Nadie se muere la víspera

Luis Rivero Cultura/La Provincia. 04.04.2020

De entre la recurrente fraseología y metáforas que se inspiran en la muerte traemos a colación este dicho que afirma con predicción y certeza que “nadie se muere la víspera”. Entierros y funerales son las ocasiones propicias donde se pronuncia, aunque su uso puede tener un sentido general. 

Podemos citar también entre la categoría de frases solemnes propias de ocasiones fúnebres: el “no somos nadie” (ya comentado en estas páginas), una sentencia elemental que apela a la resignación ante lo infalible del destino. Ligado a esta, en ocasiones, y en relación a un acontecimiento que podría resultar inverosímil según el normal discurrir de las cosas, una vez acaecido el deceso, intuitivamente se concluye: “Estaba para él”, lo que da a la expresión cierto aire de profético. Otros dichos con vocación de trascendencia son: “Para morirse no hace falta más que estar vivo” (que de manera simple viene a afirmar que el único requisito que hay para dejar la existencia terrena es el de mantener activas las constantes vitales, y por tanto a cualquier nos puede suceder); en tono mucho más grave se suele decir: “todos somos hijos de la muerte” (para advertir que nunca se sabe lo que el destino nos puede deparar en cualquier momento) o el dicho comentado: “nadie se muere la víspera”. 

Con aire más festivo podemos escuchar: “muera gato, muera jarto”, “la viuda rica, con un ojo llora y con el otro repica”, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” y un largo etcétera. 

Entre estos dichos luctuosos podemos observar algunas características generales. Con frecuencia adoptan la forma de sentencia de formulación simple, en términos claros y directos; no obstante, casi todos ellos poseen -aún sin pretenderlo- cierto contenido “filosófico” de calado; se insertan en elocuciones propias de celebraciones fúnebres o mantienen un sentido predictivo amplio con valor de metáfora; se pronuncian en tono solemne y con cierta vocación de trascendencia entre los hablantes, lo que los hace merecedores de ser considerados máximas o principios inapelables; poseen cierto grado de perspicacia que lo abocan a desafiar o abordar el destino y la muerte, entre otros grandes temas del pensamiento humano; si bien, a veces, observan un aire festivo o pueden proferirse con sorna, según la ocasión y quien lo pronuncie. 

“Nadie se muere la víspera” augura con predictibilidad lógica que nadie se va de este mundo hasta que no le llega su hora. Nos lleva al recurrente tema de la providencia, la muerte y el devenir del hombre. Si misterioso e insondable resulta el porvenir, existe la soterrada convicción o creencia, bastante arraigada en el inconsciente colectivo, que de un modo u otro es como si el destino del hombre estuviera ya escrito. Como si desde que nacemos tuviéramos ya incorporado un límite bien preciso a nuestra existencia. Como un presentimiento que nos aborda de que nuestra vida está planeada en una especie de calendario cósmico, desde el vientre hasta la tumba. Lo he escuchado en más de una ocasión en algún entierro o funeral como explicación necesaria a un evento acaecido en la vida del difunto en los días previos al óbito: “Nadie se muere la víspera?, sino el día que le toca”, se suele añadir a veces como parte conclusiva de la máxima. Esta predicción formulada con carácter genérico afirma que el destino del hombre está en cierto modo predeterminado. Como si mismo estuviera escrito, aunque no se dice dónde, si en el firmamento, en los astros o en los propios “designios divinos” aunque nadie sepa bien lo que esto significa. Según esta lógica a la que el curso de los acontecimientos parece dar razón, si el destino existe y está determinado, entonces de poco o nada vale preocuparse por él. Procura cierto sosiego el saber que si bien, más tarde o más temprano, todos estamos abocados a un final, al menos, sabemos que “nadie se muere la víspera, sino el día que le toca”. Y este consuelo -y creo que esta es la enseñanza última que transmite el dicho- ayuda a mitigar la angustia que provoca la incertidumbre del final de los días. Así que, “si todo tiene remedio menos las muerte” (porque “lo que está para uno, no hay dios que se lo quiete”), las actitudes que nos quedan son fundamentalmente dos: o amargarse por el resto de los días de existencia, pensando en una fecha futura y cierta pero desconocida, o exclamar aquello de: “muera gato, muera jarto” y vivir la vida “que, total, son dos días”.

Es peor el remedio que la enfermedad

Luis Rivero. Cultura /La Provincia-DLP. 22.03.2020

Esta frase proverbial de uso común en español se incluye en ese grupo de asertos de ámbito universal con presencia en otras lenguas y culturas, pero resulta también muy usual en el español de Canarias. Funciona como frase conclusiva que expresa el parecer sobre una situación: “Es peor el remedio que la enfermedad”  o  la versión “peor es el remedio que la enfermedad”, que cobra un sentido más bien admonitorio, o puede también emplearse adoptando la forma de locución predictiva en cuanto anticipa a lo que está abocada tal situación : “Va a ser peor el remedio que la enfermedad”.

En sentido recto viene a expresar que a veces los remedios a los que se recurre para aliviar una dolencia pueden resultar más nocivos que el propio mal que trata de atajar. La metáfora se construye o pivota sobre dos sustantivos aparentemente antagónicos: remedio/enfermedad. Y digo aparentemente porque el antónimo de la ‘enfermedad’ sería, en principio, la ‘salud’, mientras que el remedio debería ser el “medio” –valga la expresión– para superar el estado de enfermedad. Lo que provoca la “inversión” de la enfermedad en salud. La elección del término (remedio) se diría que no parece casual. La voz “fármaco” deriva del griego phármakon que en su cualidad polisémica (o más propiamente enantiosémica), contiene dos significados opuestos o antónimos, estos son: ‘remedio’, en el sentido de ‘droga curativa’ o ‘medicina’, y ‘veneno’. Es decir, el fármaco (el medicamento), etimológicamente hablando, puede referirse tanto a un remedio para la vida y puede salvarla, como un veneno que puede provocar la muerte. Paradoja que podría tener su explicación en la máxima atribuida a Paracelso: “la dosis hace el veneno” o “el veneno está en la dosis”. 

En sentido metafórico o figurado se usa con carácter general para manifestar que ciertas ayudas o soluciones que se adoptan ante una dificultad pueden provocar más inconvenientes que el problema que trata de resolver. 

En latín se enuncia: Aegrescit medendo (enferma medicándose/ cuidándose’) que viene recogido por Virgilio en la Eneida (XII 46), entre otros varios autores posteriores. El dicho existe en otros dominios lingüísticos con idéntico valor a la versión castellana. [A saber: “Spesso è peggiore il rimedio che il male” (en italiano);  “Le remède est souvent pire que le mal” (en francés); “Peor é o remedio que a enfermidade” (en gallego); “É pior a emenda que o soneto” (en portugués); “És pitjor el remei que la malaltia” (en catalán); “The remedy is worse than the disease” (traducción literal del inglés: ‘El remedio es peor que la enfermedad’), amén de otras lenguas]. 

Como sinónimo de esta expresión localizamos el registro: «Salir de Guatemala para meterse en Guatepeor» (que ya hemos comentado en estas páginas) y que en el sentido usual hace referencia también a cuando tratándose de evitar o superar una situación de dificultad o peligro se termina en un aprieto o en condiciones aún peor. El remedio al que alude el dicho como ‘medicamento’, ‘fármaco’ o ‘terapia’ que se le proporciona a un enfermo surge como  símbolo para expresar conceptos o ideas abstractas. Que en sentido general se refiere al medio utilizado para reparar un daño u obstáculo, una enmienda o corrección frente a un entuerto, o un recurso o auxilio que se le brinda a alguien. Y lo que en definitiva viene a concluir implícitamente  es que conviene tener presente que las cosas se deben sopesar y tratar en su justa medida valorando todas las situaciones y escenarios posibles, porque de lo contrario se corre el riesgo de “tirar al chiquillo con el agua sucia de la palangana después de bañarlo”. 

Enterado de la caja del agua

Luis Rivero 06.03.2020 | 19:58

El otro día, en ambiente distendido propio de un tenderete con los amigos de la R.I. de El Burrero, entre bromas y veras, Juan J. largó con ironía, refiriéndose a Blas S.: “Este sabe hasta las horas de agua que tiene la parroquia”. Queriendo decir con ello que “está enterado de todo”. Y en efecto, en otra ocasión, el buen Blas nos ilustró acerca de las 840 horas de agua (de 36.000 litros la hora) que agrupa la Heredad Principal y Mina de El Carrizal. Sobre el número de herederos (101), con su dula cada 18 días, y un día y medio al mes para remate de la Heredad. [La dula es el turno de riego que corresponde a cada heredero conforme a las horas de agua que posea de la gruesa o caudal principal que discurre por la acequia. El remate es el derecho a adjudicarse las horas remanentes o sobrantes]. ¿Que por qué les cuento todo esto? Porque aquella anécdota me llevó a indagar sobre el sentido y origen de la consabida expresión que enseguida pasamos a comentar. El significado más común y los usos habituales que conocemos del dicho “entera(d)o (de) la caja (de)l agua” (en ocasiones se pronuncia contrayendo y eliminando las preposiciones) es el de una suerte de “insulto” que desacredita o desautoriza a alguien. Una persona “enterada” es la que se las sabe todas (“sabelotodo”), entrometida, novelera, que se las da de saber mucho hasta mantener una actitud repelente, pero a la que no se le reconoce saber ni autoridad alguna, sino más bien lo contrario. El calificativo “enterado” con el complemento “de la caja del agua” intensificaría ponderativamente esta fórmula ofensiva.

En cuanto al origen de la expresión se han barajado diversas hipótesis. Hay quien la relaciona con la costumbre del reparto de agua embotellada a domicilio. Evocaría aquella imagen en la que el camión del Agua de San Roque o del Agua de Agaete, por citar dos embotelladoras ya desaparecidas, repartían por las casas el agua en cajas.

Esta peculiar forma de comercio, que en realidad continua subsistiendo en los pueblos, implicaría -según esta hipótesis- que el hombre que hace el reparto estaría al corriente de las últimas novelerías y chismes que iría transmitiendo de casa en casa, por estar enterado de todo lo que pasaba. En realidad la hipótesis nos resulta un tanto artificiosa y poco verosímil, entre otras cosas porque al hombre que reparte el agua nunca se le ha identificado -que sepamos- por “el de la caja del agua”, sino “el del Agua (de) San Roque” o “el del Agua de Agaete” (“¡Agua San Roque!” o “¡Agua de Agaete!” era y -adaptado a otras casas- sigue siendo el santo y seña de los repartidores).

Otras hipótesis más verosímiles relacionan la etimología del dicho con las “cajas de reparto de agua” en las acequias principales de las heredades. Junto a estas “cajas de reparto” o “cantoneras” (también llamadas “troneras”) solían acondicionarse “lavaderos” en las acequias. A estos lavaderos acudían a diario gran números de mujeres a lavar la ropa, momento que aprovechaban para “alegar”, y algunas para “noveleriar” y “chismiar”. Siempre había una “chismosa” y “contadora” que todo lo sabía y de todo opinaba, y esa sería “la enterada de la caja del agua”.

En este mismo contexto relativo a las acequias de las heredades de agua, hay quienes sugieren que “el enterado de la caja del agua” se identificaría con el “espabilado” que de manera furtiva manipulaba las tornas en la cantonera para “sustraer” el agua de la dula de otro regante. Sin embargo, con independencia de que efectivamente se diera la sisa de agua, al individuo que “roba” el agua ajena se le llama ladrón y no “enterado”. Aunque de sólito las cantoneras de reparto estaban vigiladas por un “ranchero” o “acequiero” de la heredad que se encargaba de “soltar” y “cerrar” el agua a los regantes según su dula.

Otra hipótesis que nos atrevemos a formular sobre el origen de la expresión es que acaso este individuo (“el enterado”) se refiera a quien está al corriente de todo, “golisneando” (“metiendo las narices”) o “noveleriando” en asuntos de la heredad que ni siquiera le conciernen; que está al tanto de las dulas, de las horas de agua que se venden, de quien las compró, y que sabe de aforos, de remates y de pleitos. “De la caja del agua” sería el epónimo que identifica a este personaje metomentodo, entrometido y que se las sabe todas. Este modismo, en cualquiera de las hipótesis, se habría generalizado y trasladado por lexicalización a otros ámbitos.

Navidades en casa, Carnavales en la plaza

Luis Rivero en suplemento Cultura La ProvinciaDLP…

Un elemento universal común a las distintas tradiciones folclóricas y culturales son los diversos dichos, refranes, creencias y métodos predictivos del tiempo atmosférico. Por lo general están basados en cálculos sobre el calendario o en la observación de los cielos, la luna y otros astros, el comportamiento de los animales, las mareas, amén de otros fenómenos. Todo ello con el propósito de hacer un pronóstico meteorológico ligado casi siempre al mundo rural: agrícola y ganadero, y a las comunidades pesqueras. En las islas,  pastores, hombres del campo y de la mar son los poseedores de los conocimientos necesarios que sustentan esta tradición. De manera que mediante la observación de ciertas manifestaciones naturales son capaces de vaticinar fenómenos atmosféricos como la lluvia, el frío, el calor, las mareas o la sequía. Estas técnicas son conocidas desde antiguo como “cabañuelas” o “aberruntos”, y con frecuencia  –por lexicalización– han acabado formando parte del refranero popular.

Entre los dichos predictivos de carácter meteorológico registramos el aquí comentado: “Navidades en casa, Carnavales en (la) plaza”. Con ello se asevera que cuando en periodo natalicio hace mal tiempo, y hay que quedarse en casa, en Carnavales suele hacer buen tiempo y la gente sale a la calle a divertirse. Este refrán sobre el tiempo, como la mayor parte de estos dichos, funciona o se concibe a modo de cabañuela. Y tiene su antónimo en otro dicho que asevera:  “Pascuas secas, Carnavales remojados” (versus“Pascuas remojadas, Carnavales secos”). [En una parte de la  tradición cristiana es habitual referirse a las Navidades como “las pascuas”, en plural. Así se le llama al periodo que va desde la víspera de la Natividad del Señor (24 de diciembre) hasta la Epifanía de los Reyes (6 de enero). El nombre (“Pascuas”) se explica por una relación impropia establecida por el cristianismo entre el verdadero origen de la Pascua de “resurrección”     con la conmemoración del “nacimiento” de Cristo. Como se sabe, la fecha de celebración de la Pascua la marca cada año el primer plenilunio de primavera, y con ello queda establecido el martes de Carnaval, que cae cuarenta días (cuaresma) antes del domingo de Pascua].

Estos refranes, como la mayoría de los dichos predictivos, nacen de la constatación conclusiva a través de la sucesiva observación de fenómenos atmosféricos y que con el tiempo alcanzan el valor de máxima y pueden ser  constatados por el vulgo. A fin de cuentas, como dice la sabiduría popular: “No hay mejor señal de lluvia que cuando llueve”.

En relación al dicho comentado, resulta posible su verificación en la actualidad –al menos parcialmente– por medio de un aserto popular que se ha impuesto en los últimos años. Se escucha con frecuencia, incluso de boca “de quien no es amigo de refranes” y menos aún de aberruntos. Nos referimos a la afirmación que se ha convertido casi en una exclamación infausta: “¡por Carnavales siempre llueve!”. Fenómeno meteorológico que puede constatar hasta el menos versado en las artes adivinatorias o predictivas sobre el tiempo. Observación que no está ligada, como es fácilmente comprensible, al beneficio que pueda aportar la lluvia para los campos y la agricultura en estas fechas, sino como inconveniente a la pura diversión. Y eso lo saben bien los veteranos carnavaleros, “con muchos mogollonesen el cuerpo”, que un año sí y el otro también no deja de caer “chipi-chipi” o un “chubasco” en la madrugada “para aguar la fiesta” (y cuando no, “¡hace un pelete…!”). Pero es la primera parte del refrán la que pasa desapercibida para muchos (“Navidades en casa…”) y que sin embargo nos aporta la información deductiva principal.  Como la cabañuela que dice: “Si no llueve en la segunda quincena de diciembre, (casi seguro que) lloverá por Carnavales”. Entre los dichos afines, en la Península, un viejo refrán afirma: “Carnestolendas aguadas, Pascua soleada” (o “lluviosas las carnestolendas, las Pascuas buenas”).

Abierto como una jarea y otras expresiones animalizadas (y IV)

Luis Rivero en el Cultura de La Provincia DLP 15.02.2020

Son abundantes las metáforas zoológicas, eufemísticas o disfemísticas –dependiendo de la intención y entonación en que se exprese el hablante–, referidas a la obesidad, la vida disoluta, mal carácter, ánimo libidinoso, actitudes vitales, comportamientos, etcétera. Como hemos dicho, casi siempre observan una forma comparativa en sus distintos grados y mencionan a un animal común del entorno rural o doméstico que simbólica o subliminalmente evoca en el oyente un carácter o comportamiento típico o arquetípico. 

Aun cuando los cánones estéticos socialmente aceptados puedan cambiar con los tiempos, en determinados ambientes, las personas obesas son objeto de burla o escarnio, recurriéndose a menudo a referentes animales que pueden provocar aversión o a expresiones peyorativas.  Como por ejemplo, «estar gordo(a) como un(a) cochino(a) para referirse a alguien muy obeso [a veces se usa la forma femenina para el varón con el ánimo de rebajar o denigrar más aún]. Más inocua resulta, por el aire festivo que se le suele imprimir, la comparativa: «estar gordo como una tonina» («tonina» se le llama en las islas a especie de delfín). O para definir el carácter áspero e intratable de una persona se dice que «es arisca como una camella» o «resabiada como una mula». Lo mismo que del individuo cansino y majadero se dice que «es más impertinente que una gallina clueca». Además existen una serie de expresiones con significados afines por la similitud de las actitudes a las que se refiere. Por ejemplo, se puede «ser más pesado que una vaca en brazos», aludiendo a una persona molesta e impertinente que puede resultar agotadora; lo mismo que «pegarse como un piojo», que se dice cuando no nos podemos quitar de encima una compañía indeseada, o «ser más malamañado que un cochino bajo el brazo» para expresar que alguien tiene un carácter difícil e indómito. 

En otras ocasiones el lenguaje resulta punzante y soez con determinados comportamiento licenciosos cuando tienen a la mujer como protagonista. Nos referimos a expresiones tales como «es más puta que las gallinas», para reprender una actitud disoluta. Gran parte de estas metáforas zoológicas observan sin embargo un tono irónico y festivo. Para expresar el carácter avispado y astuto de una persona existe un buen repertorio fraseológico. Se puede «tener más mala idea que un gato ciego/ o que un cuervo» o «ser un pájaro pinto», lo mismo que «tener más ideas que un perro viejo/o ser (un) perro viejo» («ese es perro viejo») o «saber más que los ratones colorados», que indistintamente se usan para definir a alguien taimado, listo, «zorro», que es muy advertido o perspicaz. En cuanto a hábitos cotidianos, se puede «ser como un perro callejero», para referirse a quien le gusta estar todo el día en la calle, o  «ser/acostarse como las gallinas» que se dice de quien tiene por costumbre recogerse en casa e irse a la cama muy temprano. 

A veces la referencia a un mismo animal puede derivar en significados distintos. Así cuando escuchamos decir de alguien que «está dando brincos como un baifo»  no es lo mismo que «estar como una baifa». Lo primero es saltar de manera alocada y eufórica, (como los chiquillos cuando salen al recreo); mientras que lo segundo se usa para referirse a alguien que «está medio loco», «medio chiflado» o que «está como una cabra jarta (de) papeles» (o «como un cencerro»). Tampoco es lo mismo «ponerse como un gallo quíquere» que «ser un gallo tapa(d)o». «Ser un gallito/o un gallo quíquere» se dice del «fosforito», de alguien que se enciende apenas lo provoquen [un «quíquere» se refiere también a un hombre poco corpulento pero agresivo y «malamañado»]. Mientras que “un gallo tapado” es la persona cuya habilidad y destreza en un determinado oficio, arte o actividad son desconocidas hasta que nos sorprende en un momento determinado, cuando se “destapa”. Y ya que hemos hablado de gallinas, de gallos y de quíqueres, también hay que decir que se puede «estar desplumado como un pollo» para significar que se está sin dinero. 

En cuanto a expresiones que definen movimientos o posturas características que pueden considerarse como signos del lenguaje corporal, podemos escuchar «dar saltos como una alpispa» que se dice del caminar nervioso, vivaracho, de alguien con mucho «jirivillo»; pero también se puede estar «escarranchado como un lagarto» o «abierto como una jarea» para indicar la forma de sentarse, plácida y despreocupada, con las piernas muy abiertas y que en ocasiones insinúa holgazanería. Lo mismo que se puede estar «trabajando como un burro» para significar que se trabaja duramente y sin descanso, como hay quien «da vueltas como un conejo cansado» que se dice de alguien que no hace nada, pero aparenta estar activo («haciendo argollas»), o incluso hay quien se siente «más feliz que un cochino en un charco».

Engodar y otras expresiones animalizadas (III)

Luis Rivero en Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP sábado 8 febrero 2020

«Cuando los animales hablaban» es un dicho usado en algunas islas para referirse a tiempos remotos. Si bien aquí no hablamos de animales que hablan, sino de comportamientos humanos que se definen por comparación con el mundo animal, la cuestión viene también de viejo. Sus antecedentes se remontan, al menos, a un procedimiento original ideado por Sócrates, pero con mayor presencia en Platón (La República), en el que se define el alma de las personas por similitud con rasgos o actitudes animalescas. Pero este simbolismo animalistase se viene manifestando desde antiguo, sin solución de continuidad, en la mitología y en toda la tradición fabulística.

Nos hemos referido a un grupo de verbos con epónimos animales que expresan metafóricamente caracteres o rasgos definitorios elementales, propios del animal, para describir tipos comportamentales humanos; v.gr.,  «engatusar» que –aunque no exclusivo del español de Canarias, es una expresión recurrente en las islas– que recordándonos la actitud zalamera del gato viene a definir la estrategia de quien con halagos y adulación trata de conquistar a alguien para obtener algo. Asimismo nos hemos referido a los infinitivos que nombrando un comportamiento propio o relacionado con un animal, no derivan del epónimo animal de referencia. Es el caso, entre otros, de «engodar» que en sentido recto significa ‘atraer al pescado con engodo’ («engodo»: ‘cebo’ o ‘carnada’), mientras que en sentido figurado define la actitud de quien intenta ganarse las simpatías o favores de alguien mediante atenciones o lisonjas (esto es, «engatusando» o «engodando»). 

Pero existe también un buen número de expresiones metafóricas que en forma comparativa tratan de poner de relieve un elemento característico de un animal para definir el aspecto físico, hábitos de conducta, carácter o actitud de un individuo. Estas expresiones pueden describir estados físicos, como por ejemplo: «estar cansado como un perro» que traslada la imagen cansina del animal echado para expresar la fatiga o extenuación en un individuo; «estar más flaco que un pejín» («pejín» es un ‘pescado pequeño y menudo’ como la sardina o el longorón) para expresar la extrema delgadez o aspecto enjuto de alguien; en el mismo sentido: «estar flaco como un podenco» o «flaco como un hurón». 

Para referirse a los estados de enamoramiento y libidinosos existen también varias metáforas zoológicas, como «estar enamorado como un burro», que aludiendo a la fama de permanente celo y lozanía de este animal se dice del varón que está muy enamorado o encelado. O «estar como los gatos en febrero y marzo», para definir la propensión exagerada al deseo sexual en el varón, lo mismo que «estar caliente como una gata en febrero» para referirse a la mujer. «Estar como un bardino en orilla» se dice (en Fuerteventura) del hombre sexualmente ávido o «estar como un macho amarrado»; o también podemos escuchar: «estar armado como un burro» para referirse jocosamente a cuando el varón da muestras de excitación y evidente vigor sexual.

Sobre las maneras de comer se dan distintos registros que tienen como punto de referencia los hábitos de animales en cuanto al modo de ingerir alimentos. De manera que nos podemos «hartar como una panchona» cuando comemos hasta la saciedad o, por el contrario, se puede «comer menos que un gato viejo», que  evocando a la inapetencia de estos felinos cuando envejecen se alude a la persona desganada o de poco comer. Y lo mismo se puede «comer como un cochino», con referencia al apetito voraz y desmesurado de este animal que se compara con la glotonería y los malos modales en la mesa, que «comer como un pajarito» para, por extensión metafórica, retratar a la persona que come muy poco. Y hasta las maneras de morirse son objeto de metáforas zoológicas. Entre las expresiones «necrozoológicas» más recurrentes encontramos la que dice: «se murió como un perro». Llama la atención, acaso invocando subliminalmente la muerte desdichada de un animal abandonado o en pésimas circunstancias, de cuanta desazón y desagrado pueda provocar la agonía de una persona marcada por inhumanas condiciones de abandono, desdicha, enfermedad o sufrimiento. Por el contrario el símil «morirse como un pajarito» transmite la ternura y lástima que nos invade ante la contemplación de la muerte de una criatura frágil e indefensa. 

Engrifarse y otras expresiones animalizadas (II)

Luis Rivero en Suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 1 febrero 2020

Dentro de la tendencia a la metaforización «zoológica» que representan las expresiones animalizadas, existe otro grupo de verbos que refieren actitudes y características animales y que no siempre derivan del epónimo animal al que se refieren, sino que pueden indicar gestos, posturas corporales, hábitos de comportamiento o sonidos que emiten los animales. Así por ejemplo, entre los que expresan reacciones, gestos o actitudes agresivas tenemos las voces: «engrifarse», «revirarse», «embriscarse», «emperruñarse» o «enrabiscarse». «Engrifarse» es la reacción o actitud defensiva de ciertos animales («engrifarse como un erizo/o como un gato») y que metafóricamente se dice de una persona cuando se ‘rebela’ o ‘se vuelve contra alguien’. En sentido similar se usa «revirarse» («revirarse como una morena», que de repente se puede mostrar agresiva y peligrosa) para expresar en sentido figurado el ‘cambiar improvisamente de idea o parecer’, ‘volverse en contra’ o ‘enfadarse aireadamente’. Por su parte, «embriscarse» es la actitud por la que el animal da signos de disponerse a atacar, a acometer por estar rabioso o enfadado y por extensión semántica se refiere también a las personas (los animales cuando muestran esta actitud amusgan las orejas a modo «de advertencia»); mientras que «emperruñarse» es ‘estar rabioso’, iracundo (de ‘rabia’, enfermedad de algunos animales, en particular de los perros, que hace que se muestren muy agresivos); en sentido similar «enrabiscarse» (de ‘rabisca’ y esta de ‘rabia’).

Por otra parte, se llama «amorrarse» a la actitud del animal de agachar la cabeza (el morro), y por extensión se dice de la persona que a semejanza de un animal se muestra cabizbajo, sin hablar, como si estuviera «amulado», significa ‘entristecerse’, ‘mostrarse taciturno’. Cuando se dice de alguien que está «empollinado» (de «empollinarse») se hace referencia, en sentido literal, a la postura corporal de la gallina al ‘empollar’. Por aplicación metafórica se dice de la persona cuando está encuclillada, sentada o en posición cómoda sin hacer nada, y por extensión es sinónimo de ‘gandulear’. [Indistintamente se usa con el mismo valor: «repoyinarse»]. Como mismo la postura de la gallina sugiere un comportamiento, otros verbos animalizados definen rasgos del aspecto físico. El del guirre sugiere una constitución endeble. Se usan las expresiones «enguirrarse» o «estar enguirrado» para referirse a la persona cuya presencia nos hace recordar la apariencia enjuta y lánguida de estas aves y que permanece «enguruñada», baja de tono por una enfermedad o del frío. Cuando se ve a alguien después de cierto tiempo y presenta un aspecto desmejorado, envejecido o cascado, se dice que está «acabronado» [si se trata de una mujer sin embargo se usa el participio «estropeada», que resulta más decoroso]. Para definir el aspecto de alguien que tiene la cara muy alargada se usa el participio «ahuronado» (rostro como un hurón). Y hablando de hábitos de conducta humana se dice «enchiquerarse» (de «chiquero», ‘pocilga’) para referirse a alguien que pasa mucho tiempo enclaustrado, sin salir de casa; o en sentido similar «engorarse» (de «goro» corral de piedras en forma circular para encerrar principalmente a los animales), «enratonarse» o «engallinarse» (que se dice de quien se pasa el día metido en casa como las gallinas, con pocos ánimos y sin ganas de salir). Siguiendo con los verbos animalizados que expresan conductas, «alaparse» (de lapa) es, en sentido literal, «pegarse como una lapa» que por aplicación metafórica define a una persona «pegajosa» («pegoste»), molesta y majadera hasta el punto de no apartarse de uno. Cuando alguien se acobarda se dice que está «aconejado» (de  «aconejar» derivado verbal de conejo), porque recuerda a un conejillo que huye asustado («juyó como un conejo»). Y para definir cierta conducta eufórica se dice «alpizparse» que significa entonarse con copas y mantener una conversación animada a causa de la desinhibición provocada por el alcohol. Deriva de la voz canaria «alpizpa» que es un pájaro saltarín, y figuradamente se dice del hombre o mujer de actitud vivaracha que recuerda el andar desenvuelto de este animal. En cuanto a expresiones onomatopéyicas relativas a las voces animales, se le llama «aberrear/berrear» al acto de dar «aberridos» o berridos como un becerro. Por aplicación metafórica se usa en el sentido de encolerizarse y dar gritos en señal de enfadado o, por extensión, llorar o gritar desaforadamente o cantar desentonando. 

Encochinarse y otras expresiones «animalizadas» (I)

sábado 25 enero 2020… Luis Rivero en suplemento de Cultura La Provincia/DLP 

Una de las singularidades léxicas más curiosas del español de Canarias son las metáforas construidas mediante verbos y locuciones verbales para expresar características y conductas humanas  animalizándolas. Nos referimos a la formación de derivados verbales (con los prefijos en/em a) a partir del nombre de un animal, como por ejemplo: enconchinarse, emperrarse o amularse (derivaciones de los sustantivos: cochino, perro o mula). Estas construcciones  que recurren a la «animalidad» para fijar actitudes y rasgos determinantes representan en cierto modo una especie de relación «totémica» que por emulación trata de reproducir los elementos definitorios del comportamiento animal. En su origen la palabra «tótem» en lengua ojibwa tiene el sentido de relación entre personas, es por tanto un concepto de orden sociológico y relacional. Algunos de estos grupos nativos están organizados en clanes y tienen como epónimos nombres de animales que identifican al clan. Una interpretación espuria del significado es lo que llevó a J. Long, uno de los introductores del concepto en la antropología occidental, a confundir dos instituciones distintas, cuales son la división de los grupos humanos en clanes y la posesión de un espíritu tutelar, muy extendida entre los nativos de América del Norte. Y es este el significado que ha sido adoptado por la antropología en Occidente. No obstante, si atendemos al sentido originario del término que implica los conceptos «relaciones grupales» y «animales» como epónimos identitarios de las personas, no resulta del todo desatinado hablar de una suerte de «relación totémica» al definir este tipo de expresiones que recurren a un animal a partir del cual se construye una forma verbal o una expresión con la que nombrar comportamientos típicos y arquetípicos en los humanos. 

Aunque no es un rasgo exclusivo del español de Canarias, sino una figura metafórica común a las lenguas romance, en las islas abundan las metáforas «zoológicas» que en forma comparativa describen comportamientos humanos [ v.gr.: «calentarse como un macho», por citar alguna expresión ya comentada en estas páginas] amén de verbos  y locuciones verbales «animalizadas». Estas expresiones se encuadran dentro de la tendencia general a construir metáforas  a partir de elementos del imaginario rural y doméstico, entre los que destacan especialmente los animales. Frecuentemente adoptan un sentido jocoso y burlesco que en ocasiones puede llegar a rozar el escarnio. Muchas veces se pone énfasis en las comparaciones hiperbólicas para expresar o resaltar algún vicio o rasgo caracterial negativo. En tal sentido, las expresiones comparativas animalizadas buscan definir disfemísticamente la realidad, esto es, de modo peyorativo o con la intención de rebajar la categoría del sujeto al que se refieren, aunque a veces la aspereza se distienda por el tono jocoso en que se expresa.

Existe un grupo de verbos en infinitivo y participios (de pasado) que funcionan como adjetivos y que identifican algún rasgo predominante y definitorio (a veces arquetípico) del animal del que toma el nombre. Son los casos de: «encochinarse/encochinado» (de cochino) y que se refiere a una persona grosera y de malos modales, en cierto modo intratable, y por extensión significa ‘enfurecerse aireadamente’ perdiendo la compostura; «amularse/amulado» (derivado de mula) que aludiendo al carácter tozudo con el que se identifica a este ungulado («terco como una mula») define la conducta de quien se enfada y mantiene un obstinado silencio en actitud de recelo; «emperrarse/emperrado» (de perro) como el can que agarra un hueso y no lo suelta es la actitud de quien se encapricha con algo hasta coger una rabieta; «encabronarse/encabronado» (de cabrón, macho cabrío) hace referencia al carácter brioso de este animal para definir la actitud de quien se irrita y se pone furioso (de ahí la expresión «calentarse como un macho»); «embaifarse/abaifarse/abaifado» (derivado de baifo) por alusión a la actitud de las crías de la cabra de acusada dependencia de la madre y metafóricamente se dice de la persona desganada, amodorrada;  «emborregarse/aborregarse/aborregado» que hace referencia al carácter gregario de estos animales para definir el comportamiento de apego excesivo a las personas o las cosas, o a permanecer obstinadamente en una situación de la que no se obtiene provecho alguno. 

Una para saber y otra para aprender


Este dicho que funciona a modo de máxima relaciona dos concepto que vienen asociados al proceso pedagógico del aprendizaje. Los infinitivos «saber» y «aprender» van de la mano en este proceso como estadios sucesivos en el mismo. El «saber» equivale a ‘conocer’ y se refiere al conocimiento adquirido por el sujeto (pasivo); voz que se relaciona con «enseñar», mostrar cómo se hace algo, instruir desde el punto de vista del sujeto activo o «instructor». «Aprender», por su parte, es un término que se refiere a un proceso interno del sujeto que recibe el enseñamiento; se identifica con la interiorización o asimilación de los conocimientos mostrados o de la información recibida. Sería la parte conclusiva de todo el «procedimiento de enseñanza-aprendizaje» mediante el cual hacemos nuestro ese saber. Este proceso va íntimamente ligado a la repetición y a la reproducción por emulación. El dicho tiene un carácter universal y se aplica a casi todo y en cualquier disciplina o actividad porque, como bien se dice: «nadie nace sabiendo». Se usa como máxima pedagógica que pregona o alecciona sobre la manera en que se aprenden las cosas;  asimismo puede ser invocado como justificación o excusa de quien, por impericia o desconocimiento, es incapaz de desenvolverse o reproducir cualquier  procedimiento técnico, intelectual o manual, por sencillo o complejo que sea. También puede recurrirse a este como sentencia conclusiva ante «una lección» aprendida en cualquier ámbito de la vida cotidiana. Por ejemplo, cuando ante una determinada actitud o comportamiento existen unas expectativas, pero el sujeto en cuestión sufre un desengaño o decepción. En tal situación se suele exclamar: “una para saber y otra para aprender” (aunque en ocasiones hemos escuchado: “una para saber y para aprender”, para enfatizar que ha bastado una sola vez para aprender la lección). 

Se registra otra variante del dicho: “una para ver y otra para aprender” que identifica el valor de los verbos “ver” y “saber”, pues es saber común en estas cosas que «el que no sabe es como el que no ve». Detrás de la aparente banalidad de la expresión se esconde un cierto rigor científico que no deja de sorprendernos. Refiérese el dicho a la pedagogía que se basa en mostrar cómo se hacen las cosas, para así, a través de la imitación, aprender de la propia experiencia práctica. Este procedimiento pone énfasis en la secuencia de repeticiones y la imitación como  mecanismo de aprendizaje natural y eficaz para consolidar los contenidos a asimilar en cualquier ámbito. La práctica y la secuencia de repeticiones son dos pilares fundamentales del aprendizaje.

Estos presupuestos tienen un fundamento científico que hoy nadie pone en discusión: el aprendizaje a base de repeticiones y la emulación o réplica de aquello que se ve hacer al «mentor» ocasional. Lo que viene a confirmar una vez más que la sabiduría popular casi nunca se equivoca. Un descubrimiento relativamente reciente revela la existencia de las llamadas neuronas espejo, que son un grupo de células responsables de los comportamientos empáticos, sociales e imitativos en seres humanos y animales. Su función sería la de reflejar la actividad que estamos observando y se activan cuando ejecutamos una acción o cuando observamos a otro individuo que lleva a cabo la misma acción. De modo tal que se convierten en una pieza esencial del aprendizaje al permitir “reflejar” –de ahí su nombre– dicha acción en nuestro propio cerebro. Ello explica que cuando somos “aleccionados” por alguien en hacer algo, tomamos conocimiento automático de dicha actuación.

Por lo que el vulgo, basándose en su constatación mediante la observación de la propia experiencia, ha terminado por formular con simplicidad la máxima comentada: “una para saber y otra para aprender”, aunque a veces se desarrollen ambas acciones simultáneamente. 

El dinero va y viene

Luis Rivero en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

Con esta frase aforística se recuerda el carácter caprichoso, efímero o transitorio al que suele obedecer la fortuna material. Se recurre a este dicho a modo de bálsamo ante una situación precaria o de dificultad económica por la que puede estar atravesando una persona. La máxima aconseja no poner demasiadas expectativas en la riqueza material, pues no es esto lo más importante. Improvisamente se puede acumular mucho y como mismo llega, se va. En cierto modo se advierte una impronta ideológica que pone en cuestión o contrapone el deseo o la tendencia a la acumulación de bienes (materiales) y su carácter pasajero frente a otros valores más trascendentes.  En ocasiones se subraya la importancia de “bienes” más preciosos, a veces disociados de la riqueza material, como lo es la salud (“mientras haya salud…”) o el tiempo. Con ello se busca consuelo o alivio a una situación que no deja de ser pasajera. No por casualidad alguna alegoría antigua representa la fortuna como una rueda que da vueltas irremediablemente sin saber lo que nos depara (“la rueda de la fortuna”). La voz «fortuna», aunque en su origen obedece al nombre de la divinidad que en la mitología romana representa la suerte, ya sea favorable o adversa, con el tiempo ha pasado a identificarse casi exclusivamente como buena suerte; la diosa que gratifica con favores y cubre de riquezas a quienes son tocados por ella. Hasta el punto de que a estos se les llama «afortunados» e «infortunio» ha pasado a ser sinónimo de mala suerte, desdicha, desgracia o hecho infausto. Mientras la «fortuna» es sinónimo de capital, hacienda o caudal que acumula una persona. Pero el símbolo de la rueda, que algunos interpretan como una ruleta, con la que se la representa alegóricamente es lo que parece explicar el mensaje que revela el dicho.  Como si la fortuna fuera pura y simplemente obra del azar. 

El dinero tiene una importancia capital –valga la expresión– en un sistema de creencias propio de la cultura judeocristiana, a cuyas influencias no se sustrae nuestro idiolecto.  Y prueba de esta trascendencia es que en los cinco primeros libros de la Biblia (Torá Pentateuco) viene nombrado al menos en trescientas cincuenta ocasiones. En la versión hebraica se identifica con la voz késef, escrita con las consonantes KSF que significan también ‘deseo’, ‘nostalgia’ y ‘envidia’. Tres sentimientos que, bien mirado, están asociados al dinero: el dinero puede ser causa de deseo en quien no lo tiene; de nostalgia en quien lo tuvo y lo perdió; y de envidia en el que anhela el de otros. Y otra nota curiosa en relación con el dinero y la Biblia. La primera mención que hace en las Escrituras del dinero de curso legal (el siclo como moneda fiduciaria, ya no como unidad de peso), está ligado a una traición. Se refiere a los mil siclos de plata que recibiría Dalila como recompensa por la trampa que le tendió a Sansón. Los mismos siclos que recibiría Judas por otra felonía memorable. Con tales precedentes no es extraño que esto provocara cierta aversión al dinero y que haya servido de presupuesto ideológico para construir doctrinas que lo desprecian y le atribuyen cualidades malignas. Prueba de ello son las expresiones: “el dinero hace malo lo bueno” o “gente rica, gente (d)el diablo” (o afirmaciones similares que sugieren otros dichos). Pero no siempre se ha estigmatizado el dinero, a veces se le atribuye un sentido neutro: pecuniam non olet  (‘el dinero no apesta’, decían los latinos), lo que quiere decir que no es en sí mismo ni malo ni bueno, sino aséptico y amoral. Este  parece cumplir una función y  su perversidad o no depende de cómo se obtenga y a qué se destine. 

Se sabe que el dinero no tiene un valor intrínseco, sino un carácter fiduciario. Ello implica la capacidad de intercambio y fiabilidad o confianza (de ahí lo de fiduciario); dos características del dinero que confirman que está concebido para pasar de mano en mano, para circular. Así, pues, puede decirse que el dinero no se va, exactamente, ni mucho menos se esfuma o se volatiliza, a lo sumo, cambia de bolsillo. La máxima «el dinero va y viene» es enunciado de la idea que pone fuerza en la convicción de que el dinero, la fortuna, los bienes materiales…, como mismo se pierden, pueden recuperarse; y que hay valores más elevados y trascendentes que si se dilapidan son más difíciles, si no imposibles, de recobrar. Así las cosas, parece más una declaración que trata de transmitir confianza ante la azarosa intrascendencia de la pérdida de lo material, porque a fin de cuentas «la vida da muchas vueltas».