Cuando hay marea, golpe a la lapa

Canarismos

Cuando hay marea, golpe a la lapa

Luis Rivero 05.01.2018 |Publicado en el suplemento de Cultura de La Provincia 

Esta expresión costera viene a indicar implícitamente que el momento propicio para coger lapas es cuando la marea está baja. El dicho, que se inspira en una actividad practicada desde antiguo por la gente del mar, forma parte de los conocimientos y creencias que se mueven en torno al mar y sus ciclos. Es locución propia del idiolecto de las comunidades de pescadores y de la población de los asentamientos costeros, aunque de uso generalizado. Se dan otras variantes del dicho, tales como: “Ahora que hay marea, vuelta a la lapa”; o “cuando hay marea baja, golpe a la lapa”.

El paradigma de referencia es el marisqueo o más concretamente el lapear (a veces pronunciado lapiar), es decir: coger lapas. Si bien, en sentido genérico, con el término marea se indica el movimiento cíclico y alternativo de ascenso y descenso de las aguas del mar producto de la fuerza de atracción del Sol y de la Luna, aquí se refiere específicamente a la bajamar.

Cuando entre los pescadores isleños se dice que hay marea se alude normalmente a la marea baja. Sobre todo cuando estamos en presencia de mareas muy vivas, coincidiendo con las fases lunares de luna nueva o luna llena, en las que la diferencia entre la bajamar y la pleamar se hace más evidente. Con estas mareas quedan al descubierto el ‘marisco’ (riscos del fondo marino) y los ‘callaos’ de la orilla, de sólito cubiertos por el agua y que son el hábitat natural de este molusco. Lo que lo convierte en un momento óptimo para su captura. Faena que el pescador acomete tradicionalmente provisto de un lapero -utensilio de hierro ideado para coger lapas- o bien con un cuchillo de cocina, ya que la lapa se adhiere fuertemente a la piedra. [De ahí la hipérbole: “ser más agarrado que una lapa”, para hacer notar que una persona es muy agarrada o tacaña].

La expresión en un sentido figurado funciona como refrán o sentencia. Responde a un principio cognitivo y axiomático elemental que utiliza la metáfora del flujo y reflujo de las mareas para expresar que hay que aprovechar las oportunidades que se nos presentan en cada momento. Como mismo el pescador aprovecha la ocasión cuando la generosidad del mar pone a su merced este recurso alimenticio. Este razonamiento participa del carácter orientativo/didáctico que es común en la mayor parte de los dichos que tienen origen en la cultura rural o en la gente de la mar. Todo ello se traduce en una idea ilustrativa de la enseñanza que podemos resumir en: hay que ser diligente ante la oportunidad. Es decir, hay que aprovechar y no desperdiciar las ocasiones que nos brinda el destino o una situación pasajera y propicia para actuar en la justa dirección o acometer con determinación una empresa.

Ideológicamente afín a la expresión comentada se sitúa esta otra que dice: “el que quiera lapas, que se moje el culo” para significar que quien desea obtener un beneficio ha de hacer el esfuerzo necesario para lograrlo. Es decir, que no basta sólo con estar atentos a la oportunidad, sino que hay que entregarse a ella para no desperdiciarla.

Irse a las Chacaritas

Canarismos

Irse a las Chacaritas

©Luis Rivero/ publicado en suplemento Cultura de La Provincia/DLP

A menudo se echa mano de este americanismo procedente de Argentina que expresa «irse para el cementerio» para querer decir en sentido figurado: «morirse». Chacarita es un barrio de Buenos Aires que da nombre a la que es, seguramente, la necrópolis más célebre de aquel país.

El término chacarita parece derivar de la voz quechua: ‘chácara’ que significa ‘tierra de cultivo’, ‘huerta’ o ‘quinta’. Fue en 1871, por la necesidad de habilitar terrenos para enterramientos de las víctimas de una epidemia de fiebre amarilla, cuando se construyó el actual camposanto de La Chacarita (o cementerio del oeste), junto al barrio del mismo nombre. (Al lugar se le conoció también popularmente como «la quinta del ñato»). A él cantó Borges en uno de sus poemas: «Porque la entraña del cementerio del sur/ fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta;/[…] y porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte,/ a paladas te abrieron en la punta perdida del oeste». Y de aquí nace la locución original: «irse a la Chacarita», que el mismo Borges inmortalizaría –valga la expresión– en uno de sus cuentos: «Una de dos: o lo matas y vas a la sombra, o él te mata y vas a la Chacarita» (Historia de Rosendo Juárez).

De manera que, por metonimia, la expresión: «Chacarita» ha pasado a ser sinónimo de cementerio y «se fue para la Chacharita»  a significar ‘se fue al otro mundo‘ o ‘se murió’. Es probable que por deformación en su uso el singular (la Chacarita) acabó convirtiéndose en plural: las Chacharitas, como se escucha hoy en las islas.

         El origen de la locución guarda un curioso y  extraordinario paralelismo con otra expresión local:  «irse para las plataneras», que se conserva en el habla de Las Palmas de Gran Canaria con referencias al viejo cementerio de Vegueta. Fue precisamente una epidemia de fiebre amarilla que azota la ciudad en torno al año 1811 la que justificaría la necesidad de habilitar terrenos, entonces destinados al cultivo de plataneras en la Vega de San José, para la construcción de un nuevo cementerio. Como mismo hiciera Borges con la Chacarita, algunos de nuestros más ilustres  intelectuales de la época (Domingo J. Navarro, Luis Millares Cubas…) dedicaron unas palabras al nacimiento del camposanto de Vegueta y a la génesis de la locución «irse para las plataneras», como sinónimo de morirse.

Hoy es de uso general en las islas, con cierto valor festivo y espontáneo, «se fue para las Chacharitas» para significar ‘se murió’ o ‘abicó’, unido a un buen número de locuciones de idéntica naturaleza como: «irse al otro barrio», «irse pa(ra)(e)l piso», «tumbar las orejas» o «quedarle dos afeitadas» (vaticinio), entre otras. En la periferia de estas se sitúan otras expresiones que hacen referencia a la manera de morirse, recurriendo a una retórica peculiar: «se murió como un pajarito» o «se murió como un perro». El símil zoológico de la muerte (de un pajarito) nos transmite íntimamente la ternura que despierta en nosotros, seres humanos, contemplar el último aliento en una criatura tan frágil. Y si la muerte del pajarito nos da lástima, en las antípodas de esta expresión necrozoológica se sitúa aquella otra que dice: «se murió como un perro». Más que enternecimiento infunde desagrado –a veces maledicencia– y cierta aversión a la situación de quien llega al final de su vida en inhumanas condiciones, ya sean de abandono, miseria o sufrimiento extremo. Quizás porque nos turba la idea de podernos ver en tan terrible estado. Ante la emotividad lastimera o la desazón que provoca la escena, entre bastidores (o literalmente: a las puertas del velatorio) tratamos de ahuyentar el sopor luctuoso de la muerte con ese antidepresivo natural que es el sentido del humor. Esto es lo que rezuma la socarronería del isleño frente a la muerte, y así se entienden las expresiones que con donaire merodean en torno al final de los días.

Pero los símiles zoológicos a los que se recurre para describir la muerte podrían tener un alcance que va más allá de lo meramente retórico. Piénsese en el adagio que a modo de memento leemos en los frontispicios de los cementerios: pulvis es et pulverem reverteris («eres polvo y al polvo tornarás»). La inquietante máxima –extraída del Génesis 3:18– se vuelve a repetir en el Libro de Qohéleth (o Eclesiastés 3: 19-20). Esta vez  con una premisa esclarecedora (¿o desconcertante?): «la suerte de hombres y animales es la misma: muere uno y muere otro, todos tienen el mismo aliento de vida, y el hombre no supera a los animales. Todos son vanidad. Todos caminan al mismo lugar, todos vienen del polvo y todos vuelven al polvo». Lo que literalmente parece mandar al traste cualquier concepción anímica que trate de justificar la primacía de la especie elegida. Así las cosas, se entienden mucho mejor los símiles necrozoológicos y cobra todo el sentido eso que se suele decir en estos casos: «el muerto al hoyo y el vivo al bollo».

 

 

 

 

No dar un palo al agua

CANARISMOS 

No dar un palo al agua

 

©Luis Rivero (publicado en el suplemento de CULTURA La Provincia/DLP)

 

Esta locución de origen marinero parece tener como elemento aleccionante –que la ilustra en sentido negativo– la actitud de aquellos miembros de la tripulación que no colaboraban remando con el resto de los marineros. Eludir el golpe del remo sobre el agua al bogar sería la imagen a la que recurre esta metáfora para significar: haraganear o no hacer ni el más mínimo esfuerzo en el trabajo. Es de uso general en castellano, aunque también muy recurrente en el español hablado en Canarias con algunos sinónimos característicos.

«No pegar un palo al agua», «no dar gongo» o «no dar un timbalazo» son sinónimos más propios de la expresión castellana en las islas. En Canarias se le llama «gongo» –en una de sus acepciones–  a dar un golpe con la púa o punta de un trompo en la cabeza de otro trompo [y de ahí seguramente lo de ‘trompazo’]. (El trompo era un juego de chiquillos –manual, no mecánico–, hoy considerado casi una reliquia de la época pregameboy).  ‘Hacer gongo’ era el modo de dejar fuera del juego al contrincante acertándole un golpe certero o trompazo. La voz parece ser un portuguesismo asentado en las islas y que probablemente por hiperonimia deriva en ‘golpe’. Así «no dar ni gongo» sería sinónimo de «no dar ni golpe», lo que figurativamente quiere decir: no trabajar o «no pegar un mochazo» (golpe de sacho o ‘guataca’). Pero existe una rica variedad de sinónimos procedentes de distintos ámbitos o menesteres: «no disparar un cartucho», «no dar un paletazo», «no gustarle (a alguien) doblar el espinazo» o «agachar la viga». Todas ellas expresiones que con donaire ponen de manifiesto la actitud de quien no le gusta trabajar.

Dentro del lenguaje de claro sentido androcrático encontramos este otro sinónimo, quizás menos utilizado: «no dar un timbalazo». ‘Timbalazo’ viene de ‘timbales’. El término es un americanismo (procedente del Caribe) utilizado para nombrar los testículos. En ocasiones se usa como expresión de fastidio: «¡no me toques los timbales!», con idéntico valor a la expresión castellana. Tanto en Canarias como en algunos lugares de América a los genitales masculinos se les conoce como ‘güevos’ o ‘timbales’ y, al menos en Canarias, también se les llamas ‘cataplines’. En sentido más contundente y soez, para reprochar una actitud pasiva y poco diligente en el trabajo, se dice: «tocarse los güevos». (De hecho se le llama «güevón» a la persona holgazana). Se asocia así este acto de subliminal autoafirmación de la propia masculinidad, consistente en palparse los genitales, con la ociosidad. Quién sabe si con origen en algún atavismo relacionado con el propio instinto animal que subyace en la función reproductora del macho que acaso no debe malgastar esfuerzos inútiles en otros quehaceres. A menudo se predica de jóvenes y adolescentes en plena etapa de afirmación falocéntrica o de la propia masculinidad.  O quizás el asunto sea mucho más simple y quien se toca los güevos es porque no tiene otra cosa mejor que hacer. A saber: se predicaría de quien que lleva una vida ociosa, en la que satisfecha la más urgente de las necesidades fisiológicas: la del nutrimiento, le sucede en orden de prelación la de reproducción. Por tanto, saciada la prioritaria, el tocamiento genital indica la predisposición a cumplir instintivamente con la actividad asociada a la función reproductiva. Según algún código cultural, los genitales serían la parte del cuerpo que se identifican con la voluptuosidad y la concupiscencia.

Dentro de ese paralelismo que muestra el lenguaje entre  significado y actitudes psicosomáticas –por así decirlo– como manosear distintas partes del cuerpo, se circunscribe también la expresión: «rascarse la barriga» que se predica igualmente de quien se da a la holgazanería, «tumbarse a la bartola» plácidamente y no hacer nada productivo.

En cualquier caso, la expresión «no dar un timbalazo» tendría un sentido hiperbólico y viene a significar exageradamente: ni siquiera tocarse los güevos, que ya es decir.

 

 

El lado oscuro de la revolución digital: ¿libertad o esclavitud?

El lado oscuro de la revolución digital: ¿libertad o esclavitud?

© Enrica Perucchietti; artículo publicado en el periódico digital: interessenazionale.net

(traducción al español de Luis Rivero)

 

“No os dais cuenta, pero estáis sufriendo una programación. Ahora, sin embargo, tenéis que decidir a qué nivel de independencia intelectual estáis dispuestos a renunciar”. El llamamiento es del exvicepresidente de Facebook Chamath Palihapitiya que en una intervención en la Graduate School of Business de Stanford (EE.UU.) ha arremetido contra esta red social, declarando un tremendo sentimiento de culpa por haber contribuido a crear los instrumentos que están “destruyendo el tejido social”.

(http://www.universityequipe.com/parole-ex-dirigente-facebook).

El análisis de Palihapitiya no es nuevo ni aislado, pero resulta interesante que provenga precisamente de aquel que ha contribuido al desarrollo de Facebook.

El análisis de Palihapitiya no es novedoso: Evgeny Morozov, por ejemplo,  ha explicado ampliamente en sus obras como Google, Amazon, Facebook, Twitter, etc., serían sólo la encarnación de una nueva forma de capitalismo enmascarado de revolución digital y la enésima versión de centralización del capitalismo

Lo he escrito y lo vengo repitiendo desde hace años: los poderes que impulsan la globalización están abatiendo el viejo mundo para “crear” de sus escombros un ciudadano nuevo que sea fácilmente maleable y controlable. Un ciudadano sin identidad que ha renunciado a su personalidad, al espíritu crítico, a la privacidad, que esté siempre “conectado”. Un ciudadano capaz de abrazar el progreso y en nombre de este, aceptar cualquier disposición, abdicando a su misma humanidad. Un hombre que se convierte en máquina y esposa lo virtual, prefiriendo paraísos artificiales en lugar de la vida real hecha también de dolor, fatiga y desesperación.

 

Para evitar este escenario distópico, el entusiasmo por la tecnología debería acoger también las críticas sobre la posible deriva del progreso técnico, de manera de asociar al desarrollo una  contraprestación ética que mire al bienestar colectivo y no meramente al control social y al beneficio de unos pocos.

El análisis de Palihapitiya no es el único: hace tan solo un mes, Sean Parker, cofundador de Napster y exsocio de Zuckerberg, arremetió en una conferencia en Filadelfia contra la red social, declarando que “explotan la vulnerabilidad psicológica de las personas”. Parker había llamado la atención sobre los posibles daños que podría provocar  el uso inmoderado de las redes sociales por parte de los niños. Desde hace año, en efecto, se habla de las contraindicaciones que la tecnología puede tener sobre los más pequeños: las investigaciones acerca de la sobreexposición tecnológica sobre un cerebro en vías de desarrollo hablan de ansiedad, irritabilidad, depresión infantil, trastornos de apego, déficit de atención, autismo, trastornos bipolares, psicosis y comportamientos problemáticos.

(http://www.huffingtonpost.it/cris-rowan/10-motivi-per-cui-i-dispositivi-portatili-dovrebbero-essere-vietati-ai-bambini-al-di-sotto-dei-12-anni_b_9124584.html)

Por esto, se habla cada vez más de “dependencia” de los dispositivos portátiles como si se tratara de una verdadera “droga”: efectos que deberían ser posteriormente investigados y afrontados. El nivel de atención es cada vez más bajo y el resultado es una disminución de la concentración, de la memoria y de la capacidad crítica. Somos bulímicos de atención, nos estamos convirtiendo en incapaces de vivir en la realidad cotidiana hecha de personas de carne y hueso y de relaciones sociales que van más allá de un “Me gusta”. Los efectos de esta revolución antropológica los podremos observar, plenamente, en los próximos años.

Deberemos también reflexionar sobre nuestra responsabilidad de adultos: el abuso tecnológico que están padeciendo las nuevas generaciones es una forma de compensación debida a la falta de atención que los mismos adultos deberían prestar a los más jóvenes. Se trata de un sucedáneo que puede generar dependencia y esta, a su vez, secuelas permanentes.

Parker y Palihapitiya han sido valientes al denunciar dos aspectos oscuros de la revolución digital que han contribuido a poner en marcha: de un lado, el riesgo de ser manipulados, “fichados” y programados; de otro lado, los efectos colaterales de la exposición excesiva entre los más jóvenes y las repercusiones sobre la colectividad. Lo repito: esto no significar convertirse en portavoz de un pensamiento oscurantista y reaccionario, sino promover una nueva visión “ética” que respete a la persona humana y las relaciones “reales”. El hecho de que el desarrollo tecnológico sea “inevitable” no significa que deba ser abandonado a sí mismo, sin una guía y sin límites: no todo aquello que se puede realizar debe por ello ser realizado. Podemos orientar la búsqueda en un sentido ético y sostenible.

Corremos hacia una deriva poshumana en la que las relaciones sociales tienden a corromperse, en la que las personas arriesgan a sentirse “drogadas” por el abuso de las redes sociales, dependientes de un “Me gusta” o de los comentarios de los otros usuarios, terminando despersonalizadas y alejadas de la realidad “verdadera”. Las redes sociales han derribado muchas barreras, acercan (a las personas), pero al mismo tiempo las alejando de aquello que es real, difundiendo una idea de perfección virtual que sobre todo los más jóvenes tienden a emular acabando inevitablemente explotados.

 

Las redes sociales no sólo han ilusionado en poder ofrecer una “comunidad” en sentido irreal e inalcanzable, sino que también han llevado a constituirse de un odio “democrático” en el que cada cual se siente libre y legitimado (por tanto, con “derecho”) a manifestar su propio disenso (la mayor parte de las veces, acrítico y visceral) llegando al insulto y a la amenaza: y de aquí al fenómeno de los haters y del ciberbulismo. Es como si no existiesen filtros entre el pensamiento/ emoción y lo que se transcribe. En este caso, sin embargo, la “guerra digital” es sólo una excusa para llegar a censurar internet y las voces alternativas, introduciendo para ello el delito de opinión y posterior control tecnológico. El problema no es de las redes sociales en sí, sino nuestro: aquellas son un medio, somos nosotros quienes hemos descuidado la capacidad de usarlas mejor, mostrando inmadurez ética para gestionar la revolución digital.

 

La virtualidad nos hace más frágiles y nos aísla, con el riesgo de ser engullidos en un vórtice hecho de soledad y vigilancia. Esto no significa que se deba renunciar a la tecnología y entregarse al ascetismo, pero deberemos ser más conscientes y responsables de los medios que poseemos y reapropiarnos no sólo del sentido crítico, sino también de aquel espíritu ético que debería ser soporte de la innovación. Para que la tecnología sea pensada en función y por el bien del hombre, para no arriesgar, en caso contrario,  de acabar siendo esclavos de las máquinas que hemos desarrollado.

Enrica Perucchietti

 

 

Al rumbo

canarismos

Al rumbo 

Luis Rivero (publicado en suplemento Cultura del diario La Provincia 09.12.17)

Se trata de una expresión de origen marinero que se traslada al lenguaje común para referirse figuradamente a cuando alguien actúa sin demasiada planificación, sin poner la cabeza en lo que está haciendo o en lo que dice, pero es también –en mi opinión– estar a lo que salga, dejándose llevar…

«Hacer las cosas al rumbo» es sinónimo de hacerlas de cualquier manera, sin poner atención ni concentración,

según le venga a uno, sin un plan u orden preconcebido. Esta parece ser la acepción y uso más generalizados.

En la mar, ‘navegar al rumbo’ es hacerlo siguiendo el sentido de los vientos dominantes o ‘compás’ hasta llegar al destino trazado. De hecho, navegar sin rumbo significa todo lo contrario: «ir al garete», a la deriva, o en sentido más negativo, «ir proa al marisco». En Canarias ‘tumbar’  [o ‘lugar’ en algunas islas] es cambiar el rumbo de la embarcación girando o ‘virando’ a favor del viento para aprovechar mejor su fuerza.

El significado más común del dicho parece guardar sin embargo un sentido contrario –o al menos poco coherente– con la expresión marinera originaria, donde sin duda encuentra su etimología. Esta paradoja, bien merece un comentario. Para muchos la locución tiene una clara connotación negativa, refiriéndose a quien hace las cosas sin demasiado seso, poco menos que «al trancazo», es decir, sin esmero, ni atención. Pero tal contradicción podría serlo sólo en parte, si nos atenemos a su significación originaria.

En la navegación tradicional a vela es el viento quien impone el rumbo, en cuanto se navega a su merced siguiendo la dirección de este que obliga a corregir el curso y gobernar la nave según de donde sople. Se le atribuye a Aristóteles la consideración de que toda metáfora surge de la intuición de una analogía entre cosas disímiles. En consecuencia, debemos entender que entre la metáfora y el sustrato inspirador debe haber por fuerza cierta semejanza para que sea coherente con el sentido figurado. Por tanto, conforme a la etimología de la expresión, la paradoja no hace justicia al significado.

Si reparamos en alguna expresión utilizada por la gente de antes como: «No tenía las gafas y firmé al rumbo»,  no quiere decir que se haya firmado mal o «al trancazo», sino que se ha hecho de manera más intuitiva que con la atención consciente. Esto es, dejándose llevar por la parte más instintiva que racional. Y esto no necesariamente debe tener un efecto negativo.

«Hacer las cosas al rumbo», más que «al trancazo», es hacerlas intuitivamente, con ocurrencia, dejándose llevar según «sople el viento». Por tanto, podría tener el sentido de hacerlas según venga, según le dé a uno o «como Dios le dé a entender». Lo que permite aportar otro significado que difiere sutilmente de la interpretación más común y su sentido negativo. Así las cosas, la expresión seguramente tiene mucho más que ver con el actuar intuitivo que con el reflexivo o racional.

 

 

 

¡Arrecha!

CANARISMOS

¡Arrecha!

Luis Rivero 02.12.2017 | Suplemento Cultura del diario La Provincia/DLP

Si usted es de Telde o conoce a algún teldense, seguramente habrá usado -o escuchado- más de una vez la expresión: arrecha. Se trataría de un modismo local de origen incierto. Se inserta en la conversación como una muletilla que obedece con versatilidad a significados diversos. Dependiendo del contexto toma un sentido u otro, con sutiles diferencias entre ellos. El arrecha puede expresar duda o cierta incredulidad (similar a la expresión: “¡venga ya!), cuando no incredulidad absoluta (“¡échate otra!”); intrascendencia o candidez ante lo que escuchamos (con el valor de: “mira tú, que bobería”). Como exclamación puede expresar asombro o rechazo a lo dicho (equivaldría a un “¡vete por ahí!” o “¡jíncate un tuno!”). También puede expresar sorpresa -con valor positivo- de lo que ha sucedido o de lo que acabamos de enterarnos en ese momento: ¡arrecha!; del mismo modo puede tener también un valor negativo. Valga el ejemplo: “Chacho, ¿te enteraste de que cerró el cafetín de Buenaventura?” “¡Arrecha!” (sorpresa negativa e incredulidad que equivaldría a algo así como: “¡qué me estás diciendo!”) O en tono más laxo: “Arrecha, ¿ahora te enteras?”. Puede tener también un uso como reproche o desplante frente a alguna aseveración, con cierto tono de burla o socarronería; aquí el “¡arrecha!” equivaldría al “¡arráyate un millo!”, y expresiones similares.

En Canarias el verbo arrechar hace referencia a cuando el macho (cabrío), el carnero o el toro muestra el impulso de cubrir a la hembra. El significado de arrechar como sinónimo de excitarse sexualmente, referido también al hombre, coincidiría con una de las acepciones recogidas en el Diccionario y que encontramos también -además de en Canarias- en el Caribe, en América Central y en Sudamérica. Pero el uso de la expresión aquí referida se aparta totalmente de tal significación.

Si bien parece tener presencia casi exclusiva en Telde, su significado literal y procedencia no resultan tan claros. De entre las diversas acepciones que recoge tanto el DRAE como el Diccionario de Americanismos, el arrecha teldense puede guardar una lejana similitud con una expresión coloquial-juvenil venezolana que se usa para referirse a algo espectacular o sensacional. No obstante, es más probable que pueda tratarse de un modismo traído de Cuba. Alguna fuente oral nos confirma el arrecha como expresión usada frecuentemente por los emigrantes que regresaron de Cuba (y canarios nacidos en Cuba) a Telde durante la primera mitad del pasado siglo. Y tendría el mismo valor de la exclamación de sorpresa o de incredulidad que presenta todavía el ‘arrecha’ por estos lares.

Así las cosas, es probable que estemos en presencia de la traslación de un criollismo que ha adoptado un uso singular. A modo de hipótesis: se trataría de un americanismo que llegó a Canarias con aquellas familias teldense que regresaban de Cuba. El modismo habría sido asimilado por la generación sucesiva de hablantes y gozado de buena acogida en la siguiente, siendo incorporado incluso como jerga juvenil de moda a la sazón. Su uso podría haber sufrido algún tipo de deformación semántica al ser adoptado por el argot juvenil como especie de latiguillo del que se echaba mano, sin observar demasiada ortodoxia en su uso, para casi todo: para expresar disconformidad, sorpresa, reparo, enojo…, separándose quizá del significado preciso del criollismo originario. Este uso habría dado lugar -por lexicalización- a una voz isleña con identidad propia. Que es lo que viene a ser este modismo local teldense. El hecho de que el expresión fuera adoptada como argot juvenil de una generación -hoy de puretillas- habría contribuido de manera clave a la implantación y pervivencia de este americanismo en el habla teldense. Pero esta es -digo- sólo una de las hipótesis posibles.

 

 

Por la cagada se conoce al pájaro

CANARISMOS

Por la cagada se conoce al pájaro

 

©Luis Rivero / Publicado en CULTURA LA PROVINCIA/DLP

 

Entre el repertorio de expresiones escatológicas, tan comunes en el hablar isleño, destaca esta máxima de significación universal. Aunque presenta varias versiones en las islas, basadas en diferencias de orden sintáctico, todas ellas se refieren a la deposición como elemento deductivo-identificador del sujeto obrante –valga aquí la expresión–La tosquedad del dicho apunta a una sabiduría e idiolecto de origen rural que a menudo se valen, para formular sus propias sentencias, de los elementos más comunes del entorno: fauna, flora, aperos para las labores del campo, así como el mismo mobiliario doméstico y usos y costumbres de este universo rural. Imaginario que está presente en gran parte del refranero popular canario.

Nacido de la observación deductiva de este entorno, los pájaros –aquí se refiere a pájaros silvestres y no en cautividad– mostrarían, según la especie, su propia singularidad en el aspecto y apariencia de sus heces. Esta original forma de expresarlo no parece casual, sino que podría entenderse como una intención de dar un significado negativo al dicho. En definitiva viene a persuadir de que ya se conocen los defectos o vicios de alguien o que podemos conocer a una persona por el modo de comportarse o por lo que haga. Tal contenido puede deducirse por la alusión escatológica y por el uso de la voz ‘pájaro’ para referirse a un individuo. Viene a colación la expresión afín: «ese es un pájaro pinto». Ser un pájaro pinto [que es como en Canarias se denomina al jilguero] es ser un cuico, un zorro, un pillastre. Otra expresión similar es: «ya se sabe de qué pata cojea el pájaro», para significar que son de sobra conocidos los defectos de alguien.

El proverbio castellano análogo a nuestro dicho sería: «cada uno se conoce por sus obras» que a priori parece contener una significación más amplia, o acaso guarda una forma más solemne.  Este dicho aparece ya en el Quijote ( I-IV, entre otros) en otra versión conocida: «cada uno es hijo de sus obras».  Locución con la que se da a entender igualmente que son las acciones de cada uno la mejor carta de presentación. De similar valor es el dicho evangélico: «por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16) que utiliza la metáfora de los frutos –las obras– como indicio para identificar el árbol –a las personas–.

La universalidad del refrán (en sus varias versiones en español) parece evidente. Esta aparente similitud entre el proverbio castellano y el dicho isleño no se explicaría –necesariamente– como un acomodo o adaptación local de un uso del español estándar, por así decirlo. Como tantos otros dichos sinónimos de idéntica significación en ambos dominios lingüísticos, pero que observan distintas variantes [piénsese por ejemplo en el «escaparse de manganilla» que se dice en el español de Canarias y el «salvarse por los pelos» del castellano] no tienen por qué ser –digo– un efecto de la traslación o de la aculturación. Puede tratarse de un modo peculiar de plasmación de un pensamiento (proverbio/expresión) que nace de manera autónoma del propio saber experimental que emana de lo universal, común a las singulares culturas.

Un sinónimo de la expresión en castellano –seguramente de una mayor fuerza lírica– dice: «por el canto se le conoce al pájaro». (Que no sólo por «la cagada»). Y es verdad. Sin embargo, el dicho isleño puede ser utilizado, eventualmente, tanto en el sentido de loar las virtudes de alguien, como mostrar sus defectos y malas acciones. La diferencia está en el toque, más que poético, de donaire y sorna en su entonación cuando se trata sobre todo de resaltar las cualidades negativas de una persona.

 

Lo que no mata engorda

CANARISMOS

Lo que no mata engorda

Luis Rivero 17.11.2017 | Cultura La Provincia/DLP

La máxima traslada la convicción de que todo lo comestible, aún de mal gusto o escaso sabor, incluso cuando no presente un buen aspecto y pueda sospecharse que está en mal estado, es siempre aprovechable y un buen alimento. Con la salvedad de lo que resulte dañino, prácticamente todo lo ingerible alimenta. Significativa es la sinónima expresión: “cochino limpio no engorda”, que viene a restar importancia a los cuidados en la higiene alimentaria y demás melindres. A fin de cuentas: “agua limpia no engorda cochino”, señala otro dicho similar. En ellos se pone en relación la abundancia de carnes y grasas como parámetro de satisfacción y salud. Algo que hoy podría poner en cuestión buena parte de las teorías dietéticas. “La gordura es hermosura”, decía otro dicho afín de nuestras abuelas.

Es lo cierto que existe un dogma en las sociedades industriales que asocia el hartazgo a la opulencia. Ello podría explicar la tendencia a la obesidad en la etapa posindustrial. El hábito de ingerir más calorías de las que consumimos en nuestra actividad ordinaria es propio de los países ricos, pero se hace extensivo a las sociedades en vías de desarrollo. Para la psicología evolutiva este fenómeno de saciarse hasta sobrecargar las reservas energéticas, sobre todo a base de hidratos, tendría relación con un comportamiento ancestral en el ser humano. Nos remitiría a un tiempo remoto en el que los homínidos deambulaban por sabanas y tundras en busca de alimento. Es decir, la etapa de cazador-recolector (y carroñero, según algunos antropólogos) por la que atravesaron las sociedades humanas preagrícolas. La escasez de comida significaba vivir en una incertidumbre continua. De manera que no se sabía cuándo se volvería a comer. Así las cosas, cuando se encontraba alimento, la tendencia natural era hartarse hasta saciar la necesidad, incluso en exceso. Este comportamiento habría permanecido en la memoria de los humanos hasta nuestros días. La abundancia de alimento provocaría un consumo desmesurado más allá de las propias necesidades fisiológicas. Sería algo así como una respuesta genética y automática ante una infundada perspectiva de incerteza, pero el inconsciente -ya se sabe- no entiende de esas cosas y la tendencia es responder al instinto. Como si se desatara una memoria antigua en algún rincón del cerebro que parece ordenar al individuo: “¡Come, come, que mañana no se sabe!”

En la sociedad canaria, la cuestión puede ser más evidente. Piénsese solamente que nuestra historia -en el sentido que le da la disciplina académica- tendría poco más de 500 años. Somos un pueblo relativamente joven. En cinco siglos -lo que equivaldría más o menos a unas 20 generaciones de canarios- hemos pasado de la Edad de Piedra a la etapa posindustrial (sin casi experimentar todos los periodos de transición que se han dado en otras civilizaciones). Dicho de otro modo: hemos pasado de los petroglifos de Barranco Balos a los emoticonos a través del wasap casi en un abrir y cerrar de ojos. Es posible que hayamos evolucionado, pero también es probable que en nuestro cerebro hayan permanecido grabados los estándares de comportamiento preagrícolas, o acaso de un periodo agrícola precario que coexiste con costumbres de los cazadores-recolectores, en los que la escasez era la norma. Esta información genética que hunde sus raíces en un pasado remoto que va más allá de la historia conocida permanecería intacta en nosotros. Si a ello sumamos los malos hábitos alimenticios a base de dietas descompensadas, con consumo excesivo de carbohidratos, unidos al sedentarismo y añadimos la alteración de los horarios de las comidas impuestos progresivamente por la terciarización de la economía en los últimos años (amén de la memoria o síndrome de posguerra y otros mecanismos psicológicos concurrentes), tenemos como resultado una población con problemas de obesidad evidentes. Una sociedad que -inconscientemente- sigue a pie juntillas el dogma nuestras madres y abuelas que encierra el dicho comentado: “lo que no mata engorda”, “la gordura es hermosura” y toda una serie de loas que asimilan la obesidad a una virtud o a un recurso para estar sano y fuerte.

La respuesta de esta parte arcaica del cerebro, ante una situación de abundancia (o aunque “no estén las cosas para tirar voladores”, pero mientras haya?) es: “mejor hartarse porque mañana no se sabe”. Quizás por ello en la sociedad isleña el hartarse, hincharse (ambos pronunciados enfáticamente con h aspirada) o embostarse sean verbos tan frecuentemente asociados al comer.

En fin, que la simplicidad aparente de los dichos que el lector habrá escuchado en más de una ocasión podría encerrar mucha más enjundia -valga la expresión- de lo que parece.

¿Qué le pasa al nota?

CANARISMOS

¿Qué le pasa al nota?

Luis Rivero 10.11.2017 | Suplemento Cultura La Provincia/DLP

El Diccionario recoge nota como voz coloquial usada para referirse a un individuo cuyo nombre y condición se ignoran o se omiten voluntariamente. Pero el “¿qué le pasa al nota?” parece ser un modismo propio de las islas. Hay quienes sitúan su origen en las zonas urbanas aledañas a los puertos. En tal caso, habría nacido -probablemente- al socaire de ciertos ambientes marginales alrededor de los mercados de las capitales canarias. Entornos donde -otrora, al menos- se trapichea con todo tipo de mercancía o género de comercio, sea lícito o ilícito o que bordea lo prohibido: desde un casal de pájaros, unas crías de palomas mensajeras o cachorros de presa canario hasta cualquier sustancia ilegal. Este mundillo que se sitúa también en ese territorio cuasi marginal de las zonas portuarias es nexo de conexión con el exterior por donde entran a la isla, no sólo mercadería, sino también modismos y usos de fuera.

El “¿qué le pasa al nota?” -en algunas zonas de Gran Canaria pronunciado “ar nota”- se expresa como desplante o corte ante cualquier entrometido que intente pasarse de la raya. Esta raya imaginaria se traza en el territorio virtual del mata, sujeto característico de este ecosistema urbano (y que con el tiempo viene llamado: buscavidas, changa, matao, ruina, ruinilla…, aunque todos estos términos no sean necesariamente sinónimos entre sí). En este universo urbano peculiar, el mata marca su terreno para que nadie se pase y hacer respetar los dominios donde campea o rulea a sus anchas buscando siempre algún bisne o trapicheo. (Quién sabe si legítimo heredero posgeneracional del cambullonero).

Dueño y señor de su esquina, fue consumidor pionero de la matita [léase: yerba, hachís, kifi, mariguana…] que ya se conocía en los aledaños de los puertos canarios desde los años 60/70.

La expresión se habría trasladado de estos ambientes al idiolecto marchoso de la época. Se escuchaba sobre todo en ambientes juveniles de las dos capitales canarias (Las Palmas de GC/Santa Cruz de Tenerife), pero también en otras zonas urbanas de las islas donde encuentra rápido acomodo entre los modos de expresión de su juventud. Si bien puede constatarse que su uso se conserva -hoy- sobre todo en Tenerife. Puede ser usado como jerga alegre y distendida o como advertencia mordaz, dependiendo del contexto y del hablante que la pronuncie. Casi siempre proferido respecto a un tercero ausente en la conversación. Puede decirse que su proliferación e implantación en amplios sectores juveniles hacen que trascienda del argot de sus orígenes.

Razón por la cual podría incluirse entre los canarismos de última generación con raíz en dominios periféricos del lenguaje que se localizan en los barrios y zonas marginales de las capitales canarias. Hasta tomar carta de naturaleza en la jerga marchosa a la que es coetánea, traspasando estas fronteras para instalarse en el lenguaje corriente juvenil y adulto de sectores bien definidos.

Con el tiempo, entre las generaciones más jóvenes, el nota pasa a ser reemplazado por otros modismos más recientes y foráneos: el tío/tipo. De modo que del “¿qué le pasa al nota?” toma mayor presencia entre las nuevas generaciones el “¿qué le pasa el tío este?” que sería la expresión sinónima más moderna.

 

 

¿Qué le pasa al nota?

Luis Rivero 10.11.2017 | 23:44

 

 

¿Qué le pasa al nota?

El Diccionario recoge nota como voz coloquial usada para referirse a un individuo cuyo nombre y condición se ignoran o se omiten voluntariamente. Pero el “¿qué le pasa al nota?” parece ser un modismo propio de las islas. Hay quienes sitúan su origen en las zonas urbanas aledañas a los puertos. En tal caso, habría nacido -probablemente- al socaire de ciertos ambientes marginales alrededor de los mercados de las capitales canarias. Entornos donde -otrora, al menos- se trapichea con todo tipo de mercancía o género de comercio, sea lícito o ilícito o que bordea lo prohibido: desde un casal de pájaros, unas crías de palomas mensajeras o cachorros de presa canario hasta cualquier sustancia ilegal. Este mundillo que se sitúa también en ese territorio cuasi marginal de las zonas portuarias es nexo de conexión con el exterior por donde entran a la isla, no sólo mercadería, sino también modismos y usos de fuera.

El “¿qué le pasa al nota?” -en algunas zonas de Gran Canaria pronunciado “ar nota”- se expresa como desplante o corte ante cualquier entrometido que intente pasarse de la raya. Esta raya imaginaria se traza en el territorio virtual del mata, sujeto característico de este ecosistema urbano (y que con el tiempo viene llamado: buscavidas, changa, matao, ruina, ruinilla…, aunque todos estos términos no sean necesariamente sinónimos entre sí). En este universo urbano peculiar, el mata marca su terreno para que nadie se pase y hacer respetar los dominios donde campea o rulea a sus anchas buscando siempre algún bisne o trapicheo. (Quién sabe si legítimo heredero posgeneracional del cambullonero).

Dueño y señor de su esquina, fue consumidor pionero de la matita [léase: yerba, hachís, kifi, mariguana…] que ya se conocía en los aledaños de los puertos canarios desde los años 60/70.

La expresión se habría trasladado de estos ambientes al idiolecto marchoso de la época. Se escuchaba sobre todo en ambientes juveniles de las dos capitales canarias (Las Palmas de GC/Santa Cruz de Tenerife), pero también en otras zonas urbanas de las islas donde encuentra rápido acomodo entre los modos de expresión de su juventud. Si bien puede constatarse que su uso se conserva -hoy- sobre todo en Tenerife. Puede ser usado como jerga alegre y distendida o como advertencia mordaz, dependiendo del contexto y del hablante que la pronuncie. Casi siempre proferido respecto a un tercero ausente en la conversación. Puede decirse que su proliferación e implantación en amplios sectores juveniles hacen que trascienda del argot de sus orígenes.

Razón por la cual podría incluirse entre los canarismos de última generación con raíz en dominios periféricos del lenguaje que se localizan en los barrios y zonas marginales de las capitales canarias. Hasta tomar carta de naturaleza en la jerga marchosa a la que es coetánea, traspasando estas fronteras para instalarse en el lenguaje corriente juvenil y adulto de sectores bien definidos.

Con el tiempo, entre las generaciones más jóvenes, el nota pasa a ser reemplazado por otros modismos más recientes y foráneos: el tío/tipo. De modo que del “¿qué le pasa al nota?” toma mayor presencia entre las nuevas generaciones el “¿qué le pasa el tío este?” que sería la expresión sinónima más moderna.

 

 

Del tingo al tango

CANARISMOS

Del tingo al tango

©Luis Rivero/ en Suplemento Cultura de LA PROVINCIA/DLP

Locución adverbial que quiere decir: ir de un lado para otro, de acá para allá, sin rumbo fijo y sin utilidad ni provecho. Por lo común va acompañada de los verbos ‘estar’, ‘andar’ o ‘ir’: «estar  del tingo al tango», «andar del tingo al tango», «ir del tingo al tango». A veces tiene el valor de referirse a alguien que cambia continuamente de trabajo u ocupación. Se trata de un americanismos de origen incierto. Su uso es frecuente en México, Venezuela o Puerto Rico, entre otros países de Hispanoamérica, desde donde arribó a Canarias como tantos otros criollismos. Es sinónimo de la locución castellana “estar de aquí para allá” o “de la Ceca a La Meca”. Su origen probable nos remonta a la expresión más arcaica «del timbo al tambo», como se usa todavía hoy en México, Honduras, Nicaragua, Panamá, Venezuela o Colombia. Significativo resulta su uso por el escritor Gabriel García Márquez al prologar sus Doce cuentos peregrinos (1992) en el que se para referirse a su libro dice: «[…] después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre».

La voz «tambo» procede del término quechua: «tampu», que es como en el antiguo Perú, durante el imperio incaico, se llamaban los albergues o refugios que existían a lo largo de las rutas importantes, normalmente situados a una jornada de camino el uno del otro. Servían al parecer para alojar a los emisarios o correos de los gobernadores, así como a otros funcionarios y personal militar. En ellos se hacía acopio de provisiones, enseres y productos  de primera necesidad para el caminante. En épocas de carestía y secas sirvió también de auxilio y reparo a la población campesina. De ahí, probablemente, ha pasado a denominar a las ventas o posadas: ‘tambos’, como se conocen todavía en algunos países de Sudamérica. En su etimología, «estar del timbo al tambo» vendría a significar estar todo el día en el camino, de un tambo a otro sin parar. Rememorando quizás al indio que pateaba cada día de un tambo a otro tambo, yendo y viniendo por el camino del inca.

El término «timbo», por sí sólo, carece de significado preciso en la frase, como mismo sucede con «tingo» en la expresión naturalizada en Canarias. Es muy probable que de la locución originaria, por deformación en su uso, surgiera la más conocida: «del tingo al tango». La misma suerte parece haber corrido la expresión sinónima del castellano: «de la Ceca a la Meca». Algunos paremiólogos señalan que se trataría de una especie de sonsonete que es común en otras frases proverbiales (v. gr.: «el oro y el moro») que el hablante idea para que a fuerza de repeticiones, mediante el cambio de una consonante o de una vocal por otra, se termine implantando un dicho. Tal hipótesis puede ser válida para  explicar la construcción: «del tingo al tango».  Es decir, se trataría de una  de las muchas fórmulas rimadas que –deformada su versión original– a fuerza de repetirse en su dicción más asimilable tingo/tango, en lugar de timbo/tambo, la vocal a es sustituida por la i. Y donde el primer vocablo (tingo) –como hemos apuntado– carece de significado y no tiene más valor que el de una rima consonante, como es frecuente en otras paremias y modismos de la lengua castellana. Por poner un ejemplo más cercano en el tiempo: ¿quién no recuerda al profesor peninsular que nos intimidaba con ponernos un «cero pelotero/patatero»? Lo trascendente era el cero, lo de patatero o pelotero era un juego de voces rimado para persuadir mejor al alumnado.