sí. La historia que nos han contado no es la verdadera. Partiendo del modo en que ha nacido Homo sapiens(que es producto de intervenciones genéticas bien precisas descritas también la Biblia, además de en las narraciones sumerio-acadias). Todo debe reescribirse y lo que puede recabarse de los textos antiguos resulta mucho más fascinante de lo que nos han contado. Por lo demás, la verdadera historia nos ayuda a comprender gran parte de la realidad actual: he escrito un libro con una profesora de Filosofía del Derecho (La Bibbia non l’ha mai detto, Mondadori 2017) donde documentamos cómo el sistema judicial italiano está condicionado por la Iglesia. Aunque va más allá: ¿Cuántos saben que el sistema financiero que gobierna el mundo está basado sobre principios (del débito-crédito) que han sido formulados con precisión por Yahweh y descritos en la Biblia (Deuteronomio y Proverbios)? 

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