Darle a la picareta

Luis Rivero en Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP sábado 14.09.2019//

Las locuciones verbales «darle a la picareta» o «gustarle (a alguien) el darle la picareta» serían sinónimas de la expresión castellana «empinar el codo», esto es, ‘beber’ o ‘tomar’ (que aquí es referido a bebidas alcohólicas) , generalmente en exceso; o lo que es lo mismo: se dice de alguien a quien «le gustan las copas», por no decir, que tiene fama de “borrachín”. 

Expresiones idiomáticas y metáforas están íntimamente ligadas a la cultura. En la construcción metafórica, en el español de Canarias, se busca a menudo el elemento de cercanía con la realidad como prepuesto identitario. Así se suele echar mano a objetos que forman parte del imaginario. Y entre estas categorías están los utensilios de la casa, instrumentos de labranza o de trabajo en general (sacho, guataca, martillo, clavos, picareta, cucharilla, cuchara, talla, jarro, tiesto, plato, fonil,                                                                                                                                                                            garrafón…). Esto ha dado lugar a un gran número de símiles o comparaciones ingeniosas y metáforas más o menos pintorescas. Son ejemplos: «jalar por (el) sacho», locución que expresa trabajar duro para ganarse el sustento; «ser más bruto que un arado», para referirse a una persona de modales rudos; «la tacha que sobresale se lleva el primer martillazo», aforismo que proclama que en determinadas circunstancias las personas sobresalientes suelen ser objeto de ataques; «para una talla vieja nunca falta una jarro sin asa», dicho que expresa que cualquiera que sea la condición de una persona, siempre encuentra su par; «comer como un serrucho o como una lima», para expresar apetito voraz; «echarse fuera del plato» o «mearse fuera del tiesto» para reprochar comportamientos excesivos o impertinentes; «estar gordo como una pipa», frase comparativa que se dice de una persona obesa; o la aquí comentada:  «Darle a la picareta». ‘Picareta’ se le llama en el español de Canarias a la herramienta de albañiles y labrantes que, utilizada con una sola mano, sirve para labrar cantos o rebajar paredes, suelos u otras superficies de especial dureza. 

El gesto de doblar el brazo (para «empinar el codo» o «echarse un tanganazo» de ron o de vino) recuerda a cuando se trabaja con la picareta en una obra.  Sobre esta semejanza se construye una metáfora hiperbólica que compara este movimiento persistente con el acto de beber compulsivamente. Es lo que explica la asociación alegórica entre «darle a la picareta» con beber, y por ende, «gustarle a alguien la picareta» como sinónimo de “gustarle” mucho la bebida.

A diferencia de otras construcciones metafóricas, en este tipo de expresiones relacionadas con determinadas conductas socialmente reprobables, pero toleradas en la sociedad isleña, se observa la presencia de un elemento caricaturesco. Es el caso de las borracheras, incluso cuando estas puede ser manifestación de dependencias severas, convirtiéndose en adicción al alcohol. Frente a la imagen del «borrachín», más que un reproche formal (del tipo: «si no sabes beber, lo dejas en la botella» y otros similares), las creaciones lingüísticas reflejan la mofa y el escarnio ante tales conductas. Buena prueba de ello son las ocurrencias graciosas o chistes de borrachos (como señas de humor e ironía) y el gran número de sinónimos en tono de chanza que existen en el español de Canarias para nombrar las borracheras,  o los verbos beber o  emborracharse. Veamos algunas de estas construcciones. Para definir los estados de embriaguez en sus distintos grados: «parecer un barco con marejada» que se dice en tono irónico de alguien que va borracho y tambaleándose o «dando tumbos» mientras camina; «salir con el rabo tieso», salir del bar entonado después de haber bebido; «estar afinado como un piano», estar muy borracho; «estar templado como un piojo/o como una pipa»; «estar borracho como una cuba»; o «estar templado como un requinto». Sinónimos del verbo emborracharse son: cargarse, empitonarse, empedarse, templarse, enronarse, enchisparse, etc. Como sinónimos de borrachera se usan: tranca, mamada, mamadera, pedo, chispa, jumaza, jumacera, cebollón, jartera, torta, mazurca, templadera… Algunas hipérboles que definen el hábito inmoderado de beber: «beber como un garrafón»; «beber como un fonil»; «beber como un tanque»; o «haber bebido más ron que un burro agua»…

Todas estas expresiones parecen ironizar y restar importancia a un comportamiento potencialmente pernicioso, y por tanto censurable,  que en la cultura insular se advierte de manera trivial casi como un vicio menor que es tratado con burla o con donaire. O viene subliminalmente soterrado y observado con ligereza y benevolencia a través de las comparaciones en tono humorístico que se escuchan respecto a este hábito, cuando no se celebran con jocosidad. Como aquella ocurrencia chistosa que se escucha en ambientes varoniles de uno que ve a un hombre con una “tranca” de cuidado, y va y le dice con ironía: «¡Bonita la lleva, amigo!» … A lo que responde el borrachín: «Y ya ve, a mi muje(r) no le gusta». 

Otros modos de hablar con números (y IV)

Luis Rivero en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP del sábado 7 septiembre 2019.

Como hemos visto, abundan en Canarias los usos “numéricos” o expresiones de cantidad para formular ideas y conceptos que poco o nada tienen que ver con los números, al menos aparentemente. En ocasiones se recurre al símil aritmético o a una unidad monetaria para la construcción del aforismo. Buena parte de estos dichos y modismos son de uso general en el español, frente a otros más genuinos o exclusivos del español de Canarias. 

Entre estas metáforas “aritméticas” o “pecuniarias” propias de las islas tenemos la que dice: «Siempre (le) falta una peseta pa(ra) (e)l duro», que se predica de alguien mezquino o tacaño, que no escatima ocasión para racanear a la hora de pagar la cuenta o deja siempre a deber algo; del que tiene fama de roñoso. No obstante, a veces se usa –así lo hemos escuchado en alguna ocasión– con valor objetivo («siempre falta una peseta para el duro»), para lamentarse ante alguna obra o reparación en la que nos quedamos cortos en la medida, cantidad o proporción necesaria para concluirla satisfactoriamente. Similar resulta la expresión «querer hacer de cuatro pesetas un duro» que se emplea para referirse a alguien austero y agarrado en el sentido de ser excesivamente ahorrador (alguien que «gasta menos que un ruso en catecismos»). Echando mano al mismo símil monetario de las anteriores, aunque apartándose del significado de aquellas,  encontramos este registro que advierte que «nadie da duros a cuatro pesetas». Se trata de un dicho  que sugiere al crédulo de ser prudente ante los actos de aparente liberalidad, pues las cosas no son gratuitas y nadie da nada a cambio de nada. 

Entre las expresiones arcaicas de origen castellano que recurren a un numeral “pecuniario” como metáfora localizamos varias que, no obstante su origen, han encontrado fácil acomodo entre los hablantes isleños, hasta el punto de que hoy gozan de una fuerte implantación en nuestra habla. Es el caso de la exclamación: «¡Ni qué ocho cuartos!». Con la que se expresa disconformidad con lo que alguien dice. Sus orígenes parecen remontarse al siglo XVIII (en que aparecen los primeros registros documentados de la expresión), periodo este en el que existía el realillo de a cuatro cuartos de peseta, moneda de curso legal a la sazón. Se cuenta que en épocas de carestía las exigencias de la población provocaba la subida de precios de los alimentos de primera necesidad de manera desproporcionada. Hubo periodos en los que la hogaza de pan, de cuatro cuartos podía pasar a costar hasta diez cuartos. Esta situación debió provocar airadas protestas en los mercados, hornos y ventas a la hora de comprar. De modo que cuando se escuchaba el precio de la mercadería, con sorpresa y desdén se mostraba la disconformidad con lo que costaba. De ahí parece haber surgido la exclamación: «¡Ni qué ocho cuartos!». Difundiéndose hasta llegar a nuestros días para enfatizar el desacuerdo o manifestar disconformidad con lo que previamente se ha dicho: «¡Qué […] ni qué ocho cuartos!».

«De tres al cuarto» es otra locución adjetiva que guarda relación en su origen con la moneda de curso legal en aquel tiempo. Con ella se hacía referencia en los mercados al género de poca calidad o de escaso valor (“me da de esos, de tres a un cuarto”; hoy se diría en baratillos o mercadillos algo parecido: “de tres a un euro”). De ahí la frase pasó a usarse para designar la escasa calidad o valía de algún producto o de cualquier otra cosa, o despectivamente,  referido a una persona, a alguien “de poco monta”, de poca importancia (en tales casos acompañado de sólito de la profesión, ocupación u oficio del sujeto). 

           Asimismo, en el ámbito isleño, se puede escuchar todavía la exclamación: «¡Qué tres patas para un banco!». Se trata de una frase de aire jocoso y festivo que alguien de confianza dirige a un grupo de tres personas que permanecen ociosas, es decir, «sin dar un palo al agua». El número tres tiene aquí un carácter meramente cuantificador para indicar el número de personas a las que se dirige (como sucede con la exclamación ya comentada: «¡Qué dos cabezas para un caldo de pescado!»), o puede deberse a una deformación por imitación de la expresión sinónima: «¡Qué tres teniques para un fogal!» (y que también hemos comentado en estas páginas), que, oportunamente, se adecua al número de personas a las que se refiere. De lo contrario no parece tener mucho sentido, pues los bancos suelen tener cuatro patas de apoyo y no tres. Como mismo sucede con los gatos…  

Otros modos de hablar con números (III)

Luis Rivero, en suplemento de Cultura de La Provincia/DLP , sábado 30 septiembre 2019.

Entre las «expresiones numéricas» usuales  del español de Canarias, se registran algunas en las  que el numeral se introduce para evidenciar exageración. Es el caso de: «hace una ventolera/o un frío de mil demonios», hipérbole usada sobre todo al referirse a fenómenos atmosféricos adversos o de características excepcionales, y en ocasiones para cualquier otro suceso fuera de lo común (“un follón o un lío de mil demonios”). 

Otro “numeral” que subraya exageradamente lo que se quiere transmitir es “(llegar) a las mil y quinientas” (referido a la hora). Se usa  cuando alguien llega o va a llegar tarde a una cita, a una reunión de amigos o al regresar a casa. Donde la exageración lleva una carga de ironía para reprochar la impuntualidad excesiva o la informalidad del sujeto. 

Por su parte, entre los “modismos de última generación” en Canarias –aunque no está claro su origen–  localizamos esta expresión hiperbólica que se usa sobre todo en ambientes juveniles:  «¡del quince!». Si bien su significado puede variar según las circunstancias en que se use, la expresión opera generalmente a modo de superlativo para resaltar una cualidad positiva del objeto o situación de referencia. Así que cuando se dice que algo «está del quince» quiere decirse que está muy bien, que es excelente, o que está «de pinga» (americanismo este procedente probablemente de Cuba, que aludiendo al órgano sexual masculino se utiliza en Canarias –al igual que en  Cuba y Venezuela– para exclamar que algo está muy bien, que es excelente).

El sentido de «está del quince», en su origen, pudiera obedecer a una metáfora  sobre las calificaciones escolares, tradicionalmente calculadas en una escala del 0 al 10. “Estar del quince” podría querer decir salirse de la calificación (“está que se sale”), para referirse a algo excepcional, fuera de lo normal. Más allá de la hipótesis sobre su origen, lo que sí parece claro es que no guarde relación con aquella otra locución, hoy en desuso, que dice: «¡Echame un quince!» o «¡ponme un quince de ron». Se trata este de un registro usado para nombrar una copa grande de ron que otrora costaba 15 céntimos. Teniendo aquí el numeral una función cuantificadora o de unidad de medida (similar a la expresión “echarnos unas perras de vino”, para nombrar unas copas de vino en base a los céntimos de peseta, “perras”, que costaban antaño). El numeral “quince”, además de expresar un “tanganazo” de ron, comprende otros usos en el español de Canarias. Por ejemplo: “haber tenido sus quince”, frase usada en las islas para evocar los encantos que una persona (normalmente una mujer agraciada) tuvo en su ​juventud. 

Otra expresión “numeral” con evidentes muestras de exageración es la que dice: «no ver tres montados en un burro». Su origen parece remontarse a principios del siglo XIX, cuando en Andalucía se llevó a cabo una campaña de prevención y cuidado de la vista entre la población rural. Ante una población en su mayoría analfabeta, los médicos hubieron de ingeniárselas para sustituir las tradicionales letras de las tablas optométricas para captar la agudeza visual por figuras del entorno con las que los campesinos estuvieran familiarizados, como por ejemplo, la silueta de un burro con una persona encima. Aunque desconocemos si existía  de verdad o es fruto de la exageración propia del habla este pueblo, lo cierto es que la figura de  tres personas a lomos de un jumento es un signo evidente, y la imposibilidad de distinguirlo sería señal de un defecto grave en la vista. De ahí parece nacer la expresión «no ver tres montados en un burro», para señalar hiperbólicamente que alguien no ve nada o muy poco; que ha llegado hasta nuestros días y que no obstante su origen, se ha adaptado de manera natural a la singularidad del habla isleña.

Otros modos de hablar con números (II)

Siguiendo con las expresiones habituales en las islas que recurren a un numeral determinante en su significado, llama la atención el uso: “no tener dos dedos de frente”, para referirse a alguien atolondrado o que muestra pocas luces. Aunque no se trata exactamente de un dicho de origen isleño, sino de empleo generalizado en el español, su uso se ha difundido e implantado en las islas como si fuera propio. Su origen parece remontarse –según alguna hipótesis– a los estudios de frenología de principios del siglo XIX. Una doctrina psicológica que –dicho grosso modo– estudiaba las características anatómicas del cráneo y cerebro humanos, localizando las facultades mentales en zonas precisas del cerebro y atribuyendo determinados perfiles psicológicos según los relieves y protuberancias de la cabeza. Su principal valedor fue el médico vienés Franz Joseph Gall que desarrolló su trabajo en el primer cuarto del siglo XIX. Una de las premisas de la frenología es que el tamaño de las diferentes zonas o áreas cerebrales, responsables de cada una de las facultades, se manifiesta en la superficie ósea del cráneo. Entre el vulgo habría trascendido la correlación entre la dimensión de la frente y la inteligencia en un individuo. Es decir, que cuanto más amplia fuera la zona frontal, era señal de mayor inteligencia, y cuanto menos frente tuviera, menos inteligente sería el sujeto. Estas teorías alcanzaron a la sazón tal popularidad –no obstante ser objeto de críticas y burlas por parte de la “comunidad científica” y  la prensa de la época– que se extendió la idea de que aquellos que tenían una frente estrecha eran poco inteligentes. De ahí parece haberse implantado por lexicalización la expresión «no tener dos dedos de frente». Llegando hasta nuestros días como sinónimo de persona limitada, de poco entendimiento o de poco juicio. Esta es una de las explicaciones sobre el origen de la expresión. Pero más allá del hecho de quienes tildan de seudociencia a las teorías de Gall, lo cierto es que se le reconoce algunas aportaciones importantes que han dado lugar  a la división del cerebro por localidades o módulos a los que se les atribuye determinadas funciones mentales. Esta es hoy una noción fundamental de la neuropsicología y la neurociencia que desde entonces viene siendo objeto de debate, si bien la cuestión no es pacífica. Y desde este punto de vista, la corteza prefrontal se relaciona con la planificación de comportamientos cognitivos complejos, procesos de toma de decisiones, etc. 

Si la cabeza es símbolo –desde un enfoque etnolingüístico– de inteligencia y juicio (“sentar la cabeza”, “tener pájaros en la cabeza”, “tener la cabeza en su sito”), atendiendo a la visión de “modularidad de la mente” que arranca desde la frenología y llega hasta la moderna neurociencia, la expresión no parece del todo infundada. 

Se podría decir que en la frase “tener/no tener dos dedosde frente” el numeral aporta una connotación “craneométrica” (o craneoscópica) que mantiene el referente de la magnitud de “dos dedos” como límite o frontera entre lo normal y lo anormal.  Lo que –obviamente–  es un modo hiperbólico de referirse a alguien poco o muy poco inteligente (“no tener dos dedos de frente”), que es como decir que es “un bobilín” o “un totorota”; frente a lo que se dice de “cualquiera con dos dedos de frente”, esto es, medianamente listo, o normalito. 

¡Qué dos cabezas para un caldo (de) pesca(d)o! (y otros modos de hablar con números) (I)



Nos hemos referido en alguna ocasión a un peculiar modo de «hablar con números» para designar una variedad de expresiones que contienen un numeral como elemento determinante en el sentido de la frase. Si bien es cierto que, aunque se escuchen con frecuencia o formen parte del vocabulario habitual del hablante, a veces resultan incompresibles o «indescifrables»  por desconocerse la razón del tal o cual expresión numérica. Por ejemplo:  ¿por qué decimos «buscarle las tres patas al gato» para referirnos a un comportamiento que juzgamos quisquilloso? ¿O por qué se dice de alguien de poco conocimiento o inteligencia que «no tiene dos dedos de frente»? Esta manera de recurrir a los numerales en determinados dichos y modismos está presente en el español hablado en Canarias, si bien no siempre son propios ni mucho menos exclusivos de éste. De hecho, muchas de estas expresiones son de uso generalizado en otros dominios del español. Entre los dichos más comunes podemos enumerar:«¡Qué dos cabezas para un caldo de pescado!», «no ver tres montados en un burro», «hace una ventolera (o un frío) de mil demonios»,  «¡[…] ni qué ocho cuartos!», «siempre falta una peseta pa(ra) (e)l duro», «tres cuartos de lo mismo»,  «¡qué tres teniques pa(ra) un fogón!», «meterse en camisa de once varas», «¡qué tres patas pa(ra) un banco!», «cantarle a alguien las cuarenta», «no haber sino cuatro gatos» y un largo etc. Si bien no todas estas expresiones –como hemos dicho– son genuinamente canarias, su uso se ha adaptado y generalizado en las islas hasta formar parte del habla común. Pero veamos el origen y el porqué de algunas de ellas, si es que lo hay. 

A buen seguro el lector habrá escuchado alguna vez –en el ámbito de una relación de confianza y en tono jocoso–: «¡mira qué cabeza para un caldo de pescado!», para referirse a una persona o «¡qué dos cabezas pa(ra) un caldo (de) pescado!», cuando se trata de dos amigos o amigas, que son «tal para cual». Se enfatiza con ello el poco seso, la falta de asiento o la desmemoria de ambos sujetos. El dicho se usa al menos en Gran Canaria y recurre a la gastronomía con la ironía que pondera el carácter olvidadizo y descuidado de la persona comparándolo con la sustancia que las cabezas de pescado aportan al caldo en este preciado plato de la cocina isleña (quién sabe si haciendo valer la aportación de fósforo y sus efectos benefactores sobre la memoria, como es creencia popular, al pacer, no desacertada). La referencia numeral en la frase no es caprichosa, sino que obedece a un valor cuantificador de los individuos a los que hace referencia. 

Otra «expresión numeral» al uso es «buscarle las tres patas al gato». Se trata de una antigua frase aforística de origen castellano, muy usual en las islas, que hace referencia –en su sentido más común– a quien muestra una actitud o comportamiento quisquilloso o irritante, hasta el punto de hacer llegar a la exasperación o «sacar de quicio a cualquiera». Según algunos paremiólogos, la versión más usual, «buscarle los tres pies al gato», puede tratarse de una corrupción o deformación en su uso, puesto que el dicho original es: «buscarle los cinco pies al gato». Cosa que resulta coherente, pues si los gatos cuentan con cuatro extremidades, nada de extraordinario tendría el dar con tres patas, y hasta con las cuatro. Mientras que encontrarle cinco sería algo imposible. De hecho, antiguamente, solía añadirse: “y no tiene sino cuatro”, y aun esta otra coletilla: “no, que son cinco con el rabo“. Aunque se trata de una frase proverbial muy antigua y todavía hoy recurrente, no se documenta hasta el siglo XVI. Covarrubias la registra en la versión original de “buscar cinco pies al gato” para referirse a quien con sofistería y embustes tratan de hacer entender lo imposible. (Este autor atribuye su origen a uno que quiso probar o hacer creer que la cola del gato era un pie). A partir de aquí son numerosas la citas en variadas formas. La “innovación” de la versión, hoy quizás más extendida, de “buscarle los tres pies al gato” se debe a Cervantes que la cita en el Quijote (Q, I-XXII ), o al menos es quien así la documenta por primera vez. En las islas se escuchan ambas versiones con la variante de “patas” en lugar de “píes”, esto es: «buscarle las cinco/tres patas al gato», aunque creemos que el uso preponderante sigue recurriendo al numeral “tres” (si bien hemos escuchado también adaptaciones con “cuatro” patas).

A sebar olas


¿Quién no recuerda de chiquillo ir en verano a la playa «a sebar olas»? Esta expresión isleña, más bien propia de las islas orientales, refiérese al entretenimiento veraniego de «coger olas». Otrora diversión de jóvenes y pequeños que se practicaba originariamente sin tabla, «a pecho descubierto», en una exhibición  de agilidad y destreza al aprovechar la fuerza de las olas para deslizarse sobre su cresta hasta la misma orilla. La habilidad consiste en coger la ola justo antes de que rompa, e impulsándose con algunas brazadas, adoptar la posición de “torpedo” –valga la expresión– bocabajo, con el cuerpo estirado, cabeza  sumergida y  brazos alongados hacia delante. Pero cuando el oleaje es fuerte y severo, además de destreza, esta práctica requiere buenas dosis de coraje, pues puede llegar a ser peligrosa. Hay quienes han visto en ella los antecedentes del surf en las islas, y enteras generaciones disfrutaron en su juventud y niñez de esta diversión, antes de que aparecieran las primeras tablas. 

            El origen de la expresión no parece del todo claro. Algunos autores registran el verbo «sebar» con s , mientras hay quienes lo transcriben con c , «cebar». El significado más común y extendido es el de ‘deslizarse sobre las olas’, asociado fundamentalmente a este entretenimiento playero. Aunque también puede hacer referencia a las embarcaciones. Con  valor más preciso puede significar el acto de ‘deslizarse el barco con la quilla sobre la cresta de la ola’. De ahí es probable que por extensión semántica acabara utilizándose para referirse a cuando los muchachos en la playa aprovechaban la fuerza de las olas para dejarse llevar hasta la orilla. 

Su etimología es imprecisa.  Algunos autores apuntan que «sebar» deriva por aféresis de «ensebar», ‘untar con sebo’. Referido al procedimiento de ungir o embadurnar con sebo los parales. Los parales son los palos o maderos semicilíndricos con una muesca con superficie plana en la parte superior, donde encaja la quilla de la falúa, que vienen «ensebados» y permite que la embarcación se deslice con facilitad tanto al botarla al agua como al vararla, protegiendo así su quilla. Es esta una técnica muy antigua y universal a la que continua recurriéndose todavía hoy con las pequeñas embarcaciones de pesca artesanal  en Canarias. Es probable que por extensión semántica, se pasara a nombrar a cuando con la misma facilidad el barquillo se desliza sobre la cresta de la ola. 

Por su parte, Guerra registra la expresión «sebar olas» como sinónima de «coger la baladera»  que define como la habilidad de algunos bañistas consistente en mantener el cuerpo de una manera determinada y dejarse llevar por las olas. Apunta como posible etimología la voz castellana «resbaladera» (dicho de algo que se resbala o se escurre fácilmente) que por aféresis se transformaría en «baladera». Este mismo autor anota que el término pudiera estar asociado también a  «rebelaje» o «rebalaje» que es voz castellana –esta última– usada para definir, entre otras acepciones, a la ‘zona de la playa donde ocurre el reflujo’ de la marea. 

El verbo «sebar» guarda también cierta homonimia en su raíz con el término «seba», un portuguesismo usado en Canarias para nombrar a las algas marinas. Sobre todo cuando el mar de fondo arranca estas plantas de los  «sebadales» (poblaciones o praderas submarinas de algas) y la marea las arrastra hasta la orilla y las bota fuera con la resaca.  

            Con independencia de su etimología, lo cierto es que el «sebar olas» es sin duda una de esas expresión genuinas del español de Canarias que sigue viva entre varias generaciones de hablantes para designar, generalmente, el «coger olas» usando aquella primitiva técnica de antaño o bien con las modernas tablas de surf o buguis. De manera que cuando «el mar está como un plato» no se podemos «sebar olas», pero con «las mareas del Pino»… «¡Agüita!»

Agüita

Luis Rivero. Publicado en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP sábado 3 agosto 2019…

La expresión puede tener distintos significados según el contexto en que se inserte. El sentido más usual del término «agüita» nos muestra  esa tendencia tan común en el español de Canarias a cargar afectivamente ciertas voces usando su diminutivo, como por ejemplo:  «echarse un vinito»,  «un cafecito» o «un buchito de café», y toda una serie de sustantivos formados con este sufijo diminutivo para nombrar cariñosamente –por así decirlo– tanto  objetos o cosas como animales o incluso personas (como sucede con los hipocorísticos que habitualmente se forman con diminutivos, y que suman al trato cariñoso un gesto de respeto hacia una persona mayor: «Miguelito» o «Carmita»). Así el «agüita» puede entenderse en el sentido más común como un simple diminutivo resultado de cargar afectivamente la voz agua

En otras ocasiones se usa para designar el «agua guisada», esto es, cualquier infusión de hierbas que las abuelas preparan como remedio casero ante cualquier dolencia. Es común escuchar: un agüita de manzanilla o un agüita de yerbaluisa, pasote toronjil . El uso del diminutivo para referirse a una infusión de hierbas, en general, parece no ser exclusivo de las islas, sino también propio de algunas zonas de América. De igual modo, la voz comparte en estos casos esa carga de afectividad que el isleño, de habla afable, tiende a imprimir en las palabras, como si las impregnara de emotividad. 

Entre las acepciones de este diminutivo podemos documentar una variante que parece tener origen en el argot suburbial de las capitales canarias de la década de los 70 o 80.  Su aparición puede estar ligada a ambientes marginales donde es frecuente el trapicheo al margen de la ley. Nace probablemente como una suerte de grito de alerta ante la presencia policial en los barrios: ¡Agüita!, o ¡agüita ahí!, o simplemente ¡agua! y que tendría el mismo valor que: ¡Atención! ¡Cuidado! ¡Que viene! El término «agüita», en este contexto, no parece guardar relación con su significado primario, ni  siquiera metafóricamente; es por ello que sostenemos la idea de que surge como parte de un código cuyo significado pretende permanecer oculto, en cierto modo, a otros hablantes y ser accesible solo a sus usuarios, como parte del lenguaje marginal del grupo que lo acabará incorporando posteriormente a la comunidad  de pertenencia como argot. 

Este «metalenguaje»  de significados crípticos es común en la jerga de ambientes marginales y malvivientes para denominar determinados objetos, sustancias, usos y procedimientos ilegales o espurios o, como en este caso, una voz de alerta o advertencia de peligro.

Sin embargo,  el uso del término se extiende a otros sectores sociales –al menos en la capital grancanaria– hasta implantarse por lexicalización en el habla juvenil de la época y ser adoptado con posterioridad en el vocabulario de las generaciones sucesivas. Su significado se traslada de aquella voz de alerta o aviso frente a cualquier eventual peligro: ¡Agüita!, hasta expresar sorpresa, incredulidad o advertencia, entre otros usos corrientes. Por ejemplo: agüita, como sinónimo de la expresión «cuidado con eso» 

            Se advierte la ausencia de tal acepción en los léxicos de canarismos. La explicación probable es la que considera este y otros vocablos como modismo o jerga juvenil exclusivamente. Sin embargo, con el «agüita» ocurre como con las voces «arrecha», «pibe», «papafrita», «nota» o  «changa» que comenzaron siendo argot juvenil o «marchoso» en una época y terminaron incorporándose al lenguaje común, hasta tomar carta de naturaleza como expresión propia del español hablado en Canarias, por lo que bien podría formar parte de los canarismos de última generación. 

            Pero a buen seguro, otro uso del «agüita» que a muchos lectores les resultará familiar, sobre todo en vísperas de la popular fiesta de La Rama de Agaete, es aquel grito que se ha convertido en emblema contemporáneo de este rito ancestral: ¡Agua, agüita, la Rama está sequita!

Cada vez que mea piensa

©Luis Rivero suplemento Cultura La Provincia/DLP , sábado 29 junio 2019

Se trata de una expresión de uso frecuente en las islas y se recurre a ella para aludir a una persona inconstante y variable en su parecer, es decir, a quien muestra una actitud voluble y cambia de manera continua y con facilidad, especialmente en sus creencias y opiniones. La frase puede referirse tanto a una opinión conformada respecto a un tercero no presente en la conversación, como puede estar dirigida al propio interlocutor: “Tú cada vez que meas piensas”. En tal caso tiene un carácter admonitorio o  de reproche frente a esta actitud tornadiza. El recurso a una forma verbal un tanto soez o malsonante (“mear”) y el aire de censura con el que se pronuncia le imprimen un tono grosero o al menos poco decoroso. Por esta razón su uso suele estar reservado entre personas que mantienen cierta relación de confianza. Su carácter burlesco lo asemejan a los llamados “insultos amistosos”, propios del idiolecto de algunas culturas y subculturas y que no resultan extraños al español de Canarias. Los “insultos amistosos” son expresiones coloquiales que se insertan a menudo en la conversación a modo casi de interjección impropia y tienen un carácter “inofensivo”, esto es, “no ofensivo”; es decir, se trata de “agravios” o “escarnios” que si bien fuera de este contexto pueden resultar hirientes, la ligereza en su uso en un ámbito social de familiaridad lo hacen inocuos. 

La valoración del sujeto en la expresión pivota sobre dos verbos (mear/pensar) que se refieren a funciones típicas en el ser humano, pero en cierto modo un tanto “distantes” entre sí, y en este caso, contrapuestas.

“Pensar” (‘reflexionar’, ‘meditar’, ‘razonar’), es un verbo que indica una actividad intelectual, uso de la razón, y en cierto modo se equipara a un acto trascendente, con vocación de permanencia; mientras que “mear” (‘orinar’,‘expeler la orina’) es un verbo instintual, de puro impulso, que obedece a una necesidad fisiológica común a todos los seres vivos, racionales o no, es decir, que afecta a hombres y animales por igual. 

El recurso a ambos verbos busca el efecto de resaltar y contraponer el acto de orinar como algo premuroso e instintivo que no puede reprimirse ni excusarse, frente a la perseverancia y estabilidad del pensamiento como conjunto de ideas u opiniones.

Traslada la imagen de la excreción urinaria que se expele con urgencia, apremiada por la presión de la vejiga, sin necesidad de pensar en el acto, ni de programarlo; indica premura, impaciencia y al mismo tiempo precariedad, carácter efímero, ordinario e intrascendente y que se repite varias veces en el curso de la jornada. Con esta hipérbole quiere expresarse que con la misma ligereza y frecuencia con que se afronta esta necesidad fisiológica de evacuar “aguas menores”, se piensa, es decir, se cambia de idea, de parecer u opinión respecto a una posición precedente. 

Changa (y otros neologismos de última generación)

Luis Rivero en el Cultura de La Provincia. Sábado 15 junio 2019///

Entre las voces urbanas usuales que han formado parte del argot juvenil de las capitales canarias nos encontramos con «changa», «poligonero» o «chandalero». Si bien no suelen contemplarse en los léxicos de canarismos, su uso se ha generalizado hasta trascender del mero argot para referir elementos y ambientes barriobajeros. Por ello, más que de jerga de barrio, bien podría hablarse de «canarismos de última generación». 

Tradicionalmente, el crecimiento urbano ha propiciado la formación de núcleos residenciales en el extrarradio y expulsado hacia la periferia a una población que ya desde sus lugares de origen acusa problemas de pobreza y marginación social. Este fenómeno, del que no son una excepción las ciudades canarias, ha provocado la concentración en estos enclaves de infinidad de familias con idénticos problemas: bajo nivel de instrucción a menudo acompañado de analfabetismo (funcional) y alto índices de fracaso escolar, desocupación sistémica, pobreza y desestructuración familiar; factores que a menudo se retroalimentan agudizando los efectos que han conducido, en ocasiones, a la exclusión social y a transformar estos barrios en auténticos guetos.  Lo que los convierten en caldo de cultivo para la delincuencia, la droga y otros problemas ligados a la marginación. 

            En este contexto, hijo de la sociedad de consumo y de la marginalidad, nace la figura del “changa”. Neologismo propio de las capitales isleñas para designar a lo que con el tiempo se ha convertido en un auténtico fenómeno social o antropológico. Identifica a los gregarios de una nueva “tribu urbana” sobre la base, fundamentalmente, de criterios estéticos que comprende vestimenta, corte de pelo y actitudes   comportamentales. Rasgos identitarios a menudo ligados al trapicheo, a la delincuencia de poca monta, la violencia callejera (de hecho en ocasiones se usa el término «pandillero»), las peleas de perros o a otros signos de ostentación como las cadenas de oro colgadas al cuello y la escúter por montura.

            La voz “changa”, pues,  deja al descubierto “las vergüenzas” de una subcultura urbana al tiempo que pone el dedo en la llaga de la marginación y la conflictividad de los suburbios capitalinos, pero intenta sortearlo con un gracejo y una socarronería que acaso lo despoja del dramatismo del contexto social donde nace.

            Por su parte, con tono despectivo, el término “poligonero” –de referencia espacial– sería algo así como una especie de gentilicio o seudogentilicio genérico y circunstancial. Se da la paradoja que el término polígono (residencial) como actuación urbanística edificatoria es una figura que aparece oficialmente en España con la Ley del Suelo de 1956; modelo que en Canarias tiene su apogeo con el desarrollo de las grandes actuaciones de promoción de vivienda pública de los años 70 y, por su incidencia social, el término (polígono) ha trascendido al habla popular. Esto es lo que explica que estemos ante un raro caso de un derivado construido por lexicalización a partir de un cultismo/tecnicismo: los “polígonos residenciales”.

            Si el “changa” identifica al individuo en base a parámetros estéticos y el “poligonero” encuentra su etimología en el hábitat, el sinónimo “chandalero”, por su parte, se construye sobre la base del indumento gregario de estos individuos. Chándal y playeras de marca que junto con la cabeza rapada en las zonas parietal y occipital conforman sus señas de identidad primarias. Pero el término “changa” comparte otras acepciones más “genéricas” sinónimas o afines a: “mata(d)o”, “laja”, “ruina”, etc.  Como mismo la voz “poligonero/a”, en ocasiones, es usada como imagen caricaturesca para referirse a una  persona chabacana, basta o malcriada: (“¡Chacha!, déjate de gritar que pareces una poligonera”). 

El hueso que está pa(ra) uno no hay perro que se lo coma

Luis Rivero. Suplemento de #Cultura de La Provincia. #Canarismos

La figura del perro que mordisquea con afán un hueso, sobre la que se construye la metáfora que ilustra este dicho, a pesar de la tosquedad de su estilo, goza de cierta enjundia. No obstante el hueso es considerado hoy como «sobras» de la comida y ha quedado reducido en el imaginario colectivo a un mero juguete u objeto de entretenimiento para el can, se sabe que cuando un perro «agarra un hueso, no lo suelta ni a la de tres». El por qué a nuestro mejor amigo le atrae tanto mordisquear los huesos es una respuesta que seguramente hay que buscar en el origen de estos animales. Intuitivamente se suele interpretar como un motivador del fortalecimiento de mandíbulas y dientes, siempre dispuestos a devorar figurativamente la presa capturada, como mismo sus tatarabuelos lo hicieran antaño. Se asocia también al estímulo instintivo por obtener un preciado nutriente: el tuétano, que se encuentra en el interior del hueso. En cualquier caso el festín parece obedecer, más que a la necesidad vital de nutrimiento o a un ocioso ejercicio maxilar, a un mandato de la propia memoria genética. Algunos milenios atrás, antes de la domesticación de los cánidos, estos carnívoros se movían agrupados en manadas para cazar. Hoy, la obtención de alimento en el hábitat doméstico ha dejado de ser un preocupación prioritaria para el canis lupus familiaris. La percepción del hueso –convertido casi en un «fetiche»– es como si despertara en el animal aquella memoria atávica, y a través de este «rito»  rememora la época de cazador de sus ancestros (quizás también de carroñero ocasional) que habría permanecido registrada genéticamente, royendo el hueso como si se tratara de garantizar la propia supervivencia. 

Este carácter de «presa» o recompensa que representa el hueso se parangona a un don o gracia  concedidos por el azar, el destino o la providencia. Con estos atuendos rudimentarios se elabora esta alegoría fabulada para significar la idea del destino y su condición ineludible. La expresión conlleva por lo general un sentido auspicioso o de buen augurio. La voz «hueso» se aparta aquí de aquella connotación negativa usada a veces para referirse a una persona (o situación) difícil de tratar o de afrontar («es un hueso duro de roer»). Al contrario, comparte la idea de retribución que se infiere de la imagen del perro «privado», exultante,  cuando «trinca» un hueso, «pega a chascarlo» y no lo suelta, y que puede identificarse con cualquiera de nosotros («uno»). 

La frase, pues, viene a aseverar que lo que el destino nos tiene reservado, nada ni nadie podrá cambiarlo. El destino se concibe así como «fuerza sobrenatural e inexorable» que parece gobernar el devenir del mundo y las vicisitudes en la vida de los seres humanos. Esta idea universal trasciende a las concepciones teológicas y religiosas. El recurso al imaginario doméstico en la elaboración del dicho lo aparta de esa influencia religiosa o de la idea de Dios que se mantiene en aquella variante que señala: «lo que está para uno, no hay Dios que se lo quite» (y que ya hemos comentado en estas páginas). 

 Otros registros que recurren a elementos del imaginario rural y expresan la misma idea del destino como fuerza contra la que resulta inútil luchar son: «el cardo que está pa(ra) un burro, pasan veinte y no lo ven»,o aquella otra que dice: «la pencaque está pa(ra) uno, no hay vaca que se la coma».