¡A reclamar al maestro armero!

¡A reclamar al maestro armero!

Suplemento Cultura La Provincia/DLP , sábado 13 octubre 2018. ​Luis Rivero

Expresión de origen militar a la que se suele recurrir cuando no existe la posibilidad de reclamar o protestar por algo que ha resultado fallido o frustrado. Aunque se trata de una frase recurrente, no es patrimonio exclusivo del acervo fraseológico del español de Canarias, sino de uso general en otros dominios.

Los posibles orígenes de este modismo hay que buscarlos en el contexto de las reformas borbónicas del siglo XVIII.  Cuando el rey Felipe V afrontó la remodelación de los ejércitos sustituyendo los antiguos tercios por un nuevo modelo militar basado en brigadas, regimientos, batallones, compañías y escuadrones. Entre otras novedades introdujo los fusiles y la bayoneta que sustituirían a las picas como arma de infantería. Con ello aparece la figura del maestro armero que era el soldado experto que se encargaba de arreglar o reparar y mantener en buenas condiciones de funcionamiento las armas de fuego; a él se dirigía la tropa cuando los fusiles presentaban algún defecto. Ante la novedad, es probable que la soldadesca acudiera al maestro armero para exponer o lamentarse por cualquier problema, aún de poca importancia (quién sabe si incluso para quejarse por supuestos defectos a los que responsabilizaban de su mala puntería). En cualquier caso, se apunta como probable origen y sentido de la frase «¡vete a reclamar al maestro armero!» al hecho de que el daño causado por el mal funcionamiento de un arma de fuego pudiera resultar de irremediable y fatales consecuencias, frente a lo que no se podía hacer nada para remediarlo; o porque cualquier reclamación al maestro armero era realmente inútil, al carecer de un rango determinante en el escalafón.  Con el tiempo pudo haberse lexicalizado la expresión que acabaría usándose ante cualquier exigencia o reproche, para referirse a un hecho que no tiene remedio o a un infortunio para el que no se atisba solución. Lejos del rigor y boato marcial, se suele entonar con cierta sorna o escarnio frente al que ha de resignarse ante lo inevitable, desdramatizando la situación cuando esta no tiene remedio ni hay manera de enderezarla.          También se puede recurrir a esta frase cuando nos encontramos ante una situación en la que queremos eludir cualquier tipo de responsabilidad o situarnos al margen del acontecimiento, encogiéndonos de hombros, es decir, «hacerse el longui» para desviar la atención de la persona que nos exige o pueda pedir explicaciones. En definitiva, como el que se hace el loco o que no sabe nada para escurrir el bulto.

 

 

Siempre habla quien tiene que le digan

Siempre habla quien tiene que le digan

Canarismos. Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP. Luis Rivero 

Aunque en las islas se escuchan diversas versiones del mismo dicho [«siempre habla el que (más) tiene que le digan/o el que más tiene que callar», etc.], este es el que conocemos como más recurrente: «siempre habla quien tiene que le digan». Este refrán viene a recordar que casi siempre son las personas que más defectos tienen –o quienes menos virtudes poseen– las que más critican y suelen hablan mal de los otros, mostrándose muchas veces severas y despiadada en sus criticas. 

La expresión recurre al juego sinonímico de dos verbos: hablar/decir con significados en cierto modo disímiles. El primero, ‘hablar’, tiene el sentido de la locución verbal ‘hablar mal’ de alguien, criticar, chismorrear/chismiar o chismear («andar con cuentos» o chismes); mientras que ‘decir’ («tiene que le digan») toma el valor de referirse a un sujeto poco virtuoso, lleno de defectos, a veces peores de lo que él critica en otros, es decir, que tiene sobrados motivos para ser censurado, reprochado o regañado en su actitud y comportamiento; y por tanto, debería «callarse a la boca» en lugar de estar hablando de otros. 

Es copioso el número de aforismos presentes en el refranero canario que tiene como fuente del «modelo pedagógico»  adoctrinante las habladurías y las murmuraciones. Por citar algunos ejemplos, aquel que dice: «cuando el barranco suena es porque agua trae/o lleva», para significar que los rumores casi siempre tienen algo de fundamento; o «el que tenga una hija hembra, no dé voces a la lengua» que advierte de no criticar las faltas de otros a quien puede incurrir en las mismas; «de malas lenguas están los infiernos llenos» expresión aforística que se dice de la gente chismosa y que acostumbra a hablar de mal de los demás;  «el peje muere por la boca», frase que se usa cuando alguien que habla mucho se ve traicionado por sus propias palabras;  «lo que no va cantado, va rezado» que quiere decir que lo que no se dice en la cara a alguien es peor porque se dice por detrás; y así un largo etcétera de frases y aforismos. Casi todos ellos hacen referencia, advierten o censuran  los efectos devastadores o perversos que pueden llegar a tener las malas lenguas. Y en esta línea se sitúa el dicho aquí comentado: «Siempre habla quien tiene que le digan» que en última instancia viene precisar que la actitud crítica e intolerante frente a alguien o respecto a alguna cosa, suele dejar entrever o apuntar los mismos defectos criticados, o incluso peores, por parte de quien los critica. Lo que al final parece confirmar lo que sanciona aquella máxima evangélica que ha trascendido a la categoría de dicho: «el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».

Saber de qué pata cojea alguien

 Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

Saber de qué pata cojea alguien

 

Este modismo usual en Canarias se escucha en una versión que difiere de la más común en castellano y que el Diccionario recoge como: «saber de qué pie cojea alguien». En las islas se suele decir «de qué pata cojea», en lo que parece una referencia implícita al reino animal, si no una «animalización» del sujeto al que se refiere. Lo que acentúa la mala reputación o condición que se predica de él. En ocasiones se añade en tono burlón o despectivo una referencia «al pájaro»: «(ya) se sabe de qué pata cojea el pájaro». Se expresa así –como algo sabido– que se trata además de alguien astuto, cuico. Viene a colación una expresión que reza: «ese es un pájaro pinto», que quiere decir taimado, que es un espabilado que se las sabe todas o «es más listo que el hambre» o que se trata de un pillastre.

La frase («saber de qué pata cojea alguien») generalmente funciona como locución verbal para significar que ya se conocen sobradamente los vicios o defectos morales de los que adolece una persona. 

La cojera aparece así como metáfora de vicio o defecto, inconveniente, carencia, falta, insuficiencia o anomalía.

La expresión –quizás sin quererlo– posee un vasto contenido simbólico. En la simbología antigua el pie se presenta con una significación ambivalente: por una parte se concibe como miembro fundamental y soporte del cuerpo, mientras que por otro lado se afirma –por la misma razón que permite al hombre la posición erecta– que los pies son símbolo del alma. Tal concepción tiene su sustento en las leyendas mitológicas de la Antigua Grecia, en las cuales la cojera suele significar una deformación del ánima. Así por ejemplo, en la mitología griega, el theós Hefesto –dios del fuego y de la metalurgia (Vulcano para los romanos)– era cojo. Su cojera era para los antiguos simbolistas señal de debilidad o deformidad de su alma. Como mismo bastones, muletas o patas de palo son a menudo símbolo de un soporte visible, ya sea moral o incluso económico o de cualquier otro tipo. Con frecuencia, en distintas tradiciones, tales «soportes» aparecen como un sostén inmoral, oculto o vergonzante al que se asemeja la enfermedad o la mutilación como defecto espiritual incurable. Recuérdese que la literatura y las leyendas están llenas de  personajes malévolos, siniestros, bellacos, ladrones, piratas… que muchas veces arrastran una cojera simbólica. [Quizás como mismo, en tiempos relativamente recientes, los medios contribuyeron a crear un icono perverso en la imagen del cojo manteca, que el lector recordará].

Así pues, «saber de qué pata cojea (alguien o el pájaro)» es conocer sobradamente los defectos morales que pesan sobre una persona. Con esta locución ponemos en sobre aviso a nuestro interlocutor sobre la reputación de un determinado individuo o confirmamos el resultado de una acción esperable ante la catadura moral del sujeto en cuestión.

 

 

Dando brincos yo te trinco

CANARISMOS

Dando brincos yo te trinco

Luis Rivero 22.09.2018 | Suplemento de Cultura La Provincia 

Esta expresión construida sobre la base de dos homófonos (brinco/trinco) viene a anunciar en tono de severa advertencia o amenaza que toda mala acción será cobrada como se merece en cuanto surja la ocasión.

La locución verbal “dar brincos” es sinónimo de andar ligero. Por otra parte son diversas las acepciones que en el español de Canarias tiene el verbo “trincar”, como por ejemplo: “asir con fuerza” (“lo trincó por el brazo”) o también pillar, agarrar, alcanzar, sorprender, prender, coger; pero aquí parece tener el valor de coger a alguien en un engaño, falta o ardid (como se usa en la expresión “lo trincaron robando”); o bien de modo similar: coger a alguien por sorpresa, abordarlo, sorprenderlo: “cogerlo echado”; o cogerlo en un fallo, en una falta o engaño (sorprenderlo in fraganti). Puede coincidir o acompañar a la advertencia: “lo estoy esperando”.

“Yo te trinco” equivale a decir “déjalo que yo lo cojo” (o “deja que te trinque”) que prevé o puede tener como resultado una celada, cuando están asechando a alguien en el sentido de esperarlo a que yerre o cometa un fallo para reprenderlo o pescarlo en la falta: “deja que lo trinque, le voy a cantar las cuarentas”. Tiene así el valor de amenaza o advertencia de retribuir el justo castigo o reprimenda a quien se lo merece por la acción cometida precedentemente.

Este modismo con vocación aforística parece asentarse en una máxima de ca-rácter universal que se expresa en el dicho: “el que la hace, la paga”. Y tiene a su vez su fundamento en un aserto que pretende hacer valer que es así como funcionan las cosas, tanto en el ámbito de la justicia humana como en el de la justicia divina, por así decirlo. Se sustentaría, pues, ideológicamente en la creencia en un principio retributivo que responde a toda mala acción con un justo castigo, ya sea en esta vida o en la otra, tal como se advierte o se intuye en expresiones tales como “Dios castiga sin piedra ni palo” o aquella otra que dice: “No te rías del mal de nadie porque el tuyo viene caminando”. Estos ecos de justicia universal/divina pueden sugerir que el devenir de los acontecimientos y de las actitudes humanas están sujetos a una especie de rueda kármica que gira inexorable proporcionando a cada uno aquello que se merece, al modo en que lo afirman algunas tradiciones orientales. O como se dice inapelablemente: “el tiempo pone a cada uno en su sitio”.

Con ello se invoca la certeza de que ineludiblemente llegará el momento de pedirle cuentas a quien ha llevado a cabo cualquier acto censurable. Sin embargo, la locución “dando brincos” expresa celeridad resolutiva, es decir, que más pronto que tarde llegará la hora de reprender o punir la conducta que presumimos reprobable. Lo que lo que lo sitúa más bien en la esfera de la justicia material y humana.

El niño que no llora, no mama

El niño que no llora, no mama

Canarismos. Suplemento de Cultura de La Provincia sábado 15 septiembre 2018. 

Esta paremia recurre a una imagen universal inspirada en la lactancia. Se basa en un razonamiento argumental que sondea en la propia animalidad que nos identifica como mamíferos. «El niño que no llora, no mama» es quizás la variante más escuchada en las islas. El dicho, de uso más o menos general en distintos dominios del español, cuenta con un refrendo cuasi universal en otras lenguas  («quem não chora, não mama»; «chi non piange, non poppa»; «qui ne demande rien, n’a rien»; «the squeaking wheel gets the grease»…), como tantos otros aforismos. El razonamiento conclusivo recurre a una doble negación con valor asertivo: el que no llora/no mama. Y lo hace a través de dos verbos que definen comportamientos elementales tanto en el neonato humano como en la cría o cachorro en otras especies de mamíferos.

            La acción de llorar aparece como presupuesto necesario en el niño en las primeras etapas de su vida en demanda del preciado nutrimento de la madre. El llanto resulta así una forma de comunicación elemental y primigenia en el ser humano. Este está ligado a una exigencia o requerimiento: se llora fundamentalmente porque se tiene hambre y existe por ende una urgencia de alimento (además de por sueño, frío o cualquier otro malestar que incomoda y turba al recién nacido). Pero sin duda tal exigencia se relaciona en primer lugar con la necesidad primaria de alimento y supone, pues, un reclamo.

            La leche materna contiene los nutrientes y propiedades inmunológicas necesarias para un crecimiento sano en cada individuo. Cada sustancia privilegia aquellos aspectos distintivos en nuestra especie, como la presencia de ácidos grasos que son necesarios para un buen desarrollo del cerebro y, por ende, de las facultades inteligentes que son propias de los  humanos. Aunque ello no nos convierte en seres especiales, pues cada especie a través de la lactancia proporciona a sus crías los elementos imprescindibles para la supervivencia. Esta es la idea que sirve de soporte a la máxima: el llanto conlleva la satisfacción de una necesidad básica. 

            Se relacionan, pues, dos conceptos fundamentales en el comportamiento humano. Uno de naturaleza o características puramente animal que nos identifica como mamíferos (‘mamar’: succionar, comer, alimentarse); y otro, ‘llorar’ (llanto, lamento o quejido),  al que muchos consideran un rasgo típicamente humano y exclusivo de nuestra especie. Exclusividad que estaría por ver. 

            Paradójicamente nos seguimos reconociendo en nuestra condición más animal al invocar este razonamiento elemental que viene reportado con carácter aforístico para indicar que cuando se quiere obtener algo, hay que pedirlo con insistencia y con obstinación, incluso con tenacidad y perseverancia hasta despertar la compasión, la lastima o la ahitera en nuestro interlocutor o benefactor. Como mismo un neonato berrea cuando tiene hambre. Pero se trasciende aquí a la urgencia de obtener el sustento básico. Con esta figura se expresa que para asir las oportunidades que se nos presentan «hay que moverse», actuar, hay que «dejarse ver»; o como concluye otro dicho de similar significado: «el que quiera lapas que se moje el culo».

            «El (niño) que no llora, no mama» viene a concluir un argumento que induce a actuar, a espabilarse, porque «a los bobos se lo comen las moscas»  –reza otro dicho que a menudo acompaña y complementa al anterior–. El verbo mamar tiene aquí un carácter mucho más trascendente a la vocación inicial sobre la que se construye la metáfora. ‘Mamar’ es sinónimo también de «sacar provecho» (ventaja o beneficio), «hincharse», «trincar», «sacar tajada»; incluso en un sentido más turbio, o cercano al ilícito, se puede identificar con «chupar del bote», «mamoneo/mamonear»,  «chascar», entre otras voces que en Canarias, en América y en otros dominios del español se usan para hacer notar que alguien se está beneficiando y obteniendo ganancia o provecho de una situación dada. 

¡Se dijo!

Canarismos

¡Se dijo!

 Luis Rivero . Suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 28 julio

Tratase de un modismo que con el significado equivalente a las expresiones «¡no se hable más!» o «eso está hecho» (y similares) opera en la conclusión de una conversación y confirma que los interlocutores se han puesto de acuerdo sobre algo. En este sentido funciona en cierto modo como una forma de «juramento» o promesa informal. La locución verbal recurre a un modo impersonal,  poco habitual, en voz pretérita. Sin embargo este tiempo pasado proyecta y despliega todo su valor hacia el futuro como un compromiso espontáneo. 

Como fórmula al uso para mostrar acuerdo resalta el valor de «la palabra dada» como constitutiva de obligación. El contexto más propio es la charla informal entre dos o más personas que conciertan alguna acción futura, ya sea próxima o inmediata en el tiempo o más lejana, o ya posea un carácter trascendente o acaso ordinario. A modo de ejemplo: «¿Nos vemos mañana?»/ «venga»/ «¡se dijo!». El «se dijo» tiene así el valor de vinculación recíproca cuando es pronunciado solo por uno de los interlocutores –como suele ocurrir– y el otro asiente tácitamente, no mostrando discrepancia. En ocasiones, sin embargo, obedece a la invitación en forma interrogativa: «¿se dijo?», a la que se responde con una afirmación que sella el compromiso: «¡se dijo!». 

         Este modismo viene usado a veces de forma recurrente como una suerte de coletilla de la que se echa mano con facilidad de manera informal para referirse a cualquier cosa por hacer, pero puede tener también un contenido mucho más trascendente.

         Más allá del acuerdo, expresa la inminencia de lo tratado en la conversación, que lo hablado es cosa hecha. Lo que lo convierte en un modo de subordinación a la palabra dada con efecto de obligación. 

         La fórmula goza –acaso subliminalmente– del valor simbólico de la palabra. Rememora el significado primordial del verbo que evoca con toda sus fuerzas aquel Fiat lux(«Hágase la luz»), en el que las cosas se materializan a través de la palabra («…y la luz se hizo»). Como mismo el hombre de palabra cumple lo dicho.

         En fin, nosotros de momento nos despedimos aquí, pero nos vemos en septiembre: ¡Se dijo! 

 

Donde manda patrón no manda marinero

CANARISMOS

Donde manda patrón no manda marinero

Luis Rivero 20.07.2018 | Cultura La Provincia/DLP

El dicho “donde manda capitán, no manda marinero” es común en diversos dominios del español en el mundo, desde España a Cuba, pasando por Venezuela o Uruguay, entre otros territorios lingüísticos. Se escucha en Canarias también en la versión que dice: “donde manda patrón, no manda marinero”.

Funciona como máxima o principio que se fundamenta en el esquema de una estructura de poder jerárquico. Implícitamente nos reporta a una relación sinalagmática basada en dos conceptos contrapuestos, pero complementarios: potestad/obediencia.

El “donde” indica lugar genérico, determinado o determinable, no tanto entendido como espacio territorial, sino como situación social o relacional. Se inspira en una metáfora de origen marinero, elemento recurrente en nuestro acervo aforístico. Pero esta figura es extrapolable a cualquier ámbito de las relaciones humanas basadas en un orden de subordinación.

El “patrón” se refiere a la persona que en una pequeña embarcación mercante o pesquera está al mando (de “mandar”) o gobierno de la nave y de la tripulación (“marineros”), representando la máxima autoridad a bordo.

El principio de jerarquía en el que se fundamentan las relaciones sociales no difiere, sustancialmente, de los patrones de comportamiento que justifican la organización en determinadas especies animales. El gregarismo en torno al jefe de la manada tiene su justificación primaria en la búsqueda de protección o socorro mutuo en orden a garantizar la supervivencia de la especie; desde la colaboración entre los distintos miembros para asegurar el alimento en la caza, o para defenderse de predadores, hasta el desarrollo de un incipiente y rudimentario “mutualismo” en ciertas especies.

A pequeña escala, tales basamentos se pueden observar en la estructura organizativa y de poder de una nave, con rangos y escalafones propios de una disciplina marcial. Lo que se justifica en la necesidad de garantizar la seguridad de la embarcación, la integridad de la tripulación y llevar a la nave “a buen puerto”.

En su uso más común el dicho actúa como recordatorio o admonición que trata de justificar el orden jerárquico de poder establecido, sin que se entre a cuestionar la legitimidad de la máxima ni su mutabilidad, dando por sentado que así ha sido siempre y así será. De modo que cuando hay una autoridad que ostenta el mando, el subalterno le debe obediencia sin que pueda atender a otras razones.

En ocasiones se recurre al dicho por parte de los propios subordinados como justificación y, por ende, como excusa a la falta de iniciativa frente a cualquier cuestión que pueda comprometer su responsabilidad. “Yo soy un mandado”, se suele escuchar a menudo del operario que se encoje de hombros ante quien lo interpela sobre cualquier cuestión comprometida.

Los pobres con agüita hacemos caldo

Canarismos

Los pobres con agüita hacemos caldo

Luis Rivero 13.07.2018 | Cultura La Provincia/DLP

Los pobres con agüita hacemos caldo

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio. Es esta una observación asertiva seguramente constatada en el curso de la historia de la humanidad. A la cual se le hace responsable de descubrimientos, invenciones y saltos evolutivos en el devenir de la especie. Esta sería sustancialmente la significación primordial de la frase aforística referida. El concepto se refleja de forma más elemental en la comparativa: “es más listo que el hambre” que da cuenta de que la necesidad extrema puede despertar en el menesteroso la sagacidad, agudizando intuición y talento para salir del apuro o superar situaciones de dificultad. En definitiva, el dicho “los pobres de/con agüita/agua hacen/hacemos caldo” viene a hacer notar que cuando escasea o falta el sustento necesario, se ponen en marcha ciertos mecanismos que nos dotan de la habilidad y destreza necesarias para llevar a cabo tareas o a desarrollar aptitudes hasta entonces desconocidas.

Pero si la antropología induce a la conclusión de que el lenguaje es reflejo directo de las dinámicas sociales y de los cambios generacionales, no es menos cierto que la ideología y el pensamiento como parte del imaginario se trasladan a través del vehículo idiomático, y a veces de un modo sutil. Más allá del valor significante primario de la expresión comentada, llama la atención que el uso más común toma la forma verbal de la primera persona del plural del presente de indicativo. Modo este que seguramente la provee de una particular fuerza ideológica que no parece del todo inocua. La expresión “los pobres con agüita hacemos caldo” está dotada de una seña identitaria bien precisa: la pobreza. Condición con la que el hablante se identifica subliminalmente -cuando no asiente conscientemente-.

El binomio escasez/abundancia como mismo: pobreza/riqueza están presentes desde los albores de la historia de la humanidad. Muchas culturas consideran la pobreza como parte inevitable de la imperfección y de la injusticia en la que se sume el mundo. Así hay quienes piensan que se trata de un problema econométrico resoluble sobre el que se puede intervenir desde las políticas públicas. Sin embargo, la pobreza es más una herencia ideológica -que genera a su vez actitudes- que una situación coyuntural o perdurable. Esta concepción doctrinaria se reconoce en otro dicho que repite habitualmente: “dinero llama dinero”; como mismo la pobreza llama a la pobreza, la escasez a la escasez y la abundancia a la abundancia. Buena parte de la responsabilidad sobre la pobreza y sus consecuencias socioeconómicas la tienen las promesas de vida eterna inculcadas durante dos mil años de monoteísmo.

La religiones monoteístas no parece que sean ideológicamente neutras, y mucho menos de efectos “biodegradables”. Las máximas que inculcan perduran -sin solución de continuidad- en el imaginario colectivo. Pasando a formar parte del pensamiento individual y grupal a través de la palabra. Aunque no siempre a los pobres les gusta ser pobres, algunas doctrinas intentan convencerlos de que entrarán en posesión de un legado celeste que superará todas la fortunas de la vida terrena.

Buena prueba de la inexistencia de contenidos asépticos en las doctrinas religiosas la tenemos en la Biblia. Por ejemplo, las voces pobre/pobreza aparecen en torno a las doscientas veces; mientras que las palabras rico/riqueza se mencionan al menos en trescientas cincuenta ocasiones. El término riqueza aparece sobre todo en el A.T. asociado -mayormente- a cualidades loables y positivas. Nos hablan de reyes y patriarcas que son colmados de riquezas y privilegios; o de hombres comunes que son premiados con tales dones. (“Buena es la riqueza en la que no hay pecado, mala es la pobreza al decir del impío; Eclesiástico 13).

Por su parte el N.T. suele identificar la riqueza y a quien disfruta de ella como una condición ligada al mal, a la imperfección y al pecado. (“[?] es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”; Mateo 19). [Quizás haya que buscar aquí el fundamento último del dicho: “gente rica, gente (d)el diablo”].

En fin, lo que pudiera parecer una frase aforística casi trivial que pone énfasis en la vivacidad frente a las dificultades, soslaya un trasfondo ideológico que podría esconder la “reivindicación” virtuosa de la pobreza, y que no parecería casual ni inocente y mucho menos neutral.

Pegarle una quintada (a alguien)

CANARISMOS

Pegarle una quintada (a alguien)

Luis Rivero 06.07.2018 | Suplemento Cultura La Provincia/DLP

Se trata de un modismo en franco retroceso que seguramente el hablar culto y la modernez han hecho caer en el desprestigio. Hoy acaso sobrevive entre determinados grupos de hablantes que ya peinan canas. Pero si la “quintada” como modo de expresión popular ha caído en desuso y ha quedado relegado casi a una rareza que registran las compilaciones de canarismos, no es menos cierto que entre los más jóvenes se escuchan todavía otros modismos populares de valor similar. Son ejemplos: “pegar un trancazo”, “dar el tranque”, “pegar una montada” o “hacerle a alguien una jugada”. Todas ellas formas de expresión sinónimas o similares a la anterior que pueden circunscribirse a ámbitos más amplios de hablantes.

Una “quintada” es un engaño o una mala pasada, una “jugada” que se le hace a alguien no cumpliendo con lo prometido o recurriendo a cualquier argucia con el propósito de embrollar. En un sentido laxo se suele utilizar con el valor de “tranque” o “montada” para referirse a una faena de menor entidad, como por ejemplo faltar a una cita o no aparecer en el momento en que se esperaba.

En cuanto a su etimología, la palabra parece derivar de “quinto” o “quinta” que se refiere a los soldados de reemplazo en el servicio militar obligatorio. [Todavía se escucha de nuestros mayores expresiones tales como: “Fulano es de mi quinta” para decir que son coetáneos o que “sirvieron” juntos, es decir, que fueron conmilitones durante el servicio militar]. El Diccionario recoge “quintada” como broma humillante que los soldados más veteranos gastan a los reclutas. En sentido similar lo registra Guerra en su Contribución al léxico de Gran Canaria. No obstante, el uso más común que conocemos es el de ‘engaño’, ‘artimaña’, ‘martingala’ o ‘mala jugada’ (por utilizar un pleonasmo usual)

La locución “pegar una quintada” (a alguien) recurre al verbo ‘pegar’ con el significado de ‘dar’, ‘hacer’ o ‘perpetrar’ para señalar a quien es objeto o a quien lleva a cabo un engaño, encerrona o fraude. Cuando se dice que “fulano me dio una quintada” para referirse a quien ha faltado a la palabra o recurrido al engaño implica -en una suerte de código de valores idiomático- que esa persona ha dejado de ser fiable y atendible, cayendo en el desprestigio social. Así viene tachado de “chafalmeja” (que se refiere a una persona de conducta informal e irresponsable) y en el peor de los casos, puede ganar fama de golfo o “palanquín” (del que ya se sabe “de qué pata cojea”).

Con carácter más laxo es de uso general la expresión: “¡Fuerte montada!” o “¡Si no’s montada esa!” que puede expresar ironía o sorpresa al descubrirse la faena que le acaban de hacer a uno o cuando alguien se lleva un chasco.

En sentido afín se escuchan las expresiones construidas con el verbo “embarcar” o el sustantivo “embarque”. Se usa indistintamente cuando a uno lo embaucan o lo enrollan y lo meten en un apuro o dificultad -contra su voluntad o por habérsela buscado- de cuya situación no sabe bien cómo salir. “¡Fuerte embarque!” o “¡ya me embarcaron!” son expresiones al uso cuando se descubre la situación de la que se desconocían las consecuencias. Las voces embarque/embarcar se emplean -creemos- en el sentido figurado de “embarcarse”, que en el español de Canarias, entre otras singulares acepciones, guarda el sentido de emigrar o embarcarse para América. Empresa -otrora- aventurada que no ofrecía demasiadas garantías de acabar bien. De ahí -probablemente- que cuando alguien se ve “cogido” por sorpresa o lo “dejan tirado” ante una situación de dificultad es como si lo “embarcaran”. Entonces suele exclama: “¡Si no’s embarque este!”.

Un andancio que anda por ahí

CANARISMOS

Un andancio que anda por ahí

Luis Rivero 29.06.2018 | Cultura La Provincia

De entre los numerosos arcaísmos del castellano que subsisten en el español hablado en Canarias, nos encontramos con esta rareza: “andancio”. El Diccionario lo registra esta voz como enfermedad epidémica leve. Otros léxicos se refieren a una enfermedad ligera que aparece en determinadas estaciones del año. O lo definen como: malestar o indisposición de actualidad; contagio o nombre popular de una enfermedad. Con todo se puede decir que se trate de una epidemia -generalmente de gripe, por ser lo más común, aunque puede ser cualquier otra dolencia- casi siempre estacional y que no reviste especial gravedad. Como arcaísmo lo localizamos al menos en León y Salamanca; y también en Cuba -además de Canarias-. El Diccionario de americanismos lo sitúa en el hablar popular y culto de Venezuela en forma femenina: andancia, como síntomas de alguna enfermedad leve. Guerra lo recoge en su Contribución al léxico de Gran Canaria como andancio/andansio: enfermedad virulenta, epidémica. El DRAE, en cuanto a su etimología, señala “andancio” como procedente ‘de andar’. Hay quienes apuntan a la voz portuguesa andaço o del gallego andancio, con origen o influencia del verbo ‘andar’. En algunos pueblos de Gran Canaria se usa todavía como expresión en reducidos grupos de hablantes: “eso es un andancio que anda por ahí”/ “eso es un andancio que hay par’a(h)i”(: por ahí). La expresión un “andancio que anda” parece dotar a la enfermedad en cuestión de la propiedad de desplazarse, para expresar que se propaga, se extiende, que va de un lugar a otro. Lo que representa figuradamente una idea que no deja de ser curiosa: la enfermedad como algo con capacidad de movimiento.

Un elemento peculiar de algunas lenguas es la categorización de los seres en animados e inanimados. Esto se realiza conforme a patrones culturales, especialmente derivados del pensamiento mítico y mágico, más que a determinantes universales de carácter biológico inherente a las cosas nombradas. Por poner un ejemplo desde el campo de la antropología lingüística, en las lenguas habladas por algunas tribus o pueblos nativos de América, ciertos elementos como el fuego, los astros, e incluso la enfermedad son concebidos como fuerzas naturales y se agrupan en una clase especial de seres animados, al igual que los espíritus que gobiernan a los hombres.

Sabemos que la condición de seres animados viene determinada originariamente -como bien indica la etimología de la palabra: del lat. ‘animare’- por estar dotados de movimiento. Esta idea parece subyacer en la concepción aristotélica de la clasificación de los “mundos” o “reinos”, al menos en su origen. Es decir, la distinción esencial entre seres animados e inanimados no está tanto en estar dotados o no de un “ánima”, ‘alma’ -como afirman las doctrinas teológicas posteriores- sino en la capacidad o predisposición al movimiento. Así las cosas, el concepto no resulta del todo extraño si se considera que la enfermedad epidémica se transmite (del lat. transmitt?re;’trasladar’,’transferir’) de una persona a otra y esto implica, en cierto modo, movimiento.

“Un andancio que anda por ahí” se presenta como una frase hecha de carácter predictivo/informativo. Sirve para predecir un fenómeno que ocasional o estacionalmente aparece con carácter epidémico en la población. En tal caso puede considerarse un vaticinio cuando actúa en un plano exclusivamente teórico. Pero también puede tener un valor informativo cuando en boca de nuestros mayores se afirma con fundamento, basado en la propia experiencia vivid. (“Eso es un andancio que anda por ahí”). Se trata de una expresión hoy en retroceso o en casi total desuso -quizás identificada como “poco elegante” y propia de gente del campo, cuando en realidad puede considerarse más bien un cultismos antiguo- y ha sido progresivamente sustituida por otra más “fina”: “eso es un virus” (para referirse a la causa u origen, al síntoma o a la enfermedad, indistintamente). Que dicho así, como se suele escuchar por ahí, se ampara, más que un conocimiento médico preciso, en una conjetura pseudocientífica.