Lo que está para uno, no hay dios que se lo quite

LO QUE ESTÁ PARA UNO, NO HAY DIOS QUE SE LO QUITE
(Aquí tienen la última colaboración de este año en el Cultura de La Provincia/DLP. Sábado 22 dic 2018)

Se trata de un dicho usual que escuchamos –al menos en Gran Canaria– entre determinadas categorías de hablantes. Lejos de pasar como una frase retórica al uso, parece portar consigo cierto contenido “filosófico”, que acaso nos recuerda a aquella otra sentencia que asevera en luctuosas circunstancias: «No somos nadie» (ya comentada en estas páginas).

«Lo que está para uno, no hay Dios que se lo quite» viene a situarnos frente a una presunta e infalible fuerza del destino que se erige como rectora de las distintas vicisitudes por las que atravesamos en la vida.

La frase nos introduce sin querer en una digresión de orden teleológico y existencial: ¿Está escrito nuestro destino? ¿Estamos predestinados a seguir un guion? ¿Somos hijos del caos y del azar o, por el contrario, del orden y la determinación? ¿Está presente la voluntad del Creador en nuestro acontecer diario? Y si es así: ¿afecta a los hechos trascendentes y al trivial acaecer por igual? ¿O acaso el devenir diario, trascendente o no, está marcado por la contingencia y por el azar? Como si dependieran de una gran ruleta cósmica que favorece caprichosamente los eventos que afectan a nuestras vidas. ¿De qué dependemos realmente?, si es que dependemos de algo. ¿Existe de verdad eso que llaman destino o todo sucede por pura casualidad? ¿Acaso hay alguien que elige por nosotros o somos nosotros quienes elegimos? ¿Casualidad o causalidad?

Estas y otras preguntas son las que surgen entorno a la dichosa frasecita que el lector habrá escuchado en más de una ocasión, quizás sin reparar demasiado en su contenido y trasfondo.

Ya se trate de un acontecer contingente o determinado, el dicho parece proclamar que el destino del hombre –al menos en lo que a los hechos de relevancia se refiere– está marcado por una fuerza superior y trascendente a todo, incluso al propio Creador. «Lo que está para uno, no hay Dios que lo quite». A veces se escucha con un pleonasmo: «Lo que está pa(ra) uno, está pa(ra) uno, y no lo cambia/quita ni Dios», que acaso trata de acentuar la determinación que tiene a «uno» por destinatario.

De todo esto se nutre este dicho que se entona con la convicción, casi sin saber por qué, acaso intuitivamente, que el devenir del tiempo y de las cosas no obedece a una especie de juego de azar que señala nuestra suerte, sino a alguien que lo determina. No se sabe quién –según se expresa– pero que parece trascender incluso a la autoridad divina, puesto que «no lo cambia ni Dios» o «no hay Dios que lo cambie», lo que da a entender que no lo puede cambiar ni el mismo Dios, aún queriéndolo. El «ni Dios» tiene el valor de cuasi “superlativo absoluto” (que es como decir que no lo cambia nadie, que no se puede cambiar, absolutamente). Aquí el “Dios” parece abrazar un concepto genérico que, sin querer, escapa al rigor de la teología monoteísta. Pues en la versión «no hay Dios que lo cambie», implica la hipotética duda de que puede haber alguno, pero no, no hay ninguno. Y así las cosas, cabe preguntarse que si Dios no tiene la autoridad de cambiar nuestro destino ¿De qué dependemos realmente?

Vaya usted a saber…

Se le va la fuerza por la boca

Se le va la fuerza por la boca

Luis Rivero. Suplemento de Cultura La Provincia DLP

Esta expresión aforística tiene su fundamento en una idea que con carácter universal está presente en la práctica totalidad de las culturas y tradiciones. Esto es, que los órganos corporales o partes del cuerpo son sede o lugar donde se localizan distintas facultades, sentimientos o emociones. Esto ha dado lugar a una vasta simbología basada en las varias partes de la anatomía humana. Y así se han originado multitud de expresiones idiomáticas. Por señalar algunos ejemplos afines al significado de la expresión que comentamos, tal como se escuchan en Canarias, se dice: «calladito a la boca», para denotar una actitud silenciosa y reservada que casi siempre se premia y se alaba como virtud; o  «callarse a la boca», otro pleonasmo que de sólito se utiliza con un matiz diferente al anterior, para consreñir a alguien a que modere sus palabras o guarde silencio; «no decir esta boca es mía», asentir con el silencio, permanecer sin decir palabra por temor o por falta de valor, en definitiva, no mostrar disidencia con lo que sucede o con lo que alguien dice; o «el pejemuere por la boca», que se dice para referirse a cuando alguien hablando, sin darse cuenta, «mete la mata» y dice o confiesa algo en su propio perjuicio. Todos estos supuestos relacionan la boca con la sede de la palabra.

Por su parte los brazos suelen identificarse como símbolo de fuerza física. Un buen ejemplo es la expresión: «a brazo partido», como imagen de entrega y lucha encomiable (o «cruzarse de brazos» para expresar la idea contraria). Y por extensión, en  algunas simbologías antiguas los brazos se relacionan como representación la acción en general y con el trabajo, protección, etc., en particular.

La expresión  «se le va la fuerza por la boca»  se utiliza comúnmente –tanto en el español de Canarias como en otros dominios– para reprender o calificar la actitud de quien habla mucho, sin obrar en consecuencia, es decir, quien mantiene una actitud pasiva frente a lo que pregona. En ella se relacionan dos palabras claves: “fuerza” y “boca” que en sentido figurado vienen a invocar dos concepto distintos y en cierto modo antagónicos. A saber: la “fuerza” como sinónimo de capacidad de realizar, de emprender, como potencialidad o potencial disponible de un individuo, facultad de avanzar, de ir hacia delante, de concluir, de materializar. Por su parte, “boca” se relaciona subliminal y simbólicamente con el habla, con la palabra, con la voz, con la expresión, y en particular, en este dicho con hablar mucho o más de la cuenta, «darle a la lengua», excederse o mostrarse prolijo en palabras o, a veces, propasarse con las palabras; indica locuacidad infértil, verborrea, incontinencia verbal… En definitiva lo que viene a expresar la frase es que quien mucho habla, poco o nada suele hacer.  Se dice, pues, de quien blasona, pregonando a los cuatro vientos sobre cuanto se dispone o pretende hacer, normalmente sin concluir nada positivo. Como si fuerza, voluntad y entereza, como energías de potencial realización,  se dispersaran inútilmente en el ambiente a través de la voz que las publica. Figura así la palabra –la superflua, no la necesaria– como simiente infértil de cualquier acción primordial o trascendente, de cualquier potencial realización.  La boca representa la válvula de escape a través de la cual se desahogan “calenturas” (‘cabreos’) del macho que blasona contra cualquier cosa sin que la sangre llegue al río; o de quien se empaña en dar a conocer a todos sus intenciones sin concluir nunca nada.

Afín a esta expresión es aquella otra máxima fabulada que reza: «perro que ladra, no muerde», como se suele escuchar en Canarias. Que hace referencia específica a quien prodiga en amenazas y muestra su enfado ostensiblemente, pero no representan peligro alguno, pues se trata solo de bravuconadas.

Santa Lucía, menguan las noches y crecen los días

Santa Lucía, menguan las noches y crecen los días

Luis Rivero. Suplemento de Cultura La Provincia/DLP, sábado 8 dic. 2018.//

Este viejo aforismo presente en Canarias que pronostica un acontecer astronómico característico del solsticio de invierno tiene presencia en todo el mundo de tradición cristiana desde antiguo. Sin embargo las diversas versiones existentes del mismo dicho pueden interpretarse como distintos modos de previsiones que tienen como referencia el 13 de diciembre, día de Santa Lucía. Pueden agruparse hasta tres tipos de refranes. A saber, un grupo de dichos que podríamos denominar ”presolsticiales”, es decir, aquellos que se refieren al día de esta santa mártir en fechas previas al solsticio hiemal, cuando se produce un progresivo acortamiento de los días hasta el 21/22 de diciembre de nuestro calendario, que fija convencionalmente el solsticio de invierno, («Santa Lucía, crecen las noches, menguan los días»). Otro grupo de paremias que presuponen la fecha del 13 de diciembre coincidente con el solsticio de invierno.  Es decir, cuando acontece la noche más larga del año y el día más corto en horas de luz. («Por Santa Lucía, la más larga noche y el más corto día»). Fecha a partir de la cual, los días comienzan a alargarse en detrimento de las noches: «Santa Lucía (Pascuas en doce días), menguan las noches y crecen los días», y que representa –en un tercer grupo– el periodo ”postsolsticial” hasta el advenimiento del solsticio vernal, en que ocurre exactamente lo contrario: el día más largo del año y la noche más corta.

Esta diversidad de criterios en los dichos –incluso contradictorios entre sí–genera en cierto modo gran confusión que puede atribuirse a priori a una transmisión errónea en su uso por parte del hablante. Y nos viene a la  mente aquel dicho sobre refranes que afirma que no hay refrán que no sea verdadero («refrán viejo nunca miente»). Cabría preguntarse aquí: ¿es realmente así?

Podríamos decir que el refrán no miente, pero engaña. Me explico.

Como es sabido el solsticio de invierno se produce entre los días 20 y 23 de diciembre, en el hemisferio norte o boreal. Y se manifiesta en la reversión de la tendencia al alargamiento de la duración de las noches y al acortamiento de las horas diurnas.

Para entender las diversas versiones que pregonan presupuestos distintos sobre el día de Santa Lucía debemos remontarnos a su historia y a la historia de los calendarios que han regulado el pasar de los días en el Occidente cristiano en los últimos dos mil años.

Según la tradición, Lucía de Siracusa fue martirizada en el año 304 d. C., durante la persecución del emperador Diocleciano. En aquel momento estaba en vigor el calendario juliano, es decir, el instaurado por el emperador Julio César en el año 45 a. C. y que tenía 365 días, con un desfase de algunas horas cada año. Este desfase, con el andar del tiempo, acumulaba días de diferencia con respecto al año solar, es decir, el marcado por las estaciones y el suceder de los solsticios y equinoccios. De modo tal que el solsticio de hiemal en el año de la entrada en vigor del calendario tenía lugar el 30 de diciembre. Pero debido a la diferencia entre el año solar y el año civil, el solsticio se adelantaba tres días cada cuatro siglos. Este progresivo desfase fue el motivo que llevó al papa Gregorio XIII en el año 1582 a modificar el calendario juliano para corregir la diferencia acumulaba que era ya 10 días y así fue sustituido por el actual calendario (gregoriano) por el que nos regimos. Para hacernos una idea, el solsticio de invierno durante el papado de Gregorio XIII caía el 11 de diciembre, debido al desfase del calendario juliano. Esto aproxima, cuando no hace coincidir en determinados momentos, el día señalado en el santoral cristiano a esta santa mártir (13 de diciembre, Santa Lucía) con el solsticio de invierno. Esta diferencia en el computo efectuado sobre la base del calendario juliano –en lugar de las fases del año solar–  es lo que explica que uno de los dichos que se escuchan en Canarias y en toda la tradición cristiana desde antiguo:  «Santa Lucía, menguan las noches y crecen los días», para anunciar el inicio del invierno.

Así pues, la explicación de que ciertos refranes asociados al día de Santa Lucía hagan coincidir esta onomástica con el solsticio de invierno y otros no, hay que atribuirla, no a un error del refranero, sino a una tradición que se remonta con anterioridad al siglo XIV en el que se dio, por algún tiempo, tal coincidencia (que hoy, acaso, puede crear confusión o al menos curiosidad en el oyente perspicaz). Con posterioridad, no obstante el desfase y que el día de Santa Lucía dejaría de coincidir con el paso solsticial de la Tierra entorno al astro rey, la máxima continuó repitiéndose. Pues se había asentado de tal modo en la memoria colectiva que el vulgo no lo supo corregir, por inercia, por respeto o por fe –quién sabe– en el dicho que dice: «refrán viejo nunca miente».

 

Si no llueve por Santa Catalina, espérala por San Andrés…

Si no llueve por Santa Catalina, espérala por San Andrés…

Luis Rivero en suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 24 nov. 2018

Hubo un tiempo en el que los hombres miraban al cielo. Observaban las nubes y los astros en busca de una señal que les confirmara el inicio de un año fértil o si la luna indicaba un cambio de tiempo, si las cabras preñadas parirían en las próximas horas o la luna llena, concluido el ciclo de gestación en la mujer encinta,  vaticinaba un nacimiento. El arte de leer el firmamento es un saber antiguo transmitido de generación en generación. Así «la gente de antes» era capaz de hacer predicciones sobre el tiempo con días, semanas y hasta meses de antelación, y lo hacían sobre todo observando el cielo. Hoy es una práctica casi en desuso que sobrevive en algunos dichos, cabañuelas o aberruntos, a los que se recurre con carácter predictual  con entradas tales: «como dice el dicho». Así se han ido conformando gran número de cabañuelas que resumen en frases cortas y rimadas, o en explicaciones más o menos detalladas, ciertos fenómenos atmosféricos que surgen regularmente en fechas determinadas o de manera excepcional o esporádica, pero que  han sido objeto de constatación a través de su observación en el curso de los años. Uno de ellos es este refrán meteorológico que se localiza –al menos– en Fuerteventura: «si no ha llovido por Santa Catalina, espérala por San Andrés, y si no, mala señal es».

Omitiendo otros aspectos de la realidad en los que pueden operar los aberruntos, nos interesa aquí su carácter de predicción meteorológica. Nos referimos a cabañuelas o aberruntos indistintamente como método popular de predicción del tiempo basado en la observación del cielo u otros fenómenos, y que queda cristalizado en un dicho. Sobre el origen etimológico del nombre de esta práctica (cabañuelas), como ya hemos apuntado en estas páginas, es muy probable que proceda de la tradición judeoserfardí presente en la Península y cuya influencia llegó a las islas a principios del siglo XVI. Entre las tres principales festividades religiosas judías está la fiesta del sucot o de las cabañuelas (diminutivo de cabaña) o de los tabernáculos. Esta festividad evoca la travesía del desierto por los israelitas. Años durante los cuales habitaron en tiendas o cabañas. La liturgia sefardí conmemora aquel hecho en el mes de Tisrí(entre septiembre y octubre del calendario gregoriano). Con el tiempo, esta celebración se fundió con otras de carácter agrícola (la de la cosecha y la vendimia). La tradición marca que en recuerdo de aquel andar errante por el desierto, cada familia debe construir una cabañuela a cielo abierto, cubierta de ramas, pero quepermitan ver las estrellas durante la noche. De singular importancia en este ritual es la petición de lluvias abundantes para el año agrícola venidero. La observación del cielo nocturno durante la fiesta de las cabañuelas, y los anhelos de un año fértil, habrían propiciado presagiar si las lluvias serían abundantes o no. Y por metonimia pudo acabar nombrando estas prácticas adivinatorias con un carácter genérico.

La cabañuela que comentamos se verifica precisamente en  estas  fechas. «Si no llueve por Santa Catalina, espérala por San Andrés –y concluye– y si no, mala señal es». Recurriendo al santoral católico, toma como referentes el 25 de noviembre, día de Santa Catalina, y el 30 de noviembre, San Andrés, patrono de los labradores en Fuerteventura.Otra variante de este dicho popular es: «si no llueve para Santa Catalina o para San Andrés, malo es»; o esta otra que viene a confirmar tal predicción: «Si llueve el día de San Andrés, buena seña es».Al respecto se cuenta que era tradición en Tetir, en la víspera de San Andrés, que los más jóvenes subieran a la montaña del mismo nombre para encender fogaleras en honor al Santo patrón. En el curso de las procesiones –ya en el día de San Andrés– se asistía a otros ritos singulares como era la invocación de la lluvia con una suerte de letanía, al grito de: «¡Que llueva, San Andrés!». Los feligreses reclamaban así al santo patrono de interceder para atraer la lluvia. Se cuenta también que en los años de seca, las peticiones eran persistentes, y tal era la fe en aquel ritual de fertilidad de la tierra y  la devoción al santo, que lo mismo podía hacer estallar la ira en caso de que no lloviese. La ausencia de lluvia por la ineficacia de las plegarias, provocaba que una masa encolerizada de hombres  se reunieran entorno a la iglesia para pedirle cuentas al santo. Con la amenaza de enriscarlo por un barranco. La imagen de San Andrés tenía sus defensores entre los más devotos que trataban de distender los ánimos caldeados. El santo era llevado a cuestas hasta la montaña con intención de despeñarlo, y allí se reanudaba el juicio con mayor sosiego. De sólito, se suspendía la pena de enriscamiento, otorgándosele un periodo de gracia de no más de un mes a condición de que hiciera llover. Se dice que siempre apareció la lluvia, excepto en una ocasión, pero al final le fue conmutada la pena por la de confinamiento en el convento de San Diego en Betancuria.

Así, pues, si mañana 25 de noviembre, día de Santa Catalina,  no llueve, no queda más remedio que encomendarse a San Andrés…

 

 

¡Amigos que fuimos!

¡Amigos que fuimos!

Luis Rivero. Suplemento de Cultura La Provincia/DLP

Este modismo isleño se suele entonar con cierta ironía –a veces con deje socarrón– para referirse a una amistad perdida, o cuando una persona, a la que se le tenía en estima o aprecio, acaba por alejarse de nosotros. Se refiere, pues, a una ‘conocencia’, es decir, una amistad o relación social de cierta importancia o a la que otorgamos un especial afecto. En este sentido, a veces el tono puede resultar melindroso, y hasta  quejumbroso, denotando cierta aflicción por la pérdida, aunque no se quiera hace ver del todo, solapándolo con retintín.

Abundan los dichos aforísticos referidos a la amistad, tanto en el refranero popular español que comprende el mundo hispanohablante en general, como en nuestro acervo insular.

La expresión comentada se sitúa en un contexto en el que dos personas que se frecuentaban a menudo, de repente, por algún malentendido o incomprensión entre ellas, se alejan y se enfría la relación hasta tal punto que a veces se acaba por crear rencor y hasta enemistarse. Entonces el observador suele expresar con sorpresa: «¡pero si comían en el mismo plato!» o  «¡comían y dormían juntas!», para enfatizar con ello que se llevaban extraordinariamente bien y no parecía que pudiera acabar así. 

El propio refranero popular canario explica las propias vicisitudes y riesgos por las que puede atravesar una amistad. Con un claro carácter admonitorio se advierten toda una serie de situaciones y actitudes que suelen ser causa de ruptura o enemistad. Ya sean los asuntos de dinero, como reza este dicho que se escucha en algunas islas:  «si al amigo no quieres perder, negocios con él no has de tener» (o negocios no hagas con él), que prevé que la mejor manera de conservar una amistad es no meterse en asuntos de negocios con ella, pues las cosas de dinero suelen ser causa de discordia entre amigos e incluso entre hermanos. No faltan las paremias que señalan que las dificultades se encargan de poner al descubierto  los verdaderos amigos («En la mucha necesidad, se conoce al amigo de verdad»); o de exaltar el valor de la amistad por lo poco común e inestimable («un amigo verdadero no se paga con dinero»); o los que alertan de las falsas amistadas: «con queso y con vino, se habla de amigos» que advierte la actitud mezquina e interesada de los «amigos»: cuando hay ‘entullo’, hay amigos; o los riesgos que se corren cuando se invade la esfera de la intimidad, inmiscuyéndose en asuntos de casa. Pero muy particularmente cuando se cae en excesos, como señala este otro refrán que, con sentido escatológico trata de reflejar con crudeza una situación a veces común: «todas las raleras dan cagalera». La ‘ralera’ puede ser una mezcla de leche con gofio poco espesa, es decir, más bien fluida, pero también se relaciona con el verbo ‘enralarse’ que se usa para referir un comportamiento relajado, sin guardar las formas en el trato social. Es sinónimo de ‘zafarse’: desatarse, liberarse, en sentido metafórico, no guardar las formas o propasarse; o también puede tener un sentido similar a:  «echarse fuera (d)el plato» o «mearse fuera (d)el tiesto», «pasarse de la raya» o, simplemente, «pasarse», ya sea por mantener un comportamiento poco decoroso o por excederse en confianzas. Así, pues, este modismo con vocación aforística, recurriendo a una metáfora escatológica, viene a decir que todos los excesos, en particular en las relaciones de amistad o de familiaridad, suelen acabar mal. Equivale al dicho castellano: «donde hay confianza, da asco» o «la confianza da asco» que viene a censurar igualmente el abuso de confianza que lleva a un comportamiento inadecuado.  De modo que frente a esto,  siempre es bueno estar a bien con todos y cultivar la verdadera amistad, a fin de cuentas: «hay que tener amigos hasta en el infierno», porque nunca se sabe…

Más vale poco que nada

Más vale poco que nada

 Luis Rivero. Suplemento Cultura La Provincia/DLP

Este refrán advierte con buen juicio que conviene no despreciar las cosas por pequeñas que sean, como tampoco por la escasa calidad o cantidad de las mismas porque peor podría ser la carencia total de ellas; de igual manera que no se debe rechazar un asunto de poca enjundia económica o de escasa ganancia o cualquier oportunidad que se nos presente en este aspecto, aunque el lucro sea exiguo, cuando su renuncia no suponga beneficio alguno. 

         En cuanto a su origen, parece tratarse de un aforismo ya presente en la tradición latina: melius est il quam nil. Su carácter universal resulta evidente y prueba de ello es que se registra en la práctica totalidad de los acervos aforísticos de las lenguas romances (además de en otras lenguas), con expresiones casi idénticas al español: «mieux vaut peu que rien», «meglio poco che niente», «mais vale pouco que nada» o «val més aixó que res». 

         Aparece registrada por primera vez en Castilla, en una compilación de mediados del siglo XIV, los Proverbios moralesde la que es autor el poeta judío sefardí rabí Sem Tob: «Non dezyr nin fazer,/ non es cosa loada, /quanto quier de placer,/ más vale algo que nada». Viene aquí referido al valor de las palabras frente a los hechos. El término «algo» puede tener un significado abstracto o indeterminado o puede actuar como sustantivo (hoy en desuso) para referirse tanto a bienes o hacienda como a dinero. A partir del siglo XV vuelve a reaparecer el dicho en los refraneros, asociado a bienes o fortuna o en el sentido de proteger la propia hacienda. Con este significado lo recogen varios paremiólogos en diversas compilaciones de los siglos XVI y XVII. Incluso Cervantes lo pone en boca del ingenioso hidalgo en uno de los pasajes del Quijote. 

         Pero más allá de su origen, lo cierto es que este modismo aforístico se ha acomodado al habla de las islas con cierta facilidad, si consideramos lo recurrente del dicho en el hablar común de su gente. 

Con ello se advierte, en forma de oración comparativa, que no se deben despreciar las cosas por muy pequeñas o por la poca entidad que posean. No plantea aquí sin embargo –en nuestra opinión– el antagonismo  entre la escasez y la abundancia, sino que trae a colación el contraste de una situación de escasez o «no abundancia» frente a la hipotética ausencia total de cualquier otro recurso. El dicho, aunque en cierto modo conformista, no está exento de cierto positivismo, por cuanto su sentido práctico apuesta por resaltar los aspectos efectivos que una situación, a priori adversa, pueda suponer. «A buen hambre no hay mal pan (o no hay pan duro)» o «mejor pan duro que ninguno» rezan dos aforismos antiguos y afines al anterior que mantienen un significado similar: cuando la necesidad aprieta, hay que conformarse con lo que se tiene y no despreciarlo, sino aceptarlo con gratitud.

Y es que a falta de pan…

 

Esperar(se) a los huevos del gallo

Esperar(se) a los huevos del gallo

Luis Rivero. Suplemento de Cultura diario La Provincia/DLP, sábado 3 noviembre 2018.

«Esperar a los huevos del gallo» se dice cuando alguien se encuentra ante la imposibilidad de que avenga algo por haber dejado pasar la oportunidad;  es decir, estar esperando en balde algo que ya no puede suceder y que, de hecho, es imposible realizar por ser demasiado tarde. Este modismo tiene un sentido similar a otras expresiones de uso más corriente como: «espérate sentado» («porque de pie, te cansas», se suele añadir), para dar a entender con ironía que la espera puede ser larga, cuando no interminable; esto es, algo que no llegará nunca a ocurrir.

En alguna isla se escucha también una versión similar: «ahora, agárrate a los huevos del gallo» para referirse a una oportunidad perdida de conseguir algo, a malograrlo. Tendría esta un valor similar a la expresión cuartelera «ir a reclamar al maestro armero» (que ya hemos comentado en estas páginas). En este caso, «agárrate»  (al igual que «espérate») es un modo de advertir que no hay nada que hacer y que es inútil cualquier expectativa de que algo ocurra por resultar imposible. Con ella se compara hiperbólicamente una situación o presupuesto que difícilmente puede acontecer, poseyendo a veces un carácter admonitorio, incluso preventivo.

La expresión «los huevos de gallo» posee en el español de América un valor diverso: «estar pensando en los huevos del gallo» se refiere a alguien que está «pensando en las musarañas», es decir, para significar «estar en las nubes» o «estar en Babia».

 Cierta mitología oriental, procedente de la China, habla del gallo celestial, también conocido como gallo del alba –presumimos que por su canto madrugador– de porte majestuoso y áureo, se dice que pone huevos de verdad, de los que salen pollos de cresta roja y a quien se le atribuiría la paternidad primigenia de todos los gallos de la Tierra. Pero esto parece  más bien de un cuento chino, por lo que conviene no darle demasiado crédito. Pues es bien sabido que –prodigios de la naturaleza y milagros de la ingeniería genética, aparte– no es al gallo a quien corresponde esta función reproductora. Aunque no sé yo hasta qué punto se trata solo de un cuento chino. Un aberrunto antiguo de Fuerteventura dice que cuando un gallo viejo pone un huevo barrunta muerte segura para la persona que lo coja. Esta vieja creencia de que los gallos alguna vez se dejan caer y ponen huevos, al decir de algunos, está muy arraigada en el pueblo; aunque –que se sepa–  nadie ha visto nunca un huevo de gallo.  No obstante, el vulgo sostiene la certeza de que los pone y sus consecuencias, por lo que parece, no son auspiciosas. Vaya usted a saber a quién se le  atribuye el augurio, pero en cualquier caso es siempre preferible no esperarse a los huevos del gallo y hacer las cosas cuando se tienen que hacer, a su debido tiempo, porque después ya no hay remedio.

 

Dios castiga sin piedra ni palo

Dios castiga sin piedra ni palo

Luis Rivero. Suplemento Cultura de La Provincia/DLP

 

El origen y el anonimato de los refranes nos lleva la mayoría de las veces a considerar que estos son fecundados por la propia intuición, por la experiencia vital, por el ingenio –a veces mordaz o irónico–, por la observación cotidiana de los distintos elementos del entorno y, en definitiva, por la sabiduría del pueblo adquirida durante siglos. Pero también son reflejo de las propias creencias. Creencias que a veces van de la mano de la fe y de la religiosidad de la comunidad que construye sus propias «verdades» aforísticas que a la postre funcionan como principios orientadores en la vida y sus vicisitudes, a modo de adoctrinamiento colectivo.  

         En una sociedad como la nuestra que hunde sus raíces culturales en la tradición judeocristiana es muy difícil sustraerse a tales influencias. Y buena prueba de ello es la gran cantidad de modismos, expresiones y refranes que ponen a Dios por testigo o como protagonista de su enseñanza. Por citar algunos aforismos antiguos: «Dios está en el cielo y ve las trampas»; «Dios sabe la verdad de todo»; «Dios hace salir el sol sobre buenos y malos»; «Dios está en el cielo y juzga los corazones». Algunos de estos –recogidos ya en el Quijote– son transcripciones cuasi literales de pasajes de la Biblia. Pero constatamos también otros viejos refranes muy usuales, como el que dice: «Dios aprieta pero no ahoga» o «a Dios rogando y con el mazo dando». Todos ellos dejan clara su marcada influencia religiosa. 

La paremia comentada, «Dios castiga sin piedra ni palo» (que es una de las varias versiones que conocemos), forma parte del refranero popular español, pero su  uso ha encontrado acomodo en el repertorio aforístico insular, hasta el punto de que casi ha adquirido carta de naturaleza en el habla isleña. Este dicho con impronta marcadamente bíblica viene a significar que quienes obran mal, reciben su merecido castigo de manera inesperada, a veces incomprensible y sorprendentemente. 

Nos sugiere la idea de un principio retributivo que se explica en base a una suerte de justicia kármica de la que parecen estar dotadas ciertas creencias y expresiones que así lo acreditan. Por otra parte, la matriz judeocristiana es patente. El dicho evoca la imagen del dios de la Biblia (entiéndase del Antiguo Testamento). Imagen que se corresponde con la de un dios justiciero que a veces ofrece las Escrituras y que tan pronto se puede mostrar «compasivo y misericordioso» (Éx 34,6), como transformarse en el dios «guerrero» (Éx 15,3), «vengador» (Nah 1, 2) «fuego devorador, un Dios celoso» (Dt 4, 24),). En definitiva, un dios vengativo y terrible que a menudo amenaza a sus propios secuaces con carantoñas tales como esta: «Daré suelta sobre vosotros al terror, a la tisis y a la fiebre, que os abrasen los ojos y os consuman la vida» (Lev 26, 16); u ordenar respecto a sus enemigos dar «muerte a hombres y mujeres, a muchachos, niños de pecho, a vacas y ovejas, a camellos y asnos» (1Samuel 15, 3).

Y en esa especie de bipolaridad «divina» con la que se manifiesta este Elohim bíblico, entre dios misericordioso y dios vengador [al menos así se deduce de la lectura literal del A.T., auténtica compilación etimológica de buena parte de nuestro refranero], aparece un ecléctico dios justo y ecuánime que «premia a los buenos con el cielo y castiga a los malos con el infierno», según pregonan los cánones de adoctrinamiento. Y este parece ser el soporte ideológico del dicho aquí comentado. Sentencia que cuando se proclama como admonición, visto lo visto, es para «agarrarse los calzones» o como también se suele decir: «que Dios nos coja confesados».

De tal palo, tal astilla

De tal palo, tal astilla

Luis Rivero. Suplemento Cultura La Provincia /DLP

El comportamiento del hombre, al igual que el de otros animales que poseen cierta organización grupal, viene determinado en gran medida por la herencia genética. Esta se transmite a través del material genético existente en las células y comprende características anatómicas, fisiológicas, capacidades emocionales y cognitivas conformadas por nuestro ADN. Es  esta en última instancia la idea clave que subyace en este dicho: «el modo de ser»  –por así decirlo– se transmite  de padres a hijos en forma de herencia genética.

 

El dicho, pues, viene a significar que la mayor parte de las cualidades, características y comportamientos presentes en un individuo son adquiridas de sus progenitores o del entorno familiar. Y más específicamente son heredadas genéticamente, aprendidas o asimiladas por imitación (sobre todo, en este último caso, cuando se trata de actitudes o comportamientos).

La voz «palo» (madera) no parece casual si consideramos que la metonimia nos reporta, aun subliminalmente, a la idea de árbol como arquetipo de árbol genealógico y por ende, de parentela genética. El árbol genealógico se representa gráficamente en forma de árbol propiamente dicho o bien de «tabla» (otro tropo subliminal que porta a la misma idea de madera, palo, astilla…). El «árbol del saber» o «árbol de la vida» aparece como idea primaria que puede relacionarse con el código genético.

La «astilla» es una muestra representativa de la madera de la que se extrae. Una porción del todo que –cual célula madre– guarda idénticas características y presenta las mismas propiedades que su matriz.

A título de curiosidad, recurriendo al «metalenguaje» del «mito» creacionista de la tradición judeocristiana, nos encontramos con lo que pudiera ser otra coincidencia significativa: cuando se describe en el Génesis el jardín del Edén, se habla –según la tradición–  del «árbol de la vida». En el texto original hebreo se denomina etz que tiene un valor polisémico y significa no solo ‘árbol’, sino también ‘madera’, en el sentido específico de material de construcción. Lo que figuradamente nos trae la imagen del «árbol de la vida»  como algún tipo de elemento de construcción o elaboración de vida…

 

Los usos de la expresión «de tal palo, tal astilla» pueden tener un sentido positivo como halago o alabanza de alguien por una actitud loable y destacada (en estos casos a veces se expresa con valor similar: «de casta le viene al galgo»),  o un sentido negativo cuando se juzga la actuación de un vástago como si se reprochase al propio progenitor del que parece ser una réplica.

«De tal palo, tal astilla» es una frase proverbial que aunque muy usada en las islas, no obstante, no es propia ni exclusiva del repertorio aforístico canario. En sus distintas variantes su uso es frecuente tanto en España, como en el Archipiélago y en América.

 

Con igual o similar significado y –esta sí– de uso más propio del español de Canarias y América, nos encontramos con esta otra expresión que dice: «hijo de gato caza ratones» (que igualmente obedece a muy variadas versiones). Con soporte en la misma «idea-fuerza» de la herencia genética, se recurre en este caso, como es habitual, a «elementos» del imaginario doméstico (gatos/ratones) para significar cuan grande es la influencia que ejercitan los padres sobre sus hijos a la hora de conformar el propio carácter, dar ejemplos a seguir y en sus hábitos de comportamiento. Se hace referencia básicamente a la observación/emulación  como criterios de aprendizaje/comportamiento. Lo que se resume  en una  explicación usual: los niños imitan lo que ven hacer a sus padres. Que en definitiva es lo que la moderna ciencia atribuye a la función de las llamadas neuronas espejo presentes en el cerebro de humanos y animales. Que es lo que explica la razón por la cual el «hijo de gato caza ratones».

 

¡A reclamar al maestro armero!

¡A reclamar al maestro armero!

Suplemento Cultura La Provincia/DLP , sábado 13 octubre 2018. ​Luis Rivero

Expresión de origen militar a la que se suele recurrir cuando no existe la posibilidad de reclamar o protestar por algo que ha resultado fallido o frustrado. Aunque se trata de una frase recurrente, no es patrimonio exclusivo del acervo fraseológico del español de Canarias, sino de uso general en otros dominios.

Los posibles orígenes de este modismo hay que buscarlos en el contexto de las reformas borbónicas del siglo XVIII.  Cuando el rey Felipe V afrontó la remodelación de los ejércitos sustituyendo los antiguos tercios por un nuevo modelo militar basado en brigadas, regimientos, batallones, compañías y escuadrones. Entre otras novedades introdujo los fusiles y la bayoneta que sustituirían a las picas como arma de infantería. Con ello aparece la figura del maestro armero que era el soldado experto que se encargaba de arreglar o reparar y mantener en buenas condiciones de funcionamiento las armas de fuego; a él se dirigía la tropa cuando los fusiles presentaban algún defecto. Ante la novedad, es probable que la soldadesca acudiera al maestro armero para exponer o lamentarse por cualquier problema, aún de poca importancia (quién sabe si incluso para quejarse por supuestos defectos a los que responsabilizaban de su mala puntería). En cualquier caso, se apunta como probable origen y sentido de la frase «¡vete a reclamar al maestro armero!» al hecho de que el daño causado por el mal funcionamiento de un arma de fuego pudiera resultar de irremediable y fatales consecuencias, frente a lo que no se podía hacer nada para remediarlo; o porque cualquier reclamación al maestro armero era realmente inútil, al carecer de un rango determinante en el escalafón.  Con el tiempo pudo haberse lexicalizado la expresión que acabaría usándose ante cualquier exigencia o reproche, para referirse a un hecho que no tiene remedio o a un infortunio para el que no se atisba solución. Lejos del rigor y boato marcial, se suele entonar con cierta sorna o escarnio frente al que ha de resignarse ante lo inevitable, desdramatizando la situación cuando esta no tiene remedio ni hay manera de enderezarla.          También se puede recurrir a esta frase cuando nos encontramos ante una situación en la que queremos eludir cualquier tipo de responsabilidad o situarnos al margen del acontecimiento, encogiéndonos de hombros, es decir, «hacerse el longui» para desviar la atención de la persona que nos exige o pueda pedir explicaciones. En definitiva, como el que se hace el loco o que no sabe nada para escurrir el bulto.