Abierto como una jarea y otras expresiones animalizadas (y IV)

Luis Rivero en el Cultura de La Provincia DLP 15.02.2020

Son abundantes las metáforas zoológicas, eufemísticas o disfemísticas –dependiendo de la intención y entonación en que se exprese el hablante–, referidas a la obesidad, la vida disoluta, mal carácter, ánimo libidinoso, actitudes vitales, comportamientos, etcétera. Como hemos dicho, casi siempre observan una forma comparativa en sus distintos grados y mencionan a un animal común del entorno rural o doméstico que simbólica o subliminalmente evoca en el oyente un carácter o comportamiento típico o arquetípico. 

Aun cuando los cánones estéticos socialmente aceptados puedan cambiar con los tiempos, en determinados ambientes, las personas obesas son objeto de burla o escarnio, recurriéndose a menudo a referentes animales que pueden provocar aversión o a expresiones peyorativas.  Como por ejemplo, «estar gordo(a) como un(a) cochino(a) para referirse a alguien muy obeso [a veces se usa la forma femenina para el varón con el ánimo de rebajar o denigrar más aún]. Más inocua resulta, por el aire festivo que se le suele imprimir, la comparativa: «estar gordo como una tonina» («tonina» se le llama en las islas a especie de delfín). O para definir el carácter áspero e intratable de una persona se dice que «es arisca como una camella» o «resabiada como una mula». Lo mismo que del individuo cansino y majadero se dice que «es más impertinente que una gallina clueca». Además existen una serie de expresiones con significados afines por la similitud de las actitudes a las que se refiere. Por ejemplo, se puede «ser más pesado que una vaca en brazos», aludiendo a una persona molesta e impertinente que puede resultar agotadora; lo mismo que «pegarse como un piojo», que se dice cuando no nos podemos quitar de encima una compañía indeseada, o «ser más malamañado que un cochino bajo el brazo» para expresar que alguien tiene un carácter difícil e indómito. 

En otras ocasiones el lenguaje resulta punzante y soez con determinados comportamiento licenciosos cuando tienen a la mujer como protagonista. Nos referimos a expresiones tales como «es más puta que las gallinas», para reprender una actitud disoluta. Gran parte de estas metáforas zoológicas observan sin embargo un tono irónico y festivo. Para expresar el carácter avispado y astuto de una persona existe un buen repertorio fraseológico. Se puede «tener más mala idea que un gato ciego/ o que un cuervo» o «ser un pájaro pinto», lo mismo que «tener más ideas que un perro viejo/o ser (un) perro viejo» («ese es perro viejo») o «saber más que los ratones colorados», que indistintamente se usan para definir a alguien taimado, listo, «zorro», que es muy advertido o perspicaz. En cuanto a hábitos cotidianos, se puede «ser como un perro callejero», para referirse a quien le gusta estar todo el día en la calle, o  «ser/acostarse como las gallinas» que se dice de quien tiene por costumbre recogerse en casa e irse a la cama muy temprano. 

A veces la referencia a un mismo animal puede derivar en significados distintos. Así cuando escuchamos decir de alguien que «está dando brincos como un baifo»  no es lo mismo que «estar como una baifa». Lo primero es saltar de manera alocada y eufórica, (como los chiquillos cuando salen al recreo); mientras que lo segundo se usa para referirse a alguien que «está medio loco», «medio chiflado» o que «está como una cabra jarta (de) papeles» (o «como un cencerro»). Tampoco es lo mismo «ponerse como un gallo quíquere» que «ser un gallo tapa(d)o». «Ser un gallito/o un gallo quíquere» se dice del «fosforito», de alguien que se enciende apenas lo provoquen [un «quíquere» se refiere también a un hombre poco corpulento pero agresivo y «malamañado»]. Mientras que “un gallo tapado” es la persona cuya habilidad y destreza en un determinado oficio, arte o actividad son desconocidas hasta que nos sorprende en un momento determinado, cuando se “destapa”. Y ya que hemos hablado de gallinas, de gallos y de quíqueres, también hay que decir que se puede «estar desplumado como un pollo» para significar que se está sin dinero. 

En cuanto a expresiones que definen movimientos o posturas características que pueden considerarse como signos del lenguaje corporal, podemos escuchar «dar saltos como una alpispa» que se dice del caminar nervioso, vivaracho, de alguien con mucho «jirivillo»; pero también se puede estar «escarranchado como un lagarto» o «abierto como una jarea» para indicar la forma de sentarse, plácida y despreocupada, con las piernas muy abiertas y que en ocasiones insinúa holgazanería. Lo mismo que se puede estar «trabajando como un burro» para significar que se trabaja duramente y sin descanso, como hay quien «da vueltas como un conejo cansado» que se dice de alguien que no hace nada, pero aparenta estar activo («haciendo argollas»), o incluso hay quien se siente «más feliz que un cochino en un charco».

Engodar y otras expresiones animalizadas (III)

Luis Rivero en Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP sábado 8 febrero 2020

«Cuando los animales hablaban» es un dicho usado en algunas islas para referirse a tiempos remotos. Si bien aquí no hablamos de animales que hablan, sino de comportamientos humanos que se definen por comparación con el mundo animal, la cuestión viene también de viejo. Sus antecedentes se remontan, al menos, a un procedimiento original ideado por Sócrates, pero con mayor presencia en Platón (La República), en el que se define el alma de las personas por similitud con rasgos o actitudes animalescas. Pero este simbolismo animalistase se viene manifestando desde antiguo, sin solución de continuidad, en la mitología y en toda la tradición fabulística.

Nos hemos referido a un grupo de verbos con epónimos animales que expresan metafóricamente caracteres o rasgos definitorios elementales, propios del animal, para describir tipos comportamentales humanos; v.gr.,  «engatusar» que –aunque no exclusivo del español de Canarias, es una expresión recurrente en las islas– que recordándonos la actitud zalamera del gato viene a definir la estrategia de quien con halagos y adulación trata de conquistar a alguien para obtener algo. Asimismo nos hemos referido a los infinitivos que nombrando un comportamiento propio o relacionado con un animal, no derivan del epónimo animal de referencia. Es el caso, entre otros, de «engodar» que en sentido recto significa ‘atraer al pescado con engodo’ («engodo»: ‘cebo’ o ‘carnada’), mientras que en sentido figurado define la actitud de quien intenta ganarse las simpatías o favores de alguien mediante atenciones o lisonjas (esto es, «engatusando» o «engodando»). 

Pero existe también un buen número de expresiones metafóricas que en forma comparativa tratan de poner de relieve un elemento característico de un animal para definir el aspecto físico, hábitos de conducta, carácter o actitud de un individuo. Estas expresiones pueden describir estados físicos, como por ejemplo: «estar cansado como un perro» que traslada la imagen cansina del animal echado para expresar la fatiga o extenuación en un individuo; «estar más flaco que un pejín» («pejín» es un ‘pescado pequeño y menudo’ como la sardina o el longorón) para expresar la extrema delgadez o aspecto enjuto de alguien; en el mismo sentido: «estar flaco como un podenco» o «flaco como un hurón». 

Para referirse a los estados de enamoramiento y libidinosos existen también varias metáforas zoológicas, como «estar enamorado como un burro», que aludiendo a la fama de permanente celo y lozanía de este animal se dice del varón que está muy enamorado o encelado. O «estar como los gatos en febrero y marzo», para definir la propensión exagerada al deseo sexual en el varón, lo mismo que «estar caliente como una gata en febrero» para referirse a la mujer. «Estar como un bardino en orilla» se dice (en Fuerteventura) del hombre sexualmente ávido o «estar como un macho amarrado»; o también podemos escuchar: «estar armado como un burro» para referirse jocosamente a cuando el varón da muestras de excitación y evidente vigor sexual.

Sobre las maneras de comer se dan distintos registros que tienen como punto de referencia los hábitos de animales en cuanto al modo de ingerir alimentos. De manera que nos podemos «hartar como una panchona» cuando comemos hasta la saciedad o, por el contrario, se puede «comer menos que un gato viejo», que  evocando a la inapetencia de estos felinos cuando envejecen se alude a la persona desganada o de poco comer. Y lo mismo se puede «comer como un cochino», con referencia al apetito voraz y desmesurado de este animal que se compara con la glotonería y los malos modales en la mesa, que «comer como un pajarito» para, por extensión metafórica, retratar a la persona que come muy poco. Y hasta las maneras de morirse son objeto de metáforas zoológicas. Entre las expresiones «necrozoológicas» más recurrentes encontramos la que dice: «se murió como un perro». Llama la atención, acaso invocando subliminalmente la muerte desdichada de un animal abandonado o en pésimas circunstancias, de cuanta desazón y desagrado pueda provocar la agonía de una persona marcada por inhumanas condiciones de abandono, desdicha, enfermedad o sufrimiento. Por el contrario el símil «morirse como un pajarito» transmite la ternura y lástima que nos invade ante la contemplación de la muerte de una criatura frágil e indefensa. 

Engrifarse y otras expresiones animalizadas (II)

Luis Rivero en Suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 1 febrero 2020

Dentro de la tendencia a la metaforización «zoológica» que representan las expresiones animalizadas, existe otro grupo de verbos que refieren actitudes y características animales y que no siempre derivan del epónimo animal al que se refieren, sino que pueden indicar gestos, posturas corporales, hábitos de comportamiento o sonidos que emiten los animales. Así por ejemplo, entre los que expresan reacciones, gestos o actitudes agresivas tenemos las voces: «engrifarse», «revirarse», «embriscarse», «emperruñarse» o «enrabiscarse». «Engrifarse» es la reacción o actitud defensiva de ciertos animales («engrifarse como un erizo/o como un gato») y que metafóricamente se dice de una persona cuando se ‘rebela’ o ‘se vuelve contra alguien’. En sentido similar se usa «revirarse» («revirarse como una morena», que de repente se puede mostrar agresiva y peligrosa) para expresar en sentido figurado el ‘cambiar improvisamente de idea o parecer’, ‘volverse en contra’ o ‘enfadarse aireadamente’. Por su parte, «embriscarse» es la actitud por la que el animal da signos de disponerse a atacar, a acometer por estar rabioso o enfadado y por extensión semántica se refiere también a las personas (los animales cuando muestran esta actitud amusgan las orejas a modo «de advertencia»); mientras que «emperruñarse» es ‘estar rabioso’, iracundo (de ‘rabia’, enfermedad de algunos animales, en particular de los perros, que hace que se muestren muy agresivos); en sentido similar «enrabiscarse» (de ‘rabisca’ y esta de ‘rabia’).

Por otra parte, se llama «amorrarse» a la actitud del animal de agachar la cabeza (el morro), y por extensión se dice de la persona que a semejanza de un animal se muestra cabizbajo, sin hablar, como si estuviera «amulado», significa ‘entristecerse’, ‘mostrarse taciturno’. Cuando se dice de alguien que está «empollinado» (de «empollinarse») se hace referencia, en sentido literal, a la postura corporal de la gallina al ‘empollar’. Por aplicación metafórica se dice de la persona cuando está encuclillada, sentada o en posición cómoda sin hacer nada, y por extensión es sinónimo de ‘gandulear’. [Indistintamente se usa con el mismo valor: «repoyinarse»]. Como mismo la postura de la gallina sugiere un comportamiento, otros verbos animalizados definen rasgos del aspecto físico. El del guirre sugiere una constitución endeble. Se usan las expresiones «enguirrarse» o «estar enguirrado» para referirse a la persona cuya presencia nos hace recordar la apariencia enjuta y lánguida de estas aves y que permanece «enguruñada», baja de tono por una enfermedad o del frío. Cuando se ve a alguien después de cierto tiempo y presenta un aspecto desmejorado, envejecido o cascado, se dice que está «acabronado» [si se trata de una mujer sin embargo se usa el participio «estropeada», que resulta más decoroso]. Para definir el aspecto de alguien que tiene la cara muy alargada se usa el participio «ahuronado» (rostro como un hurón). Y hablando de hábitos de conducta humana se dice «enchiquerarse» (de «chiquero», ‘pocilga’) para referirse a alguien que pasa mucho tiempo enclaustrado, sin salir de casa; o en sentido similar «engorarse» (de «goro» corral de piedras en forma circular para encerrar principalmente a los animales), «enratonarse» o «engallinarse» (que se dice de quien se pasa el día metido en casa como las gallinas, con pocos ánimos y sin ganas de salir). Siguiendo con los verbos animalizados que expresan conductas, «alaparse» (de lapa) es, en sentido literal, «pegarse como una lapa» que por aplicación metafórica define a una persona «pegajosa» («pegoste»), molesta y majadera hasta el punto de no apartarse de uno. Cuando alguien se acobarda se dice que está «aconejado» (de  «aconejar» derivado verbal de conejo), porque recuerda a un conejillo que huye asustado («juyó como un conejo»). Y para definir cierta conducta eufórica se dice «alpizparse» que significa entonarse con copas y mantener una conversación animada a causa de la desinhibición provocada por el alcohol. Deriva de la voz canaria «alpizpa» que es un pájaro saltarín, y figuradamente se dice del hombre o mujer de actitud vivaracha que recuerda el andar desenvuelto de este animal. En cuanto a expresiones onomatopéyicas relativas a las voces animales, se le llama «aberrear/berrear» al acto de dar «aberridos» o berridos como un becerro. Por aplicación metafórica se usa en el sentido de encolerizarse y dar gritos en señal de enfadado o, por extensión, llorar o gritar desaforadamente o cantar desentonando. 

Encochinarse y otras expresiones «animalizadas» (I)

sábado 25 enero 2020… Luis Rivero en suplemento de Cultura La Provincia/DLP 

Una de las singularidades léxicas más curiosas del español de Canarias son las metáforas construidas mediante verbos y locuciones verbales para expresar características y conductas humanas  animalizándolas. Nos referimos a la formación de derivados verbales (con los prefijos en/em a) a partir del nombre de un animal, como por ejemplo: enconchinarse, emperrarse o amularse (derivaciones de los sustantivos: cochino, perro o mula). Estas construcciones  que recurren a la «animalidad» para fijar actitudes y rasgos determinantes representan en cierto modo una especie de relación «totémica» que por emulación trata de reproducir los elementos definitorios del comportamiento animal. En su origen la palabra «tótem» en lengua ojibwa tiene el sentido de relación entre personas, es por tanto un concepto de orden sociológico y relacional. Algunos de estos grupos nativos están organizados en clanes y tienen como epónimos nombres de animales que identifican al clan. Una interpretación espuria del significado es lo que llevó a J. Long, uno de los introductores del concepto en la antropología occidental, a confundir dos instituciones distintas, cuales son la división de los grupos humanos en clanes y la posesión de un espíritu tutelar, muy extendida entre los nativos de América del Norte. Y es este el significado que ha sido adoptado por la antropología en Occidente. No obstante, si atendemos al sentido originario del término que implica los conceptos «relaciones grupales» y «animales» como epónimos identitarios de las personas, no resulta del todo desatinado hablar de una suerte de «relación totémica» al definir este tipo de expresiones que recurren a un animal a partir del cual se construye una forma verbal o una expresión con la que nombrar comportamientos típicos y arquetípicos en los humanos. 

Aunque no es un rasgo exclusivo del español de Canarias, sino una figura metafórica común a las lenguas romance, en las islas abundan las metáforas «zoológicas» que en forma comparativa describen comportamientos humanos [ v.gr.: «calentarse como un macho», por citar alguna expresión ya comentada en estas páginas] amén de verbos  y locuciones verbales «animalizadas». Estas expresiones se encuadran dentro de la tendencia general a construir metáforas  a partir de elementos del imaginario rural y doméstico, entre los que destacan especialmente los animales. Frecuentemente adoptan un sentido jocoso y burlesco que en ocasiones puede llegar a rozar el escarnio. Muchas veces se pone énfasis en las comparaciones hiperbólicas para expresar o resaltar algún vicio o rasgo caracterial negativo. En tal sentido, las expresiones comparativas animalizadas buscan definir disfemísticamente la realidad, esto es, de modo peyorativo o con la intención de rebajar la categoría del sujeto al que se refieren, aunque a veces la aspereza se distienda por el tono jocoso en que se expresa.

Existe un grupo de verbos en infinitivo y participios (de pasado) que funcionan como adjetivos y que identifican algún rasgo predominante y definitorio (a veces arquetípico) del animal del que toma el nombre. Son los casos de: «encochinarse/encochinado» (de cochino) y que se refiere a una persona grosera y de malos modales, en cierto modo intratable, y por extensión significa ‘enfurecerse aireadamente’ perdiendo la compostura; «amularse/amulado» (derivado de mula) que aludiendo al carácter tozudo con el que se identifica a este ungulado («terco como una mula») define la conducta de quien se enfada y mantiene un obstinado silencio en actitud de recelo; «emperrarse/emperrado» (de perro) como el can que agarra un hueso y no lo suelta es la actitud de quien se encapricha con algo hasta coger una rabieta; «encabronarse/encabronado» (de cabrón, macho cabrío) hace referencia al carácter brioso de este animal para definir la actitud de quien se irrita y se pone furioso (de ahí la expresión «calentarse como un macho»); «embaifarse/abaifarse/abaifado» (derivado de baifo) por alusión a la actitud de las crías de la cabra de acusada dependencia de la madre y metafóricamente se dice de la persona desganada, amodorrada;  «emborregarse/aborregarse/aborregado» que hace referencia al carácter gregario de estos animales para definir el comportamiento de apego excesivo a las personas o las cosas, o a permanecer obstinadamente en una situación de la que no se obtiene provecho alguno. 

Una para saber y otra para aprender


Este dicho que funciona a modo de máxima relaciona dos concepto que vienen asociados al proceso pedagógico del aprendizaje. Los infinitivos «saber» y «aprender» van de la mano en este proceso como estadios sucesivos en el mismo. El «saber» equivale a ‘conocer’ y se refiere al conocimiento adquirido por el sujeto (pasivo); voz que se relaciona con «enseñar», mostrar cómo se hace algo, instruir desde el punto de vista del sujeto activo o «instructor». «Aprender», por su parte, es un término que se refiere a un proceso interno del sujeto que recibe el enseñamiento; se identifica con la interiorización o asimilación de los conocimientos mostrados o de la información recibida. Sería la parte conclusiva de todo el «procedimiento de enseñanza-aprendizaje» mediante el cual hacemos nuestro ese saber. Este proceso va íntimamente ligado a la repetición y a la reproducción por emulación. El dicho tiene un carácter universal y se aplica a casi todo y en cualquier disciplina o actividad porque, como bien se dice: «nadie nace sabiendo». Se usa como máxima pedagógica que pregona o alecciona sobre la manera en que se aprenden las cosas;  asimismo puede ser invocado como justificación o excusa de quien, por impericia o desconocimiento, es incapaz de desenvolverse o reproducir cualquier  procedimiento técnico, intelectual o manual, por sencillo o complejo que sea. También puede recurrirse a este como sentencia conclusiva ante «una lección» aprendida en cualquier ámbito de la vida cotidiana. Por ejemplo, cuando ante una determinada actitud o comportamiento existen unas expectativas, pero el sujeto en cuestión sufre un desengaño o decepción. En tal situación se suele exclamar: “una para saber y otra para aprender” (aunque en ocasiones hemos escuchado: “una para saber y para aprender”, para enfatizar que ha bastado una sola vez para aprender la lección). 

Se registra otra variante del dicho: “una para ver y otra para aprender” que identifica el valor de los verbos “ver” y “saber”, pues es saber común en estas cosas que «el que no sabe es como el que no ve». Detrás de la aparente banalidad de la expresión se esconde un cierto rigor científico que no deja de sorprendernos. Refiérese el dicho a la pedagogía que se basa en mostrar cómo se hacen las cosas, para así, a través de la imitación, aprender de la propia experiencia práctica. Este procedimiento pone énfasis en la secuencia de repeticiones y la imitación como  mecanismo de aprendizaje natural y eficaz para consolidar los contenidos a asimilar en cualquier ámbito. La práctica y la secuencia de repeticiones son dos pilares fundamentales del aprendizaje.

Estos presupuestos tienen un fundamento científico que hoy nadie pone en discusión: el aprendizaje a base de repeticiones y la emulación o réplica de aquello que se ve hacer al «mentor» ocasional. Lo que viene a confirmar una vez más que la sabiduría popular casi nunca se equivoca. Un descubrimiento relativamente reciente revela la existencia de las llamadas neuronas espejo, que son un grupo de células responsables de los comportamientos empáticos, sociales e imitativos en seres humanos y animales. Su función sería la de reflejar la actividad que estamos observando y se activan cuando ejecutamos una acción o cuando observamos a otro individuo que lleva a cabo la misma acción. De modo tal que se convierten en una pieza esencial del aprendizaje al permitir “reflejar” –de ahí su nombre– dicha acción en nuestro propio cerebro. Ello explica que cuando somos “aleccionados” por alguien en hacer algo, tomamos conocimiento automático de dicha actuación.

Por lo que el vulgo, basándose en su constatación mediante la observación de la propia experiencia, ha terminado por formular con simplicidad la máxima comentada: “una para saber y otra para aprender”, aunque a veces se desarrollen ambas acciones simultáneamente. 

El dinero va y viene

Luis Rivero en el suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

Con esta frase aforística se recuerda el carácter caprichoso, efímero o transitorio al que suele obedecer la fortuna material. Se recurre a este dicho a modo de bálsamo ante una situación precaria o de dificultad económica por la que puede estar atravesando una persona. La máxima aconseja no poner demasiadas expectativas en la riqueza material, pues no es esto lo más importante. Improvisamente se puede acumular mucho y como mismo llega, se va. En cierto modo se advierte una impronta ideológica que pone en cuestión o contrapone el deseo o la tendencia a la acumulación de bienes (materiales) y su carácter pasajero frente a otros valores más trascendentes.  En ocasiones se subraya la importancia de “bienes” más preciosos, a veces disociados de la riqueza material, como lo es la salud (“mientras haya salud…”) o el tiempo. Con ello se busca consuelo o alivio a una situación que no deja de ser pasajera. No por casualidad alguna alegoría antigua representa la fortuna como una rueda que da vueltas irremediablemente sin saber lo que nos depara (“la rueda de la fortuna”). La voz «fortuna», aunque en su origen obedece al nombre de la divinidad que en la mitología romana representa la suerte, ya sea favorable o adversa, con el tiempo ha pasado a identificarse casi exclusivamente como buena suerte; la diosa que gratifica con favores y cubre de riquezas a quienes son tocados por ella. Hasta el punto de que a estos se les llama «afortunados» e «infortunio» ha pasado a ser sinónimo de mala suerte, desdicha, desgracia o hecho infausto. Mientras la «fortuna» es sinónimo de capital, hacienda o caudal que acumula una persona. Pero el símbolo de la rueda, que algunos interpretan como una ruleta, con la que se la representa alegóricamente es lo que parece explicar el mensaje que revela el dicho.  Como si la fortuna fuera pura y simplemente obra del azar. 

El dinero tiene una importancia capital –valga la expresión– en un sistema de creencias propio de la cultura judeocristiana, a cuyas influencias no se sustrae nuestro idiolecto.  Y prueba de esta trascendencia es que en los cinco primeros libros de la Biblia (Torá Pentateuco) viene nombrado al menos en trescientas cincuenta ocasiones. En la versión hebraica se identifica con la voz késef, escrita con las consonantes KSF que significan también ‘deseo’, ‘nostalgia’ y ‘envidia’. Tres sentimientos que, bien mirado, están asociados al dinero: el dinero puede ser causa de deseo en quien no lo tiene; de nostalgia en quien lo tuvo y lo perdió; y de envidia en el que anhela el de otros. Y otra nota curiosa en relación con el dinero y la Biblia. La primera mención que hace en las Escrituras del dinero de curso legal (el siclo como moneda fiduciaria, ya no como unidad de peso), está ligado a una traición. Se refiere a los mil siclos de plata que recibiría Dalila como recompensa por la trampa que le tendió a Sansón. Los mismos siclos que recibiría Judas por otra felonía memorable. Con tales precedentes no es extraño que esto provocara cierta aversión al dinero y que haya servido de presupuesto ideológico para construir doctrinas que lo desprecian y le atribuyen cualidades malignas. Prueba de ello son las expresiones: “el dinero hace malo lo bueno” o “gente rica, gente (d)el diablo” (o afirmaciones similares que sugieren otros dichos). Pero no siempre se ha estigmatizado el dinero, a veces se le atribuye un sentido neutro: pecuniam non olet  (‘el dinero no apesta’, decían los latinos), lo que quiere decir que no es en sí mismo ni malo ni bueno, sino aséptico y amoral. Este  parece cumplir una función y  su perversidad o no depende de cómo se obtenga y a qué se destine. 

Se sabe que el dinero no tiene un valor intrínseco, sino un carácter fiduciario. Ello implica la capacidad de intercambio y fiabilidad o confianza (de ahí lo de fiduciario); dos características del dinero que confirman que está concebido para pasar de mano en mano, para circular. Así, pues, puede decirse que el dinero no se va, exactamente, ni mucho menos se esfuma o se volatiliza, a lo sumo, cambia de bolsillo. La máxima «el dinero va y viene» es enunciado de la idea que pone fuerza en la convicción de que el dinero, la fortuna, los bienes materiales…, como mismo se pierden, pueden recuperarse; y que hay valores más elevados y trascendentes que si se dilapidan son más difíciles, si no imposibles, de recobrar. Así las cosas, parece más una declaración que trata de transmitir confianza ante la azarosa intrascendencia de la pérdida de lo material, porque a fin de cuentas «la vida da muchas vueltas».

Millo a millo, la gallina llena el buche

En el juego del envite, cuando uno de los equipos queda rezagado y en tanto va rayando millos, uno a unopor estar el otro en tumbo, esto es, bregando por ganar la mano decisiva para ver quien se lleva el chico, se dice que “está engordando pa(ra) morir”, que “el cochino se mata gordo” o una serie de expresiones similares. A lo que se suele replicar: «millo a millo, la gallina llena el buche». Es decir, poquito a poco, “rayándose un millo detrás de otro” es como se gana la partida. Con tesón y constancia.

 La importancia cultural y simbólica de los juegos de naipes en Canarias se constata por la existencia de una rica fraseología que gira en torno al envite, la zanga o el subasta(d)o, por citar tres juegos de amplia difusión en las islas. Léxico que en ocasiones ha trascendido del ambiente lúdico del que proviene para incorporarse como expresiones idiomáticas de uso general.  Es el caso de las locuciones: “arráyate un millo”, “barrer por sota y malilla” o “hacer majo y limpio” que han encontrado fácil acomodo entre los modismos de uso corriente, pasando de la concreción del juego a la generalización del uso en la vida cotidiana. 

El dicho “millo a millo, la gallina llena el buche” parece encomiar las virtudes de la perseverancia, la acumulación y el ahorro.  Generalmente se interpreta como recomendación a guardar lo que se gana, aunque sean pequeñas porciones o cantidades, pues con el tiempo puede ser que poseamos en abundancia o llegar a hacernos ricos. Esta frase aforística sería la versión insular de lo que parece ser un dicho universal cuyo enunciado en castellano es: “grano a grano hincha la gallina el papo” y del cual constatamos distintas versiones en otras lenguas. [En portugués: “Grão a grão, enche a galinha o papo”; en italiano: “A granelli il galletto si riempe il gozzo”; en francés: “Grain à grain, la poule emplit son ventre”; en inglés: “Grain by grain and the hen fills her belly”; e incluso en ruso y en alemán, entre otros idiomas]. Su carácter universal lo pone en relación con 

los referentes simbólicos que conforman esta expresión fabulada.

 El grano, en general, es símbolo universal de fertilidad, acumulación e incluso de prosperidad.  Casi todos los granos tienen el mismo sentido y aparecen en la simbología como «representaciones espermáticas» (como mismo sugiere su etimología, del latín: sperma, y este del griego: spérma; propiamente ‘semilla’; o más claramente en ‘semen’ y sus derivativos: ‘simiente’, ‘inseminar’, etcétera; siendo el grano la semilla del cereal). 

Los elementos simbólicos de la expresión podemos observarlos en figuras precisas de otras culturas. El folklore de muchos pueblos europeos conserva los arquetipos de Perséfone y Deméter –procedentes de la mitología griega– bajo las figuras de la «Doncella de la cosecha» y de la «Madre del grano», respectivamente. Lo que deja entrever la idea de fecundidad en estas figuras femeninas. 

En cuanto al millo/maíz, en algunas manifestaciones del Perú –como cultura significativa entre los pueblos andinos y amerindios que mantienen este cereal en la base de su alimentación– visualizan la idea de fertilidad por medio de una figura ritual que representan en forma de mujer, y a la cual llaman la «Madre del maíz». 

El recurso al verbo “llenar” (el buche o el papo: bolsa en la que estas aves acumulan el alimento previo al inicio del proceso digestivo) sugiere la idea de saciar, pero también de “llenar el granero”, de “almacenar la cosecha”, lo que casa con la noción de acumulación de excedentes propios de las sociedades agrícolas; y por ende, puede ser señal de satisfacción y bienestar. El hecho de que las gallinas puedan poner muchos huevos a lo largo de la jornada, las ha hecho merecedoras desde antiguo de asumir un símbolo de fecundidad y creación. 

Como antónimo de la expresión localizamos esta otra que dice: «Cuando el amo cierra el puño, la gallina cierra el culo» que se usa en algunas islas para significar que cuando no se invierten los recursos necesarios para producir, no se pueden esperar obtener buenos resultados. En otras palabras: hay que dar de comer a las gallinas para que estas pongan huevos. O en un sentido más trascendente: cuando no se es generoso con los demás, la vida deja de serlo con nosotros. Por su parte, entre los dichos afines al comentado podemos mencionar el refrán castellano que reza: “gota a gota, se llena la bota” que se usa para alentar a que con la constancia y el esfuerzo diario se puede obtener lo que se pretende. 

Irse para el siete

Luis Rivero . Suplemento Cultura La Provincia/DLP

Se trata de una de las numerosas locuciones que con aire festivo se usan popularmente para referirse a la muerte. Este localismo lo registramos en Ingenio; y es similar  a otras expresiones que toman como referencia un topónimo o características de un lugar para nombrar otra cosa. No es infrecuente entre los mayores el empleo de la expresión “irse pa(ra) (e)l siete” para decir: “ir(se) para el cementerio”, lo que en sentido figurado hace referencia a “morir(se)”. [“Lo llevaronpa’l siete”, “si no te cuidas te vaspa’l siete” o “a ver si te vas a ir pa’lsiete”]. La expresión tiene un origen, cuando menos curioso; por “el  siete” se  conoce en este pueblo al pozo (y casa de máquinas) número 7 con el que se identifica los distintos pozos de los de propiedad de don Juliano (como se conocía en los pueblos al desaparecido empresario Juliano Bonny Gómez). Esta casa solía asignar un número a cada uno de los pozos de su propiedad. El pozo número 7 está ubicado muy cerca de donde se encuentra hoy el cementerio del Santo Cristo, en el barranco de Ingenio (también llamado “Culo pesado”) y que al llegar a este lugar toma el nombre de barranco del Escobar. De sólito, en las islas, los pozos y casas de máquina son conocidos por el nombre del propietario (el “pozo de don Juliano”, “el de don José Ramírez”, “el de los Betancores”, etc.) o por el nombre del lugar donde están enclavados. Probablemente estemos ante el único caso en el un pozo que se conoce por el número de inventariode los bienes de la propiedad (el 7). Por una suerte de metonimia, el cementerio que se inauguró en 1949 pasó a denominarse popularmente, y con cierto gracejo, “el siete”. Y de ahí la expresión: “irse pa(ra) (e)l siete”.  En tal sentido su etimología guarda algún paralelismo con otra locución usual en Canarias: “irse pa(ra) las Chacaritas” –que ya hemos comentado en estas páginas–. Y que se refiere al cementerio de La Chacarita o cementerio del oeste (Buenos Aires), situado junto al barrio del mismo nombre. A idénticas razones obedece la expresión local de Las Palmas de Gran Canaria: “irse pa(ra) las plataneras”, en alusión a los cultivos de plataneras de la Vega de San José donde en los primeros años del siglo XIX se construyó el actual cementerio de Vegueta. 

Es frecuente en muchas culturas la presencia de tabús en torno a determinados temas que afectan a distintos ámbitos de la vida social y cultural. Los más comunes giran alrededor de la religión, el sexo o la muerte. De tal modo que cuando se aborda un tema tabú (como mismo la etimología de la voz indica: ‘lo prohibido’, ‘lo intocable’) trata de evitarse, en lo posible, el llamar a las cosas por su nombre. Para sortear las palabras claves que inducen a pensar o se asocian con un tabú se recurre en ocasiones al eufemismo o al circunloquio. Así por ejemplo, para referirse a la muerte, podemos escuchar expresiones tales como: «pasar a mejor vida» o «exhalar el último aliento», que otorgan cierta solemnidad piadosa al acto de morir. Ello forma parte o nacen bajo la influencia de la doctrina religiosa y de la propia cosmovisión que incuba estas creencias y acaba trascendiendo al idiolecto de la comunidad de pertenencia. Pero en ocasiones el vulgo hace mofa de estos tabúes, y evitando nombralos echa mano a toda una serie de ocurrencias graciosas o burlescas. En el español de Canarias se da un gran número de registros que, en tono festivo, recurren a la metáfora para nombrar el hecho de morir. En estasexpresiones necrológicas se emplea frecuentemente el verbo “ir” (“irse para”) para significar “irse para el cementerio” o “morirse”. Es el caso de: “irse pa(ra) (e)l natero”; “irse pa(ra) (e)l piso”; “irse pa(ra) las tuneras”; “irse pa(ra) triscornea”; “irse pa(ra) (e)l coño” (que además de “desaparecer del mapa” o echarse a perder, significa morirse); o las ya mencionadas, “irse pa(ra) las Chacaritas”, “irse pa(ra) las plataneras” o “irse pa(ra) (e)l siete”. A veces se recurre también a la metáfora fabulada que refiere algún síntoma asociado a la muerte de un animal: “estirar el rabo”, “tumbar las orejas”, “empinar el pico/o la pata”. Y por qué tal variedad de expresiones mortuorias, podríamos preguntarnos. Pues recurriendo al propio razonamiento popular podría decirse: porque “para morirse no hace falta más que estar vivo”. Y es que como reza una sentencia solemne que se suele escuchar todavía:“todos somos hijos de la muerte”.

Más vale magua que dolor

Luis Rivero. Suplemento de Cultura La Provincia/DLP sábado 7 dic. 2019/

«Magua» es un portuguesismo de uso común en Canarias que define una sensación de desconsuelo asociada a ese “mal sabor” o sentimiento de resquemor que queda tras un disgusto por haber perdido algo o por haber dejado pasar la oportunidad de hacer algo provechoso. La magua se identifica con ese estado emotivo de pesadumbre, de tristeza pasajera, por la pérdida o por lo que se añora tener. Puede ser sinónimo de ‘lástima’,  ‘desconsuelo’, ‘resquemor’, ‘aflicción leve’. Es decir, la magua, “tener magua”, “quedarse con (la) magua” o “estar (a)maguado”  es tener añoranza, nostalgia, sentimiento de pérdida de algo o frustración por no haberlo obtenido. En cierto modo se asimila a la “rasquera”.  “Rasquera”, en sentido recto, se relación con ‘picazón física’ en general, pero en sentido figurado equivale a ‘resquemor’, ‘desconsuelo’ o incluso a “quedarse con las ganas”, que se exclama a modo de lamento ante una oportunidad perdida (“¡Me quedé con las ganas!”). Así, pues, la expresión “me quedé rascado” tiene un valor afín a “me quedó magua”. De hecho, en las islas es de uso general el término “rascado” para designar al sorteo de la lotería nacional del 5 de enero (“lotería del Niño”). Así es frecuente ver anunciado en las administraciones de lotería de las islas: “Hay lotería para los “rascaos”; o que la prensa local se haga eco de noticias como esta: “Colas para comprar lotería para los rascaos”. 

Conocemos dos versiones del mismo dicho: “Más vale magua que dolor”/ “más vale magua que pena”. Ambas comparten idéntico uso y significado. Es decir, que es preferible el sentimiento de desconsuelo, de lástima o aflicción pasajera por no haber conseguido algo, o por haberlo perdido, que lograrlo y sufrir las consecuencias que conlleva su obtención.

La oración con valor comparativo recurre a la consabida fórmula “más vale […] que”; y antepone comparativamente un valor superior/mejor (o, en este caso, no tan negativo: magua) a otro inferior/peor: dolor. Se contraponen así dos sustantivos: magua/dolor (o pena) que no son exactamente antagónicos, sino que se corresponden con estadios gradualmente peyorativos. Donde la “pena” o el “dolor” tienen un carácter agravado, de mayores consecuencias. Mientras la “magua” es un sentimiento que puede suponer malestar, pero pasajero en cualquier caso, la pena o el dolor son estados emotivos más profundos y difíciles de superar. “Pena” tiene el significado de ‘sentimiento de gran tristeza’, ‘dolor o tormento’, pero también puede ser ‘un castigo impuesto’. La pena tiene en cierto sentido una naturaleza sacrificial que nos reporta al dolor de la redención. Al sacrificio se asocian frecuentemente una serie de signos negativos, como el castigo, la humillación, pasar por grandes penalidades, situaciones o trabajos penosos. Convirtiéndose casi en un estigma en los individuos que lo sufren. A este estereotipo obedecen muchas leyendas y cuentos folklóricos, relatos de héroes e historias de santos o seres excepcionales, en las que abundan no solo el dolor asociado a la redención, sino a extrañas situaciones de inferioridad y padecimiento de una vida desafortunada.

Más vale magua (lástima, desconsuelo) que dolor o tener que lamentarlo por toda la vida o durante mucho tiempo, sería la pedagogía conclusiva de esta máxima. El dicho puede ser invocado como consuelo ante situaciones de desaliento en las que se haya podido sufrir cualquier revés más o menos severo. No es infrecuente escucharlo de  un progenitor cuando trata de consolar a la niña que ha “cortado” con su novio, del que sufrió un desengaño: “No te preocupes, mi niña, más vale magua que dolor”. Lo que suele ir reforzado con el conocido aserto: “El hombre que está para ti, está para ti” (“y ese no hay quien te lo quite”), aludiendo a que también en amores el destino siempre pone remedio. O cuando no aquello de: “amor con amor se cura”. Y es que es preferible el sentimiento de desconsuelo o resquemor momentáneo por la decisión tomada o por haber dejado de hacer algo, que haberlo hecho y sufrir las consecuencias de ello y arrepentirse, a veces, por toda la vida. 

A conejo ido, palos a la madriguera

Luis Rivero. Cultura La Provincia/DLP

El dicho expresa con ironía que las oportunidades hay que aprovecharlas cuando llegan, de lo contrario, de nada vale lamentarse. Es inútil querer poner remedio cuando ya ha pasado la ocasión que se presentó y esta se ha desaprovechado.

La imagen cinegética da forma a una metáfora que recurre a elementos del imaginario rural, ámbito en el que la cacería (con perros y jurones) es una práctica habitual desde antaño. A diferencia del dicho originario que puede escucharse en algunos lugares de la Península, donde se recurre a la liebre como sujeto aleccionante del refrán («A liebre ida, palos a la cama/madriguera»), es el conejo el protagonista de este aforismo fabulado. La liebre no es propia de las islas, donde  no es habitual su presencia en estado salvaje; la presa más común a la que se recurre en la práctica de la cacería suele ser el conejo silvestre o “correlón”. Por tanto, el dicho de probable origen andaluz podría haber experimentado la necesaria adaptación a la fauna local. Aunque no se trataría de una especie autóctona –si bien la cuestión no es pacífica– sino introducida por los españoles tras la conquista, el conejo salvaje encontró un hábitat propicio en la geografía insular, donde se reprodujo rápidamente y con facilidad llegando a convertirse en ocasiones en una verdadera amenaza para la agricultura. Este animal ha mostrado una gran capacidad de adaptación al medio y a una dieta, básicamente herbívora,  adecuada a la disponibilidad de alimento, sobreviviendo sin grandes dificultades aún en periodos de sequía.  Por ello, en islas como Fuerteventura, en épocas de escasez, la caza del conejo supuso un aporte esencial para el sustento de la población. 

La liebre, por el contrario, es un animal que no goza de una buena imagen en la tradición fabulística, y en el mundo antiguo y medieval concurrió con el conejo, pero siempre resaltaron dos característica de aquella: su ligereza y su cobardía (un refrán antiguo castellano dice:«Juras de traidor, pasos son de liebre»). No obstante,  obedece a una rica y variada simbología que en cierto modo es predicable también de su pariente más cercano, el conejo. Su desconfianza fue interpretada como símbolo de cobardía (de ahí expresiones tales como: «salió corriendo como un conejo» o  «juyó como un conejo» que insinúan la precipitación para escapar ante las dificultades o la premura por salvar una situación comprometida, lo que denota cobardía o falta de compromiso); mientras que la capacidad de dormir con los ojos abiertos (es creencia popular que tanto de la liebre como el conejo duermen con los ojos abiertos) era signo de sagacidad, de atención y estar vigilante. Hay quienes han visto en la rapidez de sus movimientos una señal de fugacidad. Desconfianza, cobardía, carácter timorato o asustadizo, fugacidad… son características que participan en la pedagógica del dicho. El conejo es animal con tendencia a esconderse o refugiase en madrigueras (también llamadas «moradas» en el español de Canarias) y aprovecha cualquier resquicio de tierra o matos para esconderse de los cazadores, y escapar corriendo a poder que pueda y refugiarse en un majano o «enmajanarse». Aunque esta predisposición a la huída no se manifiesta solo frente a los cazadores, sino ante la presencia de cualquier humano. [Como tantos animales en estado silvestre, son portadores de una memoria genética que identifican a Homo sapiens como un predador, y por tanto lo convierte en un sujeto que hay que evitar]. 

«A conejo ido, palos a la madriguera» expresa que cuando por falta de ánimo o decisión, diligencia o temor se dejan escapar las oportunidades (a veces fugaces como conejos), de nada sirve lamentarse cuando ya no hay remedio, como inútil resulta el esfuerzo de querer pedir consejos o intentar arreglar («dar palos a la madriguera») lo que es irremediable (que sería algo así como «dar palos de ciego»).

Ello nos viene a decir, y esta es la enseñanza conclusiva implícita en el dicho, que hay que estar atentos «a no dormirse» –o tener los ojos bien abiertos, como los conejos cuando duermen– y no desaprovechar las ocasiones que se presentan, porque después no vale lamentarse ni buscar solución cuando ya no hay nada que hacer. [«¡A buena hora y con sol!», se exclama cuando algo resulta del todo inútil por llegar a destiempo]. Y en la próxima ocasión estar atentos y ser más diligentes y atrevidos  porque, como reza otro dicho afín, «de cualquier mata sale un conejo» o «de cualquier agujero …un ratón»,  es decir, por inesperado que pueda parecer un comportamiento, por venir de quien viene, siempre podemos llevarnos una sorpresa.