La vida es un tango

Luis Rivero en el Cultura de La Provincia/DLP 16.03.2019

«La vida es un tango, y el que no lo baila es un machango». Con este aserto aforístico se viene a decir que en cierto modo todos estamos a merced del destino. Dicho en otras palabras, que «la vida da muchas vueltas» y nunca se sabe lo que nos puede deparar. Así las cosas, mejor tomársela como viene, ver lo bueno que hay en ella y jugar la partida que nos corresponde ante las vicisitudes que debemos afrontar, capeando las dificultades como mejor podamos. El dicho es cómplice de una filosofía vital o un modo de ver las cosas bien simple: si no podemos cambiar lo que el destino nos tiene reservado, porque lo desconocemos, hay que vivir la vida lo mejor que se pueda, pues lo contrario sería de necios. 

Afines a esta son las expresiones: «la vida da muchas vueltas» o «la vida es un tómbola» (y nunca se sabe lo que nos puede tocar). Todas ellas expresan la incertidumbre en la que vivimos continuamente y frente a esto, mejor mantener una actitud resignada ante el acontecer cotidiano, complaciente y justa para con los demás y con uno mismo, pues en cierto modo, la ruleta de la tómbola o el tiovivo nos recuerdan la rueda kármica que gira inexorablemente. Al igual que el dicho que comentamos, bien mirado, si la vida es azarosa, mejor imaginársela como una sala de baile, que es lo mismo que decir: «academia», «milonga» o «piringundín», locales suburbiales rioplatenses donde dicen que nació el tango, en Buenos Aíres y Montevideo. 

         Otras variantes del mismo dicho en el español de América son: «la vida es un tango y hay que saber bailarlo»; o aquella otra que parangona vida y muerte con dos piezas de baile tan dispares como el tango y el pasodoble: «la vida es un tango y la muerte un pasodoble». 

         El dicho, a todas luces, parece  tener origen rioplatense, donde nace esta danza oriunda de distintas culturas criollas y afroamericanas, y desde donde recaló probablemente en esta otra orilla del Atlántico adoptando esa parte conclusiva peculiar: «[…] y quien no lo baila es un machando». «Machango» es –entre otras acepciones– quien hace machangadas, pero aquí parece referirse más bien a la «persona de poco seso». 

         Una película argentina de los años treinta lleva este mismo título:  La vida es un tango. No sabemos si a partir de entonces, esta locución se popularizó hasta lexicalizarse y convertirse en un dicho, o por el contrario el título de la cinta del director argentino y letrista de tango, Manuel Romero, se hizo eco de lo  que podría ser una expresión popular arraigada a la sazón. La duda es la misma que se nos plantea de cuál fue primero de los dos, si el tango o la milonga; o si se les llamó a aquellos tugurios rioplatenses «milongas» porque allí empezaron a sonar los primeros compases a la par de los pasos de un tango o de una milonga y por metonimia se dio el nombre a esta composición musical y danza. Nos queda la incerteza. Como incierto es el devenir y la vida misma: ya sea tango, milonga o cambalache, da igual.  El mundo sigue dando vueltas, y a pesar del pesimismo vital de Discépolo cantado en la voz inolvidable de Gardel, yira, yira…  Y si algo no tiene remedio, como exhorta aquella expresión rebosante de vitalidad: «¡a vivir que son dos días!», y después, «¡que  me quiten lo bailao.

Dios los cría y el diablo los junta

Luis Rivero. en suplemento CULTURA diario La Provincia/DLP

El lector seguramente habrá escuchado esta versión, más propia del español de Canarias y de América, de lo que es un aforismo universal. Frente al «Dios los cría y ellos se juntan», que es como viene registrado por diversos autores como uso  en el refranero popular español, el «Dios los cría y el diablo los junta» parece ser la forma más asentada en las islas (y en América), donde existen algunas variantes del mismo: «Dios los cría y Barrabás los junta» o «Dios los crea y […]». El dicho alude con ironía a las personas de idéntica condición o carácter que tienden a juntarse entre ellas como si obedecieran a una llamada o inclinación natural. Tiene una connotación marcadamente negativa al referirse a gente de mala conducta o de no muy buena reputación. Y así puede entenderse la introducción en la paremia de la figura del «diablo» como antagonista de «Dios».

         Conforme a la propia moral religiosa puede parecer contradictorio con la omnipotencia divina que aquellos «hijos de Dios» por él «criados» acaben en manos de quien según esa misma doctrina encarna el mal por antonomasia. Hay que advertir sin embargo que el verbo «criar» guarda un significado arcaico que difiere del comúnmente utilizado. De sólito se identifica «criar» con ‘nutrir’ o ‘alimentar’ (la madre al niño), ‘crecer’, ‘desarrollar(se)’, ‘cuidar’ y, en sentido más amplio, ‘instruir’ o ‘educar’. En definitiva, sentar las bases de la persona humana en el niño desde su nacimiento y a lo largo de todo su desarrollo hasta alcanzar la edad adulta. Si así se entendiera, implicaría un estrepitoso fracaso del Omnisciente como «padre» y «educador», pues el resultado de la «crianza» acabaría en manos del «maligno». El verbo «criar» tiene aquí el significado que le confiere la propia etimología: del latín creare. Y es esta una de las acepciones –poco usual– que contempla el Diccionario: ‘Dicho de Dios: dar ser a algo que antes no existía’ («Dios crio el mundo de la nada», v. gr.). El verbo «criar» significa, pues, ‘crear’, y de ahí que en ocasiones pueda escucharse la versión: «Dios los crea y el diablo los junta», más acorde con la significación usual del verbo en cuestión. En consecuencia con este significado se expresa el mismo aforismo en otras lenguas romance: «Dio li fa e poi li accoppia» o «Deus os fez, Deus os juntou».

            La presencia de Dios en el refranero es un hecho constatado y recurrente. Fruto de la influencia cultural religiosa que de algún modo continua operando como automatismo (ideológico) subliminal y adoctrinante. Sin embargo, menos frecuentes son los refranes que confrontan a Dios con el demonio. Recuérdese, por ejemplo, aquel que dice: «A quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos» o aquel otro que recomienda: «Encender una vela a Dios y otra al diablo». 

         La escasa presencia de este antagonismo en el refranero resulta coherente con una hipotética elaboración teórica que justifique la figura del mal. De hecho, el vocablo «demonio» es casi inexistente en el Antiguo Testamento (donde aparece una sola vez: Deuteronomio 32) y ninguna en la versión hebraica de la Biblia. Ello se explica por la filología por un «error» en la traslación. El término «satán», en hebreo, en realidad significa ‘adversario’. Y se usaba para indicar una función asumida pro tempore por distintos individuos: la función del acusador, es decir, a la sazón, una suerte de ministerio fiscal que actuaba como antagonista. Nada que ver, pues, con las supuestas entidades demoniacas que son de más reciente «creación» por la teología cristiana que ha terminado por adoptarlo como «rival» perpetuo del Dios monoteísta. Una especie de chivo expiatorio al cual responsabilizar de todos los males de este mundo, es decir, dicho «en cristiano», alguien a quien «pegarle el parche». [Nótese que la expresión «chivo expiatorio» se refería antiguamente al macho cabrío que el sumo sacerdote sacrificaba para expiar los pecados de los israelitas]. No parece causal que una de las representaciones iconográficas más comunes en la tradición demonológica sea la del macho cabrío («chivo», como se le llama en gran parte de América y en algunas islas). 

         En fin, todo esto entraña este dicho que viene a significar en resumidas cuentas que todos nacemos –somos creados o criados– de la misma manera (del vientre materno), pero no se sabe por qué «arte del demonio» las personas ruines acaban juntándose, y la mayor parte de las veces para tramar alguna fechoría. Como si mismo «se juntaran el hambre con las ganas de comer».

Pájaro copión no tiene gracia

Luis Rivero en Suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 23.02.2019

Se sabe cuan precisado puede ser en las islas un buen «casal» (o «casar») de pájaros canarios; cantarines mañaneros que en «los campos», otrora, eran sustituidor natural de despertadores, en ausencia del canto del gallo, y transmisores de armonía y regocijo en patios y otras dependencias del hogar. Criadores de canarios y ornitólogos discuten sobre si el canto del canario es innato o adquirido por aprendizaje a fuerza de escuchar e imitar. Seguramente algo de cierto habrá en ambas posturas aparentemente antagónicas. La neurociencia atribuye a las llamadas neuronas espejo gran parte de la responsabilidad en el aprendizaje en animales y seres humanos. Estas células cerebrales tienen un papel fundamental en el desarrollo de capacidades cognitivas relacionadas con la vida social, tales como la imitación. No en vano hay quienes apuntan a que las aves se valen del canto para cooperar entre ellas. En tal sentido, los pájaros manifiestan también comportamientos imitativos de resonancia, lo que parece evidenciar la existencia de algún sistema reflejo que podría identificarse con la presencia de neuronas espejo. Esto es lo que explicaría la habilidad de muchos pájaros de imitar, hasta asimilar como propio, el canto de otras razas o especies. Paradigmático resulta en este sentido el virtuosismo del sinsonte o del ruiseñor, como grandes políglotas imitadores del canto de otras especies. 

Según algunos criadores, cuando a un pájaro cantor se le cambia de jaula y se le mete junto individuos de otra raza o especie, tiende a imitar los nuevos sonidos de sus congéneres, pero al mismo tiempo –se dice– que «pierde la gracia» al olvidar el propio canto. De ahí el probable origen de esta frase aforística: «pájaro copión no tiene gracia». 

El dicho parece sancionar la falta de originalidad, recriminando –más allá del ámbito ornitológico– la actitud imitativa; a fin de cuentas, el plagio nunca ha estado bien visto socialmente.  

La tendencia natural a imitar como fundamento del mecanismo de aprendizaje (unido al de la repetición), por el automatismo de las neuronas espejo, se confirma a un nivel subliminal en la lengua con afirmaciones tales como: «los niños imitan lo que ven hacer a los mayores» que casi como una máxima apunta a la emulación como fundamento del aprendizaje. O acaso en la expresión popular, menos decorosa: «culo veo, culo quiero», que denota cuan tendencial puede resultar el hábito de la imitación que no tiene miramientos ni preferencias, y que no atiende a más razones que hacer lo que se ve hacer a otros. 

Más allá de esta tendencia instintual a la imitación que en un sentido primario se liga al aprendizaje, la emulación consciente o no se reprocha cuando entra en contradicción con la creatividad o la originalidad, cuando se menoscaba lo genuino. El sustantivo «copión» guarda una connotación claramente despectiva y se dice de la persona que copia o imita actitudes o conductas de otros o las obras o creaciones ajenas. Desde el chiquillo que a la exclamación de «¡copión!» reprocha al compañero de pupitre mientras le da la espalda para evitar que «copie» el diseño que ejecuta con originalidad, al cantamañanas que queriendo parecer original e innovador trata de sorprendernos con un plagio. En tales casos, trasladando la metáfora del pájaro que imita y hace propio el canto de sus congéneres, se concluye: «Pájaro copión no tiene gracia»

“¡Por los cojones!” ¿Obscenidad o juramento?


Luis Rivero 

El gesto del Cholo Simeone celebrando los goles de su equipo frente a la Juve ha provocado reacciones y es tachado por algunos de «obscenidad» o «provocación». Pero conviene saber algunas cosas, antes de juzgar…

En efecto, puede parecer una obscenidad pronunciada por el varón que en medio de bravuconadas y gestos más o menos groseros blasona apañándose sus partes con ostentación. La expresión, sin embargo, por paradójico que pueda parecer, obedece en su etiología una fórmula de juramento antiguo.   

En la Biblia esta fórmula de juramento habría quedado establecida desde los tiempos del patriarca Abraham. El libro del Génesis (24,1-9) da testimonio de ello tal como consta en un episodio memorable. Cuando el patriarca hizo jurar al más viejo de sus siervos, uno llamado Eliezer, que no tomaría mujer para esposar su hijo Isaac de entre las hijas de los cananeos. Para dar firmeza inquebrantable al juramento, el esclavo colocará las manos debajo de los genitales de su amo. El juramento así prestado lo convierte en un “contrato” inviolable, so pena de incurrirse en perjurio. Lo que acarrearía una maldición para el infractor y toda la familia y descendencia. En resumidas cuenta: que le podía caer un «paquete» que te cagas, si se me permite la expresión coloquial. 

Se dice que en el Derecho romano solo se reconocía la capacidad de declarar como testigo en un juicio a los varones. La forma de solemne juramento era el hacerlo por sus testículos, y así se los palpaban ante el tribunal. Vestigio de este rito pueden apreciarse todavía –como un guiño de su etimología– en el verbo «testificar», y en los sustantivos derivativos: testigo y testimonio. No parece casual que compartan la misma raíz con «testículo». Esta solemnidad ha llegado hasta nosotros de manera más o menos  desdibujada por el paso del tiempo, casi como un gesto impúdico, pero que conforma la porfía del hombre que promete mantener la palabra: “por cojones” , “por los cojones” o “por mis cojones”, que las tres fórmulas se escuchan todavía y en ocasiones se ritualizan con el gesto. 

Cierta historia papal apunta a la existencia de un rito similar en el nombramiento del papa de Roma. Antes de ser envestido, sentado el aspirante en la famosa sedia stercoria (que todavía se conserva en el Museo Vaticano), con un agujero preparado al efecto para que el maestro de ceremonias pudiese palpar los testículos del candidato y así constatar su masculinidad. Un joven diácono pronunciaba estas palabras: Duos habet et bene pendentes, esto es, ‘tiene dos y cuelgan bien’. Constatada la virilidad del aspirante, no existiría impedimento para ser nombrado papa. 

            De manera que, amigo lector, la próxima vez que escuche la expresión: «¡por los cojones!», por grosera que pueda parecer, no piense que se trata de un gesto banal de descaro u obscena indecencia. Así que no olvide recordar al macho que vocifera que lo que se jura hay que cumplirlo, y si no, las manos quietas en los bolsillos y calladito a la boca…».  Pero el Cholo, ayer, parece haberlo cumplido.


Al que le pique, que se rasque

Al que le pique, que se rasque/ de Luis Rivero, suplemento Cultura La Provincia/DLP

Si bien el prurito es un fenómeno que acompaña a muchas enfermedades de la piel, también puede presentarse solo, «sin causa» aparente. La desazón puede llevar a veces a una persona a la desesperación, que continuamente tiene que rascarse en alguna parte del cuerpo, o puede suceder de manera aislada como reacción refleja en ciertas circunstancias. «El que se pique/pica, que se rasque» o «al que le pique, que se rasque», con un valor significante primario, recrimina a quien se siente aludido por alguna crítica, más o menos velada, que alguien profiere contra él. 

Pero más allá de este significado elemental o básico, existe un sentido más profundo en el que la fuerza del psicolenguaje se hace patente; y quizás con mayor rotundidad se puede apreciar en el dicho afín:  «el que se pica, porque ajos come».

La piel aparece –simbólicamente– como frontera natural del cuerpo que nos separa del mundo exterior. Pero es también vehículo de contacto donde se localiza –precisamente– el sentido del tacto que nos permite percibir sensaciones «en contacto» con «los demás» (de aquí lo de «tener tacto» para expresar una especial sensibilidad en el trato, sobre todo cuando determinadas situaciones lo requieren). Al mismo tiempo, nuestras «fronteras» pueden ser escenario en el que nos defendemos ante una presunta «agresión» exterior, y «lugar» donde se manifiestan los propios «conflictos» internos que salen a la luz a través de la piel (como el acné en la pubertad o la sudoración espontánea por el nerviosismo o la dificultad que nos provoca una situación). En tal sentido la piel puede representar dos aspectos o «funciones» antagónicas. Como frontera física (fisiológica) protectora frente a elementos extraños y como sede o territorio del sentido del tacto, y por ende, encarna un elemento de especial sensibilidad, incluso de placer que la relaciona con el eros. Es decir, se da una ambivalencia en sus funciones: una protectora y otra receptiva.  Así pues, la piel puede ser lugar de separación, pero también de encuentro, y por ende, no exento de conflictos. Conflictos que simbólicamente se manifiestas a través del picor, del prurito impertinente, del escozor u otras reacciones cutáneas. 

«Nos pican» muchas veces las situaciones que no admitimos, que  «no tragamos», que no hemos asimilado o digerido, la propia sensación de disgusto o incomodidad, en general (cuando nos «rascamos la cabeza» ante un aprieto o situación comprometida). Incluso aquello que no nos atrevemos a revelar porque nos produce vergüenza y hasta «nos sacan los colores» (sonrojo), otro modo de manifestación cutánea de la «incomodidad». 

            Otro significado singular de «picar» es ‘incitar’, ‘provocar’, ‘pinchar’, ‘inducir’, ‘suscitar desafío’, ‘fomentar contienda’, ‘irritar’, hacer enojar a alguien con palabras y actitudes. A modo de ejemplo: «Se picaron discutiendo de fútbol y casi llegan a las manos».  Valor en cierto modo afín al sentido más profundo de la frase comentada: «me pica», «está picado» o «se picó» (‘se mosqueó’)…, pues «el que se pique, que se rasque».

            Mientras que «rascarse» es una metáfora que tiene el sentido de ‘fastidiarse’, ‘joderse’, ‘aguantarse’. Un valor similar tiene la voz «rascado» que se dice de alguien que se queda con ‘magua’, con pena, «se quedó rascado»: se quedó con las ganas.

            En definitiva, «el que se pica, porque ajos come» o «al  que le pique, que se rasque» transfieren un valor subliminal según el cual el «picor» es síntoma que manifiesta un malestar soterrado, subcutáneo, «del mundo interior» que se revela al contacto con el «mundo exterior». Este prurito vital se «alivia» momentáneamente con una reacción refleja o instintiva  que consiste en ‘restregar’ o ‘arañar’ la superficie de la piel, pero sin entrar en profundidad. Por ello representa, más que un alivio, una insatisfacción: «quedarse rascado»; no supone una solución, porque «la procesión va por dentro». Y eso, al que le pica lo sabe, «porque ajos come», porque hay un motivo que lo «justifica», aunque este conocimiento lo sea solo a un nivel inconsciente.  Por eso se afirma, también, el que se pique, que se rasque, porque algún motivo habrá. A fin de cuentas, «cada uno sabe sus cosas»… 

Arreglar las madres

Arreglar las madres

Es parte de una creencia universal la que establece una correlación entre los distintos órganos del cuerpo y determinadas funciones psíquicas. De modo que en tales órganos  radicarían ciertos sentimientos, emociones o facultades. 

En este contexto, en muchas culturas rurales tradicionales, el alma tiene a menudo una identificación o corporeidad física bien precisa, cuando no una localización en un órgano concreto del cuerpo. «Se me encogió el alma», habremos podido escuchar alguna vez esta metáfora que recurriendo a una alteración en la estructura molecular de la materia, en toda su fisicidad, trata de expresar que alguien sufre una fuerte congoja fruto de una impresión.

A menudo el estómago o «la boca del estómago» (o «boca del payo») es sede en la que se manifiestan aflicciones más propias del alma humana. [«Payo» se le llama en Canarias al estómago del cochino y de otros animales, y por extensión al de las personas]. Adviértase que las expresiones a las que se recurre tradicionalmente en este sentido se construyen a partir de una especie de metonimia referida al «disgusto», cuya etimología nos lleva a algo ‘no gustoso’ o que causa ‘desabrimiento’ al paladar, y por ende, relacionado con la ingestión de alimentos y el estómago; algo que cuesta digerir o que «no tragamos».

            Esta identificación entre distintas partes del cuerpo con funciones psíquicas y espirituales está presente a través de expresiones concretas en nuestra lengua, pero también –a veces de manera más evidente– en otras lenguas. Por recurrir a un ejemplo de otra cultura insular con cierta afinidad con la nuestra, Sicilia, existe una expresión tradicional en el dialecto sículo que habla por sí misma: «bucca dill’anima» (en italiano «bocca dell’anima») esto es, «boca del alma» que se usa para nombrar la «boca del estómago».             Es creencia popular muy extendida que exista un órgano o zona en el estómago, «boca del estómago», situado a la altura del plexo solar, que puede «descomponerse» a causa de un susto, de una fuerte impresión, disgusto o aflicción que padezca un individuo. Se le llama el «pomo», en el hombre, y la «madre», en la mujer. Para expresar la existencia de esta dolencia o malestar físico se recurre normalmente a la locución: «tener el pomo esconchabado», «desconchabado» o «descompuesto», o «la madre descompuesta». Estado físico que suele venir precedido de una dolencia o padecer afectivo y acompañado de síntomas tales como un sentimiento de tristeza, «un nudo en el estómago», angustia y asfixia,   «como si faltara el aire», ausencia de apetito e incluso la sensación de «tener el miedo en el cuerpo» a causa de un trauma reciente. Se usa igualmente la expresión «virársele/caérsele la madre» para referirse al acto en que alguien se lleva un fuerte susto o disgusto.

            Se dice también «padrejón» a la propia afección o dolencia que tiene como síntomaesa opresión en la boca del estómago, acompañada de cierto malestar general, y que la sabiduría y creencia popular lo atribuyen a algún susto o disgusto sufrido por quien la padece.

            En tales circunstancias, antiguamente se solía recurrir a una curandera o persona amañada en «arreglar el pomo», cuando era un varón quien arrastraba el malestar, o en «arreglar las madres», cuando se trataba de una mujer. Y quien a base de masajes en el plexo solar, estómago y en la barriga, con algún ungüento milagroso, acompañado a veces de algún rezado o santiguado, aliviaba el padecer del paciente.

            La expresión «tener el pomo desconchabado/esconchabado» equivale a aquí a ‘descompuesto’, ‘desarreglado’ o ‘fuera de sitio’. Es probable que se trate de un portuguesismo (desconchavar que en una de sus acepciones implica ‘falto de armonía’, ‘desarmonizado’).             Así, «arreglar las madres» (usado muchas veces en plural) hace referencia a sanar un malestar físico que es manifestación de un desajuste de orden menos tangible, acaso más «espiritual». Esa reconciliación con la propia esencia, con «la madre», ‘matriz’, ‘causa’ y ‘origen’ de cada cosa, con el sosiego y la armonía que nos reconforta, y que –según la creencia– se asienta en el estómago. 

Sarna con gusto no pica

Luis Rivero en suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 26.01.19,

Aunque se trata de un dicho común en la generalidad de los dominios del español en el mundo, lo escuchamos a menudo en Canarias y –hasta donde sabemos– es también usual en el Caribe. Viene a significar en sentido figurado que las fatigas, el malestar o las penalidades como consecuencia de una situación o de una obligación, cuando la asumimos de manera deseada o voluntaria, las soportamos mejor. A menudo se remata la frase con la réplica:  «pero mortifica». Es decir, que no obstante sobrellevar las cosas sin agobios, puede suponer cierta molestia o inquietud. 

            La sarna como se sabe es una afección cutánea causada por un parásito que se caracteriza por provocar una picazón persistente en el individuo que la padece, con una necesidad compulsiva de rascarse. Tiene aquí el valor figurado de una situación de dificultad considerable, de extrema dureza o severidad;  de ahí la hipérbole utilizada en forma comparativa: «ser más malo que la sarna», para referirse a una persona o a algo ruin y dañino.

            La locución adverbial «con gusto» expresa que no hay disgusto, que cuando las cosas se hacen con ganas y son libremente aceptadas o buscadas, no se cuentan las horas que se le dedican ni pesa el esfuerzo, sino que se hacen casi con satisfacción.            El verbo «picar» hace referencia al desasosiego del prurito o picazón que provoca la enfermedad,  como mismo las situaciones de incomodidad o fastidio lo hacen. Tiene un valor subliminal más profundo. El «picor» y la reacción de «rascarse» también pueden tener idiomáticamente un significado psíquico: «el que le pique que se rasque» o «el que se pica, porque ajos come»; es decir, el que se irrita, algún motivo tendrá.

            «Mortificar» se usa en Canarias generalmente como sinónimo de ‘molestar’, ‘incordiar’, ‘chinchar’ (esto es, expresa una molestia, pero en cierto sentido, menor). 

            Tanto en el español, en general, como en el español de Canarias, en particular, son varias las expresiones idiomáticas  que  recurren a fenómenos, reacciones o sensaciones físicas o corporales –ya lo hemos apuntado en otras ocasiones– relacionadas con la piel para referirse a realidades abstractas. Por ejemplo: la locución «dejarse la piel» en hacer algo, usada como hipérbole que describe un esfuerzo titánico; «ponérsele a alguien la carne (o la piel) de gallina» para describir los efectos de una fuerte emoción; o «sacarle a alguien la piel a tiras» que se usa en castellano para definir una situación de gran sufrimiento o padecimiento; o «sacarle el cuero a alguien», es decir, explotarlo de manera cruenta, aprovecharse de él abusivamente. «Cuero» se le llama en Canarias a la piel de los animales [por lo general del animal muerto: antiguamente, en los pueblos, había quien pasaba por las casas comprando cueros de cabra] y por  extensión, a la piel de las personas (vivas). 

            Otro dicho que se sitúa en los confines del aquí comentado y que se puede escuchar en las islas es el que amonesta: «quien elige mal por gusto, al infierno a quejarse» (o «quien por gusto padece, que vaya al infierno a quejarse») que  nos recuerda que somos responsables de nuestras acciones, positivas y negativas, puesto que el libre albedrio es consustancial a la humana condición, así que si la situación que padecemos es buscada y querida, no tenemos derecho a lamentarnos. En tal sentido y en determinados contextos puede ser afín a aquella otra que sugiere «ir a reclamar al maestro armero», por cuanto no sirve de nada lamentarse.             Existe otra variante del dicho que dice así:  «sarna con gusto no pica y, si pica, no mortifica». Pero en definitiva, la expresión «sarna con gusto no pica, pero/aunque mortifica», acude a la metáfora de la enfermedad (la sarna) para expresar una situación que, si bien generalmente puede resultar  dura y desapacible, cuando esta es deseada y elegida, nos resulta más soportable… Aunque a veces mortifique.

A quien Dios se la dé, que San Pedro se la bendiga

A quien Dios se la dé, que San Pedro se la bendiga

Luis Rivero en suplemento de Cultura de La Provincia, sábado 19.01.19

«Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga» (Quijote, I-XLV). Este pasaje del Quijote figura entre las referencias documentales más antiguas que se conocen de esta añeja expresión castellana, que presumimos popular ya en los albores del siglo XVI. Como antecedente más mediato, es citado en Dante con el aforismo latino: «Cui Deus concedit, benedicat et Petrus»(De Monarchia). Por lo que la aparición tardía en España podría deberse a una migración de este proverbio latino. Lo cierto es que desde comienzos del siglo XVI se documenta por Francisco de Espinosa (en su Refranero). Pero independientemente de su origen, la expresión se ha conformado como un dicho usual en las islas hasta llegar a formar parte del repertorio fraseológico del español de Canarias.

Figuradamente se construye a partir del principio de obediencia a la jerarquía celeste: la representada por la autoridad divina (Dios) y la humana o terrena (San Pedro) subordinada a aquella. Es decir, cuando Dios ordena algo, a san Pedro, su apóstol en el mundo, no le queda otra que darle la bendición y aceptarlo.

Su inspiración religiosa la identifica con un idiolecto propio de una época de omnipresencia del dogma eclesiástico. Se sabe que el apóstol san Pedro (Kefas o Cefas, Petrus: ‘piedra’) se convierte en fundamento de la Iglesia («tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»). El pasaje evangélico aparece así como una suerte de mito fundacional de la jerarquía eclesiástica, es decir, la curia romana, que el dogma presenta como brazo ejecutor del mandato divino, encarnado en la autoridad papal. Y es esta relación de dependencia la que sienta las bases para afirmar que  no hay más remedio que aceptar lo bueno o lo malo en cualquier asunto o situación, y mostrar resignación y conformidad frente a las vicisitudes del destino.  Que es una de las interpretaciones de la expresión: la disposición a conformarse con los decretos de la Providencia. Según esta lectura, la humana voluntad estaría sujeta a los avatares y determinaciones de la divina providencia [como se justifica en aquel otro dicho que reza: «El hombre propone y Dios dispone» que extraído e inspirado también en la Biblia (Proverbios 16,1), ha pasado a formar parte del refranero popular]; la sumisión a este mandato constriñe la voluntad a unos márgenes en los que no parece tener cabida el libre albedrío.  Pero las interpretaciones son variadas, desde las que ponen el acento en la sumisión a la autoridad teocrática que gobierna el destino, más propias de una época pasada, a aquellas otras que se adaptan con versatilidad a los nuevos tiempos, aunque todas denotan cierta conformidad con el devenir.

Tal como la conocemos, en Canarias se usa –generalmente en relación con un evento positivo– en el sentido de que no hay que cuestionar aquello que nos viene dado, sino aceptarlo sin atender a razones, pues «a quien Dios se la dé, que san Pedro se la bendiga». Quiere decir que no hay que tener demasiadas contemplaciones ni miramientos de si uno se merece o no lo que recibe; si nos viene dado, es porque la Providencia, el destino o la fortuna así lo ha ordenado, por lo que no queda más remedio que aceptarlo, agradecerlo y disfrutarlo, si fuera el caso. En resumidas cuentas, que si a alguien le toca la lotería, aunque sea un mondicia o un sabandija, es porque estaba para él (y ya se sabe que «lo que está para uno, está para uno…»), así que «lo que Dios le dé, que san Pedro se lo bendiga».

Lo que está para uno, no hay dios que se lo quite

LO QUE ESTÁ PARA UNO, NO HAY DIOS QUE SE LO QUITE
(Aquí tienen la última colaboración de este año en el Cultura de La Provincia/DLP. Sábado 22 dic 2018)

Se trata de un dicho usual que escuchamos –al menos en Gran Canaria– entre determinadas categorías de hablantes. Lejos de pasar como una frase retórica al uso, parece portar consigo cierto contenido “filosófico”, que acaso nos recuerda a aquella otra sentencia que asevera en luctuosas circunstancias: «No somos nadie» (ya comentada en estas páginas).

«Lo que está para uno, no hay Dios que se lo quite» viene a situarnos frente a una presunta e infalible fuerza del destino que se erige como rectora de las distintas vicisitudes por las que atravesamos en la vida.

La frase nos introduce sin querer en una digresión de orden teleológico y existencial: ¿Está escrito nuestro destino? ¿Estamos predestinados a seguir un guion? ¿Somos hijos del caos y del azar o, por el contrario, del orden y la determinación? ¿Está presente la voluntad del Creador en nuestro acontecer diario? Y si es así: ¿afecta a los hechos trascendentes y al trivial acaecer por igual? ¿O acaso el devenir diario, trascendente o no, está marcado por la contingencia y por el azar? Como si dependieran de una gran ruleta cósmica que favorece caprichosamente los eventos que afectan a nuestras vidas. ¿De qué dependemos realmente?, si es que dependemos de algo. ¿Existe de verdad eso que llaman destino o todo sucede por pura casualidad? ¿Acaso hay alguien que elige por nosotros o somos nosotros quienes elegimos? ¿Casualidad o causalidad?

Estas y otras preguntas son las que surgen entorno a la dichosa frasecita que el lector habrá escuchado en más de una ocasión, quizás sin reparar demasiado en su contenido y trasfondo.

Ya se trate de un acontecer contingente o determinado, el dicho parece proclamar que el destino del hombre –al menos en lo que a los hechos de relevancia se refiere– está marcado por una fuerza superior y trascendente a todo, incluso al propio Creador. «Lo que está para uno, no hay Dios que lo quite». A veces se escucha con un pleonasmo: «Lo que está pa(ra) uno, está pa(ra) uno, y no lo cambia/quita ni Dios», que acaso trata de acentuar la determinación que tiene a «uno» por destinatario.

De todo esto se nutre este dicho que se entona con la convicción, casi sin saber por qué, acaso intuitivamente, que el devenir del tiempo y de las cosas no obedece a una especie de juego de azar que señala nuestra suerte, sino a alguien que lo determina. No se sabe quién –según se expresa– pero que parece trascender incluso a la autoridad divina, puesto que «no lo cambia ni Dios» o «no hay Dios que lo cambie», lo que da a entender que no lo puede cambiar ni el mismo Dios, aún queriéndolo. El «ni Dios» tiene el valor de cuasi “superlativo absoluto” (que es como decir que no lo cambia nadie, que no se puede cambiar, absolutamente). Aquí el “Dios” parece abrazar un concepto genérico que, sin querer, escapa al rigor de la teología monoteísta. Pues en la versión «no hay Dios que lo cambie», implica la hipotética duda de que puede haber alguno, pero no, no hay ninguno. Y así las cosas, cabe preguntarse que si Dios no tiene la autoridad de cambiar nuestro destino ¿De qué dependemos realmente?

Vaya usted a saber…

Se le va la fuerza por la boca

Se le va la fuerza por la boca

Luis Rivero. Suplemento de Cultura La Provincia DLP

Esta expresión aforística tiene su fundamento en una idea que con carácter universal está presente en la práctica totalidad de las culturas y tradiciones. Esto es, que los órganos corporales o partes del cuerpo son sede o lugar donde se localizan distintas facultades, sentimientos o emociones. Esto ha dado lugar a una vasta simbología basada en las varias partes de la anatomía humana. Y así se han originado multitud de expresiones idiomáticas. Por señalar algunos ejemplos afines al significado de la expresión que comentamos, tal como se escuchan en Canarias, se dice: «calladito a la boca», para denotar una actitud silenciosa y reservada que casi siempre se premia y se alaba como virtud; o  «callarse a la boca», otro pleonasmo que de sólito se utiliza con un matiz diferente al anterior, para constreñir a alguien a que modere sus palabras o guarde silencio; «no decir esta boca es mía», asentir con el silencio, permanecer sin decir palabra por temor o por falta de valor, en definitiva, no mostrar disidencia con lo que sucede o con lo que alguien dice; o «el peje muere por la boca», que se dice para referirse a cuando alguien hablando, sin darse cuenta, «mete la mata» y dice o confiesa algo en su propio perjuicio. Todos estos supuestos relacionan la boca con la sede de la palabra.

Por su parte los brazos suelen identificarse como símbolo de fuerza física. Un buen ejemplo es la expresión: «a brazo partido», como imagen de entrega y lucha encomiable (o «cruzarse de brazos» para expresar la idea contraria). Y por extensión, en  algunas simbologías antiguas los brazos se relacionan como representación la acción en general y con el trabajo, protección, etc., en particular.

La expresión  «se le va la fuerza por la boca»  se utiliza comúnmente –tanto en el español de Canarias como en otros dominios– para reprender o calificar la actitud de quien habla mucho, sin obrar en consecuencia, es decir, quien mantiene una actitud pasiva frente a lo que pregona. En ella se relacionan dos palabras claves: “fuerza” y “boca” que en sentido figurado vienen a invocar dos concepto distintos y en cierto modo antagónicos. A saber: la “fuerza” como sinónimo de capacidad de realizar, de emprender, como potencialidad o potencial disponible de un individuo, facultad de avanzar, de ir hacia delante, de concluir, de materializar. Por su parte, “boca” se relaciona subliminal y simbólicamente con el habla, con la palabra, con la voz, con la expresión, y en particular, en este dicho con hablar mucho o más de la cuenta, «darle a la lengua», excederse o mostrarse prolijo en palabras o, a veces, propasarse con las palabras; indica locuacidad infértil, verborrea, incontinencia verbal… En definitiva lo que viene a expresar la frase es que quien mucho habla, poco o nada suele hacer.  Se dice, pues, de quien blasona, pregonando a los cuatro vientos sobre cuanto se dispone o pretende hacer, normalmente sin concluir nada positivo. Como si fuerza, voluntad y entereza, como energías de potencial realización,  se dispersaran inútilmente en el ambiente a través de la voz que las publica. Figura así la palabra –la superflua, no la necesaria– como simiente infértil de cualquier acción primordial o trascendente, de cualquier potencial realización.  La boca representa la válvula de escape a través de la cual se desahogan “calenturas” (‘cabreos’) del macho que blasona contra cualquier cosa sin que la sangre llegue al río; o de quien se empaña en dar a conocer a todos sus intenciones sin concluir nunca nada.

Afín a esta expresión es aquella otra máxima fabulada que reza: «perro que ladra, no muerde», como se suele escuchar en Canarias. Que hace referencia específica a quien prodiga en amenazas y muestra su enfado ostensiblemente, pero no representan peligro alguno, pues se trata solo de bravuconadas.