Vengan los cuartos del velorio, cásese el diablo con el demonio

En charla distendida, de esas de entierro y funeral, mi buen amigo Antonio L. me refiere de haber escuchado a menudo de don Tomás el cura cuando hablaba con su padre, Juanito el zapatero (otrora sacristán, campanero y organista en la parroquia del Carrizal),  aquello de “vengan los cuartos del velorio, cásese el diablo con el demonio”. 

Esta expresión en tono irónico la largaba con socarronería el mentado párroco para justificar que a veces había que cerrar los ojos para dar algún que otro sacramento a quien no era del todo merecedor, pues la iglesia también tiene sus necesidades pecuniarias… Se rememora así esta expresión festiva que antiguamente se escuchaba en las islas y que trae a colación aquella vieja costumbre de remunerar las velaciones o cualquier otro “servicio” sacramental, y con ello el sentido práctico del clero a la hora de administrar los santos sacramentos. 

         Esta frase aforística de tono satírico y de origen incierto, aunque de uso generalizado,  conoce otras variantes como: “venga el dinero/el duro por/de los velorios […]”. El término “cuartos” es una acepción arcaica que se generalizó como sinónimo de dinero. Se refiere a una antigua moneda de cobre de escaso valor, equivalente a cuatro maravedíes de la época o lo que sería lo mismo, a tres céntimos de las antiguas pesetas. Son expresiones afines que todavía escuchamos de nuestros mayores: el “tener o no tener cuartos”; “tener cuatro cuartos”, que es tener lo justo para ir tirando, no mucho; o “tener muchos cuartos”, disponer una buena posición económica. El “duro”, como se sabe, tenía el valor de cinco pesetas; y era frecuente hacer las cuentas y dar el valor de las cosas en duros. Así se podía tener “veinte duros” en el bolsillo; “no valer ni un duro” para referirse a algo de escaso valor; o “pagar mil duros” por la compra de un animal. “Velorios” se llaman en Canarias a las reuniones que antaño se hacían en casa de una parturienta y en las que se acompañaba por las tardes y por las noches con algún refrigerio, bebiendo y cantando para celebrar el nacimiento, y que duraba ocho días. También se le dice “velorio” al ‘velatorio’, es decir, al acto de acompañar a la familia de un difunto estando este de cuerpo presente. Sin embargo, aquí parece referirse a la ceremonia de las “velaciones” que se usaba en la iglesia católica para dar solemnidad al matrimonio y que consistía en cubrir con un velo a los novios en la misa nupcial que se celebraba generalmente después del casamiento.

Lo de casar al “diablo con el demonio” expresa hiperbólicamente que no es tan importante quien sea el que pida que le oficien algún sacramento como que lo pague.  

         El origen de la expresión hay que buscarlo en los tradicionales beneficios que de antiguo ha gozado la Iglesia. Desde el cobro del diezmo, especie de “tributo” con el que los feligreses contribuían al sustento de la Iglesia y el clero (que tiene sus antecedentes más remotos en las “primicias” de la tierra que recibían los levitas), amén de otras rentas generadas por el ejercicio del culto, como los derechos de estola o la congrua. No obstante ser considerado pecado de simonía la obtención de tales prebendas a cambio de la administración sacramental, se hacía la vista gorda. Es probable que la paradoja diera lugar  a que esta ocurrencia con rima se popularizara entre vulgo, y entre el mismo clero: “Vengan los cuartos del velorio, cásese el diablo con el demonio”.                

      En los lindes de esta  se sitúa aquella otra que recomienda “encender una vela a Dios y otra al diablo”, para expresar que mejor estar a bien con todos porque nunca se sabe… En fin, que por lo que se ve: “hay que tener amigos hasta (en) los infiernoh”.  

Estar (alguien) enguirrado


Las expresiones idiomáticas y metáforas propias de un idiolecto están ligadas a la cultura de referencia, casi siempre el mundo agrícola y rural o la naturaleza. 

“Enguirrarse” viene de “guirre”, que es como se llama en Canarias al alimoche. Esta especie de buitre –otrora habitual en barrancos y vertederos insulares– se alimenta principalmente de carroña. La figura de este animal “enguruñado” sobre un risco se fija como imagen metafórica para referirse a una persona flaca, desnutrida, consumida, de mal aspecto. De ahí la expresión: “estar flaco como un guirre” o “estar enguirrado”. Que se dice de un individuo cuando está “enguruñado”, por lo general a causa del frío o enfermedad, o a cuando presenta un aspecto enjuto, flaco, débil. “Enguruñar(se)” es sinónimo de arrugarse, de encoger los miembros del cuerpo de una persona o animal. 

Las metáforas animales son una de las características de las lenguas románicas, en lo que el español no hace una excepción. En particular esta tendencia a la “animalización” a través de dichos y expresiones que intentan definir o retratar actitudes, tipos humanos o características determinantes de estos, resulta recurrente en el español de Canarias. 

Este recurso figurado que alude a la condición “animal” para definir a un individuo, su comportamiento o carácter, la mayoría de las veces observan un tono festivo o de chanza, cuando no claramente satírico o mordaz. 

Generalmente guarda la forma gramatical de oración comparativa, ya sea de superioridad (más/que) o de igualdad (como): “más seco que un tollo” o “flaco como un guirre”. Otros ejemplos de comparativas que asimilan el comportamiento humano a algún rasgo o característica comportamental animal son: “está hecho un animalito”; “flaco como un podenco” o “como un pejín”; “correr como un galgo”; “sudar como un cochino”; “engrifarse como un erizo”; “ser más ladrón que un gato”; “tener los ojos (cuajados) como un antoñito en hielo”; “tener más mala idea que un gato ciego”; “pasar más frío que un perro chico”; “trabajando como un burro”; “cansado como un perro”; “abierto como una jarea”; “ser más puta que las gallinas”; “estar como una cabra”; “estar gordo como una tonina” o “comer menos que un gato viejo”… 

También se recurre a la “animalización” mediante la construcción de infinitivos que definen significativamente un atributo del animal de referencia. Son ejemplos: “enguirrar(se)”; “emperrar(se)” que es cogerse una 

perreta o encapricharse en algo; “encochinar(se)” o “estar encochinado” estar muy enfadado, hasta resultar intratable,; “amular(se)” o “estar amulado” (de mulo), mosquearse, enojarse alguien y permanecer en silencio “sin decir ni mu”; “encabronar(se)” o “estar encabronado”, cabrearse sobremanera, “calentarse como un macho”; “cabrear(se)” o “estar cabreado”, con significado similar al anterior; “engrifar(se)” es rebelarse, volverse contra alguien, es comportamiento propio de algunos animales: “se engrifó como un gato”; “empitonar(se)” (de ‘pitón’, ‘cuerno’), expresa la embestida de un animal con cuernos: enfardarse mucho o rebelare; “revirar(se)” es “virarse” bruscamente (“revirarse como una panchona”), es protestar, enfadarse y enfrentarse a alguien. La mayor parte de estos verbos, formados a partir del prefijo en/em más el sustantivo que identifica al animal de referencia o gestos propios de este con la terminación de infinitivo, expresan ira o enfado. 

Esta especie de fabulación en dichos y expresiones relacionados con elementos del imaginario rural, fundamentalmente, y que extrapolan rasgos y actitudes animalescas como definitorios del comportamiento humano, sugieren una especie de relación “totémica” que trata de expresar por emulación, y con sorna, el elemento característico definidor, v.gr.: “estar flaco como un guirre”.

Entrevista a Luis Rivero autor de “Dichos y modismos de Canarias” (Editorial Mercurio)

Entrevista | Luis Rivero

“En los jóvenes existe cierta familiaridad con las expresiones de sus abuelos”

“El relevo generacional siempre ha existido en todas las épocas y ha planteado siempre un choque cultural entre la tendencia a perpetuar modelos anteriores y la fuerza de los nuevos que tratan de imponerse”, afirma

1. ¿Con qué propósito surge la compilación de expresiones que desgrana, bajo un prisma de interpretación subjetiva, en Dichos y modismos de Canarias?

El texto recoge 100 dichos y modismos comentados y supone una selección de los más de 100 artículos publicados en las páginas del suplemento de Cultura de La Provincia durante dos años, si bien han sido corregidos y adaptados al formato ensayístico, sin apartarse ni perder la frescura que le dan la inmediatez y la premura de la periodicidad semanal de la publicación en un medio. Su propósito no es otro que el de dejar testimonio de determinados dichos y analizarlos desde perspectivas quizás un tanto diversas de lo que hasta ahora se ha hecho tradicionalmente en Canarias. En los trabajos publicados, al menos hasta donde yo conozco, echo de menos algunos modismos y voces que, siendo de Canarias, no figuran como canarismos en dichas compilaciones, o en la mayoría de ellas. Por citar algún ejemplo: el «¡Arrecha!» de Telde o el «¡Cógelo Cuco!», son expresiones que con independencia de su procedencia y sin formar parte de la tradición oral de origen rural, en algún momento, se incorporaron al léxico de tradición oral urbana. Y estos, en mi opinión, son tan canarismoscomo los tradicionales. Trato también de dejar testimonio de ellos porque el relevo intergeneracional hace que muchos de estos usos se vayan perdiendo entre los hablantes. 

            En cuanto a las explicaciones y comentarios que se dan a las frases proverbiales, dichos, modismos y expresiones en general siguen en cierto modo un criterio de interpretación subjetiva en cuanto a su significación –contrastada con la comúnmente aceptada– a su simbología a través de la metáfora y de la enseñanza implícita que contienen (en el caso de los refranes). Parto del presupuesto de que el lenguaje no es casi nunca neutro, no es una manifestación aséptica, sino que contiene una serie de significados subliminales que se delatan –en los aforismos– en la propia metáfora a la que se recurre. Ese sentido figurado con el que se expresan la mayoría de los refranes contienen muchas veces una carga ideológica evidente. El uso de voces o expresiones en un discurso no es caprichoso ni fruto del azar, sino que lleva consigo una significación que trasciende a la propia consciencia del hablante. Contiene un sustrato inconsciente y significante que escapa al propio conocimiento del hablante según el idiolecto del grupo cultural o social de pertenencia.

 2. ¿Cómo se desarrolló su proceso de documentación y cuál fue el criterio de selección de las expresiones?

La mayor parte de las compilaciones léxicas y diccionarios de expresiones y dichos del español de Canaria tratan de inventariar el mayor número posible de refranes, frases aforísticas, modismos y sus significados y usos más comunes. Existen excelentes trabajos de reputados especialistas en este ámbito. Lo primero que hay que decir que este trabajo se aleja de tal pretensión compilatoria y no constituye ni siquiera una muestra de las más representativas. No está tampoco respaldado por un riguroso trabajo de campo a través de encuestas o cuestionarios realizados sobre grupos de hablantes. No ha sido esta mi intensión, para ello ya existen excelentes publicaciones. Ha primado el conocimiento directo que tengo de muchos de los dichos y modismos, el propio dominio de algunos de ellos, o el tener un conocimiento indirecto de la expresión en cuestión. Y desde esta perspectiva pretende ser un ensayo interpretativo desde una aproximación –si se me permite– instintivo/intuitiva que parte de un razonamiento bien simple: ¿Qué le sugiere al oyente un dicho determinado cuando lo escucha por primera vez? ¿Qué asociaciones de ideas evoca en él la metáfora a la que se recurre? ¿Qué imágenes le trae a medida que comienza a familiarizarse con la expresión? ¿Qué imágenes e ideas sugiere al hablante adulto el recordar dichos que no escuchaba desde la niñez?  ¿Cuál es la simbología o la carga ideológica que hay detrás de una palabra determinante en un dicho? Estas y otras cuestiones son las que me planteo para desgranar interpretativamente la expresión analizada.

3. ¿En qué medida aloja un afán de preservar o, incluso, reivindicar la memoria oral de Canarias?

Aunque muchas de las  expresiones contenidas en el libro se trata de dichos y modismos antiguos, en desuso o en vías de desaparición, creo que es competencia y compromiso de quien escribe o comunica desde cualquier medio o foro el reivindicar esa memoria oral que forma parte de nuestro acervo lingüístico. Pero es más, la cuestión no es solo memorística, sino que tiene que ver con el propio presente y el uso de formas de expresión identitarias  que nos permiten –en contextos literarios y formales– el designar las cosas por su nombre, tal como lo hacemos en la vida diaria. En este sentido es loable la iniciativa de este medio (La Provincia) de dar un espacio en las páginas de Cultura de los sábados a una columna sobre «canarismos».

4. A nivel general, ¿las nuevas generaciones en las islas están familiarizadas con estas expresiones? Por tanto, ¿siguen vigentes?

Creo que el relevo generacional siempre ha existido en todas las épocas, y, en general, ha planteado siempre un choque cultural entre la tendencia a perpetuar modelos anteriores o viejos y la fuerza de los nuevos que tratan de imponerse. Esto lo vemos también en los usos o modos de expresión. 

            Si esto es cierto, también lo es que medios de gran influjo cultural como la televisión, y con posterioridad, internet y redes sociales, han venido, seguramente, a acelerar este proceso, con la imposición de nuevos modos y usos en el habla que no eran propios del español de Canarias, hasta hace bien poco. Valga el ejemplo del uso cada vez más generalizado del “vosotros” por el “ustedes” de toda la vida (con la excepción, obviamente, de islas donde ha existido siempre).

            De todas formas, he podido constatar que entre los más jóvenes, existe todavía una cierta o gran familiaridad con expresiones propias de los abuelos. Resulta difícil que muchas de estas expresiones pervivan entre los jóvenes, cuando ya sus padres han dejado de usarlas desde hace tiempo. 

            Desde el “¿No fumas, inglés?” al “¿Qué le pasa al nota?” hay seguramente un desfase intergeneracional que va de padres a hijos, pero ya hoy, el “¿Qué le pasa al nota?” ha dejado de ser desde hace muchos años argot juvenil para incorporarse en el idiolecto de una generación ya de puretillaspara las generaciones jóvenes que han asumido sus propios modismos, de valor similar. Pero los canarismos siguen subsistiendo o apareciendo nuevas expresiones que nos son propias. Las voces «changa», «laja» o «poligonero» bien podrían considerarse neocanarismos de última generación, y no ya solo argot juvenil de ambientes suburbiales de las capitales canarias. 

«Me tiene loco (de) la cabeza»

«El chiquillo está emperrado en que le compre una moto y me tiene loco de la cabeza». El lector habrá podido escuchar –quizás la ha pronunciado en más de una ocasión sin reparar en ello– frases similares a esta. Con este pleonasmo, común en el español de Canarias, se quiere expresar el sentido cansino que producen las palabras o la actitud de una persona que insiste en una pretensión. «Estar loco de la cabeza» es, pues, sentir hastío –estar ahíto– hasta la desesperación («¡cállate un ratito, mi niño, que me tienes ahíta!», pronunciado habitualmente con h aspirada). Otras locuciones similares son: «traer a alguien de cabeza» (en el sentido de provocar molestias), «¡fuerte ahitera, Dios mío!», «estar hasta la coronilla» (la coronilla es la parte eminente de la cabeza y metafóricamente expresa que se está realmente harto) o «estar hasta el moño»  (estar harto, no aguantar más), «sacar de quicio» o «¡fuerte jaqueca!»… Todas estas expresiones se usan con mayor o menor asiduidad en el español de Canarias para expresar que no se aguanta más la pejiguera. [«Pejiguera»  quiere decir ‘insistencia molesta’. Son frecuentes las locuciones verbales «dar la pejiguera» o «estar dando la pejiguera». O también se dice pejiguera a la persona pesada, incordio, «que habla siempre de lo mismo», «que está siempre con la misma matraquilla»]. 

         «Emperrarse», en algunas islas, es sinónimo de coger una rabieta, encapricharse de algo y mostrarse insistente y tedioso para conseguirlo.

         Pero lo que llama la atención realmente en esta expresión es el uso de un pleonasmo que puede parecer cuasi cómico. [Este recurso habitual a la demasía o redundancia en el habla isleña, como ocurre con el «baja p’abajo» o «sube p’arriba», es un fenómeno que invita a profundizar desde la perspectiva de la psicolingüística, pero esto merecería un capítulo aparte]. ¿Por qué esta redundancia? ¿Acaso se puede estar loco de otra parte del cuerpo que no sea la cabeza? La respuesta hay que buscarla seguramente en la creencia popular de que en los distintos órganos del cuerpo se localizan determinadas capacidades anímicas o psíquicas que dan lugar a una amplia simbología en el lenguaje. En tal sentido, la cabeza adquiere el significado según su naturaleza biológica y psíquica de sede o alojamiento del cerebro  y, por ende, simboliza el pensamiento, la razón, la inteligencia y el juicio. Este sustrato simbólico se aprecia en expresiones tales como: «ser duro de mollera», para referirse a alguien terco u obstinado; «perder la cabeza» que es caer en una actitud insensata; «¡qué cabeza para un caldo de pescado!» que reprende jocosamente la torpeza y el talante olvidadizo de alguien; «no tener/o tener dos dedos de frente» que hace referencia al umbral o grado del coeficiente intelectual de un individuo para ser considerado normal; y así un largo etcétera.

          Se distinguen asimismo varias formas de «locura». Cuando nos referimos a una persona poco juiciosa o de poco seso, por ejemplo, decimos que «es un loco (de) playa» (pronunciado de sólito en una sola palabra «locoplaya»); y casi siempre se recurre a expresiones más o menos graciosas y ocurrentes basadas en hipérboles que exageran el fenómeno para definir cualquier tipo de locura. La «locura» –entendida como privación del juicio o la razón y que se manifiesta en distintas patologías que afectan a la mente y al comportamiento del individuo– a menudo suele ser objeto de chanza y donaire en la sociedad isleña, adviértase si no la gran cantidad de «chistes de locos». Así se puede escuchar un gran número de expresiones en tono jocoso: «estar (loco) como una cabra harta (de) papeles» (pronunciado sin preposición y con h aspirada),  «estar como una jaira», «estar como una chola», «estar más sonado/zumbado que una(s) maraca(s)» o «estar como una baifa». Todas ellas para expresar que alguien está chiflado o «jodido del tomate», es decir, que sufre una alteración de sus facultades mentales o que exhibe un carácter impetuoso, temerario, excéntrico o estrafalario. Pero como mismo hay locuras «graciosas», hay también locuras que no son tanto «de la cabeza» sino «del corazón», y así se oye aquello de «amor no quita conocimiento», para advertir que este sentimiento no debe llevar a la ofuscación hasta hacer «perder la cabeza»; o «estar privado de su juicio» [también se escucha «privado a su juicio»] que quiere decir: «estar privado», exultante de ánimo o «loco de alegría». Pero aquí nos referimos a otras «locuras», no la de «estar mal del casco» o «de la azotea», sino a esas situaciones que «vuelven loco a cualquiera», hasta llegar a exclamar: «¡me tiene loco (de) la cabeza!».

Mauro Biglino: «Las religiones han sido ideadas partiendo de historias reales que después han sido transformadas e interpretadas en clave espiritual».

Entrevista de Luis Rivero para el Cultura de La Provincia/DLP

Mauro Biglino (Turín, 1950) escritor, filólogo, traductor y hebraísta. Se ha convertido en un fenómeno social en Italia donde ha vendido más de 300.000 ejemplares de sus obras.Con ocasión de la publicación de su primer trabajo traducido al español, La Biblia no es un libro sagrado (Uno International-Macro), Luis Riveroentrevista al autor paraelCultura de La Provincia

Usted trabajó como traductor de hebreo masorético durante varios años para una institución afín al Vaticano (Ediciones San Pablo). En el curso de estos años ha traducido numerosos libros del Antiguo Testamento. Hasta que se decidió a publicar con una editorial independiente en 2010. A partir de ahí, la editorial San Pablo decidió suspender unilateralmente la relación profesional con usted. Esta especie de disidencia suya y las consecuencias que le han acarreado, a algunos nos recuerda –salvando las distancias– la figura de Giordano Bruno. Un religioso que rompe con la doctrina oficial de la Iglesia y mantiene ideas contrarias a aquella, y cuyo destino fatal se hizo tristemente célebre. Usted, primero, fue «despedido» por lo que escribió y publicó, y después ha sido objeto de ataques y difamaciones en las redes. ¿Quizás los tiempos no han cambiado tanto como parece y acaso la hoguera ha sido sustituida por el linchamiento mediático?

En efecto debo constatar que los tiempos no han cambiado: quien piensa de una manera diversa de lo que se considera la verdad absoluta, es obstaculizado de todos los modos posibles. Por fortuna hoy no existen las hogueras porque están prohibidas por las leyes laicas, pero han sido sustituidas por aquello que usted justamente ha llamado «linchamiento mediático»: burlas, insultos, difamaciones y también amenazas son utilizadas diariamente en las redes para desacreditar mi persona. Todo ello entraba dentro de lo previsible, por eso continuo adelante con serenidad y determinación; porque frente a los intentos de detener, ralentizar o desacreditar mi actividad de divulgación, existen miles de personas que aprecian mi trabajo y me piden de seguir adelante. No es casual que mis libros estén presentes en varios países de Europa: Croacia, Estonia, República Checa, Alemania, Holanda, Francia, Portugal y ahora también en España e Hispanoamérica y pronto en los EEUU. 

Usted sostiene una interpretación literal de La Biblia (léase  A.T.). Y concluye que  este libro no habla de Dios ni de religión ni entidades espirituales ni es un libro «sagrado» y no habla de monoteísmo. ¿Son el concepto monoteísta y la idea del Dios bíblico una invención? 

Creo ante todo que un libro debe leerse como está escrito y en hebreo ni siquiera existe una palabra que indica Dios tal como lo entendemos nosotros. Por tanto, la Biblia no puede en absoluto hablar de Dios; de hecho narra las vicisitudes de una alianza entre el pueblo de Israel y un individuo de nombre Yahweh que era uno de los muchos Elohim presentes en el Antiguo Testamento. El monoteísmo no existe en la Biblia, se trata de una invención teológica que ha sido elaborada en el curso de los siglos por la casta sacerdotal judía, primero, y cristiana después.

¿Con qué fin?

Con el objeto de presentarse como única intermediaria entre el hombre y (el presunto) Dios. Esto confiere el poder de dominar las consciencias actuando con los mecanismos del premio/castigo, las promesas de felicidad o las amenazas de condena eterna, el sentimiento de culpa y la necesidad de redención.  

En el hebreo bíblico no existen ni siquiera las palabras que indican eternidad, crear de la nada, trascendencia, omnipotencia, omnisciencia… No existen por tanto los conceptos fundamentales de la religión que ha sido literalmente inventada a partir de este libro. 

¿Excluye o cuestiona esta conclusión la idea o existencia de un Dios trascendente más allá de cuanto afirma la Sagrada Escritura?

            Desde que inicié mi actividad pública en 2010 (con el cese inmediato de la relación laboral con la editorial San Paolo) siempre he dicho que yo no hablo de Dios porque de eso no sé nada. Por tanto, no excluso su existencia, no tengo la certeza de un ateo, me limito a contar aquello que leo en los códigos hebreos del A.T. y puedo asegurar que en aquel libro jamás se habla de un Dios único, trascendente, espiritual, omnisciente y omnipotente. 

El hecho de que en aquel libro no hable de ello no significa sin embargo que no exista: esto tiene que ver con la fe y con las convicciones de cada uno. Creo que mi trabajo resulte útil a quienes buscan a Dios, porque los libera de la ilusión de que Dios sea aquello inventado por los teólogos judeocristianos: mientras sigan anclados en aquella figura, viven en el engaño. 

Entre los siglos VI y X d.C. los masoretas recogen la tradición secular y trabajan sobre textos preexistentes. ¿En qué consistió este trabajo de los masoretas exactamente?

Los masoretas han llevado a cabo una verdadera tarea redactora, tratando de dar unidad y coherencia al conjunto de estos libros de los cuales no se sabe casi nada: no se sabe con certeza quien los ha escrito ni cuándo, además nadie sabe cómo eran en su origen porque cada vez que los reescribían, los cambiaban, como afirman los mismos estudiosos hebreos, docentes en las universidades israelíes (ej. Alexander Rofe). En el trabajo hecho durante estos siglos se añadieron los sonidos vocálicos (la puntuación masorética), para conseguir que desde ese momento las palabras fueran leídas de una manera precisa.  Aquellos libros, de hecho, estaban escritos sólo con consonantes y cada palabra –según los sonidos vocálicos que eran usados para leerla– podía cambiar de significado. Por ello los masoretas trataron de fijar definitivamente la modalidad de lectura. Pero todavía hoy, en la exégesis hebraica hay quien cambia las vocales, cambiando así el significado de las palabras: esta operación es lícita porque nadie sabe cómo se leía cada término original. No es casual que a finales de los años 50 del pasado siglo, en las universidades israelíes se puso en marcha un proyecto (Bible Project) que tiene por objeto el tratar de reconstruir una Biblia lo más cercana posible a aquella escrita en origen, para ello los estudiosos se han fijado un plazo de tiempo de dos siglos (!).

Todas estas incertezas están en la base del método de lectura al que me he referido al inicio y que considero sea el único intelectualmente honesto: aquel de «suponer que» aquello que está escrito literalmente en aquel libro sea verdad. 

¿Se podría verificar el viejo aforismo italiano: traduttore, traditore?

La tarea del traductor comporta este riesgo, sobre todo con lenguas antiguas, sobre las cuales no existe nunca la certeza. En una traducción que pretenda ser intelectualmente honesta se necesita por tanto prestar mucha atención al contexto, que es un elemento indispensable para aproximarse todo lo posible al significado de cada término concreto. Precisamente para evitar este riesgo, al menos para las palabras más importantes, yo digo –p. ej.– que convendría no traducir términos como Elohim(voz plural que viene traducida por ‘Dios’, en singular), Elyon(que es el comandante de los Elohim, pero que sin embargo viene traducido por ‘El Altísimo’ o se unifica con Elohim), ruach(que significa ‘objeto pesado’ en el que Yahweh combatía y se desplazaba, y que viene sin embargo traducido como ‘Gloria’).

Todas las traducciones de la tradición religiosa buscan la manera en que el lector piense que la Biblia hable de Dios. Por ejemplo, los verbos en plural que se refieren a los Elohim a menudo son traducidos en singular, para hacer creer que la Biblia habla de un Dios único… O bien el término olam que viene traducido como ‘eternidad’, cuando el mismo Diccionario de Hebrero Bíblico de la Sociedad Bíblica Británica recoge que no significa eternidad, sino un largo periodo del que no se conoce su duración. Estas son verdaderas y auténticas traiciones. 

Usted habla de los «libros desaparecidos» de La Biblia. Incluso menciona una suerte de «cementerio de los libros» (algo que casi parece ficción literaria). ¿Qué hay de cierto y qué fue de los «libros desaparecidos»?  

En mis trabajos he señalado un elenco de once libros citados en el A.T., pero que oficialmente no se encuentran (han desaparecido).  Conviene saber que los judíos no podían destruir los libros escritos por sus antepasados en los cuales apareciera uno de los nombres de Yahweh, por eso los conservaban en un local anexo a las sinagogas (guenizá), y después los sepultaban, literalmente. Yo creo que estos libros desaparecidos eran demasiado explícitos al presentar la figura de Yahweh y su modus operandiy de combatir (como El libro de las guerras de Yahweh: Números 21,14). Por tanto, habrían podido cuestionar la doctrina teológica del Dios único y espiritual, por ello fueron puestos «fuera de circulación», pero estoy seguro de que todavía existen y podrían revelarnos aspectos muy interesantes y curiosos. 

Llama la atención del lector no iniciado ciertos términos del A.T. que todavía se pueden leer en algunas biblias: ‘dioses’, ‘Elohim’, ‘Jehová’, ‘Yahweh’, ‘El Shaddai’, ‘Adonai’ ¿Quiénes son estas ‘entidades’? ¿Quiénes eran los Elohim?

Los Elohim eran individuos de carne y hueso que colonizaron la Tierra y se la dividieron para gobernarla. El nombre Jehovah es uno de tantos modos en que podía ser vocalizado el tetragrama YHWH escrito solo con consonantes: Jehovah, Yahweh, Yihwih…

En Deuteronomio 32 se dice claramente que en la repartición hecha por el comandante Elyon entre los Elohim, la heredad, esto es, la asignación reservada a Yahweh fue la familia de Jacob/Israel y solo esta. Otros miembros de la familia descendientes del padre Abraham (Terach) fueron asignados a otros Elohim: los moabitas a Camos, los amonitas a Milcom, etc. Los Elohim combatían entre ellos para arrebatarse estos territorios unos a otros; basta pensar que en Éxodo 15 Yahweh viene definido como ish milchamah, esto es, ‘hombre de guerra’ y efectivamente hacía solo esto. 

La Biblia es una gran crónica de guerra en la que se narra los intentos de Yahweh y los suyos por conquistar tierras que no les habían sido asignadas, pero su promesa de dar al pueblo de Israel todos los territorios que van desde el Nilo hasta el Éufrates (Génesis 15) nunca fue cumplida. Yahweh no era capaz de mantener sus promesas porque no era Dios y sus antagonistas, Elohim como él, se lo impidieron.

¿Pueden parangonarse los Elohim a los theoi griegos o a «dioses» de otras culturas (v.gr. Sumer o Egipto)?

En dos de los libros publicados por Mondadori hago un análisis paralelo entre los Elohim bíblicos y los theoi griegos. Ambos tienen las mismas características, las mismas actitudes, los mismos medios de desplazamiento y tienen las mismas necesidades fisiológicas, particularmente la de inhalar el humo producido por la grasa animal abrasada al fuego que tanto les gustaba porque los calmaba, los «aplacaba» como señala claramente la Biblia (Números 28). No solo los griegos, también los romanos y en general todas las civilizaciones antiguas nos hablan de aquellos «hijos de las estrellas» que llegaron del cielo, fabricaron al hombre con el objetivo de tener un esclavo que trabajase para ellos y después se repartieron los territorios. Han sido llamados theoipor los griegos, devaspor los hinduistas, neterupor los egipcios, asipor los pueblos del norte de Europa y así sucesivamente. La Biblia es solo uno de los tantos libros escritos por la humanidad y nos cuenta la historia de uno de aquellos Elohim, aquel llamado Yahweh y al cual –como he dicho– le fue asignada la familia de Jacob. 

¿Cómo ha sido construida una religión de algo que no es «espiritual» ni «sagrado» ni «divino»?

El libro La Biblia no es un libro sagrado responde a esta pregunta. Sintetizo la respuesta. Las distintas religiones han sido ideadas partiendo de historias reales que después han sido transformadas e interpretadas en clave espiritual. Quienes han detentado el poder han creado y utilizado este instrumento, procurando mantener oculto el conocimiento de la verdad al vulgo, que no tenía acceso a los libros «sagrados», una historia revisada y reconstruida para fundamentar el poder sobre las masas.

Han sido muy eficaces porque las religiones son el único sistema de control de los pueblos que ha perdurado más de 2.000 años. Ningún imperio en la historia ha durado tanto. El secreto de la longevidad de las religiones está en su capacidad de dar respuesta a la madre de las angustias en el hombre: el miedo a la muerte. Para lo que cada religión ha elaborado la suya: desde la resurrección a la reencarnación hinduista o el renacimiento budista…

 Considerando las experiencias fundantes o mitos fundacionales del pueblo hebreo y de la religión judeocristiana: la alianza entre el patriarca Abraham con El Shaddaiy de Moisés con Yahweh en la «teofanía» del monte Horeb: ¿Deben ser considerados mitos o realidad histórica? ¿Qué hay de trascendente en estas historias?

Leyendo la Biblia no se deduce nada de trascendente. Si adoptamos el método de «suponer que» se trate de historias reales, aquel libro trata de un pacto, una alianza forjada al objeto de obtener ventajas recíprocas: por una parte un poderoso (Yahweh) que encuentra un pueblo del cual servirse, y por otra parte, un pueblo que recibe la ayuda y una serie de ventajas que se concretan solo en esta vida.  

En la Biblia no existen premios ni castigos después de la muerte; no existen paraísos o infiernos y tampoco el purgatorio, no existe el pecado original y no existe el concepto de Dios «omnipotente», una traducción errónea (¿o falsa?) de El-Shaddai que en la mejor de las hipótesis significa ‘Señor de la estepa’. El fundamento del judaísmo y del cristianismo se encuentra por  tanto en sucesos históricos precisos que después han sido redactados y presentados en clave alegórica, metafórica y espiritualista para «inventar» las religiones. 

Sin duda la tradición judeocristiana ha influido en el pensamiento filosófico y político, en las ciencias y otras ramas del saber, y por ende en parte de la historia de la humanidad. Así las cosas: ¿Se hace necesario reescribir la historia del mundo? 

Absolutamente sí. La historia que nos han contado no es la verdadera. Partiendo del modo en que ha nacido Homo sapiens(que es producto de intervenciones genéticas bien precisas descritas también la Biblia, además de en las narraciones sumerio-acadias). Todo debe reescribirse y lo que puede recabarse de los textos antiguos resulta mucho más fascinante de lo que nos han contado. Por lo demás, la verdadera historia nos ayuda a comprender gran parte de la realidad actual: he escrito un libro con una profesora de Filosofía del Derecho (La Bibbia non l’ha mai detto, Mondadori 2017) donde documentamos cómo el sistema judicial italiano está condicionado por la Iglesia. Aunque va más allá: ¿Cuántos saben que el sistema financiero que gobierna el mundo está basado sobre principios (del débito-crédito) que han sido formulados con precisión por Yahweh y descritos en la Biblia (Deuteronomio y Proverbios)? 

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Está hecho un palanquín

Luis Rivero. Publicado en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

En contextos tales como el referirse a la reputación de alguien que no está presente en la conversación, podemos escuchar todavía expresiones como: «¿Ese? Ese es un palanquín» o fulano «está hecho un palanquín».  Decimos que la expresión se usa en ocasiones en ausencia del individuo en cuestión porque –según la entonación y contexto– la voz puede ser ofensiva, aunque muchas veces se insinúa en un tono jocoso y distendido ante el propio sujeto. El Diccionario de canarismos de la ACL registra el término con el significado de ‘sinvergüenza’, ‘fresco’, ‘bribón’, o para nombrar a alguien que anda de acá para allá sin oficio ni beneficio alguno. Tal acepción parece ser exclusiva y propia de las islas, al menos no nos consta su uso en otros dominios del español.

            En la Península el término palanquín –aunque se trata de un arcaísmo en desuso– se utiliza para referirse al «mozo de cuerdas o ganapán», a distintos aparejos en un velero o a un soporte o silla sobre dos varas paralelas y horizontales que en Oriente sirve para transportar cosas o «personas importantes». 

            Indagando sobre la etimología del término, hay quienes apuntan al arcaísmo castellano de «ganapán o mozo de cordel que lleva cargas de una parte a otra» –como señala Guerra, por ejemplo– que los describe como mantenedores de esquina «a la espera del “mandado” o de cargar “tronos”». Con independencia de que antaño se llamara palanquín a los hombres que se ofrecían «por cuatro perras o un pizco de ron» a llevar ocasionalmente cualquier carga o incluso el ataúd en los entierros, su origen podría obedecer a un portuguesismo (palanquim) y que se refiere a la silla o hamaca antaño usada en Madeira (aunque de origen Oriental) para el transporte de personas. Desde donde se introduciría posteriormente en las islas, al menos en Tenerife y Gran Canaria. La presencia de este medio de transporte de personas ha quedado documentada por distintos viajeros y exploradores que visitaron ambos archipiélagos durante la segunda mitad del siglo XIX. Se trata de una poltrona con varas laterales que era cargada a hombros por dos porteadores. Aunque  inicialmente este medio de locomoción estaba pensado para personas con algún tipo de «movilidad reducida» (por recurrir al eufemismo al uso), el medio se generalizó entre residentes extranjeros de clase acomodada y turistas de postín, pioneros del turismo británico y alemán en las islas entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Es significativo el testimonio de la viajera británica Latimer que deja constancia en el momento de su visita a Tenerife (1888) de la reciente introducción de este medio procedente de la isla de Madeira. 

Es probable, pues, que el término «palanquín» se extendiera para designar popularmente, en sentido figurado y un tanto jocoso, «a quien anda siempre de aquí para allá colgado como un palanquín». Y así se habría lexicalizado como sinónimo de ‘haragán’, ‘gandul’, ‘pícaro’, ‘granuja’, ‘inútil’, ‘aprovechado’, ‘gorrón’, ‘sinvergüenza’, ‘caradura’, ‘buscavidas’, ‘colgadera’; es decir, para referirse a quien tiene por hábito el «palanquinear» (dicho: palanquiniar): andar de un lado para otro holgazaneando, a veces, de «colgadera» [colgadera: En Canarias se dice de la persona que tiene por costumbre el comer, regalarse o divertirse a costa ajena]. Que es, lo que en español se llama «andar/echarse a la briba»: vivir en holgazanería picaresca o darse a este género de vida, como lo define el Diccionario. 

            Otro significado de la voz palanquín –que registran tanto Millares como Guerra– hoy claramente en desuso, es el que se refiere al hombre fuerte, «de recia musculatura», que antaño se ganaba la vida a base de propinas cargando muebles, haciendo «mandados» o portando tronos o el féretro en los entierros. Lo que podría explicarse por la supervivencia del arcaísmo castellano o acaso por un tropo que nombra el oficio por el objeto portado [según Guerra, se designaba así a cada uno de los hombres que conducían los ataúdes en los entierros; de ahí la expresión: «cuatro palanquines»];  coincidiendo con una de las acepciones que recoge el Diccionario: «especie de andas con varas para transportar», esto es, el féretro o caja con varas para llevar a enterrar a los muertos. Y cuyo uso léxico se rememora en una vieja cancioncilla del carnaval chicharrero que decía: «La sardina se murió/ y la fueron a enterrar/ veinticinco palanquines/ un cura y un sacristán».  

La vida es un tango

Luis Rivero en el Cultura de La Provincia/DLP 16.03.2019

«La vida es un tango, y el que no lo baila es un machango». Con este aserto aforístico se viene a decir que en cierto modo todos estamos a merced del destino. Dicho en otras palabras, que «la vida da muchas vueltas» y nunca se sabe lo que nos puede deparar. Así las cosas, mejor tomársela como viene, ver lo bueno que hay en ella y jugar la partida que nos corresponde ante las vicisitudes que debemos afrontar, capeando las dificultades como mejor podamos. El dicho es cómplice de una filosofía vital o un modo de ver las cosas bien simple: si no podemos cambiar lo que el destino nos tiene reservado, porque lo desconocemos, hay que vivir la vida lo mejor que se pueda, pues lo contrario sería de necios. 

Afines a esta son las expresiones: «la vida da muchas vueltas» o «la vida es un tómbola» (y nunca se sabe lo que nos puede tocar). Todas ellas expresan la incertidumbre en la que vivimos continuamente y frente a esto, mejor mantener una actitud resignada ante el acontecer cotidiano, complaciente y justa para con los demás y con uno mismo, pues en cierto modo, la ruleta de la tómbola o el tiovivo nos recuerdan la rueda kármica que gira inexorablemente. Al igual que el dicho que comentamos, bien mirado, si la vida es azarosa, mejor imaginársela como una sala de baile, que es lo mismo que decir: «academia», «milonga» o «piringundín», locales suburbiales rioplatenses donde dicen que nació el tango, en Buenos Aíres y Montevideo. 

         Otras variantes del mismo dicho en el español de América son: «la vida es un tango y hay que saber bailarlo»; o aquella otra que parangona vida y muerte con dos piezas de baile tan dispares como el tango y el pasodoble: «la vida es un tango y la muerte un pasodoble». 

         El dicho, a todas luces, parece  tener origen rioplatense, donde nace esta danza oriunda de distintas culturas criollas y afroamericanas, y desde donde recaló probablemente en esta otra orilla del Atlántico adoptando esa parte conclusiva peculiar: «[…] y quien no lo baila es un machando». «Machango» es –entre otras acepciones– quien hace machangadas, pero aquí parece referirse más bien a la «persona de poco seso». 

         Una película argentina de los años treinta lleva este mismo título:  La vida es un tango. No sabemos si a partir de entonces, esta locución se popularizó hasta lexicalizarse y convertirse en un dicho, o por el contrario el título de la cinta del director argentino y letrista de tango, Manuel Romero, se hizo eco de lo  que podría ser una expresión popular arraigada a la sazón. La duda es la misma que se nos plantea de cuál fue primero de los dos, si el tango o la milonga; o si se les llamó a aquellos tugurios rioplatenses «milongas» porque allí empezaron a sonar los primeros compases a la par de los pasos de un tango o de una milonga y por metonimia se dio el nombre a esta composición musical y danza. Nos queda la incerteza. Como incierto es el devenir y la vida misma: ya sea tango, milonga o cambalache, da igual.  El mundo sigue dando vueltas, y a pesar del pesimismo vital de Discépolo cantado en la voz inolvidable de Gardel, yira, yira…  Y si algo no tiene remedio, como exhorta aquella expresión rebosante de vitalidad: «¡a vivir que son dos días!», y después, «¡que  me quiten lo bailao.

Dios los cría y el diablo los junta

Luis Rivero. en suplemento CULTURA diario La Provincia/DLP

El lector seguramente habrá escuchado esta versión, más propia del español de Canarias y de América, de lo que es un aforismo universal. Frente al «Dios los cría y ellos se juntan», que es como viene registrado por diversos autores como uso  en el refranero popular español, el «Dios los cría y el diablo los junta» parece ser la forma más asentada en las islas (y en América), donde existen algunas variantes del mismo: «Dios los cría y Barrabás los junta» o «Dios los crea y […]». El dicho alude con ironía a las personas de idéntica condición o carácter que tienden a juntarse entre ellas como si obedecieran a una llamada o inclinación natural. Tiene una connotación marcadamente negativa al referirse a gente de mala conducta o de no muy buena reputación. Y así puede entenderse la introducción en la paremia de la figura del «diablo» como antagonista de «Dios».

         Conforme a la propia moral religiosa puede parecer contradictorio con la omnipotencia divina que aquellos «hijos de Dios» por él «criados» acaben en manos de quien según esa misma doctrina encarna el mal por antonomasia. Hay que advertir sin embargo que el verbo «criar» guarda un significado arcaico que difiere del comúnmente utilizado. De sólito se identifica «criar» con ‘nutrir’ o ‘alimentar’ (la madre al niño), ‘crecer’, ‘desarrollar(se)’, ‘cuidar’ y, en sentido más amplio, ‘instruir’ o ‘educar’. En definitiva, sentar las bases de la persona humana en el niño desde su nacimiento y a lo largo de todo su desarrollo hasta alcanzar la edad adulta. Si así se entendiera, implicaría un estrepitoso fracaso del Omnisciente como «padre» y «educador», pues el resultado de la «crianza» acabaría en manos del «maligno». El verbo «criar» tiene aquí el significado que le confiere la propia etimología: del latín creare. Y es esta una de las acepciones –poco usual– que contempla el Diccionario: ‘Dicho de Dios: dar ser a algo que antes no existía’ («Dios crio el mundo de la nada», v. gr.). El verbo «criar» significa, pues, ‘crear’, y de ahí que en ocasiones pueda escucharse la versión: «Dios los crea y el diablo los junta», más acorde con la significación usual del verbo en cuestión. En consecuencia con este significado se expresa el mismo aforismo en otras lenguas romance: «Dio li fa e poi li accoppia» o «Deus os fez, Deus os juntou».

            La presencia de Dios en el refranero es un hecho constatado y recurrente. Fruto de la influencia cultural religiosa que de algún modo continua operando como automatismo (ideológico) subliminal y adoctrinante. Sin embargo, menos frecuentes son los refranes que confrontan a Dios con el demonio. Recuérdese, por ejemplo, aquel que dice: «A quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos» o aquel otro que recomienda: «Encender una vela a Dios y otra al diablo». 

         La escasa presencia de este antagonismo en el refranero resulta coherente con una hipotética elaboración teórica que justifique la figura del mal. De hecho, el vocablo «demonio» es casi inexistente en el Antiguo Testamento (donde aparece una sola vez: Deuteronomio 32) y ninguna en la versión hebraica de la Biblia. Ello se explica por la filología por un «error» en la traslación. El término «satán», en hebreo, en realidad significa ‘adversario’. Y se usaba para indicar una función asumida pro tempore por distintos individuos: la función del acusador, es decir, a la sazón, una suerte de ministerio fiscal que actuaba como antagonista. Nada que ver, pues, con las supuestas entidades demoniacas que son de más reciente «creación» por la teología cristiana que ha terminado por adoptarlo como «rival» perpetuo del Dios monoteísta. Una especie de chivo expiatorio al cual responsabilizar de todos los males de este mundo, es decir, dicho «en cristiano», alguien a quien «pegarle el parche». [Nótese que la expresión «chivo expiatorio» se refería antiguamente al macho cabrío que el sumo sacerdote sacrificaba para expiar los pecados de los israelitas]. No parece causal que una de las representaciones iconográficas más comunes en la tradición demonológica sea la del macho cabrío («chivo», como se le llama en gran parte de América y en algunas islas). 

         En fin, todo esto entraña este dicho que viene a significar en resumidas cuentas que todos nacemos –somos creados o criados– de la misma manera (del vientre materno), pero no se sabe por qué «arte del demonio» las personas ruines acaban juntándose, y la mayor parte de las veces para tramar alguna fechoría. Como si mismo «se juntaran el hambre con las ganas de comer».

Pájaro copión no tiene gracia

Luis Rivero en Suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 23.02.2019

Se sabe cuan precisado puede ser en las islas un buen «casal» (o «casar») de pájaros canarios; cantarines mañaneros que en «los campos», otrora, eran sustituidor natural de despertadores, en ausencia del canto del gallo, y transmisores de armonía y regocijo en patios y otras dependencias del hogar. Criadores de canarios y ornitólogos discuten sobre si el canto del canario es innato o adquirido por aprendizaje a fuerza de escuchar e imitar. Seguramente algo de cierto habrá en ambas posturas aparentemente antagónicas. La neurociencia atribuye a las llamadas neuronas espejo gran parte de la responsabilidad en el aprendizaje en animales y seres humanos. Estas células cerebrales tienen un papel fundamental en el desarrollo de capacidades cognitivas relacionadas con la vida social, tales como la imitación. No en vano hay quienes apuntan a que las aves se valen del canto para cooperar entre ellas. En tal sentido, los pájaros manifiestan también comportamientos imitativos de resonancia, lo que parece evidenciar la existencia de algún sistema reflejo que podría identificarse con la presencia de neuronas espejo. Esto es lo que explicaría la habilidad de muchos pájaros de imitar, hasta asimilar como propio, el canto de otras razas o especies. Paradigmático resulta en este sentido el virtuosismo del sinsonte o del ruiseñor, como grandes políglotas imitadores del canto de otras especies. 

Según algunos criadores, cuando a un pájaro cantor se le cambia de jaula y se le mete junto individuos de otra raza o especie, tiende a imitar los nuevos sonidos de sus congéneres, pero al mismo tiempo –se dice– que «pierde la gracia» al olvidar el propio canto. De ahí el probable origen de esta frase aforística: «pájaro copión no tiene gracia». 

El dicho parece sancionar la falta de originalidad, recriminando –más allá del ámbito ornitológico– la actitud imitativa; a fin de cuentas, el plagio nunca ha estado bien visto socialmente.  

La tendencia natural a imitar como fundamento del mecanismo de aprendizaje (unido al de la repetición), por el automatismo de las neuronas espejo, se confirma a un nivel subliminal en la lengua con afirmaciones tales como: «los niños imitan lo que ven hacer a los mayores» que casi como una máxima apunta a la emulación como fundamento del aprendizaje. O acaso en la expresión popular, menos decorosa: «culo veo, culo quiero», que denota cuan tendencial puede resultar el hábito de la imitación que no tiene miramientos ni preferencias, y que no atiende a más razones que hacer lo que se ve hacer a otros. 

Más allá de esta tendencia instintual a la imitación que en un sentido primario se liga al aprendizaje, la emulación consciente o no se reprocha cuando entra en contradicción con la creatividad o la originalidad, cuando se menoscaba lo genuino. El sustantivo «copión» guarda una connotación claramente despectiva y se dice de la persona que copia o imita actitudes o conductas de otros o las obras o creaciones ajenas. Desde el chiquillo que a la exclamación de «¡copión!» reprocha al compañero de pupitre mientras le da la espalda para evitar que «copie» el diseño que ejecuta con originalidad, al cantamañanas que queriendo parecer original e innovador trata de sorprendernos con un plagio. En tales casos, trasladando la metáfora del pájaro que imita y hace propio el canto de sus congéneres, se concluye: «Pájaro copión no tiene gracia»

“¡Por los cojones!” ¿Obscenidad o juramento?


Luis Rivero 

El gesto del Cholo Simeone celebrando los goles de su equipo frente a la Juve ha provocado reacciones y es tachado por algunos de «obscenidad» o «provocación». Pero conviene saber algunas cosas, antes de juzgar…

En efecto, puede parecer una obscenidad pronunciada por el varón que en medio de bravuconadas y gestos más o menos groseros blasona apañándose sus partes con ostentación. La expresión, sin embargo, por paradójico que pueda parecer, obedece en su etiología una fórmula de juramento antiguo.   

En la Biblia esta fórmula de juramento habría quedado establecida desde los tiempos del patriarca Abraham. El libro del Génesis (24,1-9) da testimonio de ello tal como consta en un episodio memorable. Cuando el patriarca hizo jurar al más viejo de sus siervos, uno llamado Eliezer, que no tomaría mujer para esposar su hijo Isaac de entre las hijas de los cananeos. Para dar firmeza inquebrantable al juramento, el esclavo colocará las manos debajo de los genitales de su amo. El juramento así prestado lo convierte en un “contrato” inviolable, so pena de incurrirse en perjurio. Lo que acarrearía una maldición para el infractor y toda la familia y descendencia. En resumidas cuenta: que le podía caer un «paquete» que te cagas, si se me permite la expresión coloquial. 

Se dice que en el Derecho romano solo se reconocía la capacidad de declarar como testigo en un juicio a los varones. La forma de solemne juramento era el hacerlo por sus testículos, y así se los palpaban ante el tribunal. Vestigio de este rito pueden apreciarse todavía –como un guiño de su etimología– en el verbo «testificar», y en los sustantivos derivativos: testigo y testimonio. No parece casual que compartan la misma raíz con «testículo». Esta solemnidad ha llegado hasta nosotros de manera más o menos  desdibujada por el paso del tiempo, casi como un gesto impúdico, pero que conforma la porfía del hombre que promete mantener la palabra: “por cojones” , “por los cojones” o “por mis cojones”, que las tres fórmulas se escuchan todavía y en ocasiones se ritualizan con el gesto. 

Cierta historia papal apunta a la existencia de un rito similar en el nombramiento del papa de Roma. Antes de ser envestido, sentado el aspirante en la famosa sedia stercoria (que todavía se conserva en el Museo Vaticano), con un agujero preparado al efecto para que el maestro de ceremonias pudiese palpar los testículos del candidato y así constatar su masculinidad. Un joven diácono pronunciaba estas palabras: Duos habet et bene pendentes, esto es, ‘tiene dos y cuelgan bien’. Constatada la virilidad del aspirante, no existiría impedimento para ser nombrado papa. 

            De manera que, amigo lector, la próxima vez que escuche la expresión: «¡por los cojones!», por grosera que pueda parecer, no piense que se trata de un gesto banal de descaro u obscena indecencia. Así que no olvide recordar al macho que vocifera que lo que se jura hay que cumplirlo, y si no, las manos quietas en los bolsillos y calladito a la boca…».  Pero el Cholo, ayer, parece haberlo cumplido.