Bardo Thödol (El libro tibetano de los muertos) Notas de una lectura a la luz de la física moderna

Publicado en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP 12.12.2020 Luis Rivero/

            Tal como el hombre desea, así es su destino. Brihadaranyaka Upanishad

Borges nos recuerda –parafraseando a Platón–  que el maestro elige al discípulo, pero el libro no elige a sus lectores, que pueden ser malvados o estúpidos. La primera vez que calló en mis manos un ejemplar delBardo Thödol,  no fui capaz de pasar de las primeras páginas. Pasarían algunos años hasta que me abordara un impostergable deseo de retomar su lectura. Y esta es la primera de las impresiones extraídas de este enigmático libro: el Bardo Thödol se lee cuando realmente se está “dispuesto” para su lectura. El tema de la muerte y en particular de la propia muerte es generalmente rehuido y evitado en lo posible en las sociedades occidentales. Si bien la muerte es una certeza (quizá la única certeza que tenemos), a menudo nos  negamos a afrontarla, hasta llegar a convertirse en tabú. 

Platón afirma en el Timeo–en clave críptica– que “es dura tarea descubrir al hacedory padre de este universo, y, una vez descubierto, es imposible declararlo a todos los hombres”. Carl Gustav Jung, en su comentario psicológicoalLibro tibetano de los muertos, concluye de su lectura que el ”dador” de todas las cosas ”dadas” habita dentro de nosotros. Y esta es –creo– una de las claves de comprensión del Bardo Thödol: todos los fenómenos tienen su origen en la mente. Tal como pensamos, así somos y seremos, en vida y después de la muerte, pues los pensamientos son “padres” de todas las acciones. 

Desde tiempo inmemorial, vivimos, morimos y nacemos sin que tengamos memoria de ello. En este proceso cíclico, el Libro tibetano de los muertos sería –si se puede expresar así– una suerte de manual de instrucciones para difuntos y moribundos. Pretende ser una guía al más alláque abarca el periodo de existencia del bardo, descrito simbólicamente como el estado intermediode 49 días de duración que van desde la muerte al renacimiento. En la tradición tibetana el texto viene leído cerca del cuerpo yacente, susurrado al oído del difunto por un monje que actúa como psicopompo. El propósito es atraer la atención del fenecido sobre la posibilidad de liberación en todo momento y advertirle sobre la naturaleza de sus visiones. Todo ello según la firme creencia de que la consciencia es inmaterial y no desaparece con la muerte física.

Algunas enseñanzas del Bardo Thödoly su paralelismo con la física moderna

A medida que nos adentramos en la lectura del Bardo Thödol vamos constando el sentido de las palabras del físico Fritjof Capra:«Los conceptos de la física moderna muestran con frecuencia sorprendentes paralelismos con las filosofías religiosas del Lejano Oriente» (El tao de la física).Me propongo, pues, referir someramente las ideas principales contenidas en el Libro tibetano de los muertosy su analogía con algunos de los conceptos de la teoría cuántica y principios de la física moderna. Según la filosofía budista todas las condiciones, estados o reinos de existencia samsárica, cielos, infiernos o mundos de los que habla el Bardo Thödolson solo fenómenos. El samsara –que en sánscrito quiere decir ‘existencia cíclica’– es para la doctrina budista la sucesión de muertes y renacimientos a las que está abocado el individuo. En el samsara se dan seis reinos de existencia en los que se puede volver a nacer dependiendo del karma: el reino de los seres infernales, el de los espíritus ávidos, el de los animales, el de los humanos, el de los semidioses y el de los dioses.

         Todos estos fenómenos –según el Bardo Thödol–son transitorios, ilusorios o irreales. Existen solo en la mente de quien los percibe y no tienen forma externa. Se afirma además que no existen dioses, demonios, espíritus o criaturas sensibles. Todos son fenómenos que dependen de una causa: “un anhelo o sed de sensación conforme a una existencia (samsárica) inestable”. En tanto esta causa no sea superada –como decía Sócrates– “a cada nacimiento seguirá una muerte y a cada muerte un nuevo nacimiento”, y así sucesivamente hasta alcanzar la Iluminación que interrumpe la rueda del samsara

         Señala el Bardo Thödolque la existencia post mortemes una continuación de la existencia fenoménica del mundo humano, ya que la consciencia no desaparece con la muerte física. La naturaleza de la existencia entre la muerte y el renacimiento en este o en otro mundo viene determinada por las acciones precedentes, es decir, por el karma. Se trata en cierto modo de un estado prolongado de apariencia onírica, lo que podría denominarse «una cuarta dimensión del espacio» (como señalan algunos estudiosos), plagado de visiones alucinatorias que son resultado del contenido mental del perceptor. Estas pueden ser felices y de apariencia celestial, si el individuo ha acumulado un buen karma, o dolorosas y de apariencia infernal, si tiene un mal karma. [Para la teoría de la relatividad el espacio no es tridimensional ni el tiempo constituye una unidad separada. Ambos están íntimamente relacionados y forman una continuidad cuatridimensional«espacio-tiempo»].

Los descubrimientos de la teoría de la relatividad y de la física atómica (que a la postre desembocaron en la formulación de la teoría cuántica) vinieron a cambiar el panorama de la física al dar al traste con la concepción newtoniana del mundo, esto es, la noción del espacio y tiempos absolutos, las partículas sólidas elementales, la naturaleza estrictamente causal de los fenómenos físicos… 

Otra de las características del estado intermedio –según el Bardo Thödol–es que no todos los difuntos experimentan idénticas visiones o fenómenos. Cada individuo pensará según lo que se le haya enseñado. En tal sentido, los pensamientos son como semillas que germinan en la mente hasta dominar completamente el contenido mental del individuo en forma de creencias o arquetipos. En consecuencia, para un budista, un hindú, un musulmán, un hebreo o un cristiano las experiencias del bardoserán diferentes. Las formas de pensamiento de un budista o de un hindú, como en un estado onírico, alimentarán las visiones «a imagen y semejanza» de las divinidades del panteón budista o hinduista; un musulmán se recreará en las visiones del paraíso islámico descrito en el Corán; o las de un cristiano se corresponderán con el cielo, el purgatorio o el infierno. En suma, estas visiones dependen del contenido mental de cada individuo. En otras palabras, el estado post mortemes muy parecido al estado onírico, y los sueños son una réplica de la mentalidad del que sueña. Señala Evans Wentz que el Bardo Thödol parece basarse en datos de experiencias humanas fisiológicas y psicológicas, y contempla este estadio en el más allá como un problema psicofísico, y por tanto básicamente científico. Lo que el percipiente ve en el plano bárdico es su propio contenido mental. 

Desde la física cuántica se afirma que no podemos ver ni entender aquello que no está en el repertorio de nuestros pensamientos y paradigmas sobre el mundo. Dicho de otro modo, la conciencia humana emerge a un primer plano pasando de ser un mero epifenómeno psíquico a una causa determinante de la existencia de los fenómenos manifiestos. Cuando se dice que la existencia post mortemes una continuación de la existencia fenoménica surgida del mundo humano, se afirma que la experiencia bárdica está marcada por los propios arquetipos o paradigmas aprendidos durante la experiencia vital. «Tal como se enseñe a un hombre, así será lo que piense», en vida y después de la vida. Esto es lo que explica que las visiones que afirman haber experimentado los místicos cristianos sean coincidentes con la imagen del Dios Padre sentado al trono de la Nueva Jerusalén, todo el escenario bíblico o el entero imaginario: Virgen, santos, ángeles y arcángeles; como mismo un musulmán podrá presenciar la visión del paraíso, del profeta o de los ángeles; o un amerindio podrá “ver”la tierra feliz de las cacerías.  Incluso un ateísta experimentará sus particulares visiones en el bardo, según su propio “credo” y arquetipos mentales.

Por otra parte, el nacimiento en el mundo humano se hace inevitable, ya sea directamente desde el bardo o desde cualquier otro mundo (paraíso o infierno) a los que haya llevado la balanza kármica, a no ser que se alcance la Iluminación. La Iluminación se produce al captarla irrealidad de la existencia (del samsara), es decir, al comprenderque todo es una ilusión. Es posible alcanzar este estado en vida, en el momento de la muerte o durante el bardo, así como en ciertos reinos no humanos. Para dar este paso son importantes –siempre según el Bardo Thödol– la instrucción en el yoga, en el control de los procesos mentales para concentrarse en alcanzar el Recto Conocimientoy la guía de un gurú. Esta versión de los diversos “mundos o reinos” de existencia guarda una sorprendente similitud con la idea de “universos paralelos” de la física cuántica.

Otro de los conceptos fundamentales del budismo tibetano es «la conciencia de unidad de la totalidad de las cosas, llamado dharmadhatu[‘universo’]». Creer que los conceptos abstractos de «cosas» y «sucesos» separados son una realidad es pura ilusión. Esta unidad básica del universo no solo es un elemento central de la experiencia mística de los grandes maestros orientales, sino que también resulta uno de los descubrimientos de la física moderna. Si bien aparente a nivel atómico, se manifiesta con mayor rotundidad en el mundo de las partículas subatómicas. La física cuántica sostiene el concepto de interconexión de todo cuanto existe en la naturaleza. En la llamada interpretación de Copenhague, desarrollada por Bohr y Heisenberg, se demuestra con precisión de qué manera la teoría cuántica implica una interconexión esencial subyacente en toda la naturaleza. Y no solo a nivel subatómico, sino que el sistema macroscópico forma también un conjunto unificado y el concepto de «objeto separado y observado» deja de tener validez.[El Nobel de Física Erwin Schrödinger habla de entrelazamiento cuántico, un fenómeno en el que el estado de dos o más sistemas físicos depende del estado de cada unode los sistema, aun cuando estos estén espacialmente separados].

Otra de las enseñanzasque pueden extraerse del Bardo Thödol es que los seres conscientes en el estado intermedio, más allá de la “pulsión kármica”, pueden elegir la forma de su próxima reencarnación, incluso dónde nacer: el país, la cultura, la familia… Se dice que los seres más elevados espiritualmente podrán optar por alguno de los reinos de existencia superior (reino de los semidioses o el de los dioses), con la posibilidad de liberarse del samsara en cualquier momento. En relación a la «posibilidad de elección» el físico Amit Goswami señala que contamos en la vida con múltiples probabilidades desplegadas a modo de ondas de probabilidad (de un electrón). Esto nos pone delante a diversas opciones tan reales como las ondas de probabilidades de Schrödingery estas probabilidades dejan de existir cuando proyectamos nuestras expectativas, que se limitan a una sola posible. El doctor Stuart Hameroff va más allá afirmando que cada ”pensamiento consciente puede ser considerado como una elección, una superposición cuántica que colapsa en una elección”. [Esto nos recuerda la posibilidad «de seleccionar la puerta uterina» de laque habla el Sidpa Bardo(una de las fases del estado intermedio descrita en el Libro II del Bardo Thödol), en la que la consciencia «elige» donde nacer y se escoge a los padres]. La física moderna parece sugerir que cada vez que observamos el mundo, en un determinado nivel de la realidad estamos provocando un colapso de la función de onda . Un colapso que transformará una onda de infinitas posibilidades en algo concreto y material. Y esto nos convierte en creadores, en «hacedores» o «dadores» de nuestra propia realidad, como afirmaba Jung. El observador crea el colapso de la función de ondas en una determinada dirección y así participa en la creación de la realidad. El momento en que una onda de probabilidad se transforma en materia es lo que los físicos llaman colapso de la función de onda. Sería algo así como si ahora mismo detrás de usted no hubiese nada y justo en el momento en que se gira para mirar, todo toma forma y se «materializa». Es decir que aquello que hay detrás de usted en este momento solo existe como posibilidad. En cierto modo, todo esto guarda gran similitud con lo que afirma el Bardo Thödol que todos los fenómenos se encuentran en su origen en la mente.

“Si bien la mayor parte de la ciencia occidental considera esta cuestión [la inmortalidad de la consciencia] una fábula o un mito, la ciencia tanatológica demuestra –afirma el psiquiatra Stanislav Grof– que gran parte de lo que plantea en el Bardo Thödoles pertinente”.  Grof se basa en los estudios de experiencias cercanas a la muerte en las que lo relatado por las personas “traídas de nuevo a la vida” ha podido ser verificado. Relatos que cuentan que la consciencia abandona el cuerpo de modo muy similar a como se describe en el Bardo Thödol.  Sugerente lectura, pues, que puede despertar el interés o la curiosidad tanto de aquellos que afrontan por primera vez el argumento como de quienes se sientan atraídos por las tradiciones y la filosofía orientales, y  que más allá de los propios credos puede contribuir a desmontar ese tabú que es el tema de la muerte, y comenzar a verla desde una perspectiva diversa.

Sobre el manuscrito y la traducción del Bardo Thödol

El Bardo Thödol fue traducido por primera vez al inglés por Lama Kazi Dawa-Samdup y editado W.Y. Evans Wentz, pionero en el estudio del budismo tibetano y su transmisión a Occidente. A principios de 1919 un joven monje tibetano de un monasterio de Darjeeling, India, procuró al editor Evans Wentz un ejemplar del manuscrito del Bardo Thödol. El texto original se remonta al siglo VII, en la época de Padma Sambhava (fundador del lamaísmo), en que se encarga la redacción del Bardo Thödoly una vez concluido sería celado y redescubierto años más tarde.  Se trata, pues,  de uno de los libros perdidostibetanos. Según la tradición tibetana, el Bardo Thödol sería una de las obras ocultadas en secreto a fin de preservarlas para las generaciones futuras, y que tendrían que revelarse al mundo a su debido tiempo. Es decir, cuando la humanidad estuviese preparada para ello. Sea como fuere, es lo cierto que durante el periodo de persecución de budismo, a comienzos del siglo IX, fueron ocultados en cuevas y otros lugares secretos gran cantidad de libros pertenecientes al periodo arcaico del budismo tibetano. 

Me tiene hablando solo

Luis Rivero en suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP sábado 30/10/2020.

Si en ocasiones somos sorprendidos o nos damos cuenta de que mientras andamos solos por la calle o realizamos cualquier tarea ordinaria en casa hilvanamos un discurso mental a media voz con nosotros mismos, se dice que uno está hablando solo. Las causas se relacionan de sólito con un estado de preocupación. El hecho puede ser a veces estigmatizado, pues hablar solo es visto como un síntoma de demencia, o simplemente puede transmitir a quien lo presencia el estado de desasosiego de un sujeto ensimismado e inmerso en sus problemas. Este es el sentido que tiene la expresión y la imagen que traslada la hipérbole “me tiene hablando solo”. Es decir, cuando alguien se siente agobiado y no encuentra solución a una dificultad, ya sea de orden familiar, laboral o de cualquier otra índole. La situación más propia en la que suele inserirse la frase es cuando se le pregunta por el particular. La respuesta casi siempre es la misma: “Chacho, me tiene hablando solo”. 

En el español de Canarias, al igual que en otros dominios de la lengua castellana, encontramos abundantes hipérboles basadas en la exageración de fenómenos corporales, órganos y sus funciones o de actividades en general relacionadas con el físico para nombrar o definir realidades abstractas. Piénsese, por ejemplo, en expresiones tan comunes como: “quedarse (alguien) mirando para el techo” que recurriendo a la metáfora de la vista y su función específica (mirar) además de significar “llevarse un chasco”, puede expresar sorpresa o pasmo; o “salir(le) humo de la cabeza (a alguien)” (o “la cabeza le echa humo”). La referencia a la cabeza como sede del cerebro y, por ende, del pensamiento, y la metafórica combustión a la que induce pensar la presencia de humo, viene a expresar con chanza el ‘sentirse atolondrado, aturdido por un esfuerzo intelectual notable o por la dificultad en la compresión’. 

Por su parte, una dimensión elemental del simbolismo anatómico de la boca es la identificación, en una suerte de tropo, del órgano con su función (ingerir alimentos y hablar) o viceversa. En la locución “quedarse (o dejar al alguien) mascando en seco” se hace referencia al verbo “mascar (en seco)” (como sinónimo de ‘masticar’) para evidenciar en sentido lato la paradoja que no se tiene nada que “chascar”, nada sustancioso que masticar. Asocia una de las funciones de la boca (triturar los alimentos para ingerirlos) para indicar que alguien “se lleva un fuerte chasco”, o lo que es lo mismo, “llevarse una montada” o un desengaño; o la expresión “calentársele el pico (a alguien)” que recurre a la fabulación o animalización de convertir la boca en “pico” para hacer referencia a cuando alguien, tras haber tomado la primera copa, se entona y se le suelta la lengua (hablar con locuacidad) hasta propasarse. En esta línea de giros o modismos situamos la frase aquí comentada. Tener a alguien hablando solo (“me tiene hablando solo”) expresa con exageración que se vive o se atraviesa una situación problemática que precipita a quien la padece en ese torbellino de ideas que se transforma en bisbiseo mental, en un soliloquio que rumia los propios pensamientos dándole vueltas al mismo problema, lo que te hace más vulnerables frente a la ansiedad y la depresión, hasta el punto de que te tiene hablando solo. Aunque a veces se use de manera desmesurada hasta la exageración y con donaire: “Chacho, me tiene hablando solo”

Compartir el artículo

Compartir una noticiaFacebookTwitterLinkedinWhatsappTelegramCorreo electrónico

Estar como un saltaperico

Luis Rivero, Sábado 16.10.2020 |Suplementos de Cultura de La Provincia/DiariodeLasPalmas y El Día/La Opinión de Tenerife

Entre las expresiones que forman parte de ese gerontolenguaje del español de Canarias, ya en desuso, en franco retroceso o en vías de desaparición, se sitúa la voz “saltaperico”. Así se le llama en las islas a una tira de papel o ristra de petardos pequeños (especie de misto) que detonan cuando se les prende fuego por frotación contra una superficie dura y rugosa. Otrora, la chiquillería jugaba con estos triquitraques tirándolos al suelo, a los pies de otros chicos, para hacerlos saltar y correr. Y de ahí probablemente su nombre. Se trata de una palabra compuesta por el verbo “saltar” (“salta”) y el antropónimo “Perico”, hipocorístico de Pedro. Perico es -suponemos- un personaje fabulado, objeto de burlas y bromas en el imaginario popular, que con esta forma nominal ha tomado acomodo por emulación o simpatía en distintas expresiones orales, como mismo sucediera en otras locuciones: “Periquillo el de los palotes”, “como Pedro por su casa”, “como Mateo con la guitarra” o el Francisco del “¡cógelo, Cuco!”. 

El nombre lleva subliminalmente asociada la imagen de un chiquillo “pegando brincos” y corriendo para evitar las detonaciones entre sus pies, como quien escapa de un “volador enrabonado”, mientras el resto parece divertirse y gritar al unísono: “¡Salta, Perico!”. 

Por metonimia el término “saltaperico” se hace extensivo a una persona inconstante que cambia con facilidad y rápidamente de actitud o parecer, de ocupación o empleo (que viene a tener el mismo sentido que en el español de Cuba: ‘persona inestable’). 

La metáfora se traslada a la frase comparativa: “Estar como un saltaperico” o “parecer un saltaperico”, para referirse hiperbólicamente a quien se mueve continuamente de acá para allá sin dirigirse a ninguna parte ni concluir nada en concreto, caminando con inquietud y nerviosismo, con “jiribilla” (‘desazón, exceso de movilidad’). Dicho de otra manera: “No saber dónde poner el huevo”. Hace referencia tanto a la actitud física o locomotriz, como también al aspecto caracterial y humoral del sujeto. Lo que se concreta en una locución afín a la comentada: “tener (alguien) mucha sangre” para referirse a una persona muy dinámica y ágil para hacer muchas cosas. De hecho, para la medicina grecolatina la sangre era considerada la fuente del calor corporal y vehículo de las pasiones. En la antigua fisiología hemocéntrica se asignaba a la sangre una función orgánica y psíquica (vital, racional y sensorial). Esta idea subyace en otras expresiones populares como “hervirle (a alguien) la sangre”, que expresa fogosidad y cólera, o por el contrario “no tener sangre en las venas” para expresar falta de irritabilidad, laxitud de ánimo. 

En los linderos semánticos de la expresión comentada se mueven otras similares en las que la sabiduría popular ha sabido dar un matiz y alcance más preciso. A saber: la comparativa “ser más desinquieto que una rueda de fuego” que define la actitud y carácter de la persona incapaz de permanecer quieto; “ser variable como el tiempo”, para referirse al carácter cambiante; “tener (alguien) hormiguillas en el culo” que se dice de alguien “que no sabe estar quieto”, que es inquieto, sin sosiego.

Sacarle el cuero (a alguien)

Luis Rivero. Suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP……. 09.10.2020 |

Esta expresión que forma parte del repertorio fraseológico propiamente isleño está también presente y arraigada al otro lado del Atlántico; si bien en las islas observa un valor polisémico respecto al uso más corriente que tiene en la mayoría de los países americanos. Aunque prácticamente ha caído en desuso, se puede escuchar todavía la locución “sacar el cuero (a alguien)” con valor literal de ‘despellejarlo’ (“arrancarle/sacarle el pellejo”) y que en sentido figurado quiere decir ‘hablar mal de alguien o criticarlo con saña’. Con este registro se constata en diversos lugares de América. Sin embargo, en Canarias han tomado el relevo de esta antigua expresión otros usos sinonímicos que hoy resultan más frecuentes, como: “rajar” de alguien o “poner(lo) a caldo” que con la locución de uso general en castellano “poner (a alguien) a caer de un burro” vienen a significar lo mismo, ‘hablar mal o criticar a alguien cuando no está presente’. 

Pero sin duda el significado más genuino que conocemos de esta expresión idiomática en el español de las islas es el que hace referencia a “sacarle el cuero” (a alguien) en el sentido de ‘explotarlo de manera cruenta y abusiva’. 

La locución verbal “sacar el cuero” podría encuadrarse dentro del extenso grupo de metáforas basadas en exagerar o poner en evidencia determinados aspectos y fenómenos corporales, partes del cuerpo o relacionados con estas para expresar ideas abstractas, como por ejemplo: “Dejarse la piel”, para significar que se realiza un ‘esfuerzo titánico’; o “caerse(le) el pelo” (“¡Se te va a caer el pelo!”) que se asevera como advertencia ante una reprimenda o castigo a quien queda al descubierto por haber errado o actuado incorrectamente. 

La locución evoca seguramente en el inconsciente colectivo la imagen del látigo o “rebenque” con el que antiguamente se castigaba a los galeotes para que no cesaran de remar o para que mantuviesen un ritmo vivaz. En el universo pancanario puede sugerirnos un pasado remoto en el que los campos isleños contaban con la presencia de patrones abusadores y encargados o capataces despiadados que maltrataban y explotaban a los jornaleros en las fincas de plataneras o a los aparceros y peones agrícolas en los tomateros. La imagen del “rebenque” parece estar presente, aun subliminalmente, en la memoria colectiva y nos remite a tiempos de esclavitud. [“Rebenque” se le llama en Canarias a un ‘látigo o instrumento fabricado con un cabo de madera y una tira de cuero de animal que sirve para arrear a las bestias’]. No en vano, en la simbología antigua, el simbolismo del látigo refunde el lazo y el cetro que son signos de dominación y superioridad, y expresa a su vez la idea de castigo, si bien en la mentalidad arcaica los azotes y la flagelación pueden tener también el valor de “estímulo”. 

La voz “cuero”, por su parte, se usa en el español de Canarias para denominar a la piel de un animal muerto (con la que se puede confeccionar el rebenque), así como a la piel del animal vivo y por extensión a la del ser humano (que imaginariamente soporta los “rebencazos” o una “buena cueriada”). Por asociación de ideas, la expresión nos sugiere la imagen del “rebenque” que nos remite a la del “cuero” (‘piel’), sobre las que se construye la metáfora: “arrancar la piel a tiras”, que a su vez nos insinúa el mensaje de estar sometido a una “explotación cruel”. 

El contexto natural de uso de la expresión se relaciona obviamente con el mundo del trabajo. Así por ejemplo, cuando a alguien le preguntan o le piden referencias de un patrón o de un encargado o capataz con fama de negrero, la respuesta puede ser:

“¿Vas a trabajar con fulanito? ¡Ni se te ocurra! Ese le saca el cuero a cualquiera”.

¡Es más listo que el hambre!

Luis Rivero. Suplemento de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP….. 02.10.2020 |

Conocido es el recurso a las oraciones comparativas para expresar hiperbólicamente una cualidad determinada de algo o una característica de un sujeto, ya sea física o inmaterial. A esta fórmula obedece el dicho que sin duda el lector habrá escuchado o hecho suyo en alguna ocasión. Si bien no se trata de un aforismo genuino del español de Canarias, se ha incorporado con naturalidad al acervo isleño. Se trata probablemente de una versión coloquial o deformada del antiguo refrán castellano: “La necesidad es maestra” o “no hay mejor maestra que el hambre” que en diversas formas viene citada por distintos clásicos de la literatura española y registrada por Correas como: “La necesidad hace maestros” y “La hambre despierta el ingenio”. El proverbio da a entender que es la insatisfacción de las necesidades primarias la que hace del menesteroso una persona avisada y hábil. Y dentro de estas necesidades ocupa un lugar primordial la alimentación. 

Esta relación entre tener hambre y la agilidad mental se explica en realidad por una concatenación de reacciones fisiológicas. La sensación de hambre se produce por los efectos inducidos por determinadas sustancias en el cerebro. La hipoglucemia, por ejemplo, que indica un bajo nivel de glucosa en sangre, viene a estimular la región cerebral del hipotálamo, responsable a su vez del impulso que nos obliga a comer. Esta reacción activaría a su vez los procesos necesarios para la obtención de alimento, desencadenando la actividad de distintos neurotransmisores que dotan al sistema nervioso central de claridad en las ideas y en la percepción del medio, y en definitiva aumentan la neuroactividad cerebral dirigida a la búsqueda de nutrientes. Una vez que la fuente alimentaria está localizada entra en funcionamiento la adrenalina que suministrará al organismo las reservas energéticas necesarias hasta la obtención del alimento. De ahí que el aserto popular concluya que el hambre hace a las personas que la padecen más diligentes y sagaces 

En español, la expresión “tener hambre” define la sensación de ganas y necesidad de comer. Esta locución concibe el hambre como una cosa, como un objeto poseído (“tener”). Lo que no deja de ser una entetificación del hambre (como mismo ocurre con las expresiones: “tener frío” o “tener sueño”). Pero esta conceptualización lingüística de la realidad puede ir más allá, hasta convertirse casi en una figura retórica que consiste en atribuir a seres inanimados o entes abstractos (v. gr., el hambre) cualidades o características propias de los seres animados o incluso típicas de los seres humanos. Esta metáfora personifica el hambre como poseedor de un rasgo que se atribuye por excelencia a Homo sapiens, esto es, el “ser listo”. Voz que pondera la agudeza y la sagacidad de un individuo. 

Esta personificación del hambre atribuyéndole una actitud propiamente humana o que vemos o inferimos en ciertos animales, no es del todo infrecuente si nos atenemos a la figura literaria ampliamente difundida. La propia imagen metafórica de los cuatro jinetes del Apocalipsis bíblico nos representa el “hambre” -según la exégesis tradicional- como un jinete que cabalga sobre un caballo negro, dotándolo incluso de un aspecto humano. O en este otro antiguo refrán castellano que dice: “Guerra, peste y carestía andan siempre en compañía”. La metáfora representa la guerra, las epidemias y el hambre afirmando que “andan siempre juntas”, y no por separado, evoca quizá en el inconsciente colectivo la misma imagen apocalíptica.

Pícamelo menudo que lo quiero pa(ra) la cachimba


Luis Rivero. Suplementos de Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/DLP.  26.09.2020 |

El folclore como conjunto de tradiciones, fiestas, ritos, devociones religiosas, mitos, leyendas y dialecto reflejan la noción de un pueblo sobre la vida; a su vez son manifestación del modo de ser y rasgos dominantes que definen a esa comunidad desde un punto de vista antropológico o psicológico. Las peculiaridades dialectales que forman parte de la tradición oral, sobre todo los dichos, son también definidores de la propia visión del mundo e idiosincrasia del hombre canario. 

En efecto, los dichos tradicionales en particular (entiéndase: refranes, modismos, giros, frases hechas, aforismos, locuciones, etc.) dejan entrever los aspectos identitarios que conforman esa idiosincrasia. Uno de ellos es la socarronería que en el isleño se esconde detrás de una aparente candidez y mansedumbre. Aspectos estos que se reflejan —seguramente mejor que en ninguna otra— en la frase que comentamos. 

La expresión “pícamelo menudo que lo quiero pa(ra) la cachimba”, con fina ironía pero sin llegar al escarnio, se revela como una bofetada sin manos a quien mantiene una actitud oscura o falaz, y muestra la suspicacia que inspira el sujeto a quien va dirigida la frase. Sus usos más comunes se dan en contextos tales como cuando se escucha un discurso poco claro, enrevesado, hasta resultar ininteligible (del que “no se entiende ni papa”). En tal caso equivaldría a decir: “A ver, ahora explícamelo clarito para que yo lo entienda”: “pícamelo menudo€”. Por ejemplo, cuando el arquitecto (y este es verídico) se dirige al maestro albañil en la obra y le da instrucciones recurriendo a una serie de explicaciones redundantes y tecnicismos inusuales en el argot. Acabada la plática, el albañil que lo escucha con paciencia, exclama: “Ahora píquemelo menudo que lo quiero pa’ la cachimba”. O lo que cuentan de un alcalde de cierto municipio (también veraz), hombre poco instruido que no destacó nunca por su brillantez intelectual precisamente, del que se comentaba que desde que llegó a la alcaldía había cambiado por completo el modo de expresarse. Quien lo conocía de toda la vida —decía— que “parecía que hablaba con el diccionario en la mano”, recurriendo a voces poco o nada usuales, de lo que resultaba un discurso cargado de circunloquios, cultismos y tecnicismos forzados, y en definitiva, enredado y confuso. La gente salía de su despacho preguntándose: “¿Tú le entendiste algo de lo que dijo?, pues yo tampoco”. Pues “pícamelo menudo para entenderlo”. 

Otra uso frecuente se da cuando alguien está escuchando monsergas —casi siempre de un político que “dora la píldora”— y se da cuenta que intentan “tomarle el pelo”, entonces va y larga socarrón: “Pícamelo menudo que lo quiero pa’ la cachimba”. Lo que expresa esa desconfianza que suscitan las personas propensas a engañar o “a pegársela a alguien” (“¿A mí?, ¡A mí no me la pegas!”). En tal caso es intercambiable por un “¡échate otra!”. Es decir, que “no se lo cree ni él (mismo)”. 

En sentido recto se refiere a picar bien “menudito” (‘fino’, ‘pequeño’) el tabaco o “picadura” para preparar la pipa o “cachimba” para fumar. Lo que tiene el alcance metafórico de que “se pueda fumar”, “que sea fumable”, que se pueda creer, que sea creíble, “masticable” (que se pueda “tragar”). De hecho, la voz castellana “infumable”, además de a un tabaco de pésima calidad que no se puede fumar, hace referencia también, en sentido coloquial, a un discurso que “no hay por dónde cogerlo”, impresentable, de pésima calidad, un tostón. Vamos, que hay que “picarlo menudito”.

Lo bueno dura poco


Luis Rivero. Suplementos del Cultura de El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/D.L.P./ 18.09.2020

Aunque de uso corriente en las islas, en realidad se trata de un adagio de ámbito universal que podemos encontrar en fórmulas similares en otras lenguas y culturas de nuestro entorno, además del castellano. 

Se utiliza de sólito como frase conclusiva ante un resultado que convencionalmente se juzga poco o nada ventajoso, por lo que raramente observa un carácter predictivo. Viene, pues, a justificar un desenlace del todo lógico desde el punto de vista del hablante. El contexto más propio se da cuando se pone fin o está a punto de concluir una situación favorable o de confort, como por ejemplo: a la vuelta de las vacaciones; en tales circunstancias, quien sufre el menoscabo se lamenta por lo efímero de las condiciones privilegiadas de que disfruta, a lo que nuestro interlocutor, “quitado hierro al asunto”, nos recuerda que lo bueno dura poco. A veces se pronuncia en tono de consolación ante una reacción o sentimiento de desánimo. En ocasiones es intercambiable o viene acompañado por expresiones similares como: “¡Se acabó lo bueno!”, que pronunciado con cierta sorna intenta dar de merecer a quien se resiente por la pérdida o bien se exclama con aire de resignación. Otras expresiones periféricas a aquella y que ponen énfasis en la buena vida como sinónimo de ociosidad y holgazanería son: “a lo bueno se acostumbra (uno) rápido”, “pegarse la buena vida”, “vivir como un cura”, “rascarse la barriga”, “no dar un palo al agua” o “tumbarse a la bartola”, entre otras muchas. 

La moraleja de la expresión podríamos circunscribirla ideológicamente hablando -por así decirlo- entre los dichos que se conforman bajo el influjo de las corrientes ascéticas cristianas (ascetismo), que infunden la creencia en la existencia terrena como un paso tortuoso por “este valle de lágrimas” y pregonan la austeridad y la templanza frente a toda vivencia. 

Desde la vertiente de la psicolingüística podría encuadrarse en la manifestación de un pensamiento en esencia pesimista. Con ello se alude doctrinariamente a la efímera duración de las situaciones que nos transmiten alegría o placer; y señala que, por lo general, en la vida abunda más el infortunio que la dicha. Lo que no deja de ser una visión sombría del mundo y de las cosas que nos rodean. Advierte de no habituarnos ni regocijarnos demasiado porque “lo bueno dura poco” o como expresa aquel otro dicho popular: “después del gusto viene el disgusto”, que en términos generales podría concordar con la imagen cuasiarquetípica del palo y la zanahoria. 

El tono de resignación del dicho lo convierte en inapelable. Cuando en realidad no tiene por qué ser necesariamente así “ni está escrito en ninguna parte” que lo bueno tenga que durar poco, si bien es verdad que “lo bueno, si es breve, dos veces bueno”, aunque se trata de una antonimia en cuanto uno elogia la brevedad y el otro la lamenta. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno” es un refrán que recoge un viejo ideal estilístico: el de la brevedad como una de las virtudes de la narrativa. Dicho ideal se remonta a comienzos de la retórica griega, pues ya el noto orador Isócrates exigía que el discurso forense fuese breve. 

“Lo bueno dura poco” expresa, pues, una idea que pesa en el inconsciente colectivo de manera determinante, excluyendo un juicio de valor del que se pueda concluir lo contrario. Y es esta fuerza de las palabas? que se repiten en forma de sentencia la que marca esta “incontestable” convicción porque, a fin de cuentas, “hay que estar para las duras y para las maduras”.

A la tercera dula salta la torna más segura

Luis Rivero. Suplementos de Cultura El Día/La Opinión de Tenerife y La Provincia/D.L.P. 12 septiembre 2020….

Esta antigua frase proverbial se usa para aseverar que a la tercera ocasión se consigue siempre lo pretendido. Lo que se corresponde con el refrán castellano: “A la tercera va la vencida”, que encomia el esfuerzo y la constancia de alguien frente al reto que pueda suponer una situación determinada. 

         Se recurre a una metáfora construida sobre elementos del mundo rural ligados a la agricultura tradicional y al sistema de riego de las heredades canarias, organizado por “adulamientos”. La “dula” es en el español de Canarias el ‘turno de riego’ del que gozan los “herederos” sobre el caudal o acequia de la heredad. Se trata de un arcaísmo de origen semítico (del árabe hispánico ‘dúla’ y este a su vez del árabe clásico: dawlah que quiere decir `turno`). Pero a diferencia de la voz recogida por el DRAE (‘porción de tierra que, siguiendo un turno, recibe riego de una acequia’), en las islas se refiere exclusivamente al ‘turno de riego’.  Este matiz semántico se explicaría porque en Canarias los repartimientos de tierras y aguas de nacientes y barrancos que tuvieron lugar durante los primeros años de la colonización vinculaban la propiedad de la tierra con el derecho de riego, y con el tiempo quedaron disociadas. Es un hecho que ha llegado hasta nuestros días que propiedad de la tierra y propiedad del agua no son coincidentes. De ahí que la “dula” se le llama en Canarias al turno de riego del “heredero” (regante de una heredad que participa por derecho de una parte alícuota del caudal). 

Una “torna” es una tabla o plancha de hierro, latón o mortero que se coloca en las acequias o “atarjeas” para cerrar el paso del agua en la boca de riego o en la entrada de un “macho” (de riego). Las tornas se usan también para cerrar las bocas de salida de las “cantoneras”, que son pequeños depósitos para recibir el agua del estaque principal o mina y para la repartición o distribución del caudal entre los regantes según la dula que les corresponda. En un tiempo, las tornas solían reforzarse con trapos, tiras de plataneras, limos o lodos para evitar filtraciones y pérdidas de agua, y a veces se apuntalaban con cuñas para asegurarlas.  

         ¿Pero por qué a la tercera? “A la tercera dula salta la torna más segura” puede ser una versión insular, inspirada y expresada en el propio idiolecto rural, de lo que a todas luces parece un dicho universal. Correas lo registra ya desde el siglo XVII en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales en la forma: “La tercera, buena y valedera” [en otros textos precedentes se recoge la fórmula: “¡Andar!, ya callan, a tres me parece que va la vencida”; La Celestina XIX, 3].Y parece tener origen –según Correas– en “los tiros y caídas de luchas”, que era la tercera la que se daba por buena (“La tercera, esa es la buena”), y que ha llegado hasta nuestros días como “a la tercera (va) la vencida” o fórmulas similares. Hay quien apunta como posible origen las formaciones de las legiones romanas, en la que los soldados más veteranos ocupaban la tercera fila (triarios), que eran los últimos en entrar en combate y suponían el esfuerzo definitivo para ganar la batalla. De ahí la expresión proverbial res ad triarios redit (Liv., VIII, 8, 11) que significaba que la situación era crítica y que había llegado el momento de que entrara en acción la tercera línea. De esta puede derivar: “a la tercera (o a las tres) la vencida” que se usa cuando se alienta a realizar el último esfuerzo. En el Evangelio de Lucas, Jesús vaticina que quien se había mostrado como su más fiel discípulo, Pedro, renegaría de él antes de que el gallo cantara por tercera vez. Incluso en la lucha canaria, los desafíos a los que se retan los luchadores en ocasiones son a tres agarradas.  

         Esta frase proverbial se usa, con carácter general, para alentar y advertir que la tercera ocasión es la buena y se alcanzará el objetivo perseguido. Por mucho que se refuercen las tornas, estas ceden (‘saltan’) al ímpetu de la “tercera dula”, por la embestida del caudal de agua que corre por la acequia. Puede tener un valor de consuelo y ánimo frente al desaliento que provoca la sensación de fracaso por haber perdido consecutivamente las dos oportunidades precedentes. O bien convertirse en un presagio de buen augurio al que dotamos, aunque sea inconscientemente, de un cierto poder mágico-simpático, quién sabe si por la fuerza de las repeticiones de esta fórmula desde tiempo inmemorial. Lo cierto es que sin saber por qué razón, “a la tercera va la vencida” o “a la tercera dula salta la torna más segura”.  

¡No me chingues la borrega!

CANARISMOS

Luis Rivero 04.09.2020 |Suplementos de Cultura de La Provincia/DLP y El Día/La Opinión de Tenerife

Aunque poco usada, a muchos de nuestros mayores les resultará familiar esta expresión que viene pronunciada solitamente en un tono exclamativo para advertir a alguien que deje de importunar o para reprenderle por lo que ha dicho. La “borrega” es en el español de Canarias una especie de petaca en forma de bolsa achatada, elaborada en cuero o en caucho, que se usa para guardar la picadura, es decir, una tabaquera que se solía llevar en el bolsillo de la chaqueta para el tabaco de liar y de pipa (o cachimba). En algunas islas se le llama también “borreguera”. 

El verbo “chingar” tiene el significado en Canarias de ‘mojar o salpicar a alguien con un chingo de agua’. [“En verano, los chiquillos jugaban chingándose con agua unos a otros y acababan ensopados”]. También puede guardar el sentido de ‘estropear o echar a perder algo o fastidiar(se)’. 

En sentido recto, pues, “chingar la borrega” quiere decir ‘mojar la borreguera o tabaquera’. La advertencia en forma exclamativa: “¡No me chingues la borrega!” vendría a advertir de estar atentos a no mojar la bolsa del tabaco para evitar que este se estropee. Pues la picadura en la borrega permanece seca y “amorosada” [de “amorosar”: ‘reblandecer, ablandar, suavizar’], y si el tabaco se moja, se acartona y se echa a perder. Este parece ser el sentido propio de la expresión. De ahí el giro lingüístico que utiliza la metáfora para exclamar: ¡No me fastidies!, más en consonancia con otra de las acepciones del verbo chingar (‘estropear’, ‘echar a perder’). 

Es frecuente el recurso a metáforas construidas sobre la base de objetos o elementos del imaginario rural o doméstico de otra época que hacen que para el hablante contemporáneo y de entorno cultural urbano resulte extraño y a veces incomprensible. Son ejemplos de ello: “Molino parado no paga maquila”, “enterado de la caja del agua” o el ahora comentado: “No me chingues la borrega”, en los que el uso de voces como “maquila”, “caja del agua” o “borrega” son una antigualla para las nuevas generaciones de hablantes. 

Se usa en forma exclamativa como hemos dicho para reprochar a quien molesta o importuna con su conducta o actitud o para reprender lo que ha dicho. También se pueden escuchar las formas: “llenarle/achucharle/apretarle a alguien la borrega” para expresar ‘hartar con impertinencias y majaderías’. Son expresiones sinónimas: “¡No me jeringues!” o “¡no me jodas!” que en ocasiones se suelen emplear como exclamación de sorpresa frente a una información o noticia, generalmente disgustosa, que nos traslada nuestro interlocutor. “Jeringar”, en sentido propio, es sinónimo de ‘chingar’ y parece tener origen en el acto de expulsar con fuerza líquido con una jeringa; es más común el sentido figurado con el significado de ‘fastidiar(se)’, estropearse o frustrarse alguna cosa o un plan’. Otras expresiones afines o sinónimas son: “joder la pava” o “joder la pavana”, es decir, ‘fastidiar, incordiar o dar la lata’; o “no me llenes la cachimba (de tierra)” que se usa en algunas islas (y también se registra en algunos lugares de América) para persuadir a alguien que muestra un comportamiento molesto, incómodo, cansino o impertinente. 

“Cachimba” parece ser un portuguesismo que en el español de Canarias se usa para designar la pipa de fumar. Así, pues, “llenársele a alguien la cachimba” es hartarse de las insolencias y molestias de otra persona. Otra exclamación similar que se pronuncia ante un hecho, de ordinario negativo o inesperado, que denota sorpresa o enfado es: “¡Hay que joderse!” (o “¡No me estés jodiendo!”); pero acaso el “no me chingues la borrega” alcanza en el hablante un grado de sanción más severo, y hasta de “calentura”, ante un acto o actitud de alguien que reprobamos por fastidiosa, ruin, desproporcionada o fuera de lugar.

Al que le tocó, le tocó

Luis Rivero , suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

De entre los dichos de ámbito luctuoso, traemos hoy a colación esta expresión que todavía podemos escuchar en los corrillos que se forman a las puertas de los velatorios. Es pues una de las frases propias de los duelos en las largas horas de acompañamiento a los familiares del difunto, al menos, en algunos pueblos de la geografía insular. 

Se trata de una sentencia breve que se construye sobre la base de una simple anáfora. Repetición que viene marcada por el verbo «tocar» con el significado de ser señaladopor la suerte (referido a quien resulta agraciado por el hado de la Fortuna) o por la desdicha; o bien referirse a quien corresponde por turno algo. Una de las acepciones de la voz «tocar» se usa para definir un golpe de suerte, como por ejemplo la locución:  «le tocó el gordo» (de lotería). Con este mismo significado, a veces, tiene un sentido irónico para nombrar en realidad una calamidad o desgracia. Así resulta de las expresiones:  «le tocó la negra» o «le tocó la china», para denotar mala suerte en la elección o en el azar. 

En efecto, el verbo «tocar» viene usado a menudo en el español de Canarias, al igual que en otros dominios, como parte de una locución que implica o traslada –según el contexto– el significado de “corresponder/designar”, algo similar a «ser elegido» por la suerte  o por la adversidad (y he aquí el sentido irónico). Otra acepción se refiere al derecho u ocasión de hacer algo por turno, «a quién tiene la vez», por ejemplo cuando se dice: «ahora me toca a mí», para explicar de quien es el turno. 

En sentido más trascendental se usa «le tocó» cuando a alguien «le llega suhora», esto es, cuando un sujeto expira o fenece. La expresión puede ser intercambiable por un pomposo «estaba para él», o bien puede ir acompañada del enigmático: «no somos nadie».  Esta afirmación conclusiva («no somos nadie»)  nos alongaen el vacío de la impermanencia de la vida humana, al tiempo que nos recuerda cuan ignotos son los entresijos y vicisitudes que nos depara.  «Al que le tocó, le tocó», en clave aforística de juego de azar, puede tener un sentido propio o figurado. Se escucha también en voz presente con valor de futuro: «al que le toca, le toca». Como si la decisión que pone fin a la existencia se diera al albur de una suerte de ruleta cósmica que gira y gira y, por misteriosas razones, se detiene ante aquel que el destino parece haber elegido de antemano, aunque nos reserve siempre una sorpresa como desconocedores de la lógica que lo dispone. La expresión no encierra gran contenido filosófico en sí. La propia anáfora a la que se recurre con el verbo “tocar” por toda explicación del hecho infausto al que se refiere deja prueba de su simplicidad. De manera que se podría argumentar por todo razonamiento un irrebatible: «Esto es así».

«Al que le tocó, le tocó» se usa también cuando se contrae una grave enfermedad, y se expresa al tiempo que se conoce el fatal desenlace de la misma. Pero cuando se corre mejor suerte, y quien la padece puede llegar a contarlo, entonces, con sorpresa y admiración, se suele exclamar: «¡Ños, escapó loco!» o «¡escapó de milagro!». O bien cuando se trata del propio sujeto que cuenta el trance en primera persona: «¡Chacho, escapé de milagro!».