Me tiene hablando solo

Luis Rivero en suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP sábado 30/10/2020.

Si en ocasiones somos sorprendidos o nos damos cuenta de que mientras andamos solos por la calle o realizamos cualquier tarea ordinaria en casa hilvanamos un discurso mental a media voz con nosotros mismos, se dice que uno está hablando solo. Las causas se relacionan de sólito con un estado de preocupación. El hecho puede ser a veces estigmatizado, pues hablar solo es visto como un síntoma de demencia, o simplemente puede transmitir a quien lo presencia el estado de desasosiego de un sujeto ensimismado e inmerso en sus problemas. Este es el sentido que tiene la expresión y la imagen que traslada la hipérbole “me tiene hablando solo”. Es decir, cuando alguien se siente agobiado y no encuentra solución a una dificultad, ya sea de orden familiar, laboral o de cualquier otra índole. La situación más propia en la que suele inserirse la frase es cuando se le pregunta por el particular. La respuesta casi siempre es la misma: “Chacho, me tiene hablando solo”. 

En el español de Canarias, al igual que en otros dominios de la lengua castellana, encontramos abundantes hipérboles basadas en la exageración de fenómenos corporales, órganos y sus funciones o de actividades en general relacionadas con el físico para nombrar o definir realidades abstractas. Piénsese, por ejemplo, en expresiones tan comunes como: “quedarse (alguien) mirando para el techo” que recurriendo a la metáfora de la vista y su función específica (mirar) además de significar “llevarse un chasco”, puede expresar sorpresa o pasmo; o “salir(le) humo de la cabeza (a alguien)” (o “la cabeza le echa humo”). La referencia a la cabeza como sede del cerebro y, por ende, del pensamiento, y la metafórica combustión a la que induce pensar la presencia de humo, viene a expresar con chanza el ‘sentirse atolondrado, aturdido por un esfuerzo intelectual notable o por la dificultad en la compresión’. 

Por su parte, una dimensión elemental del simbolismo anatómico de la boca es la identificación, en una suerte de tropo, del órgano con su función (ingerir alimentos y hablar) o viceversa. En la locución “quedarse (o dejar al alguien) mascando en seco” se hace referencia al verbo “mascar (en seco)” (como sinónimo de ‘masticar’) para evidenciar en sentido lato la paradoja que no se tiene nada que “chascar”, nada sustancioso que masticar. Asocia una de las funciones de la boca (triturar los alimentos para ingerirlos) para indicar que alguien “se lleva un fuerte chasco”, o lo que es lo mismo, “llevarse una montada” o un desengaño; o la expresión “calentársele el pico (a alguien)” que recurre a la fabulación o animalización de convertir la boca en “pico” para hacer referencia a cuando alguien, tras haber tomado la primera copa, se entona y se le suelta la lengua (hablar con locuacidad) hasta propasarse. En esta línea de giros o modismos situamos la frase aquí comentada. Tener a alguien hablando solo (“me tiene hablando solo”) expresa con exageración que se vive o se atraviesa una situación problemática que precipita a quien la padece en ese torbellino de ideas que se transforma en bisbiseo mental, en un soliloquio que rumia los propios pensamientos dándole vueltas al mismo problema, lo que te hace más vulnerables frente a la ansiedad y la depresión, hasta el punto de que te tiene hablando solo. Aunque a veces se use de manera desmesurada hasta la exageración y con donaire: “Chacho, me tiene hablando solo”

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Estar como un saltaperico

Luis Rivero, Sábado 16.10.2020 |Suplementos de Cultura de La Provincia/DiariodeLasPalmas y El Día/La Opinión de Tenerife

Entre las expresiones que forman parte de ese gerontolenguaje del español de Canarias, ya en desuso, en franco retroceso o en vías de desaparición, se sitúa la voz “saltaperico”. Así se le llama en las islas a una tira de papel o ristra de petardos pequeños (especie de misto) que detonan cuando se les prende fuego por frotación contra una superficie dura y rugosa. Otrora, la chiquillería jugaba con estos triquitraques tirándolos al suelo, a los pies de otros chicos, para hacerlos saltar y correr. Y de ahí probablemente su nombre. Se trata de una palabra compuesta por el verbo “saltar” (“salta”) y el antropónimo “Perico”, hipocorístico de Pedro. Perico es -suponemos- un personaje fabulado, objeto de burlas y bromas en el imaginario popular, que con esta forma nominal ha tomado acomodo por emulación o simpatía en distintas expresiones orales, como mismo sucediera en otras locuciones: “Periquillo el de los palotes”, “como Pedro por su casa”, “como Mateo con la guitarra” o el Francisco del “¡cógelo, Cuco!”. 

El nombre lleva subliminalmente asociada la imagen de un chiquillo “pegando brincos” y corriendo para evitar las detonaciones entre sus pies, como quien escapa de un “volador enrabonado”, mientras el resto parece divertirse y gritar al unísono: “¡Salta, Perico!”. 

Por metonimia el término “saltaperico” se hace extensivo a una persona inconstante que cambia con facilidad y rápidamente de actitud o parecer, de ocupación o empleo (que viene a tener el mismo sentido que en el español de Cuba: ‘persona inestable’). 

La metáfora se traslada a la frase comparativa: “Estar como un saltaperico” o “parecer un saltaperico”, para referirse hiperbólicamente a quien se mueve continuamente de acá para allá sin dirigirse a ninguna parte ni concluir nada en concreto, caminando con inquietud y nerviosismo, con “jiribilla” (‘desazón, exceso de movilidad’). Dicho de otra manera: “No saber dónde poner el huevo”. Hace referencia tanto a la actitud física o locomotriz, como también al aspecto caracterial y humoral del sujeto. Lo que se concreta en una locución afín a la comentada: “tener (alguien) mucha sangre” para referirse a una persona muy dinámica y ágil para hacer muchas cosas. De hecho, para la medicina grecolatina la sangre era considerada la fuente del calor corporal y vehículo de las pasiones. En la antigua fisiología hemocéntrica se asignaba a la sangre una función orgánica y psíquica (vital, racional y sensorial). Esta idea subyace en otras expresiones populares como “hervirle (a alguien) la sangre”, que expresa fogosidad y cólera, o por el contrario “no tener sangre en las venas” para expresar falta de irritabilidad, laxitud de ánimo. 

En los linderos semánticos de la expresión comentada se mueven otras similares en las que la sabiduría popular ha sabido dar un matiz y alcance más preciso. A saber: la comparativa “ser más desinquieto que una rueda de fuego” que define la actitud y carácter de la persona incapaz de permanecer quieto; “ser variable como el tiempo”, para referirse al carácter cambiante; “tener (alguien) hormiguillas en el culo” que se dice de alguien “que no sabe estar quieto”, que es inquieto, sin sosiego.

Sacarle el cuero (a alguien)

Luis Rivero. Suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP……. 09.10.2020 |

Esta expresión que forma parte del repertorio fraseológico propiamente isleño está también presente y arraigada al otro lado del Atlántico; si bien en las islas observa un valor polisémico respecto al uso más corriente que tiene en la mayoría de los países americanos. Aunque prácticamente ha caído en desuso, se puede escuchar todavía la locución “sacar el cuero (a alguien)” con valor literal de ‘despellejarlo’ (“arrancarle/sacarle el pellejo”) y que en sentido figurado quiere decir ‘hablar mal de alguien o criticarlo con saña’. Con este registro se constata en diversos lugares de América. Sin embargo, en Canarias han tomado el relevo de esta antigua expresión otros usos sinonímicos que hoy resultan más frecuentes, como: “rajar” de alguien o “poner(lo) a caldo” que con la locución de uso general en castellano “poner (a alguien) a caer de un burro” vienen a significar lo mismo, ‘hablar mal o criticar a alguien cuando no está presente’. 

Pero sin duda el significado más genuino que conocemos de esta expresión idiomática en el español de las islas es el que hace referencia a “sacarle el cuero” (a alguien) en el sentido de ‘explotarlo de manera cruenta y abusiva’. 

La locución verbal “sacar el cuero” podría encuadrarse dentro del extenso grupo de metáforas basadas en exagerar o poner en evidencia determinados aspectos y fenómenos corporales, partes del cuerpo o relacionados con estas para expresar ideas abstractas, como por ejemplo: “Dejarse la piel”, para significar que se realiza un ‘esfuerzo titánico’; o “caerse(le) el pelo” (“¡Se te va a caer el pelo!”) que se asevera como advertencia ante una reprimenda o castigo a quien queda al descubierto por haber errado o actuado incorrectamente. 

La locución evoca seguramente en el inconsciente colectivo la imagen del látigo o “rebenque” con el que antiguamente se castigaba a los galeotes para que no cesaran de remar o para que mantuviesen un ritmo vivaz. En el universo pancanario puede sugerirnos un pasado remoto en el que los campos isleños contaban con la presencia de patrones abusadores y encargados o capataces despiadados que maltrataban y explotaban a los jornaleros en las fincas de plataneras o a los aparceros y peones agrícolas en los tomateros. La imagen del “rebenque” parece estar presente, aun subliminalmente, en la memoria colectiva y nos remite a tiempos de esclavitud. [“Rebenque” se le llama en Canarias a un ‘látigo o instrumento fabricado con un cabo de madera y una tira de cuero de animal que sirve para arrear a las bestias’]. No en vano, en la simbología antigua, el simbolismo del látigo refunde el lazo y el cetro que son signos de dominación y superioridad, y expresa a su vez la idea de castigo, si bien en la mentalidad arcaica los azotes y la flagelación pueden tener también el valor de “estímulo”. 

La voz “cuero”, por su parte, se usa en el español de Canarias para denominar a la piel de un animal muerto (con la que se puede confeccionar el rebenque), así como a la piel del animal vivo y por extensión a la del ser humano (que imaginariamente soporta los “rebencazos” o una “buena cueriada”). Por asociación de ideas, la expresión nos sugiere la imagen del “rebenque” que nos remite a la del “cuero” (‘piel’), sobre las que se construye la metáfora: “arrancar la piel a tiras”, que a su vez nos insinúa el mensaje de estar sometido a una “explotación cruel”. 

El contexto natural de uso de la expresión se relaciona obviamente con el mundo del trabajo. Así por ejemplo, cuando a alguien le preguntan o le piden referencias de un patrón o de un encargado o capataz con fama de negrero, la respuesta puede ser:

“¿Vas a trabajar con fulanito? ¡Ni se te ocurra! Ese le saca el cuero a cualquiera”.

¡Es más listo que el hambre!

Luis Rivero. Suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP….. 02.10.2020 |

Conocido es el recurso a las oraciones comparativas para expresar hiperbólicamente una cualidad determinada de algo o una característica de un sujeto, ya sea física o inmaterial. A esta fórmula obedece el dicho que sin duda el lector habrá escuchado o hecho suyo en alguna ocasión. Si bien no se trata de un aforismo genuino del español de Canarias, se ha incorporado con naturalidad al acervo isleño. Se trata probablemente de una versión coloquial o deformada del antiguo refrán castellano: “La necesidad es maestra” o “no hay mejor maestra que el hambre” que en diversas formas viene citada por distintos clásicos de la literatura española y registrada por Correas como: “La necesidad hace maestros” y “La hambre despierta el ingenio”. El proverbio da a entender que es la insatisfacción de las necesidades primarias la que hace del menesteroso una persona avisada y hábil. Y dentro de estas necesidades ocupa un lugar primordial la alimentación. 

Esta relación entre tener hambre y la agilidad mental se explica en realidad por una concatenación de reacciones fisiológicas. La sensación de hambre se produce por los efectos inducidos por determinadas sustancias en el cerebro. La hipoglucemia, por ejemplo, que indica un bajo nivel de glucosa en sangre, viene a estimular la región cerebral del hipotálamo, responsable a su vez del impulso que nos obliga a comer. Esta reacción activaría a su vez los procesos necesarios para la obtención de alimento, desencadenando la actividad de distintos neurotransmisores que dotan al sistema nervioso central de claridad en las ideas y en la percepción del medio, y en definitiva aumentan la neuroactividad cerebral dirigida a la búsqueda de nutrientes. Una vez que la fuente alimentaria está localizada entra en funcionamiento la adrenalina que suministrará al organismo las reservas energéticas necesarias hasta la obtención del alimento. De ahí que el aserto popular concluya que el hambre hace a las personas que la padecen más diligentes y sagaces 

En español, la expresión “tener hambre” define la sensación de ganas y necesidad de comer. Esta locución concibe el hambre como una cosa, como un objeto poseído (“tener”). Lo que no deja de ser una entetificación del hambre (como mismo ocurre con las expresiones: “tener frío” o “tener sueño”). Pero esta conceptualización lingüística de la realidad puede ir más allá, hasta convertirse casi en una figura retórica que consiste en atribuir a seres inanimados o entes abstractos (v. gr., el hambre) cualidades o características propias de los seres animados o incluso típicas de los seres humanos. Esta metáfora personifica el hambre como poseedor de un rasgo que se atribuye por excelencia a Homo sapiens, esto es, el “ser listo”. Voz que pondera la agudeza y la sagacidad de un individuo. 

Esta personificación del hambre atribuyéndole una actitud propiamente humana o que vemos o inferimos en ciertos animales, no es del todo infrecuente si nos atenemos a la figura literaria ampliamente difundida. La propia imagen metafórica de los cuatro jinetes del Apocalipsis bíblico nos representa el “hambre” -según la exégesis tradicional- como un jinete que cabalga sobre un caballo negro, dotándolo incluso de un aspecto humano. O en este otro antiguo refrán castellano que dice: “Guerra, peste y carestía andan siempre en compañía”. La metáfora representa la guerra, las epidemias y el hambre afirmando que “andan siempre juntas”, y no por separado, evoca quizá en el inconsciente colectivo la misma imagen apocalíptica.

Pícamelo menudo que lo quiero pa(ra) la cachimba


Luis Rivero. Suplementos de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP.  26.09.2020 |

El folclore como conjunto de tradiciones, fiestas, ritos, devociones religiosas, mitos, leyendas y dialecto reflejan la noción de un pueblo sobre la vida; a su vez son manifestación del modo de ser y rasgos dominantes que definen a esa comunidad desde un punto de vista antropológico o psicológico. Las peculiaridades dialectales que forman parte de la tradición oral, sobre todo los dichos, son también definidores de la propia visión del mundo e idiosincrasia del hombre canario. 

En efecto, los dichos tradicionales en particular (entiéndase: refranes, modismos, giros, frases hechas, aforismos, locuciones, etc.) dejan entrever los aspectos identitarios que conforman esa idiosincrasia. Uno de ellos es la socarronería que en el isleño se esconde detrás de una aparente candidez y mansedumbre. Aspectos estos que se reflejan —seguramente mejor que en ninguna otra— en la frase que comentamos. 

La expresión “pícamelo menudo que lo quiero pa(ra) la cachimba”, con fina ironía pero sin llegar al escarnio, se revela como una bofetada sin manos a quien mantiene una actitud oscura o falaz, y muestra la suspicacia que inspira el sujeto a quien va dirigida la frase. Sus usos más comunes se dan en contextos tales como cuando se escucha un discurso poco claro, enrevesado, hasta resultar ininteligible (del que “no se entiende ni papa”). En tal caso equivaldría a decir: “A ver, ahora explícamelo clarito para que yo lo entienda”: “pícamelo menudo€”. Por ejemplo, cuando el arquitecto (y este es verídico) se dirige al maestro albañil en la obra y le da instrucciones recurriendo a una serie de explicaciones redundantes y tecnicismos inusuales en el argot. Acabada la plática, el albañil que lo escucha con paciencia, exclama: “Ahora píquemelo menudo que lo quiero pa’ la cachimba”. O lo que cuentan de un alcalde de cierto municipio (también veraz), hombre poco instruido que no destacó nunca por su brillantez intelectual precisamente, del que se comentaba que desde que llegó a la alcaldía había cambiado por completo el modo de expresarse. Quien lo conocía de toda la vida —decía— que “parecía que hablaba con el diccionario en la mano”, recurriendo a voces poco o nada usuales, de lo que resultaba un discurso cargado de circunloquios, cultismos y tecnicismos forzados, y en definitiva, enredado y confuso. La gente salía de su despacho preguntándose: “¿Tú le entendiste algo de lo que dijo?, pues yo tampoco”. Pues “pícamelo menudo para entenderlo”. 

Otra uso frecuente se da cuando alguien está escuchando monsergas —casi siempre de un político que “dora la píldora”— y se da cuenta que intentan “tomarle el pelo”, entonces va y larga socarrón: “Pícamelo menudo que lo quiero pa’ la cachimba”. Lo que expresa esa desconfianza que suscitan las personas propensas a engañar o “a pegársela a alguien” (“¿A mí?, ¡A mí no me la pegas!”). En tal caso es intercambiable por un “¡échate otra!”. Es decir, que “no se lo cree ni él (mismo)”. 

En sentido recto se refiere a picar bien “menudito” (‘fino’, ‘pequeño’) el tabaco o “picadura” para preparar la pipa o “cachimba” para fumar. Lo que tiene el alcance metafórico de que “se pueda fumar”, “que sea fumable”, que se pueda creer, que sea creíble, “masticable” (que se pueda “tragar”). De hecho, la voz castellana “infumable”, además de a un tabaco de pésima calidad que no se puede fumar, hace referencia también, en sentido coloquial, a un discurso que “no hay por dónde cogerlo”, impresentable, de pésima calidad, un tostón. Vamos, que hay que “picarlo menudito”.

Lo bueno dura poco


Luis Rivero. Suplementos del Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/D.L.P./ 18.09.2020

Aunque de uso corriente en las islas, en realidad se trata de un adagio de ámbito universal que podemos encontrar en fórmulas similares en otras lenguas y culturas de nuestro entorno, además del castellano. 

Se utiliza de sólito como frase conclusiva ante un resultado que convencionalmente se juzga poco o nada ventajoso, por lo que raramente observa un carácter predictivo. Viene, pues, a justificar un desenlace del todo lógico desde el punto de vista del hablante. El contexto más propio se da cuando se pone fin o está a punto de concluir una situación favorable o de confort, como por ejemplo: a la vuelta de las vacaciones; en tales circunstancias, quien sufre el menoscabo se lamenta por lo efímero de las condiciones privilegiadas de que disfruta, a lo que nuestro interlocutor, “quitado hierro al asunto”, nos recuerda que lo bueno dura poco. A veces se pronuncia en tono de consolación ante una reacción o sentimiento de desánimo. En ocasiones es intercambiable o viene acompañado por expresiones similares como: “¡Se acabó lo bueno!”, que pronunciado con cierta sorna intenta dar de merecer a quien se resiente por la pérdida o bien se exclama con aire de resignación. Otras expresiones periféricas a aquella y que ponen énfasis en la buena vida como sinónimo de ociosidad y holgazanería son: “a lo bueno se acostumbra (uno) rápido”, “pegarse la buena vida”, “vivir como un cura”, “rascarse la barriga”, “no dar un palo al agua” o “tumbarse a la bartola”, entre otras muchas. 

La moraleja de la expresión podríamos circunscribirla ideológicamente hablando -por así decirlo- entre los dichos que se conforman bajo el influjo de las corrientes ascéticas cristianas (ascetismo), que infunden la creencia en la existencia terrena como un paso tortuoso por “este valle de lágrimas” y pregonan la austeridad y la templanza frente a toda vivencia. 

Desde la vertiente de la psicolingüística podría encuadrarse en la manifestación de un pensamiento en esencia pesimista. Con ello se alude doctrinariamente a la efímera duración de las situaciones que nos transmiten alegría o placer; y señala que, por lo general, en la vida abunda más el infortunio que la dicha. Lo que no deja de ser una visión sombría del mundo y de las cosas que nos rodean. Advierte de no habituarnos ni regocijarnos demasiado porque “lo bueno dura poco” o como expresa aquel otro dicho popular: “después del gusto viene el disgusto”, que en términos generales podría concordar con la imagen cuasiarquetípica del palo y la zanahoria. 

El tono de resignación del dicho lo convierte en inapelable. Cuando en realidad no tiene por qué ser necesariamente así “ni está escrito en ninguna parte” que lo bueno tenga que durar poco, si bien es verdad que “lo bueno, si es breve, dos veces bueno”, aunque se trata de una antonimia en cuanto uno elogia la brevedad y el otro la lamenta. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno” es un refrán que recoge un viejo ideal estilístico: el de la brevedad como una de las virtudes de la narrativa. Dicho ideal se remonta a comienzos de la retórica griega, pues ya el noto orador Isócrates exigía que el discurso forense fuese breve. 

“Lo bueno dura poco” expresa, pues, una idea que pesa en el inconsciente colectivo de manera determinante, excluyendo un juicio de valor del que se pueda concluir lo contrario. Y es esta fuerza de las palabas? que se repiten en forma de sentencia la que marca esta “incontestable” convicción porque, a fin de cuentas, “hay que estar para las duras y para las maduras”.

A la tercera dula salta la torna más segura

Luis Rivero. Suplementos de Cultura El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/D.L.P. 12 septiembre 2020….

Esta antigua frase proverbial se usa para aseverar que a la tercera ocasión se consigue siempre lo pretendido. Lo que se corresponde con el refrán castellano: “A la tercera va la vencida”, que encomia el esfuerzo y la constancia de alguien frente al reto que pueda suponer una situación determinada. 

         Se recurre a una metáfora construida sobre elementos del mundo rural ligados a la agricultura tradicional y al sistema de riego de las heredades canarias, organizado por “adulamientos”. La “dula” es en el español de Canarias el ‘turno de riego’ del que gozan los “herederos” sobre el caudal o acequia de la heredad. Se trata de un arcaísmo de origen semítico (del árabe hispánico ‘dúla’ y este a su vez del árabe clásico: dawlah que quiere decir `turno`). Pero a diferencia de la voz recogida por el DRAE (‘porción de tierra que, siguiendo un turno, recibe riego de una acequia’), en las islas se refiere exclusivamente al ‘turno de riego’.  Este matiz semántico se explicaría porque en Canarias los repartimientos de tierras y aguas de nacientes y barrancos que tuvieron lugar durante los primeros años de la colonización vinculaban la propiedad de la tierra con el derecho de riego, y con el tiempo quedaron disociadas. Es un hecho que ha llegado hasta nuestros días que propiedad de la tierra y propiedad del agua no son coincidentes. De ahí que la “dula” se le llama en Canarias al turno de riego del “heredero” (regante de una heredad que participa por derecho de una parte alícuota del caudal). 

Una “torna” es una tabla o plancha de hierro, latón o mortero que se coloca en las acequias o “atarjeas” para cerrar el paso del agua en la boca de riego o en la entrada de un “macho” (de riego). Las tornas se usan también para cerrar las bocas de salida de las “cantoneras”, que son pequeños depósitos para recibir el agua del estaque principal o mina y para la repartición o distribución del caudal entre los regantes según la dula que les corresponda. En un tiempo, las tornas solían reforzarse con trapos, tiras de plataneras, limos o lodos para evitar filtraciones y pérdidas de agua, y a veces se apuntalaban con cuñas para asegurarlas.  

         ¿Pero por qué a la tercera? “A la tercera dula salta la torna más segura” puede ser una versión insular, inspirada y expresada en el propio idiolecto rural, de lo que a todas luces parece un dicho universal. Correas lo registra ya desde el siglo XVII en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales en la forma: “La tercera, buena y valedera” [en otros textos precedentes se recoge la fórmula: “¡Andar!, ya callan, a tres me parece que va la vencida”; La Celestina XIX, 3].Y parece tener origen –según Correas– en “los tiros y caídas de luchas”, que era la tercera la que se daba por buena (“La tercera, esa es la buena”), y que ha llegado hasta nuestros días como “a la tercera (va) la vencida” o fórmulas similares. Hay quien apunta como posible origen las formaciones de las legiones romanas, en la que los soldados más veteranos ocupaban la tercera fila (triarios), que eran los últimos en entrar en combate y suponían el esfuerzo definitivo para ganar la batalla. De ahí la expresión proverbial res ad triarios redit (Liv., VIII, 8, 11) que significaba que la situación era crítica y que había llegado el momento de que entrara en acción la tercera línea. De esta puede derivar: “a la tercera (o a las tres) la vencida” que se usa cuando se alienta a realizar el último esfuerzo. En el Evangelio de Lucas, Jesús vaticina que quien se había mostrado como su más fiel discípulo, Pedro, renegaría de él antes de que el gallo cantara por tercera vez. Incluso en la lucha canaria, los desafíos a los que se retan los luchadores en ocasiones son a tres agarradas.  

         Esta frase proverbial se usa, con carácter general, para alentar y advertir que la tercera ocasión es la buena y se alcanzará el objetivo perseguido. Por mucho que se refuercen las tornas, estas ceden (‘saltan’) al ímpetu de la “tercera dula”, por la embestida del caudal de agua que corre por la acequia. Puede tener un valor de consuelo y ánimo frente al desaliento que provoca la sensación de fracaso por haber perdido consecutivamente las dos oportunidades precedentes. O bien convertirse en un presagio de buen augurio al que dotamos, aunque sea inconscientemente, de un cierto poder mágico-simpático, quién sabe si por la fuerza de las repeticiones de esta fórmula desde tiempo inmemorial. Lo cierto es que sin saber por qué razón, “a la tercera va la vencida” o “a la tercera dula salta la torna más segura”.  

¡No me chingues la borrega!

CANARISMOS

Luis Rivero 04.09.2020 |Suplementos de Cultura de La Provincia/DLP y El Día/La Opinión de Tenerife

Aunque poco usada, a muchos de nuestros mayores les resultará familiar esta expresión que viene pronunciada solitamente en un tono exclamativo para advertir a alguien que deje de importunar o para reprenderle por lo que ha dicho. La “borrega” es en el español de Canarias una especie de petaca en forma de bolsa achatada, elaborada en cuero o en caucho, que se usa para guardar la picadura, es decir, una tabaquera que se solía llevar en el bolsillo de la chaqueta para el tabaco de liar y de pipa (o cachimba). En algunas islas se le llama también “borreguera”. 

El verbo “chingar” tiene el significado en Canarias de ‘mojar o salpicar a alguien con un chingo de agua’. [“En verano, los chiquillos jugaban chingándose con agua unos a otros y acababan ensopados”]. También puede guardar el sentido de ‘estropear o echar a perder algo o fastidiar(se)’. 

En sentido recto, pues, “chingar la borrega” quiere decir ‘mojar la borreguera o tabaquera’. La advertencia en forma exclamativa: “¡No me chingues la borrega!” vendría a advertir de estar atentos a no mojar la bolsa del tabaco para evitar que este se estropee. Pues la picadura en la borrega permanece seca y “amorosada” [de “amorosar”: ‘reblandecer, ablandar, suavizar’], y si el tabaco se moja, se acartona y se echa a perder. Este parece ser el sentido propio de la expresión. De ahí el giro lingüístico que utiliza la metáfora para exclamar: ¡No me fastidies!, más en consonancia con otra de las acepciones del verbo chingar (‘estropear’, ‘echar a perder’). 

Es frecuente el recurso a metáforas construidas sobre la base de objetos o elementos del imaginario rural o doméstico de otra época que hacen que para el hablante contemporáneo y de entorno cultural urbano resulte extraño y a veces incomprensible. Son ejemplos de ello: “Molino parado no paga maquila”, “enterado de la caja del agua” o el ahora comentado: “No me chingues la borrega”, en los que el uso de voces como “maquila”, “caja del agua” o “borrega” son una antigualla para las nuevas generaciones de hablantes. 

Se usa en forma exclamativa como hemos dicho para reprochar a quien molesta o importuna con su conducta o actitud o para reprender lo que ha dicho. También se pueden escuchar las formas: “llenarle/achucharle/apretarle a alguien la borrega” para expresar ‘hartar con impertinencias y majaderías’. Son expresiones sinónimas: “¡No me jeringues!” o “¡no me jodas!” que en ocasiones se suelen emplear como exclamación de sorpresa frente a una información o noticia, generalmente disgustosa, que nos traslada nuestro interlocutor. “Jeringar”, en sentido propio, es sinónimo de ‘chingar’ y parece tener origen en el acto de expulsar con fuerza líquido con una jeringa; es más común el sentido figurado con el significado de ‘fastidiar(se)’, estropearse o frustrarse alguna cosa o un plan’. Otras expresiones afines o sinónimas son: “joder la pava” o “joder la pavana”, es decir, ‘fastidiar, incordiar o dar la lata’; o “no me llenes la cachimba (de tierra)” que se usa en algunas islas (y también se registra en algunos lugares de América) para persuadir a alguien que muestra un comportamiento molesto, incómodo, cansino o impertinente. 

“Cachimba” parece ser un portuguesismo que en el español de Canarias se usa para designar la pipa de fumar. Así, pues, “llenársele a alguien la cachimba” es hartarse de las insolencias y molestias de otra persona. Otra exclamación similar que se pronuncia ante un hecho, de ordinario negativo o inesperado, que denota sorpresa o enfado es: “¡Hay que joderse!” (o “¡No me estés jodiendo!”); pero acaso el “no me chingues la borrega” alcanza en el hablante un grado de sanción más severo, y hasta de “calentura”, ante un acto o actitud de alguien que reprobamos por fastidiosa, ruin, desproporcionada o fuera de lugar.

Al que le tocó, le tocó

Luis Rivero , suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

De entre los dichos de ámbito luctuoso, traemos hoy a colación esta expresión que todavía podemos escuchar en los corrillos que se forman a las puertas de los velatorios. Es pues una de las frases propias de los duelos en las largas horas de acompañamiento a los familiares del difunto, al menos, en algunos pueblos de la geografía insular. 

Se trata de una sentencia breve que se construye sobre la base de una simple anáfora. Repetición que viene marcada por el verbo «tocar» con el significado de ser señaladopor la suerte (referido a quien resulta agraciado por el hado de la Fortuna) o por la desdicha; o bien referirse a quien corresponde por turno algo. Una de las acepciones de la voz «tocar» se usa para definir un golpe de suerte, como por ejemplo la locución:  «le tocó el gordo» (de lotería). Con este mismo significado, a veces, tiene un sentido irónico para nombrar en realidad una calamidad o desgracia. Así resulta de las expresiones:  «le tocó la negra» o «le tocó la china», para denotar mala suerte en la elección o en el azar. 

En efecto, el verbo «tocar» viene usado a menudo en el español de Canarias, al igual que en otros dominios, como parte de una locución que implica o traslada –según el contexto– el significado de “corresponder/designar”, algo similar a «ser elegido» por la suerte  o por la adversidad (y he aquí el sentido irónico). Otra acepción se refiere al derecho u ocasión de hacer algo por turno, «a quién tiene la vez», por ejemplo cuando se dice: «ahora me toca a mí», para explicar de quien es el turno. 

En sentido más trascendental se usa «le tocó» cuando a alguien «le llega suhora», esto es, cuando un sujeto expira o fenece. La expresión puede ser intercambiable por un pomposo «estaba para él», o bien puede ir acompañada del enigmático: «no somos nadie».  Esta afirmación conclusiva («no somos nadie»)  nos alongaen el vacío de la impermanencia de la vida humana, al tiempo que nos recuerda cuan ignotos son los entresijos y vicisitudes que nos depara.  «Al que le tocó, le tocó», en clave aforística de juego de azar, puede tener un sentido propio o figurado. Se escucha también en voz presente con valor de futuro: «al que le toca, le toca». Como si la decisión que pone fin a la existencia se diera al albur de una suerte de ruleta cósmica que gira y gira y, por misteriosas razones, se detiene ante aquel que el destino parece haber elegido de antemano, aunque nos reserve siempre una sorpresa como desconocedores de la lógica que lo dispone. La expresión no encierra gran contenido filosófico en sí. La propia anáfora a la que se recurre con el verbo “tocar” por toda explicación del hecho infausto al que se refiere deja prueba de su simplicidad. De manera que se podría argumentar por todo razonamiento un irrebatible: «Esto es así».

«Al que le tocó, le tocó» se usa también cuando se contrae una grave enfermedad, y se expresa al tiempo que se conoce el fatal desenlace de la misma. Pero cuando se corre mejor suerte, y quien la padece puede llegar a contarlo, entonces, con sorpresa y admiración, se suele exclamar: «¡Ños, escapó loco!» o «¡escapó de milagro!». O bien cuando se trata del propio sujeto que cuenta el trance en primera persona: «¡Chacho, escapé de milagro!».

Estás aplatanado


©Luis Rivero 01.08.2020/ en suplemento Cultura La Provincia/DLP

La expresión no es exclusiva de las islas ni mucho menos, es también de uso común en el españolde España y de América, si bien puede tener un sentido diverso y de hecho tiene un valor singular en Canarias. El Diccionario registra la voz “aplatanado” (adj. ‘indolente’, ‘inactivo’) como participio del verbo “aplatanar(se)”(de ‘plátano’) con el significado de ‘causar o entregarse a la indolencia o inactividad”. En el español de Canarias y en algunos lugares del Caribe se usa para referirse a la adaptación o “aclimatación” de un forastero al modo de vida, costumbres y actitudes vitales propias del país de acogida (‘acriollarse’). Es decir, ‘adaptarse o hacerse a un lugar y, en Canarias, especialmente adaptarse a las costumbres y modo de vida isleños’. 

El “aplatanamiento” (‘acción de aplatanarse’) puede ser entendido como un término de “ida y vuelta”, podríamos decir. Tendría, pues, un valor exógeno frente a un valor endógeno. Desde el punto de vista exógeno define al isleño tal como nos ven desde fuera, “los otros”, expresa lo que el foráneo que nos visita piensa del canario. [En ocasiones se escucha que “los canarios están/son aplatanados” (“estáis/sois”), frases en las que la línea que separación de los verbos “estar” y “ser” puede ser tan sutil que se confunde un estado coyuntural o modo de estar o comportarse (‘estar’) con un rasgo congénito y definitorio (‘ser’), es decir, con una condición de permanencia en el mundo]. El sentido endógeno muestra como utiliza el isleño este concepto. Puede hacer referencia como hemos dicho a la adaptación de modos de vida, usos y costumbres locales por parte del peninsular o del guiri que recala por estos lares. Pero también puede tener un carácter autorreferencial al reproducir el mismo cliché construido y difundido desde fuera. 

Por otro lado el término “aplatanado” se define en relación a un participio antagonista con el que forcejea: “emancipado”. La actitud indolente que se nos atribuye, que a menudo se acompaña de términos como la sumisión, la inmadurez o el complejo de inferioridad frente al “colono” (por recurrir a la terminología fanoniana), desemboca en el terreno de la alienación. Puede decirse así que “aplatanado” –en el caso canario– sería antónimo de “emancipado”; término que en sentido recto, pero también metafórico implica el liberarse de la patria potestad, de la tutela, y por ende, de cualquier servidumbre, subordinación o dependencia. No en vano, el psicólogo Manolo Alemán se refería a Canarias como una “sociedad sin padre”, como uno de los rasgos identitarios que la definen. “Sin padre” quiere decir que carece de un referente de autoridad sobre el que cimentar los conceptos de seguridad, confianza y estabilidad, que conforman los elementos imprescindibles de la emancipación. Esto es, superar el estado servil, la inmadurez como pueblo, el “destetarse” de una sociedad con claros rasgos matriarcales. Dicho en palabras del antropólogo Ángel Sánchez que subraya como rasgos de este pueblo: “ignorante, emigrante, pacífico, conformista, hospitalario, adaptable […] clasista, inmaduro, cobarde e inferiorizado frente a los poderes establecidos, los deberes y las leyes”. 

Todos estos son elementos significantes de ese estado conformista y sumiso que es el “aplatanamiento” pertinaz que nos define y que se nos atribuye desde fuera (con el que inconscientemente nos identificamos porque de algún modo así se nos ha etiquetado e inculcado). Pero el selfie quedaría incompleto si no “reseteáramos” la situación en base a parámetros actualizados. Este estado de mansedumbre congénito que pudiera ser tachado de cobardica y sumiso (aunque algunos lo adornan de espíritu “tolerante”) sufre necesariamente una reacción/adaptación amplificada cuando concurre con la abducción colectiva instrumentalizada a través de internet, las nuevas tecnologías y las redes sociales.  

El aletargamiento, la ignorancia, la indolencia y la apatía conforman ese estado de “neurastenia” social al que aboca al individuo la “robotización”  inducida desde el “sistema”. Y que como efectos más patentes ha terminado por degradar el estatus de ciudadanos hasta convertirlos en pasivos “consumidores”, reduciendo la sociedad a un gran mercado donde las conductas no obedecen a la voluntad individual ni colectiva, sino a estímulos bien definidos desde “el puente de mando”. Lo que en buena medida tendría algo que ver con el shock  que pudo suponer a la memoria histórica y genética de la población canaria el salto en apenas cinco siglos  de los “letreros” de barranco Balos a los emoticonos del wasap.