Más sabe el diablo por viejo que por diablo

Luis Rivero. Canarismos en suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

Ni la Biblia ni los tratados de demonología parecen revelar con precisión la edad que tiene este “individuo”, si bien se le suele considerar un ser muy longevo. La longevidad del demonio no es un hecho verificable, pero la sabiduría popular así lo cree y se da por sentado. Si consideramos que en la Torá hebraica (el Pentateuco) no se menciona al diablo, es fácil concluir que se trata de una entidad creada o concebida con posterioridad por la teología cristiana. De hecho solo el Nuevo Testamento habla del mentado sujeto y, con diversas designaciones, es citado en los Evangelios, en el Apocalipsis y en la literatura epistolar en al menos ciento treinta ocasiones. La teología se refiere a esta figura como un “ángel caído” que fue expulsado del cielo junto con otros colegas por desobediencia y rebelión contra Dios. Y a los que –según cuenta la tradición– les fueron amputadas las alas. Pero si consideramos que es en torno a los siglos IV y V cuando la iconografía religiosa comienza a figurar a ángeles y demonios como seres alados (con plumaje y todo), podemos hacernos una idea remota de la edad o primeras apariciones públicas del “maligno”. De la apariencia física y características intelectuales del demonio, más allá de su aspecto antropomorfo, a veces grotesco o deforme que es representado en los iconos medievales como un individuo de baja estatura, tuerto y cojo, en ocasiones, poco se sabe en realidad. En la paremiología no abundan tampoco las descripciones físicas del diablo, amén de la cojera (“El diablo cojo sabe más que otro”) y la senectud (“El diablo sabe mucho porque es viejo”). No obstante la falta de absoluta certeza sobre la edad y capacidad intelectual del diablo, parecen evidentes los atributos de la vejez y, por ende, su sabiduría. Y aquí vuelven a coincidir sabiduría popular o tradición folclórica con los dogmas teológicos. Sin embargo, en el Siglo de Oro, en el que probablemente podríamos situar el origen del dicho comentado, algunos autores mantienen reticencias contra la supuesta sapiencia diabólica. Hasta el punto de negar o atenuar las cualidades intelectuales de una fuerza antagonista a la omnisciencia divina, y opta por mostrar todos los defectos posibles, incluidas la necedad y la estupidez. Pero cuando la mentecatez y la bobería son consideradas como expresión de otra suerte de inteligencia, el diablo recupera el rango de “viejo sabio”. La mayoría de las veces, sin embargo, se ha reconocido a Satanás un alto grado de sabiduría. Y ello se explica por la subsistencia de sus cualidades angélicas originarias que no desaparecieron con la expulsión del cielo y aun cuando fue precipitado al vacío con las alas cortadas, y a su “existencia autoconsciente desde el principio de los tiempos”. Motivos por los que no podría negarse a semejante vejestorio una sabiduría por encima de lo común. Y de ahí el uso de expresiones tan recurrentes como: «¡Es más listo que el diablo/demonio!» o «¡es listo como el demonio!» que como exclamativas comparativas se refieren hiperbólicamente a la astucia y perspicacia de una persona. Lo que viene a confirmar la certeza y razón de lo que se predica, que son el paso de los años y la propia experiencia los que aportan una gran riqueza de conocimientos. O dicho en términos más afines al imaginario doméstico o común: «Ese es (un) perro viejo» o «tiene más ideas que un perro viejo», para querer significar que a la persona experimentada es muy difícil de engañarla o que alguien es muy astuto. 

Crónica de una pandemia anunciada


Profecías, predicciones, coincidencias significativas y otras cuestiones en torno a la Covid-19: desde Nostradamus pasando por Obama, Anthony Fauci, Luc Montagnier o el inquietante Evento 201

Luis Rivero 08.05.2020 |Suplemento Cultura La Provincia/DLP y El Día/La Opinión de Tenerife

Hay un límite al número de veces que puedes escupir a alguien a la cara y decirle que llueve.Barbara Boyd 

Aunque las artes adivinatorias son casi tan antiguas como la humanidad, cuando se habla de adivinaciones se hace inevitable pensar en Nostradamus. Estudiosos y seguidores de Las Profecías del galeno francés aseguran de la predicción de un buen número de acontecimientos históricos que con el tiempo se adveraron. Hay quienes afirman que la Centuria II, cuarteta 53 de sus profecías es un vaticinio preciso sobre la epidemia de Covid-19. Pero hay que decir que la lectura del oráculo provenzal es de un lenguaje enigmático y de una ambigüedad tal que podría referirse a cualquier otra cosa. (Como cuando tu astrólogo te hace la carta astral y no se moja, y recurre a circunloquios y metáforas que nadie entiende). 

Más modernamente, un libro titulado El código de la Biblia de Michael Drosnin afirma que en la Torá se encontrarían encriptadas toda una sucesión de revelaciones premonitorias. El asesinato de Isaac Rabin o los atentados del 11-S habrían sido predichos en la Biblia. El descubrimiento, que se atribuye al matemático israelí Eliyahu Rips, ha sido contrastado por expertos -según su autor- y existe un programa informático de búsqueda sobre la base de palabras claves. Hay quienes aseguran que la voz Covid19 (en caracteres hebraicos) figura entre la nomenclatura del texto bíblico. Por buscarle un punto débil al método, sin quitarle mérito, hay que decir que el hebreo bíblico es una lengua de escritura consonántica y sin solución de continuidad, sin espacios de separación entre los vocablos, esto es, sin matrices (que se diría en términos modernos). Para entendernos, la búsqueda de vocablos reveladores encriptados en el texto sería algo así como si Dios hubiera querido jugar con nosotros, no ya a los dados, sino a la sopa de letras. Además el hebreo masorético goza de una extraordinaria polisemia en sus palabras y cada letra tiene un valor numérico. De modo tal que una misma palabra puede significar varias cosas a la vez que poco o nada tienen que ver entre sí. 

Pero los que se llevan la palma en predicciones son, de lejos, Los Simpson. Veamos algunas profecíassorprendentes de esta popular serie de dibujos animados. Un episodio del 2000 predijo la presidencia de Donald Trump, cuando el magnate norteamericano ni siquiera había decidido presentarse a las elecciones. En otro capítulo de 1997 hablaban de una epidemia de Ébola que habría golpeado el continente africano, cuando el virus malamente era conocido por un reducido grupo de científicos, predicción que fue confirmada por la difusión real del virus en 2015. Sin duda el augurio más sorprendente es el que hace un episodio de la cuarta temporada (1992/1993): un virus gripal de origen asiático se extiende por toda la ciudad de Springfield. La epidemia aparece a raíz de que algunos habitantes hacen compras en una web asiática a través de Internet. Cuando reciben los paquetes en sus casas se contagian. Hay quienes han querido ver en este episodio una premonición del Covid-19. 

¿Casualidades?, ¿coincidencias significativas?, ¿premoniciones? 

Sea lo que fuere, quien de verdad ha dado muestras de auténticas dotes adivinatorias es el presidente Obama. En diciembre de 2014 (03/12/2014) durante un discurso centrado en la justificación de destinar fondos a la investigación -en lenguaje cuasiprofético- se refirió a la necesidad de estar preparados para afrontar la llegada de una enfermedad desconocida, que, en un mundo globalizado tendría una velocidad de propagación mucho más rápida de la que pudo tener una gripe de similares características en el pasado. En un tono más apocalíptico, Anthony Fauci, en otro discurso en la Universidad de Georgetown en 2017, se referiría con bastante precisión a un brote epidémico sorpresa y advirtió de que habría que afrontar desafíos con enfermedades infecciosas. AD

Con tales vaticinios se habría podido hablar de auténticos visionarios si no fuera porque en noviembre de 2015 la revista Nature ( Nature Medicine, 09/11/2015) publicaba que un grupo de científicos chinos trabajaba en la elaboración de una “quimera”. La creación de un virus extraído del murciélago y que podría infectar a los humanos. De esta publicación se hizo eco el programa de divulgación científica de la radiotelevisión pública italiana (RAI3) Leonardo (emitido el 15/11/2015). Este híbrido habría sido creado en laboratorio a partir de una proteína de un coronavirus extraído de un murciélago e injertado en un virus del SARS (síndrome respiratorio agudo severo) de una rata. El experimento -señalan estas fuentes- confirmó que el virus podía infectar a los humanos. Motivo por el cual varios científicos en el ámbito internacional se habían mostrado preocupados por los riesgos que suponía la experimentación, aunque esta continuó adelante. Un año antes (en 2014) la Administración norteamericana había suspendido las ayudas a esta investigación. No obstante, esta moratoria no detuvo los trabajos, que se encontraban en fase muy avanzada. 

En resumen, los juicios agoreros del presidente Obama (en 2014), entonces inquilino de la Casa Blanca, y de Anthony Fauci (en 2017), a la sazón ya director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, no parecen atribuibles a sus habilidades como pitonisas, sino a que, quizás, algo debían saber sobre el asunto. 

Recientemente, esa especie de ministerio de la verdad que son las llamadas agencias fact checkinghan salido al paso matizando la información publicada por la prestigiosa revista científica y por la televisión pública italiana. Así se han afanado en lanzar comunicados con manifestaciones tales como: “No existe evidencia científica de que la actual cepa del virus fuese creada en un laboratorio” (sic). 

Sin entrar ahora en los misterios de su aparición, puesto que estamos hablando de oráculos y vaticinios, no podemos pasar por alto, sin embargo, que el Premio Nobel de Medicina 2008, el profesor Luc Montagnier, afirmó recientemente en una entrevista concedida a la cadena de televisión francesa CNews que el Covid-19 es resultado “de una manipulación” humana, es decir, “no es natural” sino un trabajo “minucioso de biólogos moleculares”. Pero las palabras del experto virólogo (descubridor del virus VIH) también han sido censuradas por agentes del ministerio de la verdad

No sé si hay que hablar de clarividencia, de predicción o de pura casualidad al afrontar la gran simulación pandémica Evento 201 celebrada en octubre de 2019; un experimento sociológico sin precedentes organizado por el Centro Johns Hopkins para la Seguridad de la Salud, el Foro Económico Mundial y la Fundación Bill y Melinda Gates. El propio Centro Johns Hopkins explicaría en un comunicado que no se trataba de una predicción. Pero a la vista de lo que está sucediendo, las coincidencias resultan inquietantes. “Para el escenario, modelamos una pandemia ficticia de coronavirus, pero declaramos explícitamente que no era una predicción. En cambio, el ejercicio sirvió para resaltar los desafíos de preparación y respuesta que probablemente surgirían en una pandemia muy severa”, señalaba el comunicado. Todo esto -repito- sucedió en Nueva York el 18 de octubre de 2019, y aunque la noticia tuvo escaso eco mediático, ha saltado a la palestra recientemente ( diario16.com 13/03/2020). El objetivo -según sus organizadores- no era otro que la puesta en escena de una eventual pandemia y examinar así cuáles serían las consecuencias sanitarias, económicas y sociales. El escenario descrito es de auténtica distopía. Evento 201 simula un brote de un nuevo coronavirus transmitido de murciélagos a cerdos y a humanos, de fácil contagio entre personas. Esto lleva a una pandemia severa. “El patógeno y la enfermedad que causa se basan en gran medida en el SARS, pero es más transmisible en la comunidad por personas con síntomas leves”. Tiene su foco “en granjas porcinas en Brasil, de manera silenciosa y lenta al principio, pero luego comienza a propagarse más rápidamente en entornos de atención médica”. Con una especial incidencia en los barrios populares de las grandes metrópolis de América del Sur, la epidemia explota. Se extiende por transporte aéreo a Portugal, Estados Unidos y China, y después a otros países, hasta quedar fuera de control. 

Si de un episodio de ficción se tratara, habría que decir aquello de “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. 

No sé ustedes, pero yo a veces tengo la impresión de estar soñando. Como le ocurriera a Santiago Nasar (personaje de ficción de Gabriel García Márquez) que la víspera del día en que lo iban a matar había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna fina, y se sintió feliz por un instante. De repente despertó y se dio cuenta de que eran cagadas de pájaros. No sé si las cagadas de pájaro son un buen o un mal augurio en el arte de la oniromancia, pero temo que cuando despertemos sea ya demasiado tarde.

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Ponerle una vela a Dios y otra al diablo

Luis Rivero 08.05.2020 |Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP y suplemento Cultura El Día de Tenerife/La Opinión de Tenerife

Este antiguo aforismo castellano, no infrecuente en las Islas, tiene también un carácter universal. Se usa para expresar que conviene estar a bien con todo el mundo, máxime cuando se trata de relacionarse con grupos o personas en clara rivalidad entre ellas. De manera que cuando la situación sugiere o exige inclinarse por una de las partes en contienda, mejor evitarlo y hacer lo posible por quedar bien con ambas. Así se dice de quienes quieren permanecer sin tomar partido, “sin mojarse”, para no correr riesgos, “y encenderle una vela a Dios y otra al diablo” si es preciso. El carácter universal de esta locución proverbial viene documentado por la presencia de versiones similares en algunas lenguas y culturas de nuestro entorno. A saber: en italiano por ejemplo existe la forma aforística: “È bene accendere una candela a Dio e due al diavolo”; en francés: “Ménager la chèvre et le chou”; en portugués: ” Acender uma vela a Deus e outra ao Diabo”; o en inglés: “It’s good sometimes to hold a candle to the devil”

La vela encendida forma parte de la simbología litúrgica en diversas religiones, entre ellas la cristiana. El ritual se asocia o tiene en general un carácter votivo, de súplica, petición o ruego que se eleva (como una llama) hacia la divinidad venerada. Como luminaria, la candela encendida es señal de esperanza, de vida. Pero indaguemos en los entresijos de la expresión. Más allá de la imagen que sugiere una ecuánime devoción a dos figuras antagonistas, la significación podría obedecer a una idea tan simple como la que pregona literalmente el dicho. Nos ha parecido ver una posible explicación a este proceder en el texto fundamental de la tradición judeocristiana. En un pasaje del primer Libro de los Reyes (1Re 11, 6-8) se cuenta que Salomón “iba en pos de Astarté, diosa de los sidonios, y de Milcón, abominación de los amonitas”. Y por entonces el rey Salomón edificó un altar a Camós (dios de Moab) y otro a Milcón (dios de los amonitas). “Lo mismo hizo con todas sus mujeres extranjeras que quemaban incienso y sacrificaban a sus dioses”. El rey Salomón, de quien dice la tradición que era muy sabio, lo sabía: era mejor estar a bien con todos porque “nunca se sabe”. (O como dicen los ingleses: “a veces es bueno mantener una vela al diablo”, por si acaso?). Astarté, Camós, Milcón, Adramélec, Anamélec, Baal-Zebub, entre otros, son parte de la nomenclatura de Elohim (según la voz hebraica), llamados dioses, que aparecen en el Antiguo Testamento (en el que es evidente el “politeísmo”) y que, a la sazón, “gobernaban” distintos territorios. 

¿Pero qué pinta el diablo en todo esto? Del diablo y del infierno, como construcciones de la dogmática cristiana, sencillamente no hay ni rastro en el A.T. Hay dos trazas que pueden inducir a las construcciones teológicas posteriores. Una es el nombre de Baal-Zebub (dios cananeo de Ecrón), es decir uno de los rivales del dios de Israel, del que parece haber derivado Belcebú. La otra referencia es a Satán que no significa ‘príncipe de las tinieblas’ ni nada por el estilo, sino como explica la filología bíblica se traduce como ‘antagonista’ o ‘acusador’, una figura similar al ministerio fiscal contemporáneo. Lo que ocurre es que la Biblia de los Setenta (la Septuaginta), es decir, el texto escrito en griego en el siglo III a.C. sustituye el término hebraico Satán por el griego diabolos (que significa ‘acusador’, ‘calumniador’). Sobre cuyos términos la teología ha construido esa figura. La creencia en el cielo (reino de un dios bueno), así como en el infierno (reino del dios malo) es dualista desde su origen y no existe indicio alguno de esta en el A.T, como tampoco hay nada que fundamente el monoteísmo. De hecho hay quienes piensan que el monoteísmo histórico no es más que un batiburrillo de tendencias politeístas, dualistas, monoteístas y animistas. Los creyentes asumen con naturalidad el dogma en un dios monoteísta, pero también creen en el diablo dualista [quizás porque la teología no puede evitar sentirse atraída por esta dicotomía para afrontar (¿o justificar?) el problema del mal] en concurrencia con un politeísmo hagiográfico y toda la doctrina escatológica. 

Y este es -creemos- el trasfondo ideológico/teológico que subyace en un dicho tan simple como el enunciado. Y quizás así se entienda mejor cuando se dice que “hay que tener amigos hasta en el infierno”.

Con gofio y jareas, hasta diez mareas

Luis Rivero 22.05.2020 | Suplemento Cultura La Provincia/DLP y El Día/La Opinión de Tenerife

Con gofio y jareas, hasta diez mareas

Con gofio y jareas, hasta diez mareas

De todos es sabido que el gofio de millo, trigo, cebada u otros cereales tostados ha sido desde antiguo un alimento básico en la dieta del isleño. Singularmente apreciado en épocas de carestía, periodos en los que resultó indispensable “para matar el hambre”. Antaño, en épocas de escasez, se confeccionaba también a base de cosco, barrilla, helechas o cualquier otro vegetal comestible que abundara. En el imaginario popular representa el sustento diario, elemento transferible por “el pan de cada día”, asociado a la saciedad. El gofio, podemos decir, es en la cultura canaria lo que el pan representa en las culturas occidentales europeas y euroasiáticas, fundamentalmente mediterráneas. De manera similar a lo que significa la “cultura del arroz”, elemento que identifica la dieta de los pueblos del Lejano Oriente, o “la del maíz”, producto identitario de las culturas amerindias. El gofio es también seña de identidad insular. No en vano el folclore popular está plagado de alusiones a este producto típico de la gastronomía isleña. 

Jarea se le llama a todo pescado jareado. El pescado capturado se orea y se seca al sol previo a lañarlo. Lañar es abrir el pescado por el lomo o por el vientre con un corte longitudinal para después salarlo. Las especies capturadas son generalmente sardinas, longorones y otros pelágicos, que una vez secos quedan listos para el consumo (se conocen también como pejines a las especies de pequeño tamaño). Se trata -a decir de algunos- de un manjar que se degusta rociado con alcohol o ron ardiendo para calentarlo. 

“Gofio y jareas”. Es sin duda una dieta “de gente pobre” que muchos relacionan con las hambrunas y los años de seca, sobre todo en las islas de Fuerteventura y Lanzarote. “Gofio y pejines”, sustento diario, dieta austera, casi espartana, pero suficiente para subsistir. De tal modo que ayuda a resistir “hasta diez mareas” si es preciso. Lo que no deja de ser una hipérbole, pero sugiere cierta predisposición al sacrificio y resistencia a las penurias, a los rigores del viaje, a los embarque durante las zafras. Esta primera parte del dicho conjuga el fruto del trabajo de la tierra (gofio) con los dones de la mar (jareas) que acaso evocando subliminalmente el milagro evangélico de la multiplicación “de los panes y los peces”, los parangona a la abundancia y la capacidad para sustentar a muchos. 

“Diez mareas”. Una marea (de pesca) es el tiempo que transcurre desde que sale un pesquero a faenar hasta que regresa a puerto. El tiempo de pesca se cuenta, pues, en “mareas” que pueden ser de horas, de días y hasta de semanas, según el tipo de embarcación (desde los barquillos pequeños de la flota artesanal de litoral con una jornada de varias horas a algunos palangreros más grandes que hacen mareas más largas), técnicas de pesca utilizadas y la zafra de que se trate. La zafra en el ámbito marinero es la temporada en que se pesca una determinada especie marina. Pero, ¿por qué diez mareas? Más allá del sentido hiperbólico que pretende transmitir, el número diez no queda exento de simbolismos, ya sean caprichosos o fruto del azar, pero que no escapan al influjo del inconsciente colectivo como “moderador” del dictado que conforma los dichos. Diez es el retorno a la unidad según los sistemas decimales; es final e inicio de una nueva serie, símbolo de realización para algunos y para otros representa incluso la totalidad del universo o el número de la perfección. 

Embarcarse, como idea subyacente, en un sentido alegórico pero también en sentido recto tiene mucho de viaje trascendente, de partida hacia lo ignoto. Cuando el marino sale a navegar se entrega a los vaivenes y avatares que el destino, la mar o el viaje le puedan deparar. Tiene en cierto modo un sustrato simbólico de sortear riesgos y peligros. Atrás, en tierra firme, quedan las certezas, la casa, la familia, el refugio seguro, y se parte hacia un mar de incertidumbres. Por ello el retorno a puerto, sano y salvo, siempre tiene algo de regreso a la Ítaca originaria, la mayor recompensa del marino. 

Es dicho, en su origen, de ambientes marineros, y como parte del idiolecto de los hombres de la mar se ha extendido a otros usos más genéricos. Quizás hoy poco usado, continua reflejando el espíritu de sacrificio y la especial predisposición a resistir. La referencia a la sobriedad pero suficiencia de la dieta ?-para el hombre de hoy- sugiere las duras condiciones y adversidades a las que deben hacer frente los marinos (pero de manera genérica concierne también a las situaciones de penuria o dificultad en tierra firme que forman parte de un pasado relativamente reciente). La rima asonante (de la primera parte del dicho: jareas con mareas, en la parte conclusiva) no parece casual, sino que busca facilitar la asimilación memorística de este aforismo gastronómico para su permanencia en el refranero popular, con especial arraigo en pueblos costeros y barrios marineros.

«Dichos y modismos de Canarias» de Luis Rivero

SOLTADAS
Victoriano Santana Sanjurjo

[1] «Pa’una cabra partía, un macho corcovao» solía decir mi padre cuando quería significar, grosso modo, que a una situación mala (“cabra partida”) le seguía, le acompañaba, le correspondía… otra que no era buena (“un macho corcovado”). No sé cuántas veces se la escuché decir durante los 36 años que supimos el uno del otro, sí sé que caló tanto en mi conciencia lingüística la frase que hoy en día la reproduzco cuando me encuentro ante un problema que parece arrastrar consigo otro. Es lo que diría, por ejemplo, si un día me ponen una multa de tráfico (un contratiempo) y, de regreso a casa, tengo un percance con el vehículo (otro contratiempo).

Desconozco el origen de la expresión y no sé si en su gestación cabe atribuirle a mi padre algún mérito, ya que solo se la oí decir a él. En este sentido, planteo su autoría y la niego con idéntico rigor. Esta incertidumbre es la misma que hubiese tenido también con muchas de las entradas que contiene este volumen, que eran desconocidas para mí hasta que me adentré en su edición. Si alguien, en medio de una conversación, hubiese dado cuenta de alguna de las que recogen las páginas que tienes frente a ti, es posible que yo no supiese si era una invención suya o, por el contrario, formaba parte de una tradición lingüística. Este no saber no me hubiera impedido, por otra parte, entender la expresión fija, pues el contexto saldría en mi auxilio y, en consecuencia, me permitiría reconocer su pertinencia dentro del discurso.

A la condición ignota del origen (el cómo) y la autoría (el quién), añado un tercer elemento que, a mi juicio, es relevante para lo que deseo compartir contigo: el dónde; o, dicho de otro modo, la determinación de si es adecuado o no ubicar el enunciado inicial y tantos afines que mi progenitor utilizaba en el acervo y la variedad del español a la que pertenecía. ¿Sería relevante para el trazado de un posible perfil de hablante isleño de «discursos repetidos», como los denominaba Coseriu [113],[2] el tener en cuenta aquellas particularidades de mi padre que, tal y como yo lo veo, podrían interesar para este propósito dialectal: cristiano viejo sin estudios, aunque no analfabeto, como lo demuestra el hecho de que fuera un lector que no aspiraba a ir más allá de la prensa local; que estuvo sujeto toda su vida, como sus ancestros, a los límites geográficos de Telde y, por extensión, a los que marcan el sureste grancanario; que jamás dejó de estar vinculado de manera activa y emocional con todo lo que tenía algo que ver con lo rural; gran amigo de conversadas y tertulias, siempre orales, por supuesto, donde solía mostrar una acentuada inclinación hacia las evocaciones de un pasado que, en ocasiones, se me antojaba literariamentedeformado, pues tan pronto fluctuaba entre la remembranza nostálgica de una edad dorada como sucumbía a la declaración de las penurias vividas en una supuesta edad de cobre y hierro? Insisto, aunque ahora de manera más escueta, en lo que persigo con la pregunta: ¿Son estas peculiaridades o sus pequeñas variantes las que permiten atisbar un perfil de usuarios de la lengua que, con sus actos de habla, han permitido la pervivencia de buena parte de las expresiones que contiene un volumen como el que nos ocupa?

Entre tantos «no sé», un «sí sé» taxativo: el recuerdo de oírle decir la frase de marras con la misma actitud[3] con la que también formalizaba otras que, gracias a obras como esta de Luis Rivero, quedan ubicadas por estos canarios lares con independencia de si cabe o no considerarlas de aquí.[4] Me vienen a la memoria algunas: «Hijo de gato caza ratones», «Arrecha», «Echarse fuera del plato», «No hay peor cuña que la del mismo palo», «Echarle de comer aparte» y un nada parco etcétera. Las utilizaba todas en sus textos tantas veces como las preposiciones y las conjunciones, y las inevitables pausas entre palabra y palabra.

La analogía con otras fórmulas expresivas (las reproducidas, por ejemplo), la frecuencia de su uso y, sobre todo, la actitud apuntada (perceptible, entre otras cualidades, por el tono)[5] me conducen a suponer, quizás erróneamente, que la suya era y es una expresión ancestral que participa de las cualidades más representativas de las frases hechas, a saber: su origen anónimo y popular;[6] su uso oral[7] y colectivo; y su condición de unidad semántica breve[8] que encierra un sentido metafórico[9] porque las voces que la componen no permiten deducir el significado, sino que este surge del conjunto,[10] de ahí que sus elementos constitutivos no sean reemplazables o re-combinables según las reglas actuales de la lengua, como señala Coseriu [113]; y de ahí, también, las notables dificultades que siempre traen consigo a la hora de ser traducidas.[11]

«Empero no es tan difícil el conocimiento de la lengua castellana por el caudal de sus voces y lo vario de su sintaxis, cuanto por los modismos que atesoramos. El diccionario nos da a conocer la significación de las palabras. La gramática nos enseña el valor de estas dentro de la oración, señalando a cada una su lugar respectivo; nos dice cómo hemos de moverlas y combinarlas; cuál es la que rige y cuáles son las regidas; cómo se usan las unas con las otras de manera que el maridaje, o si se quiere la concordancia, no sea contubernio monstruoso; nos preceptúa el acento con que debemos pronunciarlas, midiendo la cantidad de sílabas, y, por último, nos da reglas más o menos precisas para que las escribamos correctamente, ahora habida consideración a su etimología, ahora atendido el uso, jus et norma loquendi.

Diccionario y gramática no son materiales bastantes para levantar el grandioso edificio de una lengua. A las palabras, en sus múltiples combinaciones, mueve el espíritu nacional: en ellas alienta la vida de un pueblo y su particular y característica manera de ser. Son los modismos lo genial, por decirlo así, lo que de propio pone un pueblo en la lengua que habla» [Montoto, 7][12]

Esa apuntada ancestralidad y esas enumeradas características le confieren a la expresión paternal y a las que cabría etiquetar como congéneres una suerte de “contundencia” interpretativa o de autoridad, por decirlo de algún modo, que solo ha sido posible que se ganara gracias al empleo que de ellas han realizado innumerables hablantes. ¿Que de qué hablo? Pienso ahora en esa muesca que queda marcada en la conciencia lingüística de los receptores cuando la fórmula expresiva se deja caer en el discurso: ya nada parece cuestionable, ni da la sensación de que haya que hacer revisión o puntualización alguna. Se dice, se escucha, se acepta y todo parece quedar sentenciado. ¿Qué cabía decir cuando, después de contar los percances padecidos, cerraba mi padre su exposición con un terminante «ya, coño, si es que pa’una cabra partía, un macho corcovao»? Punto. Punto final. Solo hay hueco para esbozar una media sonrisa y deducir que el acto comunicativo o ha terminado o debe ir ya por otros derroteros.

Es posible que esta cualidad conclusiva de las frases hechas se deba a esa esencia poética que las envuelve, a ese aroma a cita literaria que desprenden estas unidades [Coseriu, 115] y que llegan a constituir todo un ejercicio retórico eficaz para deleitar, persuadir o conmover:

«El refrán, el dicho, se ha refugiado desde hace mucho -como toda la cultura de tipo tradicional- en los ámbitos más apartados de la sociedad, en los medios rurales y en el uso de las gentes menos letradas. Ahí, en esos ámbitos, ha podido seguir manteniendo su carácter predominantemente oral, propio de una “cultura” que, por “popular”, ha sido menospreciada por la cultura dominante, sin comillas de ningún tipo, urbana y escrita. Puede decirse entonces que el refrán es la cita del que carece de cultura, la retórica del iletrado. Y así, a medida que la instrucción pública, urbana y escrita, fue progresando el prestigio de los refranes fue decayendo hasta la estigmatización» [Trapero, 509].

En todo lo que he venido contando hasta ahora pensaba cuando, frente al propósito de componer este preliminar, me vino a la memoria el enunciado introductor y, con él, la imagen del énfasis con el que lo decía y el hecho de que logró que se adhiriese a mi idiolecto sin proponérselo; y, por añadidura, una sarta de dudas, desconocimientos y alguna que otra certeza de la que me he hecho eco hasta este momento y que, en un ejercicio de recapitulación sucinto, con vistas a esto que nos reúne y tomando como referencia su título (Dichos y modismos de Canarias), cabría sintetizar con el reconocimiento explícito de que, por un lado, no sé si la expresión paterna es merecedora de ser identificada como “dicho”, “modismo”, “giro”, “frase hecha”, “expresión”, “locución”, “discurso repetido”… a tenor de las características expuestas;[13] y, por el otro, en caso de gozar de este merecimiento, si es una expresión propia del español de Canarias.

Este ejercicio memorístico del que doy cuenta me condujo a una pregunta que creo muy oportuna porque atañe a la proyección que este libro puede generar en ti y en los otros lectores que, como tú, tienen la fortuna de disfrutar de este magnífico trabajo de Luis Rivero: ¿Formulo el enunciado cuando lo hago porque no sé decir lo que necesito expresar de otra manera? La respuesta es bien clara: No. Podría apelar a otras expresiones similares que vendrían a ser familiares de la que inaugura este preliminar, aunque con sus matices particulares: pienso ahora en «Ir de Guatemala a Guatepeor» y en, por no alargarme mucho más, en un «Para una talla vieja nunca falta un jarro sin asa»; o podría manifestar, sin metáforas ni juegos sonoros, que a este asunto negativo equis se le ha unido otro, si no peor, sí al menos igual de negativo. Podría echar mano de esa cualidad innata humana de la creación lingüística que tanto ha fascinado a Chomsky con su gramática generativa-transformacional y formular tantos mensajes diferentes como contratiempos merecedores de ser lamentados en voz alta fueran necesarios.

Podría utilizar otra fórmula, repito, pero siempre acudo a la misma; y lo hago, además, sin percatarme de ello y repitiendo sus particulares vulgarismos fonéticos, que oscurezco involuntariamente con el tono especial que empleo y el contexto de su uso para que mis interlocutores perciban (al margen de las señales que emitan su conocimiento del código que compartimos) la inserción de un conjunto léxico que no participa de las “técnicas del discurso”. La situación siempre es la misma: suceden A1y A2, y sale de mi boca B. ¿Por qué cuando hablo de A1 y A2 no puedo evitar concluir con un B más o menos así: «en fin, que pa’una cabra partía un macho corcovao»? Aventuro una respuesta: por comodidad. Reformulo la pregunta: ¿Por comodidad? Confirmo la contestación: sí, por comodidad, sin duda alguna. ¿Y cuál es el alcance de esa comodidad?, cabría preguntar. Yo diría que me siento cómodo con la expresión porque tengo asumido que se ajusta, se amolda, se adhiere a lo que vendría a ser mi reacción natural cuando se dan los hechos que la provocan. De todos los posibles modos con los que podría expresar la situación, el expuesto, dada mis reiteraciones, es el que logra encajar, no tanto con lo que deseo comunicar, sino con el cómo lo deseo comunicar.

Es posible que esta comodidad aludida tenga su razón de ser en una suerte de vinculación inconsciente que establezco entre la expresión señalada y un binomio fundamental para el campo de las unidades léxicas que abordo: por un lado, el espacio lingüístico donde se desarrolla mi modalidad idiomática, el canario; y, por el otro, el entorno cultural y social con el que me siento más identificado.

Siento que la locución me sitúa ante mi interlocutor de una manera diferente a si me hubiese expresado de otra manera, quizás porque me permite concebir la idea de que, además del contenido denotativo del mensaje donde se inserta el enunciado, expongo implícitamente una información que considero relevante porque en ella van mi actitud ante lo que comunico y las expectativas que espero se den en mi destinatario. Lo que espero, en el fondo, va más allá de la mera traslación de un dato entre hablantes competentes: por un lado, que me identifique lingüísticamente y que componga en su ánimo la conclusión de que la mía es, cuanto menos, una expresión oral que, probablemente, proceda del español meridional; por el otro, que el componente poético de la formulación no le sea indiferente, que esboce una sonrisa, que haga un gesto de extrañeza divertida (“¿cabra partía?”, “¿macho corcovao?”); por último, el ritual que encierra mi acto de habla tenga un remate que no “admita” réplica, que dicho el dicho flote en el ánimo lingüístico de quienes lo oigan una suerte de punto final que parezca acordar que del asunto tal ya no cabe señalar nada más.

Sí, por comodidad. Estoy más convencido ahora de ello porque pienso en lo que es en este caso la comodidad asociada a la comunicación lingüística: un mensaje breve que permite transmitir tanto; un mensaje con una configuración poética encerrada en el carácter metafórico que encierra; un mensaje que, por una parte, arrastre consigo el aroma propio de una reliquia del idioma heredada que, de tanto repetirse, no se cuestiona su validez y, por la otra, me sitúe en la comunidad de hablantes a la que pertenezco; un mensaje, en suma, que me permita establecer el tipo de relación que deseo mantener con mi destinatario en términos más o menos similares a como lo expuso Gili [95-96] en los siguientes términos:

«Es indudable que al emplear modismos en la conversación parece como si hiciésemos a nuestro interlocutor una confidencia, como si le diésemos participación en algún secreto. […]

Acaba de serme presentada una persona de educación semejante a la mía. Si en nuestra primera conversación esa persona usa con abundancia modismos como ‘cortar el bacalao’, ‘tener la sartén por el mango’, ‘ponerle a uno de chupa de dómine’, ‘dar coba’, etc., es probable que me parezca que se toma conmigo una confianza excesiva, algo así como si me tutease de buenas a primeras. Si esa persona me es simpática y estoy interesando en el asunto de la conversación, su lenguaje salpicado de modismos me acerca a su amistad y presiento, empleando otro modismo, que ‘vamos a hacer buenas migas’.

Ahora estoy hablando con un superior. Me guardaré muy bien de decir ‘rositas’, ‘pagar el pato’, ‘soltar el trapo’, etc., porque lo tomaría como una falta de respeto […]. En cambio, si él lo hace conmigo, me sentiré halagado por la confianza con que me trata […].

Estoy en una aldea en conversación con un campesino que me tiene por un señor de saber e importancia. Los modismos habituales en el trato de sus convecinos pueden brotar con espontaneidad, y a mí me harán el efecto de expresiones pintorescas llenas de sabor popular. Pero si él advierte que pueden parecerme irrespetuosas, y no sabe sustituirlas por otras, las rodeará de fórmulas eufemísticas que salven la distancia que nos separa. Dirá, por ejemplo: “Es un hombre que -como dicen- se cae del burro”. El “como dicen” es una disculpa por el empleo del modismo […].

El empleo frecuente de modismos supone, pues, un plano de confianza recíproca».

Mi contribución a la teoría de los discursos repetidos, como puede deducirse de lo expuesto hasta ahora, es inexistente en este preliminar: en primer lugar, porque nunca fue mi propósito abordar la cuestión realizando un estudio filológico sobre esta cuestión porque quod natura non dat… y porque porque las referencias que contiene la bibliografía consultada y disfrutada abordan este tema con la precisión, claridad y rigor que yo jamás podría conseguir; sobre todo las dos que me han servido de fiel guía para esto que lees: la introducción que hace Ángel Sánchez a sus Dichos canarios comentados y el extenso e interesante artículo de Maximiano Trapero donde se analiza precisamente la citada obra del galdense.

La autoridad que desprenden estos dos flamantes Premios Canarias y la de cuantos fueron objeto de mis felices lecturas, que satisficieron con creces mis necesidades formativas,[14] lograron situarme en el lugar que, entiendo, me corresponde, que no es otro que el de quien asume que nada tiene que añadir al asunto de los semas que unen y diferencian los numerosos vocablos asociados a expresiones fijas de la lengua; y que, en consecuencia, como nada puede aportar a la cuestión que sea mejor que el silencio, lo ideal es que no entre donde ni la prudencia ni el sentido común se muestran dispuestas al acompañamiento.

En segundo lugar, porque desde que me propuse componer estas páginas me fijé como objetivo, al margen de presentar el magnífico trabajo que Luis Rivero ha hecho, compartir contigo el concepto que representa el término comodidad para que, con la lectura de este libro, comprobases si cabe percibirlo en tu idiolecto. De ahí la pregunta que antes me formulé y que ahora te hago llegar: ¿Por qué utilizas los dichos y modismos que reflejan las páginas de este volumen, por ejemplo, cuando podrías decir lo mismo de otra manera? Las explicaciones de nuestro autor deberían permitirte descubrir qué hay dentro de tu extraordinario universo lingüístico y cultural que te impulsa al hecho de acudir a una frase hecha o, en sentido opuesto, que evites al máximo su uso.

Este descubrimiento apuntado no debería ser muy complicado a tenor de las cualidades que atesora este libro, que, con toda su carga sociológica, etnológica, histórica… a cuestas, se inserta en una tradición filológica hispana muy fecunda que, circunscrita a Canarias, cuenta con algunos títulos que merecen tenerse en cuenta y que dan buena fe del interés que el tema tiene, como señala el profesor Trapero al hilo de los Dichos canarios comentados de Ángel Sánchez que analiza en su ya apuntado artículo:

«No es la primera vez que un autor canario ha puesto en la cabecera de un libro suyo el título de “Dichos canarios” o alguno parecido. Antes que Ángel Sánchez lo había hecho, desde Gran Canaria, Orlando Hernández, con el título más peculiar de Decires canarios; y antes también, desde Tenerife, Cristóbal Barrios y Ruperto Barrios Domínguez, con Una crónica de La Guancha a través de su refranero; y mucho antes que todos ellos, en el siglo XIX, lo habían hecho Sebastián de Lugo, José Agustín Álvarez Rixo y Elías Zerolo, entre otros, aunque los vocabularios de éstos no fueran estrictamente y sólo de “dichos”. Quiero decir que el recoger en un libro una colección de “voces, frases y proverbios” o, con título más popular, “dichos” canarios no es una novedad ni editorial, ni menos lingüística en el panorama de la filología canaria, y sin embargo no decrece por ello el interés que cada uno de esos títulos tiene por sí mismo» [498].

Aunque sean detectables sus virtudes desde el primer instante de lectura, no está de más apuntar algo sobre estas que, sin duda alguna, embellecen este proyecto editorial y le conceden un valor que nadie que lo conozca le podrá negar. Para ello, me he propuesto sintetizar en un pentálogo las razones por las que el libro que nos convoca merece la pena que forme parte de los anaqueles de todas las bibliotecas, privadas y públicas; y con esta difusión, de paso, como tiene que ser, como no puede ser de otro modo, que entre a formar parte de todos los intelectos, sean de la condición que sean:

  • Libro desenfadado, ameno, amable, grato para iniciar tertulias,[15] indispensable como pasaporte memorístico a un pasado familiar y local enraizado en nuestra tierra: tras cada expresión, la sombra de quien la dijo, el momento donde fue dicha y el impacto que todavía queda en nuestra conciencia.
  • Lejos del estilo fatigoso y rebuscado que me caracteriza y que has padecido en estas hojas, es el de Luis Rivero todo un ejemplo de sencillez y accesibilidad que contribuye de manera muy efectiva con el propósito divulgativo que tiene esta obra y que le mueve, como dice Buitrago, a «eliminar la mayor cantidad posible de ese olor a laboratorio del lenguaje que desprenden los diccionarios».[16]

Su condición pedagógica sitúa el texto en una zona muy clara dentro del campo temático que le ocupa: sirve, por un lado, para resolver la curiosidad de un número no escaso de lectores que desean saber el significado de formulaciones que les son familiares porque las utilizan y porque, de alguna manera, les permiten ver reflejados en ellas situaciones donde han podido utilizarlas; por el otro, sirve además para adentrarse en el conocimiento y estudio de estos elementos del patrimonio lingüístico de una comunidad como la nuestra con independencia del nivel académico y profesión que atesoren quienes lleven a cabo esta labor educativa (discentes, traductoras, guagüeros, médicas, administrativos, docentes, etc.).

Por eso, porque tiene claro quiénes son sus destinatarios y cómo se ha de dirigir a ellos, huye de toda erudición que, frente al título, aleje al profano y ponga en guardia al especialista. No busca sentar cátedra ni erigirse en una autoridad de la materia, aunque baste una lectura somera a sus explicaciones para concluir que estos Dichos y modismos de Canarias, desde el momento de su publicación, ya se han convertido en una obra de indiscutible referencia para el asunto que aborda.

  • El hecho de que no haya sujeción alguna a la cantidad ni a unos criterios de selección estrictos en su minuciosidad permite al autor escribir sin sentir la presión sobre los cuánto y los por qué, lo que termina notándose en la actitud amable que transmiten las páginas del volumen. En tanto que el título del libro no señala el número total de dichos y modismos que contiene, ¿qué más da que sean cien, ochenta o ciento veinte, por decir a voleo algunas cifras? En este sentido, sea cual fuere la cantidad final, lo cierto es que siempre sería representativa de un número total de locuciones muy difícil de cuantificar. Lo bueno del caso es que, dado que este libro solo contiene una muestra, intuyo que mínima, y dada la calidad que atesora, es inevitable que surja la necesidad de plantearle a su autor que, más pronto que tarde, tenga a bien acometer la tarea de ampliar este tomo siguiendo los parámetros adoptados. ¿Para cuándo, pues, apreciado Luis, el segundo volumen?

Por otro lado, considerando que no se aportan estadísticas ni se cuantifican usos y/o conocimientos, la selección de los dichos queda sujeta al criterio particular de nuestro autor, quien, como persona sensata e instruida que es, ha tenido el buen proceder de no defender el que las cien estructuras fijas que ha escogido sean las más utilizadas en el español de Canarias. El determinar el nivel de representación de estos dichos en los actos de habla es algo que te corresponde a ti y que podrás fijar después de ejercicios lectores como el de la comodidad que te he propuesto hace ya varios párrafos.

  • El título se inserta en una voluntad del autor por dar luz sobre aquellos significados más difíciles de entender. Este espíritu semántico guio su Vocabulario satírico de español urgente (Idea, 2015), que Ángel Sánchez, en el prólogo, valoró en estos términos: «Ya era hora de que alguien se inclinara analíticamente sobre el neo-lenguaje, invasivo y mimetizado con la rapidez con que lo hace, y expusiera en claro estilo el encriptamiento que los hombres públicos hacen de sus líneas programáticas para seducir al personal con ‘palabros’ de última generación» [14-15].[17] Y este espíritu también está presente en la obra que nos ocupa, aunque los objetos de estudios no sean equiparables (geronto-lenguaje frente a neo-lenguaje) y difieran las “actitudes” con las que se abordan los contenidos: más crítica y ácida en el título de 2015, más amable y, hasta cierto punto, entrañable en la que nos ocupa.
  • Con independencia del mayor o menor grado de canariedad que atesoren los dichos y modismos abordados por Luis Rivero [v. Trapero, 503-504], las piezas lingüísticas que adornan nuestras páginas, gracias a esa especial seña de identidad que atesoran y que se erige en una manera de reivindicar un proceso comunicativo exclusivo de un entorno geográfico como el nuestro, representan una hornada de expresiones válidas para escritores canarios que han superado el infantil temor a ser considerados incultos o chabacanos por utilizar el vocabulario de su región:

«Afortunadamente, no todos los escritores piensan de la misma forma. Ahí están los casos ejemplares de Viera y Clavijo, Ángel Guerra, Alonso Quesada, Benito Pérez Armas, Alfonso García-Ramos, Isaac de Vega, Rafael Arozarena, Víctor Ramírez, etc., por citar solamente unos cuantos nombres de los más representativos. El vocabulario canario aparece empleado en sus obras con toda la naturalidad del mundo» [Morera, 96-97].[18]

A esta nómina le añadiría yo ahora otros nombres: Víctor Álamo de la Rosa, José Luis Correa, Alexis Ravelo, Emilio González Déniz…

LA EDICIÓN

Al margen de las labores propias de toda edición textual (lectura con voluntad de revisión profunda, acciones oportunas inherentes a la función propia de quien tiene que intervenir en un original -borrar, modificar, añadir, etc.-, disposición formal del texto para que el acceso a la lectura sea diáfano…), la principal intervención hecha en el libro tiene que ver con el proceso que conlleva cambiar el canal de comunicación, aunque el primigenio y el actual pertenezcan a la escritura en soporte papel.

El que apareciesen los escritos que componen este volumen en el periódico La Provincia/Diario de Las Palmas, con las lógicas limitaciones que impone la caja, y que ahora vean la luz en un libro como el que tienes frente a ti, a priori sin necesidad de preocuparnos por el espacio, condujo a la adopción de algunas decisiones sobre el texto que, sin duda, serán detectables para quienes conocían la primera versión, la de la prensa: hay más párrafos en cada entrada, lo que no presupone que haya necesariamente más información, sino que muchos puntos y seguido se han convertido, para mejorar la lectura y respetar el sentido de lo expuesto, en puntos y aparte; y muchos de los paréntesis que aparecían originalmente como aclaraciones o exégesis se han resuelto como notas a pie de página para facilitar el tránsito lector.

También percibirá ese lector de la primera versión que se ha establecido un criterio más uniforme a la hora de fijar las comillas, ya sean estas simples, ya españolas o inglesas, para informar sobre significados, reproducir ejemplos o citas literales o destacar voces; y que se ha limitado el uso de las cursivas para no desvirtuar la función que deben representar.

Hay contenidos que se repiten en algunas entradas. Es normal esta repetición en el medio original donde vieron la luz, pues entre dos expresiones podía haber una distancia temporal de muchas semanas, meses o años, y era más complicada que se diera en los lectores la percepción de información ya suministrada. La inclinación natural ante un contenido repetido es a suprimirlo en algún dicho, pero esta decisión, repito, con toda su lógica a cuestas, no se llevó a cabo porque se pensó en cómo debía abordarse la lectura de este libro: con libertad absoluta para que el viaje por las páginas obedezca al deseo de conocer tal o cual expresión puntual. No es este un relato con principio, nudo y desenlace, sino una obra puntual que, como tal, está llamada a consultarse tantas veces como se quiera y se pueda. Por tanto, no tiene sentido suprimir una información repetida cuando se pueden dar las mismas circunstancias que en la versión periodística. Lo que fue pertinente en su momento no es inoportuno ahora[19]


[1] Preliminar compuesto para la edición que realicé de Dichos y modismos de Canarias de Luis Rivero. Mercurio Editorial. Págs. 7-23. ISBN: 978-84-17890-18-6; Depósito Legal: GC 406-2019.

[2] Coseriu, Eugenio [1981]: Principios de semántica estructural. Madrid : Gredos. 2ª edición.

[3] «El refrán posee un carácter eminentemente connotativo y, por lo tanto, frente a la palabra como unidad referencial, adquiere una gran importancia no lo que se dice, sino cómo se dice y la suma de ambos factores es lo que da al refrán, a veces, ese carácter polivalente y ambiguo» [Barsanti, 200]. Extrapólese el vocablo “refrán” a otros términos asociados con esos «trozos de discurso ya hecho y que se pueden emplear de nuevo» [Coseriu, 113] que la propia Barsanti enumera cuando apunta hacia las dificultades que existen a la hora de establecer distinciones entre sus significados: «[…] dichos, modismos, refranes, locuciones, frases hechas, sentencias, aforismos, tópicos, adagios, apotegmas, máximas son algunas de las palabras traídas y llevadas en los diccionarios y en la conversación ordinaria, sin fijar a cada una un contenido preciso, que tampoco los estudiosos han puesto mucho interés en deslindar, tal vez por la inasible condición de la materia a que se refieren. Las expresiones a las que atañen estos términos componen un vasto repertorio inclasificable no sólo desde el punto de vista formal, sino también desde el semántico» [198]. (Vid. Barsanti, María Jesús [2006]: “Problemática en torno al refrán y otras categorías paremiales: definición y delimitación” en Diccionarios y Fraseología, edición de Margarita Alonso Ramos. Anexos de Revista de Lexicografía, 3. La Coruña : Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Coruña. Páginas 197-205).

[4] «La iniciativa [aquella que dará pie a la expresión fija] puede surgir en cualquier latitud, pero el ambiente favorable para su arraigo, vitalidad y propagación no se da en todos los pueblos ni siquiera de manera uniforme en los varios sectores de una comunidad lingüística» [Casares, 219]. (Vid. Casares, Julio [1992]: Introducción a la lexicografía moderna. Madrid : CSIC. 3ª edición).

[5] ‘Inflexión de la voz y modo particular de decir algo, según la intención o el estado de ánimo de quien habla’ [DRAE]. Conviene fijar bien el significado del término para desligarlo por completo (aunque forme parte de un campo semántico similar) de la palabra “ritmo”, un vocablo muy vinculado, por otro lado, con los recursos inherentes a la función poética de la lengua oral [Anscombre, 188]. (Vid. Anscombre, Jean Claude [2006]: “Refranes, vulgatas y folclore” en Diccionarios y Fraseología, edición de Margarita Alonso Ramos. Anexos de Revista de Lexicografía, 3. La Coruña : Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Coruña. Páginas 177-195).

[6] «Aunque alguien fue el primero que formó la expresión, era tan conforme al modo de sentir y pensar de todos, que todos la aceptaron y aun probablemente la fueron reformando poco a poco, hasta el punto de que el autor quedó anónimo, siéndolo ya de hecho el pueblo que se la apropió y aun la mejoró» [Cejador, 9]. Para Casares, «son creaciones populares basadas en la fertilidad y viveza de las asociaciones imaginativas; creaciones populares, no porque las haya inventado el pueblo amorfo, sino porque éste poseía, en el momento oportuno, la receptividad psicológica conveniente para que prosperasen ciertos hallazgos individuales, como prospera un germen dado en su caldo de cultivo específico» [219]. (Vid. Cejador, Julio [1921]: introducción a su Fraseología o estilística castellana. Vol. 1. Madrid : Tip. de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Págs. 7-27).

[7] «La tradición oral conserva el mayor número; y en pueblos, villas y aldeas los oímos a cada instante. De la conversación familiar brotan como las chispas de la hoguera, y conservan muchos y valiosos datos para escribir algún día la historia interna del pueblo español; porque los elementos que los componen son el hecho histórico, el dicho agudo, el juego, la costumbre y la ceremonia religiosa» [Montoto, 8]. (Vid. Montoto, Luis [1888]: Un paquete de Cartas, de modismos, locuciones, frases hechas, frases proverbiales y frases familiares. Sevilla : El Orden. Págs. 5-9).

[8] «La economía del modismo es un régimen totalitario en el cual las palabras componentes no tienen más remedio que desteñirse de su individualidad para servir a los valores colectivos; o bien, si alguna de ellas tiene fuerza para tanto, levantarse con el santo y la limosna, y llevarse por sí sola toda la carga semántica de la frase» [Gili, 92]. (Vid. Gili, Samuel [1958]: “Agudeza, modismos y lugares comunes” en Homenaje a Gracián. Edición de Charles V. Aubrum. Zaragoza : Cátedra Gracián. Institución «Fernando el Católico». Págs. 89-97).

[9] «Son, en realidad, “textos” y fragmentos de textos que, en el fondo, constituyen documentos literarios: una forma de la “literatura” (en sentido amplio, es decir: también ideología, moral, etc.) englobada en la tradición lingüística y transmitida por la misma» [Coseriu, 115]. Cejador no duda en reconocer estos enunciados como una verdadera obra literaria popular [11, 19] apuntando: «No parece, sino que cada expresión de estas se deba a algún gran escritor que la inventó y puso exclusivamente en algún libro suyo; pero no es así: son expresiones de todos conocidas y usadas. Su autor es el pueblo castellano. Y semejantes frases cuéntanse por millares. El pueblo castellano que dio con ellas es un altísimo poeta. Todas las figuras retóricas se despilfarran en ellas a montones. La exageración sobre todo y la ironía y el más refinado humorismo pintan al vivo el carácter español» [25].

[10] Las frases hechas «no hay que acomodarlas gramaticalmente, sino que se emplean tal como están y se toman del acervo común del idioma» [Cejador 10]; o sea, que responden a los dos criterios que caracterizan estos elementos fraseológicos, como señala Mendoça: «fijación (son estructuras formales fijas) e idiomaticidad (están ligados con exclusividad a una lengua determinada)» [574]. No son, como señala Zuluaga [1975], «producidas en cada acto de habla, sino ‘reproducidas’, repetidas en bloque. El hablante las aprende y utiliza sin alterarlas ni descomponerlas en sus elementos constituyentes, las repite tal y como se dijeron originalmente» [1975]; por eso, como indica Coseriu, «estas unidades se interpretan solo en el plano de las oraciones y de los textos, independientemente de la “transparencia” de sus elementos constitutivos» [115; v. t. Trapero, 507 y Pinilla, 349]. Benot, sobre la autonomía significativa, al hilo del Diccionario de Modismos de Ramón Caballero y Rubio que prologa, identifica las piezas como «primores y rarezas de la lengua, constituyentes de combinaciones que nada tienen que ver con sus componentes, como la combinación del oxígeno y el hidrógeno, que son dos gases, no tiene nada que ver con la constitución de un líquido como el agua» [10]. La claridad y particular belleza de la comparación ha sido suficiente para no cuestionarme su inclusión como remate a una nota como esta que acabas de leer.

Vid. Mendoça, Lucielena [1998]: “La traducción de los modismos en la enseñanza del español como lengua extranjera” en El español como lengua extranjera: del pasado al futuro. Actas del VIII Congreso Internacional de ASELE. Edición de Francisco Moreno, Kira Alonso y María Gil. Alcalá de Henares : Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá. Págs. 569-574; Zuluaga, Alberto [1975]: “La fijación fraseológica” en Thesaurus: Boletín del Instituto Caro y Cuervo. Tomo 30. N.º 2. Págs. 225-248; Trapero, Maximiano [1994]: “De paremiología canaria: un libro de «dichos» canarios” en Philologica Canariensia. Revista de la Facultad de Filología de la ULPGC. N.º 0. Págs. 497-510; Pinilla, Raquel [1998]: “El sentido literal de los modismos en la publicidad y su explotación en la clase de español como lengua extranjera (E/LE)” en Lengua y cultura en la enseñanza del español a extranjeros. Actas del VII Congreso de ASELE. Edición de Ángela Celis y José R. Heredia. Cuenca : Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Págs. 349-356; Benot, Eduardo [1899]: prólogo al Diccionario de Modismos (frases y metáforas) de Ramón Caballero. Madrid : Administración Librería de Antonio Romero. Págs. 5-10.

[11] «Son expresiones peculiares de un idioma, difíciles o imposibles de traducir literalmente a otras lenguas» [350] porque remite a un hecho cultural que debemos conocer [Mendoça, 574]; de ahí que se deba traducir «la idea, mas no la forma, ni siquiera los matices de la idea» [Cejador, 24] y que convenga una buena enseñanza de expresiones coloquiales, modismos y argots a los estudiantes de español como lengua extranjera [Pozo] y, añado, a los estudiantes de español como lengua nativa. Esta necesidad se satisface con libros como el de Luis Rivero, donde no solo se busca resolver la dificultad de comprensión de una estructura fija idiomática del castellano, sino que se enfoca la explicación desde los parámetros lingüísticos y culturales propios de una variedad del español, el canario. (Vid. Pozo, Mercedes [1999]: “Dime cómo hablas y te diré si te comprendo: de la importancia de la enseñanza de expresiones coloquiales, modismos, argot…” en Español como lengua extranjera: enfoque comunicativo y gramática. Actas del IX Congreso Internacional de ASELE. Ed. de Tomás Jiménez, Carmen Losada y José Márquez. Santiago de Compostela: Universidad de Santiago de Comp. Págs. 699-706).

[12] Esta es la premisa verdadera que Trapero atribuye a Ángel Sánchez sobre su Dichos canarios comentados: que «la lengua de un pueblo manifiesta la forma de ser de ese pueblo» [501]. (Vid. Sánchez, Ángel [1991]: Dichos canarios comentados. Las Palmas de Gran Canaria : Heca ediciones).

[13] Véase la nota a pie donde se apunta a las dificultades para fijar una definición clara de qué es qué y qué diferencia una voz de otra, y zánjese la cuestión con estas magníficas palabras del profesor Trapero: «Carácter inabarcable que los dichos tienen, que cuando aprietas por un lado se afloja por el otro, y cuando los quieres cinchar a todos, todos se quieren soltar y continuar siendo libres, dispuestos a dar remedio a cualquier situación» [504].

[14] Lograron que mi conocimiento del asunto fuera más allá de ese instintivo y pobre «un “dicho” es ‘lo ya expuesto que se repite’ y un “modismo” es un ‘modo de hablar’» con el que mi insolvencia intelectual resolvería al tuntún las dos definiciones.

[15] Muchas de las expresiones conducen a la discusión sobre la forma que presenta, es el ejemplo de «calladito a la boca», que, por lo que leo en la obra de Rivero, he debido decir siempre mal porque, quizás, mi enunciado no tenga nada que ver con el sentido de la frase hecha: «No protestes más, fulano; así que, ya sabes, calladita la boca», digo yo. Otro debate sobre el giro: ¿Es “a la boca” o “la boca”, simplemente?

[16] Vid. Buitrago, Alberto [2012]: Diccionario de dichos y frases hechas. Madrid : Espasa.

[17] Vid. Sánchez, Ángel [2015]: prólogo al Vocabulario satírico de español urgente de Luis Rivero. Santa Cruz de Tenerife : Ediciones Idea. Págs. 11-18.

[18] «Lo que tiene que hacer el escritor canario, si quiere hacer buena literatura, literatura verosímil, es ser fiel a su voz, escribir de aquello que conoce y de la forma que mejor sabe, con las palabras de su pasión, de su tierra, de su amistad, de su familia» [Morera, 99]. (Vid. Morera, Marcial [2006]: En defensa del habla canaria. Las Palmas de Gran Canaria : Anroart Ediciones).

[19] Bibliografía:

Anscombre, Jean Claude [2006]: «Refranes, vulgatas y folclore» en Diccionarios y Fraseología, edición de Margarita Alonso Ramos. Anexos de Revista de Lexicografía, 3. La Coruña : Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Coruña. Páginas 177-195.

Barsanti, María Jesús [2006]: «Problemática en torno al refrán y otras categorías paremiales: definición y delimitación» en Diccionarios y Fraseología, edición de Margarita Alonso Ramos. Anexos de Revista de Lexicografía, 3. La Coruña : Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Coruña. Páginas 197-205.

Benot, Eduardo [1899]: prólogo al Diccionario de Modismos (frases y metáforas) de Ramón Caballero. Madrid : Administracion Libreria de Antonio Romero. Págs. 5-10.

Buitrago, Alberto [2012]: Diccionario de dichos y frases hechas. Madrid : Espasa.

Casares, Julio [1992]: Introducción a la lexicografía moderna. Madrid : CSIC. 3ª edición.

Cejador, Julio [1921]: introducción a su Fraseología o estilística castellana. Vol. 1. Madrid : Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Págs. 7-27.

Coseriu, Eugenio [1981]: Principios de semántica estructural. Madrid : Gredos. 2ª edición.

García-Page, Mario [1990]: «Sobre implicaciones lingÜísticas. Solidaridad léxica y expresión fija» en Estudios humanísticos. Filología. N.º12. León : Universidad de León. Págs. 215-228.

Gili, Samuel [1958]: «Agudeza, modismos y lugares comunes» en Homenaje a Gracián, edición de Charles V. Aubrum. Zaragoza : Cátedra Gracián. Institución «Fernando el Católico». Págs. 89-97.

Mendoça de Lima, Lucielena [1998]: «La traducción de los modismos en la enseñanza del español como lengua extranjera» en El español como lengua extranjera: del pasado al futuro. Actas del VIII Congreso Internacional de ASELE. Edición de Francisco Moreno, Kira Alonso y María Gil. Alcalá de Henares : Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá. Págs. 569-574.

Montoto, Luis [1888]: Un paquete de Cartas , de modismos, locuciones, frases hechas, frases proverbiales y frases familiares. Sevilla : El Orden. Págs. 5-9.

Morera, Marcial [2006]: En defensa del habla canaria. Las Palmas de Gran Canaria : Anroart Ediciones.

Pinilla, Raquel [1998]: «El sentido literal de los modismos en la publicidad y su explotación en la clase de español como lengua extranjera (E/LE)» en Lengua y cultura en la enseñanza del español a extranjeros. Actas del VII Congreso de ASELE. Edición de Ángela Celis y José Ramón Heredia. Cuenca : Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Págs. 349-356.

Pozo, Mercedes [1999]: «Dime cómo hablas y te diré si te comprendo: de la importancia de la enseñanza de expresiones coloquiales, modismos, argot…» en Español como lengua extranjera: enfoque comunicativo y gramática. Actas del IX Congreso Internacional de ASELE. Edición de Tomás Jiménez, M. Carmen Losada y José F. Márquez. Santiago de Compostela : Universidad de Santiago de Compostela. Págs. 699-706.

Sánchez, Ángel [1991]: Dichos canarios comentados. Las Palmas de Gran Canaria : Heca ediciones.

Sánchez, Ángel [2015]: prólogo al Vocabulario satírico de español urgente de Luis Rivero. Santa Cruz de Tenerife : Ediciones Idea. Págs. 11-18.

Trapero, Maximiano [1994]: «De paremiología canaria: un libro de <<dichos>> canarios» en Philologica Canariensia. Revista de la Facultad de Filología de la ULPGC. N.º 0. Págs. 497-510.

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Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde

Suplemento de Cultura La Provincia/DLP sábado 6 junio 2020

Esta frase se suele pronunciar a modo de sentencia conclusiva ante un desenlace negativo. Nos viene a decir que cuando se ha perdido la oportunidad que ofrecía una situación dada, malograda la ocasión, es cuando suele apreciarse lo que hemos desperdiciado o dejado atrás.

En tal sentido tiene un carácter de reproche hacia la actitud que ha propiciado las consecuencias que lamentamos, aunque no está exento de cierta intención admonitoria frente a futuras situaciones. La oración presenta un indefinido como sujeto (“nadie”), propio de las formas predictuales de los dichos, y pivota sobre tres verbos sustanciales: “saber”, “tener” y “perder”. “Saber” como sinónimo de ‘tomar consciencia’, ‘darse cuenta’, ‘ser consciente’, e incluso en un sentido más figurado: ‘apreciar (lo conocido, que nos recuerda a aquel otro dicho: “más vale bueno conocido que malo por conocer”), ‘reconocer’ (cualidades o virtudes) o ‘valorar’ (mérito o carácter de alguien o de algo).  “Tener” como sinónimo de ‘poseer’, ‘valerse de una situación o ventaja’, ‘estar en relación con algo/alguien’, ‘gozar de un privilegio’, ‘detentar’, ‘atesorar’, ‘beneficiarse de algo’, ‘disfrutar’ o ‘conservar’. El concepto de posesión no es tanto material –que también– sino en un sentido intangible, esencial o íntimo cuando se refiere a las relaciones humanas.  Es decir, puede hacer referencia a una “tenencia/pérdida” de cierta condición de privilegio, por insignificante que pueda parecer cuando disfrutamos de él, ya sea una situación familiar o personal, la presencia de un ser querido, disponer de un medio de vida adecuado, o cualquier otro don del que gozamos cotidianamente sin reparar en ello o sin apreciarlo suficientemente, como pueda ser el disfrutar de buena salud o el simple hecho de tener cubiertas nuestras necesidades básicas. 

“Perder” funciona aquí como verbo antagonista de “tener” y sobre ambos se construye esta paradoja significante. “Perder” se asocia a: ‘dejar’, ‘olvidar’, ‘abandonar’, ‘descuidar’, ‘malograr’, “ahorrar” (ajorrar), ‘malgastar’, ‘desperdiciar’ o ‘desaprovechar’. Para querer decir que no somos conscientes de lo que poseemos o de lo que podemos disfrutar, hasta que –paradójicamente– nos vemos privados de ello. Y esta incongruencia así enunciada parece responder a una verdad universal. De ahí el sujeto indefinido “nadie”, que es lo mismo que decir “ninguna persona”, que concierne a todos los seres humanos (o recurriendo a la forma hiperbólica: “que no se salva ni Dios”). La fórmula “hasta que lo pierde” indica un hipotético escenario futuro, cuando el hecho fatídico, la situación de carencia, sobreviene, esto es, el no poder disfrutar de lo que antes se gozaba (la compañía de un ser querido, buena salud o el placer de las cosas cotidianas, aparentemente triviales). La enseñanza que contiene el dicho se puede resumir en dos aspectos fundamentales. Uno es que hay que valorar “lo que se tiene”, siempre y en todo momento, “mientras dure”, por fútil o insignificante que pueda parecer (“Más vale poco que nada”). Existen algunos dichos afines que comparten o complementan este mismo razonamiento: “Si tienes pan y lentejas, de qué te quejas”, que advierte que no hay que lamentarse cuando las necesidades básicas están satisfechas; o “contigo, gofio y cebollas”, frase que se pone en boca de enamorados para hacer valer que en presencia del amor, el resto tiene poca importancia; “goza del sol mientras dura, porque siempre no es verano” que insta a disfrutar de las situaciones favorables mientras se pueda, porque nunca se sabe lo que sucederá mañana. O aquella otra que incita abiertamente a disfrutar de los placeres carnales: “Para que se lo coman los gusanos, que lo disfruten los cristianos”; o la ya comentada en estas páginas: “Lo que se ahorra se lo lleva el diablo”. 

La segunda conclusión implícita en el dicho se puede resumir en que no hay que esperar a perder a una persona (o una situación dada) y que ya no esté con nosotros para empezar a apreciarla (o valorar las cosas como se merecen). Es decir, que no debemos experimentar el “quedarnos con la magua” (‘anhelar la pérdida’) para estimar y valorar lo que se tiene.

Nadie se muere la víspera

Luis Rivero Cultura/La Provincia. 04.04.2020

De entre la recurrente fraseología y metáforas que se inspiran en la muerte traemos a colación este dicho que afirma con predicción y certeza que “nadie se muere la víspera”. Entierros y funerales son las ocasiones propicias donde se pronuncia, aunque su uso puede tener un sentido general. 

Podemos citar también entre la categoría de frases solemnes propias de ocasiones fúnebres: el “no somos nadie” (ya comentado en estas páginas), una sentencia elemental que apela a la resignación ante lo infalible del destino. Ligado a esta, en ocasiones, y en relación a un acontecimiento que podría resultar inverosímil según el normal discurrir de las cosas, una vez acaecido el deceso, intuitivamente se concluye: “Estaba para él”, lo que da a la expresión cierto aire de profético. Otros dichos con vocación de trascendencia son: “Para morirse no hace falta más que estar vivo” (que de manera simple viene a afirmar que el único requisito que hay para dejar la existencia terrena es el de mantener activas las constantes vitales, y por tanto a cualquier nos puede suceder); en tono mucho más grave se suele decir: “todos somos hijos de la muerte” (para advertir que nunca se sabe lo que el destino nos puede deparar en cualquier momento) o el dicho comentado: “nadie se muere la víspera”. 

Con aire más festivo podemos escuchar: “muera gato, muera jarto”, “la viuda rica, con un ojo llora y con el otro repica”, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” y un largo etcétera. 

Entre estos dichos luctuosos podemos observar algunas características generales. Con frecuencia adoptan la forma de sentencia de formulación simple, en términos claros y directos; no obstante, casi todos ellos poseen -aún sin pretenderlo- cierto contenido “filosófico” de calado; se insertan en elocuciones propias de celebraciones fúnebres o mantienen un sentido predictivo amplio con valor de metáfora; se pronuncian en tono solemne y con cierta vocación de trascendencia entre los hablantes, lo que los hace merecedores de ser considerados máximas o principios inapelables; poseen cierto grado de perspicacia que lo abocan a desafiar o abordar el destino y la muerte, entre otros grandes temas del pensamiento humano; si bien, a veces, observan un aire festivo o pueden proferirse con sorna, según la ocasión y quien lo pronuncie. 

“Nadie se muere la víspera” augura con predictibilidad lógica que nadie se va de este mundo hasta que no le llega su hora. Nos lleva al recurrente tema de la providencia, la muerte y el devenir del hombre. Si misterioso e insondable resulta el porvenir, existe la soterrada convicción o creencia, bastante arraigada en el inconsciente colectivo, que de un modo u otro es como si el destino del hombre estuviera ya escrito. Como si desde que nacemos tuviéramos ya incorporado un límite bien preciso a nuestra existencia. Como un presentimiento que nos aborda de que nuestra vida está planeada en una especie de calendario cósmico, desde el vientre hasta la tumba. Lo he escuchado en más de una ocasión en algún entierro o funeral como explicación necesaria a un evento acaecido en la vida del difunto en los días previos al óbito: “Nadie se muere la víspera?, sino el día que le toca”, se suele añadir a veces como parte conclusiva de la máxima. Esta predicción formulada con carácter genérico afirma que el destino del hombre está en cierto modo predeterminado. Como si mismo estuviera escrito, aunque no se dice dónde, si en el firmamento, en los astros o en los propios “designios divinos” aunque nadie sepa bien lo que esto significa. Según esta lógica a la que el curso de los acontecimientos parece dar razón, si el destino existe y está determinado, entonces de poco o nada vale preocuparse por él. Procura cierto sosiego el saber que si bien, más tarde o más temprano, todos estamos abocados a un final, al menos, sabemos que “nadie se muere la víspera, sino el día que le toca”. Y este consuelo -y creo que esta es la enseñanza última que transmite el dicho- ayuda a mitigar la angustia que provoca la incertidumbre del final de los días. Así que, “si todo tiene remedio menos las muerte” (porque “lo que está para uno, no hay dios que se lo quiete”), las actitudes que nos quedan son fundamentalmente dos: o amargarse por el resto de los días de existencia, pensando en una fecha futura y cierta pero desconocida, o exclamar aquello de: “muera gato, muera jarto” y vivir la vida “que, total, son dos días”.

Es peor el remedio que la enfermedad

Luis Rivero. Cultura /La Provincia-DLP. 22.03.2020

Esta frase proverbial de uso común en español se incluye en ese grupo de asertos de ámbito universal con presencia en otras lenguas y culturas, pero resulta también muy usual en el español de Canarias. Funciona como frase conclusiva que expresa el parecer sobre una situación: “Es peor el remedio que la enfermedad”  o  la versión “peor es el remedio que la enfermedad”, que cobra un sentido más bien admonitorio, o puede también emplearse adoptando la forma de locución predictiva en cuanto anticipa a lo que está abocada tal situación : “Va a ser peor el remedio que la enfermedad”.

En sentido recto viene a expresar que a veces los remedios a los que se recurre para aliviar una dolencia pueden resultar más nocivos que el propio mal que trata de atajar. La metáfora se construye o pivota sobre dos sustantivos aparentemente antagónicos: remedio/enfermedad. Y digo aparentemente porque el antónimo de la ‘enfermedad’ sería, en principio, la ‘salud’, mientras que el remedio debería ser el “medio” –valga la expresión– para superar el estado de enfermedad. Lo que provoca la “inversión” de la enfermedad en salud. La elección del término (remedio) se diría que no parece casual. La voz “fármaco” deriva del griego phármakon que en su cualidad polisémica (o más propiamente enantiosémica), contiene dos significados opuestos o antónimos, estos son: ‘remedio’, en el sentido de ‘droga curativa’ o ‘medicina’, y ‘veneno’. Es decir, el fármaco (el medicamento), etimológicamente hablando, puede referirse tanto a un remedio para la vida y puede salvarla, como un veneno que puede provocar la muerte. Paradoja que podría tener su explicación en la máxima atribuida a Paracelso: “la dosis hace el veneno” o “el veneno está en la dosis”. 

En sentido metafórico o figurado se usa con carácter general para manifestar que ciertas ayudas o soluciones que se adoptan ante una dificultad pueden provocar más inconvenientes que el problema que trata de resolver. 

En latín se enuncia: Aegrescit medendo (enferma medicándose/ cuidándose’) que viene recogido por Virgilio en la Eneida (XII 46), entre otros varios autores posteriores. El dicho existe en otros dominios lingüísticos con idéntico valor a la versión castellana. [A saber: “Spesso è peggiore il rimedio che il male” (en italiano);  “Le remède est souvent pire que le mal” (en francés); “Peor é o remedio que a enfermidade” (en gallego); “É pior a emenda que o soneto” (en portugués); “És pitjor el remei que la malaltia” (en catalán); “The remedy is worse than the disease” (traducción literal del inglés: ‘El remedio es peor que la enfermedad’), amén de otras lenguas]. 

Como sinónimo de esta expresión localizamos el registro: «Salir de Guatemala para meterse en Guatepeor» (que ya hemos comentado en estas páginas) y que en el sentido usual hace referencia también a cuando tratándose de evitar o superar una situación de dificultad o peligro se termina en un aprieto o en condiciones aún peor. El remedio al que alude el dicho como ‘medicamento’, ‘fármaco’ o ‘terapia’ que se le proporciona a un enfermo surge como  símbolo para expresar conceptos o ideas abstractas. Que en sentido general se refiere al medio utilizado para reparar un daño u obstáculo, una enmienda o corrección frente a un entuerto, o un recurso o auxilio que se le brinda a alguien. Y lo que en definitiva viene a concluir implícitamente  es que conviene tener presente que las cosas se deben sopesar y tratar en su justa medida valorando todas las situaciones y escenarios posibles, porque de lo contrario se corre el riesgo de “tirar al chiquillo con el agua sucia de la palangana después de bañarlo”. 

Enterado de la caja del agua

Luis Rivero 06.03.2020 | 19:58

El otro día, en ambiente distendido propio de un tenderete con los amigos de la R.I. de El Burrero, entre bromas y veras, Juan J. largó con ironía, refiriéndose a Blas S.: “Este sabe hasta las horas de agua que tiene la parroquia”. Queriendo decir con ello que “está enterado de todo”. Y en efecto, en otra ocasión, el buen Blas nos ilustró acerca de las 840 horas de agua (de 36.000 litros la hora) que agrupa la Heredad Principal y Mina de El Carrizal. Sobre el número de herederos (101), con su dula cada 18 días, y un día y medio al mes para remate de la Heredad. [La dula es el turno de riego que corresponde a cada heredero conforme a las horas de agua que posea de la gruesa o caudal principal que discurre por la acequia. El remate es el derecho a adjudicarse las horas remanentes o sobrantes]. ¿Que por qué les cuento todo esto? Porque aquella anécdota me llevó a indagar sobre el sentido y origen de la consabida expresión que enseguida pasamos a comentar. El significado más común y los usos habituales que conocemos del dicho “entera(d)o (de) la caja (de)l agua” (en ocasiones se pronuncia contrayendo y eliminando las preposiciones) es el de una suerte de “insulto” que desacredita o desautoriza a alguien. Una persona “enterada” es la que se las sabe todas (“sabelotodo”), entrometida, novelera, que se las da de saber mucho hasta mantener una actitud repelente, pero a la que no se le reconoce saber ni autoridad alguna, sino más bien lo contrario. El calificativo “enterado” con el complemento “de la caja del agua” intensificaría ponderativamente esta fórmula ofensiva.

En cuanto al origen de la expresión se han barajado diversas hipótesis. Hay quien la relaciona con la costumbre del reparto de agua embotellada a domicilio. Evocaría aquella imagen en la que el camión del Agua de San Roque o del Agua de Agaete, por citar dos embotelladoras ya desaparecidas, repartían por las casas el agua en cajas.

Esta peculiar forma de comercio, que en realidad continua subsistiendo en los pueblos, implicaría -según esta hipótesis- que el hombre que hace el reparto estaría al corriente de las últimas novelerías y chismes que iría transmitiendo de casa en casa, por estar enterado de todo lo que pasaba. En realidad la hipótesis nos resulta un tanto artificiosa y poco verosímil, entre otras cosas porque al hombre que reparte el agua nunca se le ha identificado -que sepamos- por “el de la caja del agua”, sino “el del Agua (de) San Roque” o “el del Agua de Agaete” (“¡Agua San Roque!” o “¡Agua de Agaete!” era y -adaptado a otras casas- sigue siendo el santo y seña de los repartidores).

Otras hipótesis más verosímiles relacionan la etimología del dicho con las “cajas de reparto de agua” en las acequias principales de las heredades. Junto a estas “cajas de reparto” o “cantoneras” (también llamadas “troneras”) solían acondicionarse “lavaderos” en las acequias. A estos lavaderos acudían a diario gran números de mujeres a lavar la ropa, momento que aprovechaban para “alegar”, y algunas para “noveleriar” y “chismiar”. Siempre había una “chismosa” y “contadora” que todo lo sabía y de todo opinaba, y esa sería “la enterada de la caja del agua”.

En este mismo contexto relativo a las acequias de las heredades de agua, hay quienes sugieren que “el enterado de la caja del agua” se identificaría con el “espabilado” que de manera furtiva manipulaba las tornas en la cantonera para “sustraer” el agua de la dula de otro regante. Sin embargo, con independencia de que efectivamente se diera la sisa de agua, al individuo que “roba” el agua ajena se le llama ladrón y no “enterado”. Aunque de sólito las cantoneras de reparto estaban vigiladas por un “ranchero” o “acequiero” de la heredad que se encargaba de “soltar” y “cerrar” el agua a los regantes según su dula.

Otra hipótesis que nos atrevemos a formular sobre el origen de la expresión es que acaso este individuo (“el enterado”) se refiera a quien está al corriente de todo, “golisneando” (“metiendo las narices”) o “noveleriando” en asuntos de la heredad que ni siquiera le conciernen; que está al tanto de las dulas, de las horas de agua que se venden, de quien las compró, y que sabe de aforos, de remates y de pleitos. “De la caja del agua” sería el epónimo que identifica a este personaje metomentodo, entrometido y que se las sabe todas. Este modismo, en cualquiera de las hipótesis, se habría generalizado y trasladado por lexicalización a otros ámbitos.

Navidades en casa, Carnavales en la plaza

Luis Rivero en suplemento Cultura La ProvinciaDLP…

Un elemento universal común a las distintas tradiciones folclóricas y culturales son los diversos dichos, refranes, creencias y métodos predictivos del tiempo atmosférico. Por lo general están basados en cálculos sobre el calendario o en la observación de los cielos, la luna y otros astros, el comportamiento de los animales, las mareas, amén de otros fenómenos. Todo ello con el propósito de hacer un pronóstico meteorológico ligado casi siempre al mundo rural: agrícola y ganadero, y a las comunidades pesqueras. En las islas,  pastores, hombres del campo y de la mar son los poseedores de los conocimientos necesarios que sustentan esta tradición. De manera que mediante la observación de ciertas manifestaciones naturales son capaces de vaticinar fenómenos atmosféricos como la lluvia, el frío, el calor, las mareas o la sequía. Estas técnicas son conocidas desde antiguo como “cabañuelas” o “aberruntos”, y con frecuencia  –por lexicalización– han acabado formando parte del refranero popular.

Entre los dichos predictivos de carácter meteorológico registramos el aquí comentado: “Navidades en casa, Carnavales en (la) plaza”. Con ello se asevera que cuando en periodo natalicio hace mal tiempo, y hay que quedarse en casa, en Carnavales suele hacer buen tiempo y la gente sale a la calle a divertirse. Este refrán sobre el tiempo, como la mayor parte de estos dichos, funciona o se concibe a modo de cabañuela. Y tiene su antónimo en otro dicho que asevera:  “Pascuas secas, Carnavales remojados” (versus“Pascuas remojadas, Carnavales secos”). [En una parte de la  tradición cristiana es habitual referirse a las Navidades como “las pascuas”, en plural. Así se le llama al periodo que va desde la víspera de la Natividad del Señor (24 de diciembre) hasta la Epifanía de los Reyes (6 de enero). El nombre (“Pascuas”) se explica por una relación impropia establecida por el cristianismo entre el verdadero origen de la Pascua de “resurrección”     con la conmemoración del “nacimiento” de Cristo. Como se sabe, la fecha de celebración de la Pascua la marca cada año el primer plenilunio de primavera, y con ello queda establecido el martes de Carnaval, que cae cuarenta días (cuaresma) antes del domingo de Pascua].

Estos refranes, como la mayoría de los dichos predictivos, nacen de la constatación conclusiva a través de la sucesiva observación de fenómenos atmosféricos y que con el tiempo alcanzan el valor de máxima y pueden ser  constatados por el vulgo. A fin de cuentas, como dice la sabiduría popular: “No hay mejor señal de lluvia que cuando llueve”.

En relación al dicho comentado, resulta posible su verificación en la actualidad –al menos parcialmente– por medio de un aserto popular que se ha impuesto en los últimos años. Se escucha con frecuencia, incluso de boca “de quien no es amigo de refranes” y menos aún de aberruntos. Nos referimos a la afirmación que se ha convertido casi en una exclamación infausta: “¡por Carnavales siempre llueve!”. Fenómeno meteorológico que puede constatar hasta el menos versado en las artes adivinatorias o predictivas sobre el tiempo. Observación que no está ligada, como es fácilmente comprensible, al beneficio que pueda aportar la lluvia para los campos y la agricultura en estas fechas, sino como inconveniente a la pura diversión. Y eso lo saben bien los veteranos carnavaleros, “con muchos mogollonesen el cuerpo”, que un año sí y el otro también no deja de caer “chipi-chipi” o un “chubasco” en la madrugada “para aguar la fiesta” (y cuando no, “¡hace un pelete…!”). Pero es la primera parte del refrán la que pasa desapercibida para muchos (“Navidades en casa…”) y que sin embargo nos aporta la información deductiva principal.  Como la cabañuela que dice: “Si no llueve en la segunda quincena de diciembre, (casi seguro que) lloverá por Carnavales”. Entre los dichos afines, en la Península, un viejo refrán afirma: “Carnestolendas aguadas, Pascua soleada” (o “lluviosas las carnestolendas, las Pascuas buenas”).