Dando brincos yo te trinco

CANARISMOS

Dando brincos yo te trinco

Luis Rivero 22.09.2018 | Suplemento de Cultura La Provincia 

Esta expresión construida sobre la base de dos homófonos (brinco/trinco) viene a anunciar en tono de severa advertencia o amenaza que toda mala acción será cobrada como se merece en cuanto surja la ocasión.

La locución verbal “dar brincos” es sinónimo de andar ligero. Por otra parte son diversas las acepciones que en el español de Canarias tiene el verbo “trincar”, como por ejemplo: “asir con fuerza” (“lo trincó por el brazo”) o también pillar, agarrar, alcanzar, sorprender, prender, coger; pero aquí parece tener el valor de coger a alguien en un engaño, falta o ardid (como se usa en la expresión “lo trincaron robando”); o bien de modo similar: coger a alguien por sorpresa, abordarlo, sorprenderlo: “cogerlo echado”; o cogerlo en un fallo, en una falta o engaño (sorprenderlo in fraganti). Puede coincidir o acompañar a la advertencia: “lo estoy esperando”.

“Yo te trinco” equivale a decir “déjalo que yo lo cojo” (o “deja que te trinque”) que prevé o puede tener como resultado una celada, cuando están asechando a alguien en el sentido de esperarlo a que yerre o cometa un fallo para reprenderlo o pescarlo en la falta: “deja que lo trinque, le voy a cantar las cuarentas”. Tiene así el valor de amenaza o advertencia de retribuir el justo castigo o reprimenda a quien se lo merece por la acción cometida precedentemente.

Este modismo con vocación aforística parece asentarse en una máxima de ca-rácter universal que se expresa en el dicho: “el que la hace, la paga”. Y tiene a su vez su fundamento en un aserto que pretende hacer valer que es así como funcionan las cosas, tanto en el ámbito de la justicia humana como en el de la justicia divina, por así decirlo. Se sustentaría, pues, ideológicamente en la creencia en un principio retributivo que responde a toda mala acción con un justo castigo, ya sea en esta vida o en la otra, tal como se advierte o se intuye en expresiones tales como “Dios castiga sin piedra ni palo” o aquella otra que dice: “No te rías del mal de nadie porque el tuyo viene caminando”. Estos ecos de justicia universal/divina pueden sugerir que el devenir de los acontecimientos y de las actitudes humanas están sujetos a una especie de rueda kármica que gira inexorable proporcionando a cada uno aquello que se merece, al modo en que lo afirman algunas tradiciones orientales. O como se dice inapelablemente: “el tiempo pone a cada uno en su sitio”.

Con ello se invoca la certeza de que ineludiblemente llegará el momento de pedirle cuentas a quien ha llevado a cabo cualquier acto censurable. Sin embargo, la locución “dando brincos” expresa celeridad resolutiva, es decir, que más pronto que tarde llegará la hora de reprender o punir la conducta que presumimos reprobable. Lo que lo que lo sitúa más bien en la esfera de la justicia material y humana.

El niño que no llora, no mama

El niño que no llora, no mama

Canarismos. Suplemento de Cultura de La Provincia sábado 15 septiembre 2018. 

Esta paremia recurre a una imagen universal inspirada en la lactancia. Se basa en un razonamiento argumental que sondea en la propia animalidad que nos identifica como mamíferos. «El niño que no llora, no mama» es quizás la variante más escuchada en las islas. El dicho, de uso más o menos general en distintos dominios del español, cuenta con un refrendo cuasi universal en otras lenguas  («quem não chora, não mama»; «chi non piange, non poppa»; «qui ne demande rien, n’a rien»; «the squeaking wheel gets the grease»…), como tantos otros aforismos. El razonamiento conclusivo recurre a una doble negación con valor asertivo: el que no llora/no mama. Y lo hace a través de dos verbos que definen comportamientos elementales tanto en el neonato humano como en la cría o cachorro en otras especies de mamíferos.

            La acción de llorar aparece como presupuesto necesario en el niño en las primeras etapas de su vida en demanda del preciado nutrimento de la madre. El llanto resulta así una forma de comunicación elemental y primigenia en el ser humano. Este está ligado a una exigencia o requerimiento: se llora fundamentalmente porque se tiene hambre y existe por ende una urgencia de alimento (además de por sueño, frío o cualquier otro malestar que incomoda y turba al recién nacido). Pero sin duda tal exigencia se relaciona en primer lugar con la necesidad primaria de alimento y supone, pues, un reclamo.

            La leche materna contiene los nutrientes y propiedades inmunológicas necesarias para un crecimiento sano en cada individuo. Cada sustancia privilegia aquellos aspectos distintivos en nuestra especie, como la presencia de ácidos grasos que son necesarios para un buen desarrollo del cerebro y, por ende, de las facultades inteligentes que son propias de los  humanos. Aunque ello no nos convierte en seres especiales, pues cada especie a través de la lactancia proporciona a sus crías los elementos imprescindibles para la supervivencia. Esta es la idea que sirve de soporte a la máxima: el llanto conlleva la satisfacción de una necesidad básica. 

            Se relacionan, pues, dos conceptos fundamentales en el comportamiento humano. Uno de naturaleza o características puramente animal que nos identifica como mamíferos (‘mamar’: succionar, comer, alimentarse); y otro, ‘llorar’ (llanto, lamento o quejido),  al que muchos consideran un rasgo típicamente humano y exclusivo de nuestra especie. Exclusividad que estaría por ver. 

            Paradójicamente nos seguimos reconociendo en nuestra condición más animal al invocar este razonamiento elemental que viene reportado con carácter aforístico para indicar que cuando se quiere obtener algo, hay que pedirlo con insistencia y con obstinación, incluso con tenacidad y perseverancia hasta despertar la compasión, la lastima o la ahitera en nuestro interlocutor o benefactor. Como mismo un neonato berrea cuando tiene hambre. Pero se trasciende aquí a la urgencia de obtener el sustento básico. Con esta figura se expresa que para asir las oportunidades que se nos presentan «hay que moverse», actuar, hay que «dejarse ver»; o como concluye otro dicho de similar significado: «el que quiera lapas que se moje el culo».

            «El (niño) que no llora, no mama» viene a concluir un argumento que induce a actuar, a espabilarse, porque «a los bobos se lo comen las moscas»  –reza otro dicho que a menudo acompaña y complementa al anterior–. El verbo mamar tiene aquí un carácter mucho más trascendente a la vocación inicial sobre la que se construye la metáfora. ‘Mamar’ es sinónimo también de «sacar provecho» (ventaja o beneficio), «hincharse», «trincar», «sacar tajada»; incluso en un sentido más turbio, o cercano al ilícito, se puede identificar con «chupar del bote», «mamoneo/mamonear»,  «chascar», entre otras voces que en Canarias, en América y en otros dominios del español se usan para hacer notar que alguien se está beneficiando y obteniendo ganancia o provecho de una situación dada. 

¡Se dijo!

Canarismos

¡Se dijo!

 Luis Rivero . Suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 28 julio

Tratase de un modismo que con el significado equivalente a las expresiones «¡no se hable más!» o «eso está hecho» (y similares) opera en la conclusión de una conversación y confirma que los interlocutores se han puesto de acuerdo sobre algo. En este sentido funciona en cierto modo como una forma de «juramento» o promesa informal. La locución verbal recurre a un modo impersonal,  poco habitual, en voz pretérita. Sin embargo este tiempo pasado proyecta y despliega todo su valor hacia el futuro como un compromiso espontáneo. 

Como fórmula al uso para mostrar acuerdo resalta el valor de «la palabra dada» como constitutiva de obligación. El contexto más propio es la charla informal entre dos o más personas que conciertan alguna acción futura, ya sea próxima o inmediata en el tiempo o más lejana, o ya posea un carácter trascendente o acaso ordinario. A modo de ejemplo: «¿Nos vemos mañana?»/ «venga»/ «¡se dijo!». El «se dijo» tiene así el valor de vinculación recíproca cuando es pronunciado solo por uno de los interlocutores –como suele ocurrir– y el otro asiente tácitamente, no mostrando discrepancia. En ocasiones, sin embargo, obedece a la invitación en forma interrogativa: «¿se dijo?», a la que se responde con una afirmación que sella el compromiso: «¡se dijo!». 

         Este modismo viene usado a veces de forma recurrente como una suerte de coletilla de la que se echa mano con facilidad de manera informal para referirse a cualquier cosa por hacer, pero puede tener también un contenido mucho más trascendente.

         Más allá del acuerdo, expresa la inminencia de lo tratado en la conversación, que lo hablado es cosa hecha. Lo que lo convierte en un modo de subordinación a la palabra dada con efecto de obligación. 

         La fórmula goza –acaso subliminalmente– del valor simbólico de la palabra. Rememora el significado primordial del verbo que evoca con toda sus fuerzas aquel Fiat lux(«Hágase la luz»), en el que las cosas se materializan a través de la palabra («…y la luz se hizo»). Como mismo el hombre de palabra cumple lo dicho.

         En fin, nosotros de momento nos despedimos aquí, pero nos vemos en septiembre: ¡Se dijo! 

 

Donde manda patrón no manda marinero

CANARISMOS

Donde manda patrón no manda marinero

Luis Rivero 20.07.2018 | Cultura La Provincia/DLP

El dicho “donde manda capitán, no manda marinero” es común en diversos dominios del español en el mundo, desde España a Cuba, pasando por Venezuela o Uruguay, entre otros territorios lingüísticos. Se escucha en Canarias también en la versión que dice: “donde manda patrón, no manda marinero”.

Funciona como máxima o principio que se fundamenta en el esquema de una estructura de poder jerárquico. Implícitamente nos reporta a una relación sinalagmática basada en dos conceptos contrapuestos, pero complementarios: potestad/obediencia.

El “donde” indica lugar genérico, determinado o determinable, no tanto entendido como espacio territorial, sino como situación social o relacional. Se inspira en una metáfora de origen marinero, elemento recurrente en nuestro acervo aforístico. Pero esta figura es extrapolable a cualquier ámbito de las relaciones humanas basadas en un orden de subordinación.

El “patrón” se refiere a la persona que en una pequeña embarcación mercante o pesquera está al mando (de “mandar”) o gobierno de la nave y de la tripulación (“marineros”), representando la máxima autoridad a bordo.

El principio de jerarquía en el que se fundamentan las relaciones sociales no difiere, sustancialmente, de los patrones de comportamiento que justifican la organización en determinadas especies animales. El gregarismo en torno al jefe de la manada tiene su justificación primaria en la búsqueda de protección o socorro mutuo en orden a garantizar la supervivencia de la especie; desde la colaboración entre los distintos miembros para asegurar el alimento en la caza, o para defenderse de predadores, hasta el desarrollo de un incipiente y rudimentario “mutualismo” en ciertas especies.

A pequeña escala, tales basamentos se pueden observar en la estructura organizativa y de poder de una nave, con rangos y escalafones propios de una disciplina marcial. Lo que se justifica en la necesidad de garantizar la seguridad de la embarcación, la integridad de la tripulación y llevar a la nave “a buen puerto”.

En su uso más común el dicho actúa como recordatorio o admonición que trata de justificar el orden jerárquico de poder establecido, sin que se entre a cuestionar la legitimidad de la máxima ni su mutabilidad, dando por sentado que así ha sido siempre y así será. De modo que cuando hay una autoridad que ostenta el mando, el subalterno le debe obediencia sin que pueda atender a otras razones.

En ocasiones se recurre al dicho por parte de los propios subordinados como justificación y, por ende, como excusa a la falta de iniciativa frente a cualquier cuestión que pueda comprometer su responsabilidad. “Yo soy un mandado”, se suele escuchar a menudo del operario que se encoje de hombros ante quien lo interpela sobre cualquier cuestión comprometida.

Los pobres con agüita hacemos caldo

Canarismos

Los pobres con agüita hacemos caldo

Luis Rivero 13.07.2018 | Cultura La Provincia/DLP

Los pobres con agüita hacemos caldo

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio. Es esta una observación asertiva seguramente constatada en el curso de la historia de la humanidad. A la cual se le hace responsable de descubrimientos, invenciones y saltos evolutivos en el devenir de la especie. Esta sería sustancialmente la significación primordial de la frase aforística referida. El concepto se refleja de forma más elemental en la comparativa: “es más listo que el hambre” que da cuenta de que la necesidad extrema puede despertar en el menesteroso la sagacidad, agudizando intuición y talento para salir del apuro o superar situaciones de dificultad. En definitiva, el dicho “los pobres de/con agüita/agua hacen/hacemos caldo” viene a hacer notar que cuando escasea o falta el sustento necesario, se ponen en marcha ciertos mecanismos que nos dotan de la habilidad y destreza necesarias para llevar a cabo tareas o a desarrollar aptitudes hasta entonces desconocidas.

Pero si la antropología induce a la conclusión de que el lenguaje es reflejo directo de las dinámicas sociales y de los cambios generacionales, no es menos cierto que la ideología y el pensamiento como parte del imaginario se trasladan a través del vehículo idiomático, y a veces de un modo sutil. Más allá del valor significante primario de la expresión comentada, llama la atención que el uso más común toma la forma verbal de la primera persona del plural del presente de indicativo. Modo este que seguramente la provee de una particular fuerza ideológica que no parece del todo inocua. La expresión “los pobres con agüita hacemos caldo” está dotada de una seña identitaria bien precisa: la pobreza. Condición con la que el hablante se identifica subliminalmente -cuando no asiente conscientemente-.

El binomio escasez/abundancia como mismo: pobreza/riqueza están presentes desde los albores de la historia de la humanidad. Muchas culturas consideran la pobreza como parte inevitable de la imperfección y de la injusticia en la que se sume el mundo. Así hay quienes piensan que se trata de un problema econométrico resoluble sobre el que se puede intervenir desde las políticas públicas. Sin embargo, la pobreza es más una herencia ideológica -que genera a su vez actitudes- que una situación coyuntural o perdurable. Esta concepción doctrinaria se reconoce en otro dicho que repite habitualmente: “dinero llama dinero”; como mismo la pobreza llama a la pobreza, la escasez a la escasez y la abundancia a la abundancia. Buena parte de la responsabilidad sobre la pobreza y sus consecuencias socioeconómicas la tienen las promesas de vida eterna inculcadas durante dos mil años de monoteísmo.

La religiones monoteístas no parece que sean ideológicamente neutras, y mucho menos de efectos “biodegradables”. Las máximas que inculcan perduran -sin solución de continuidad- en el imaginario colectivo. Pasando a formar parte del pensamiento individual y grupal a través de la palabra. Aunque no siempre a los pobres les gusta ser pobres, algunas doctrinas intentan convencerlos de que entrarán en posesión de un legado celeste que superará todas la fortunas de la vida terrena.

Buena prueba de la inexistencia de contenidos asépticos en las doctrinas religiosas la tenemos en la Biblia. Por ejemplo, las voces pobre/pobreza aparecen en torno a las doscientas veces; mientras que las palabras rico/riqueza se mencionan al menos en trescientas cincuenta ocasiones. El término riqueza aparece sobre todo en el A.T. asociado -mayormente- a cualidades loables y positivas. Nos hablan de reyes y patriarcas que son colmados de riquezas y privilegios; o de hombres comunes que son premiados con tales dones. (“Buena es la riqueza en la que no hay pecado, mala es la pobreza al decir del impío; Eclesiástico 13).

Por su parte el N.T. suele identificar la riqueza y a quien disfruta de ella como una condición ligada al mal, a la imperfección y al pecado. (“[?] es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”; Mateo 19). [Quizás haya que buscar aquí el fundamento último del dicho: “gente rica, gente (d)el diablo”].

En fin, lo que pudiera parecer una frase aforística casi trivial que pone énfasis en la vivacidad frente a las dificultades, soslaya un trasfondo ideológico que podría esconder la “reivindicación” virtuosa de la pobreza, y que no parecería casual ni inocente y mucho menos neutral.

Pegarle una quintada (a alguien)

CANARISMOS

Pegarle una quintada (a alguien)

Luis Rivero 06.07.2018 | Suplemento Cultura La Provincia/DLP

Se trata de un modismo en franco retroceso que seguramente el hablar culto y la modernez han hecho caer en el desprestigio. Hoy acaso sobrevive entre determinados grupos de hablantes que ya peinan canas. Pero si la “quintada” como modo de expresión popular ha caído en desuso y ha quedado relegado casi a una rareza que registran las compilaciones de canarismos, no es menos cierto que entre los más jóvenes se escuchan todavía otros modismos populares de valor similar. Son ejemplos: “pegar un trancazo”, “dar el tranque”, “pegar una montada” o “hacerle a alguien una jugada”. Todas ellas formas de expresión sinónimas o similares a la anterior que pueden circunscribirse a ámbitos más amplios de hablantes.

Una “quintada” es un engaño o una mala pasada, una “jugada” que se le hace a alguien no cumpliendo con lo prometido o recurriendo a cualquier argucia con el propósito de embrollar. En un sentido laxo se suele utilizar con el valor de “tranque” o “montada” para referirse a una faena de menor entidad, como por ejemplo faltar a una cita o no aparecer en el momento en que se esperaba.

En cuanto a su etimología, la palabra parece derivar de “quinto” o “quinta” que se refiere a los soldados de reemplazo en el servicio militar obligatorio. [Todavía se escucha de nuestros mayores expresiones tales como: “Fulano es de mi quinta” para decir que son coetáneos o que “sirvieron” juntos, es decir, que fueron conmilitones durante el servicio militar]. El Diccionario recoge “quintada” como broma humillante que los soldados más veteranos gastan a los reclutas. En sentido similar lo registra Guerra en su Contribución al léxico de Gran Canaria. No obstante, el uso más común que conocemos es el de ‘engaño’, ‘artimaña’, ‘martingala’ o ‘mala jugada’ (por utilizar un pleonasmo usual)

La locución “pegar una quintada” (a alguien) recurre al verbo ‘pegar’ con el significado de ‘dar’, ‘hacer’ o ‘perpetrar’ para señalar a quien es objeto o a quien lleva a cabo un engaño, encerrona o fraude. Cuando se dice que “fulano me dio una quintada” para referirse a quien ha faltado a la palabra o recurrido al engaño implica -en una suerte de código de valores idiomático- que esa persona ha dejado de ser fiable y atendible, cayendo en el desprestigio social. Así viene tachado de “chafalmeja” (que se refiere a una persona de conducta informal e irresponsable) y en el peor de los casos, puede ganar fama de golfo o “palanquín” (del que ya se sabe “de qué pata cojea”).

Con carácter más laxo es de uso general la expresión: “¡Fuerte montada!” o “¡Si no’s montada esa!” que puede expresar ironía o sorpresa al descubrirse la faena que le acaban de hacer a uno o cuando alguien se lleva un chasco.

En sentido afín se escuchan las expresiones construidas con el verbo “embarcar” o el sustantivo “embarque”. Se usa indistintamente cuando a uno lo embaucan o lo enrollan y lo meten en un apuro o dificultad -contra su voluntad o por habérsela buscado- de cuya situación no sabe bien cómo salir. “¡Fuerte embarque!” o “¡ya me embarcaron!” son expresiones al uso cuando se descubre la situación de la que se desconocían las consecuencias. Las voces embarque/embarcar se emplean -creemos- en el sentido figurado de “embarcarse”, que en el español de Canarias, entre otras singulares acepciones, guarda el sentido de emigrar o embarcarse para América. Empresa -otrora- aventurada que no ofrecía demasiadas garantías de acabar bien. De ahí -probablemente- que cuando alguien se ve “cogido” por sorpresa o lo “dejan tirado” ante una situación de dificultad es como si lo “embarcaran”. Entonces suele exclama: “¡Si no’s embarque este!”.

Un andancio que anda por ahí

CANARISMOS

Un andancio que anda por ahí

Luis Rivero 29.06.2018 | Cultura La Provincia

De entre los numerosos arcaísmos del castellano que subsisten en el español hablado en Canarias, nos encontramos con esta rareza: “andancio”. El Diccionario lo registra esta voz como enfermedad epidémica leve. Otros léxicos se refieren a una enfermedad ligera que aparece en determinadas estaciones del año. O lo definen como: malestar o indisposición de actualidad; contagio o nombre popular de una enfermedad. Con todo se puede decir que se trate de una epidemia -generalmente de gripe, por ser lo más común, aunque puede ser cualquier otra dolencia- casi siempre estacional y que no reviste especial gravedad. Como arcaísmo lo localizamos al menos en León y Salamanca; y también en Cuba -además de Canarias-. El Diccionario de americanismos lo sitúa en el hablar popular y culto de Venezuela en forma femenina: andancia, como síntomas de alguna enfermedad leve. Guerra lo recoge en su Contribución al léxico de Gran Canaria como andancio/andansio: enfermedad virulenta, epidémica. El DRAE, en cuanto a su etimología, señala “andancio” como procedente ‘de andar’. Hay quienes apuntan a la voz portuguesa andaço o del gallego andancio, con origen o influencia del verbo ‘andar’. En algunos pueblos de Gran Canaria se usa todavía como expresión en reducidos grupos de hablantes: “eso es un andancio que anda por ahí”/ “eso es un andancio que hay par’a(h)i”(: por ahí). La expresión un “andancio que anda” parece dotar a la enfermedad en cuestión de la propiedad de desplazarse, para expresar que se propaga, se extiende, que va de un lugar a otro. Lo que representa figuradamente una idea que no deja de ser curiosa: la enfermedad como algo con capacidad de movimiento.

Un elemento peculiar de algunas lenguas es la categorización de los seres en animados e inanimados. Esto se realiza conforme a patrones culturales, especialmente derivados del pensamiento mítico y mágico, más que a determinantes universales de carácter biológico inherente a las cosas nombradas. Por poner un ejemplo desde el campo de la antropología lingüística, en las lenguas habladas por algunas tribus o pueblos nativos de América, ciertos elementos como el fuego, los astros, e incluso la enfermedad son concebidos como fuerzas naturales y se agrupan en una clase especial de seres animados, al igual que los espíritus que gobiernan a los hombres.

Sabemos que la condición de seres animados viene determinada originariamente -como bien indica la etimología de la palabra: del lat. ‘animare’- por estar dotados de movimiento. Esta idea parece subyacer en la concepción aristotélica de la clasificación de los “mundos” o “reinos”, al menos en su origen. Es decir, la distinción esencial entre seres animados e inanimados no está tanto en estar dotados o no de un “ánima”, ‘alma’ -como afirman las doctrinas teológicas posteriores- sino en la capacidad o predisposición al movimiento. Así las cosas, el concepto no resulta del todo extraño si se considera que la enfermedad epidémica se transmite (del lat. transmitt?re;’trasladar’,’transferir’) de una persona a otra y esto implica, en cierto modo, movimiento.

“Un andancio que anda por ahí” se presenta como una frase hecha de carácter predictivo/informativo. Sirve para predecir un fenómeno que ocasional o estacionalmente aparece con carácter epidémico en la población. En tal caso puede considerarse un vaticinio cuando actúa en un plano exclusivamente teórico. Pero también puede tener un valor informativo cuando en boca de nuestros mayores se afirma con fundamento, basado en la propia experiencia vivid. (“Eso es un andancio que anda por ahí”). Se trata de una expresión hoy en retroceso o en casi total desuso -quizás identificada como “poco elegante” y propia de gente del campo, cuando en realidad puede considerarse más bien un cultismos antiguo- y ha sido progresivamente sustituida por otra más “fina”: “eso es un virus” (para referirse a la causa u origen, al síntoma o a la enfermedad, indistintamente). Que dicho así, como se suele escuchar por ahí, se ampara, más que un conocimiento médico preciso, en una conjetura pseudocientífica.

Parece que no moja y empapa

CANARISMOS

Parece que no moja y empapa

Luis Rivero 15.06.2018 | Suplemento Cultura de La Provincia/DLP

La expresión la escuchamos sobre todo en Gran Canaria y Tenerife, entre otras islas, y del otro lado del Atlántico parece localizarse también en Cuba y Venezuela con idéntico significado. En sentido literal hace referencia a la lluvia fina y continua, casi imperceptible, pero que termina calando hasta los huesos. A esta llovizna se le denomina de diversas maneras en cada isla, conforme a las características y singularidad del fenómeno. También ha dado lugar a la construcción de verbos específicos para expresar la acción de los distintos tipos de precipitaciones. Así por ejemplo se le llama: ‘garuja’ o ‘garujeo’ (verbo: ‘garujar’, ‘garugar’ o ‘garujiar’); ‘posma’ o ‘posmita’ (‘posmear’); ‘sorimba’ (‘sorimbar’); o ‘chubascar’ o ‘chubasquiar’, ‘sereno’, ‘peluja’, y un largo etcétera.

Toda esta serie de hipónimos utilizados para conceptualizar y nombrar ya sea la lluvia, un tipo de llovizna característica y otros fenómenos meteorológicos afines en sus distintas categorías se construyen a través de una motivación. Esta puede ser fonética (onomatopeya) como por ejemplo: “chipichipi” [probable origen onomatopéyico relacionado seguramente con el verbo ‘chispear’ o ‘chispiar’] como se llama en las islas a la lluvia muy menuda que cae con suavidad, pero de manera continua; puede tener igualmente una motivación morfológica (ya sea por derivación, composición o acronimia) como por ejemplo: “maresía” o “marismo” [derivado del morfema ‘mar’] y que se llama en algunas islas al aire cargado de humedad marina en las zonas cercanas a la orilla del mar; o ya sea por derivación semántica (metáfora o metonimia), como por ejemplo: “rocío” como se conoce en Gran Canaria a un chubasco de intensidad regular [del verbo “rociar”]. Estas motivaciones conforman en su origen el punto de vista del observador/hablante que subraya algún rasgo descriptivo del fenómeno o hecho observado para nombrarlo. Construcciones que en su significado primario funcionan como apreciación empírica sobre el fenómeno atmosférico en cuestión y se relacionan, por tanto, con las paremias meteorológicas o cabañuelas (barruntos o “aberruntos”), para así advertir -casi siempre- las consecuencias de esta llovizna fina, menuda, que “parece que no hace nada”, pero acaba “enchumbando” o “ensopando”.

Al mismo tiempo, la metáfora meteorológica “parece que no moja y empapa” se utiliza en sentido figurado para referirse a alguien apacible, aparentemente manso, poco llamativo o de poco ánimo que al final se revela como una persona llena de virtudes, eficiente y de encomiable entrega en las tareas que acomete. Cuando tales habilidades resultan desconocidas y acaba sobresaliendo inesperadamente y sorprendiendo a todo el entorno, se suele expresar: “míralo a él, parece que no moja y empapa”. Expresiones similares resultan: “parece que no mea y echa un buen chorro”, que igualmente se dice en algunos lugares de las islas de una persona que parece timorata y apocada, y que en realidad resulta ser todo lo contrario; o “el que menos mea, hace un charco”. O frases afines que acompañan a las anteriores como comentarios que complementan aquella opinión: “y parecía bobo cuando la compraron”, que su utiliza en ocasiones para expresar sorpresa.

Barco varado no paga flete

CANARISMOS

Barco varado no paga flete

Luis Rivero 09.06.2018 | Cultura La Provincia/DLP

De entre los varios dichos de origen marinero o inspirados en ambientes de los hombres de la mar, este se localiza en algunas islas y al otro lado del Atlántico -al menos, en Cuba- amén de en otros dominios del español donde presenta otras variantes. La expresión “barco varado no gana flete” o “barco parado no paga flete”, según las distintas versiones que se escuchan, recurre a dos términos claves, y potencialmente contrapuestos, propios del argot marinero: “varado” y “flete”. “Varado” es participio del verbo varar y -como es sabido- expresa cuando la embarcación es arrastrada hasta la playa buscando refugio ante las inclemencias meteorológicas, de la resaca o de los golpes de mar. Es sinónimo de estar parada en la orilla del mar, en seco. “Flete”, por su parte, se le llama al alquiler de un barco o navío -y por extensión de otros medios de transporte- y en ambientes marinos y mercantiles, también se refiere al precio que hay que pagar por este alquiler, y por ende se ha hecho extensiva -por metonimia- a la carga que transporta el barco.

Expresiones idiomáticas, metáforas e idiolecto en general suelen estar íntimamente ligadas a la cultura, la ideología y al imaginario colectivo. Así conforman una especie de constructo lexical, elaborado en la praxis, que actúa a modo de moderno “manual de autoayuda”, por recurrir -si se me permite- a una expresión contemporánea al uso.

El dicho en cuestión se recrea en una metáfora propia de la actividad naviera o de la cultura o ambientes marineros, formando parte del elenco de figuras alegóricas que recurre a oficios artesanales y actividades humanas o económicas para expresar cualidades, actitudes y situaciones de la vida cotidiana o del trabajo. Con tales elementos se configura una sentencia de pedagogía elemental que afirma que la inactividad no genera beneficio alguno. Con ello se censuran la pasividad y la pereza, e implícitamente se insta a ser diligentes y “productivos”. No parece del todo casual la elección de la imagen del barco varado para expresar inactividad u ociosidad si se considera además que la simbología antigua -a un nivel elemental- asimila en ocasiones el barco al cuerpo humano.

Son varias las expresiones que recurren a metáforas similares, tales como: “estar en el dique seco” que se refiere a cuando alguien no lleva a cabo actividad ocupacional o laboral alguna, de sólito involuntariamente o forzado por las circunstancias. O aquella otra expresión majorera que dice: “llevar una buena varada” que igualmente echando mano de una locución marinera viene a significar cuando alguien lleva tiempo parado, sin hacer nada, ya sea debido a una enfermedad o a otro impedimento.

El dicho “barco varado no gana flete” puede invocarse en alusión a alguien que “trabaja en la cuerda floja”, es decir, a quien habitualmente “no da un palo al agua” y se entrega pertinazmente a gandulear. En ocasiones puede referirse a una actividad económica en sí misma considerada que se encuentra transitoriamente cerrada o sin producir. Pero también puede predicarse como máxima que con carácter o intención general elogia el trabajo y la actividad provechosa frente a la inmovilidad; y singularmente como reproche a una persona vaga u holgazana en el trabajo. Es decir, a quien se entretiene en exceso con una minucia o labor menor para escaquearse y “hacer argollas”. Aunque también es cierto que a veces puede servir de pretexto al capataz o al patrón para “sacarle el cuero a alguien” (explotar a una persona de mala manera o aprovecharse abusivamente de ella)

Hay que echarle de comer aparte

CANARISMOS

Hay que echarle de comer aparte

Luis Rivero 02.06.2018 | Suplemente de Cultura de La Provincia/DLP

La expresión en castellano “hay que darle de comer aparte” -de etimología imprecisa- parece haberse acomodado en el español de Canarias adoptando una variante y un matiz significante peculiar. Se trata de una de esas expresiones populares que recurre a una especie de eufemismo para precisar una actitud negativa determinante como definidora del mal carácter de un individuo. “A ese hay que echarle de comer aparte”. En ella se recurre a la locución verbal “echar de comer” que en el español de Canarias -al menos- viene a definir el acto de alimentar a las bestias y animales domésticos en general. “Se echa de comer” a los animales, mientras que a las personas “se les da de comer” o “se les pone de comer”. Esta diferencia en el uso de distintos verbos o locuciones verbales específicas para identificar la acción de ofrecer alimento a personas o animales es común a varias lenguas.

Las metáforas de animales y comparaciones con objetos y utensilios del imaginario rural parece ser una característica en las lenguas románicas. Esta tendencia a las metáforas y a la “animalización” de las personas a través de expresiones que tratan de definir comportamientos, tipologías de individuos o características determinantes de estos resulta un recurso usual en el español hablado en Canarias, aunque no exclusivo de este. Las construcciones que recurren a la “animalidad” para fijar un determinado concepto sobre la base de una serie de rasgos típicos del modelo referencia pueden sugerir una especie relación “totémica” que trata de expresar por emulación el elemento característico. En esta suerte de “fabulación” de dichos y expresiones se extrapolan gestos, aspectos y actitudes propias de los animales como elementos definitorios del comportamiento humano individual o grupal.

Se recurre así, de sólito, a locuciones verbales comparativas que reseñan una peculiaridad o atributo definitorio al que se asocia el animal en cuestión en el imaginario popular. En las islas podemos escuchar expresiones tales como: “comer como un cochino” para definir el apetito voraz de un individuo y la falta de refinamiento o modales en este acto; “estar gordo como una tonina” para referirse a una persona extremadamente obesa [la tonina es una especie de delfín común en las aguas canarias, y figuradamente ha pasado a ser sinónimo de persona muy gruesa]; “estar armado como un burro”, frase que haciendo referencia a la especial lozanía de la que tiene fama este animal, se sugiere cuando el varón da muestras de especial vigor sexual; “ser más puta que las gallinas” que juzga -siempre sobre la base de parámetros “androcráticos” presentes en el idiolecto de referencia- la actitud “fácil” o “ligera” de la hembra con especial predisposición a mantener relaciones sexuales “abiertas”, por así decirlo; “estar caliente como un macho” que se dice de alguien que está enfurecido o colérico, parangonándolo a las malas pulgas que se le atribuyen al macho cabrío; la frase “estar flaco como un podenco” se usa para definir la excesiva delgadez de una persona; o “estar enguirrado” para referirse a alguien cuando está engurruñado, encogido, flaco, menudo o bajo de tono por el frío o por una enfermedad. Ciertas actitudes de las mencionadas han cristalizado por asimilación en un verbo que define el rasgo determinante del animal modelo de referencia. Son ejemplos los términos: “encabronarse” para referirse al acto de enojarse o enfadarse aireadamente; “encochinarse”, estar muy enfadado hasta el punto de mostrarse intratable; o “amularse” para significar el enfado y obstinación solapadas, generalmente guardando silencio en actitud de recelo.

Algunas de estos verbos de comportamiento animal asimilado ayudan a precisar el significado de la expresión “a ese hay que echarle de comer aparte”, pues en cierto modo definen rasgos o actitudes de quien resulta intratable por estar normalmente encochinado, o por su carácter y modales particularmente rudos, poco sociable y nada educado, o acaso propio de la persona hosca, arisca y poco fiable. A veces se escucha: “¿Eso? ¡Eso es un animalito!” (en ocasiones se usa la forma neutra del pronombre, lo que hace que el sujeto reste en la indefinición, como si fuera una cosa)… “A ese hay que echarle de comer aparte”, que es lo mismo que decir que es una auténtico “animal” -metafóricamente hablando- que no sabe comportarse, que es intratable o no es de fiar, porque se puede “revirar” en cualquier momento.