Esperar(se) a los huevos del gallo

Esperar(se) a los huevos del gallo

Luis Rivero. Suplemento de Cultura diario La Provincia/DLP, sábado 3 noviembre 2018.

«Esperar a los huevos del gallo» se dice cuando alguien se encuentra ante la imposibilidad de que avenga algo por haber dejado pasar la oportunidad;  es decir, estar esperando en balde algo que ya no puede suceder y que, de hecho, es imposible realizar por ser demasiado tarde. Este modismo tiene un sentido similar a otras expresiones de uso más corriente como: «espérate sentado» («porque de pie, te cansas», se suele añadir), para dar a entender con ironía que la espera puede ser larga, cuando no interminable; esto es, algo que no llegará nunca a ocurrir.

En alguna isla se escucha también una versión similar: «ahora, agárrate a los huevos del gallo» para referirse a una oportunidad perdida de conseguir algo, a malograrlo. Tendría esta un valor similar a la expresión cuartelera «ir a reclamar al maestro armero» (que ya hemos comentado en estas páginas). En este caso, «agárrate»  (al igual que «espérate») es un modo de advertir que no hay nada que hacer y que es inútil cualquier expectativa de que algo ocurra por resultar imposible. Con ella se compara hiperbólicamente una situación o presupuesto que difícilmente puede acontecer, poseyendo a veces un carácter admonitorio, incluso preventivo.

La expresión «los huevos de gallo» posee en el español de América un valor diverso: «estar pensando en los huevos del gallo» se refiere a alguien que está «pensando en las musarañas», es decir, para significar «estar en las nubes» o «estar en Babia».

 Cierta mitología oriental, procedente de la China, habla del gallo celestial, también conocido como gallo del alba –presumimos que por su canto madrugador– de porte majestuoso y áureo, se dice que pone huevos de verdad, de los que salen pollos de cresta roja y a quien se le atribuiría la paternidad primigenia de todos los gallos de la Tierra. Pero esto parece  más bien de un cuento chino, por lo que conviene no darle demasiado crédito. Pues es bien sabido que –prodigios de la naturaleza y milagros de la ingeniería genética, aparte– no es al gallo a quien corresponde esta función reproductora. Aunque no sé yo hasta qué punto se trata solo de un cuento chino. Un aberrunto antiguo de Fuerteventura dice que cuando un gallo viejo pone un huevo barrunta muerte segura para la persona que lo coja. Esta vieja creencia de que los gallos alguna vez se dejan caer y ponen huevos, al decir de algunos, está muy arraigada en el pueblo; aunque –que se sepa–  nadie ha visto nunca un huevo de gallo.  No obstante, el vulgo sostiene la certeza de que los pone y sus consecuencias, por lo que parece, no son auspiciosas. Vaya usted a saber a quién se le  atribuye el augurio, pero en cualquier caso es siempre preferible no esperarse a los huevos del gallo y hacer las cosas cuando se tienen que hacer, a su debido tiempo, porque después ya no hay remedio.

 

Dios castiga sin piedra ni palo

Dios castiga sin piedra ni palo

Luis Rivero. Suplemento Cultura de La Provincia/DLP

 

El origen y el anonimato de los refranes nos lleva la mayoría de las veces a considerar que estos son fecundados por la propia intuición, por la experiencia vital, por el ingenio –a veces mordaz o irónico–, por la observación cotidiana de los distintos elementos del entorno y, en definitiva, por la sabiduría del pueblo adquirida durante siglos. Pero también son reflejo de las propias creencias. Creencias que a veces van de la mano de la fe y de la religiosidad de la comunidad que construye sus propias «verdades» aforísticas que a la postre funcionan como principios orientadores en la vida y sus vicisitudes, a modo de adoctrinamiento colectivo.  

         En una sociedad como la nuestra que hunde sus raíces culturales en la tradición judeocristiana es muy difícil sustraerse a tales influencias. Y buena prueba de ello es la gran cantidad de modismos, expresiones y refranes que ponen a Dios por testigo o como protagonista de su enseñanza. Por citar algunos aforismos antiguos: «Dios está en el cielo y ve las trampas»; «Dios sabe la verdad de todo»; «Dios hace salir el sol sobre buenos y malos»; «Dios está en el cielo y juzga los corazones». Algunos de estos –recogidos ya en el Quijote– son transcripciones cuasi literales de pasajes de la Biblia. Pero constatamos también otros viejos refranes muy usuales, como el que dice: «Dios aprieta pero no ahoga» o «a Dios rogando y con el mazo dando». Todos ellos dejan clara su marcada influencia religiosa. 

La paremia comentada, «Dios castiga sin piedra ni palo» (que es una de las varias versiones que conocemos), forma parte del refranero popular español, pero su  uso ha encontrado acomodo en el repertorio aforístico insular, hasta el punto de que casi ha adquirido carta de naturaleza en el habla isleña. Este dicho con impronta marcadamente bíblica viene a significar que quienes obran mal, reciben su merecido castigo de manera inesperada, a veces incomprensible y sorprendentemente. 

Nos sugiere la idea de un principio retributivo que se explica en base a una suerte de justicia kármica de la que parecen estar dotadas ciertas creencias y expresiones que así lo acreditan. Por otra parte, la matriz judeocristiana es patente. El dicho evoca la imagen del dios de la Biblia (entiéndase del Antiguo Testamento). Imagen que se corresponde con la de un dios justiciero que a veces ofrece las Escrituras y que tan pronto se puede mostrar «compasivo y misericordioso» (Éx 34,6), como transformarse en el dios «guerrero» (Éx 15,3), «vengador» (Nah 1, 2) «fuego devorador, un Dios celoso» (Dt 4, 24),). En definitiva, un dios vengativo y terrible que a menudo amenaza a sus propios secuaces con carantoñas tales como esta: «Daré suelta sobre vosotros al terror, a la tisis y a la fiebre, que os abrasen los ojos y os consuman la vida» (Lev 26, 16); u ordenar respecto a sus enemigos dar «muerte a hombres y mujeres, a muchachos, niños de pecho, a vacas y ovejas, a camellos y asnos» (1Samuel 15, 3).

Y en esa especie de bipolaridad «divina» con la que se manifiesta este Elohim bíblico, entre dios misericordioso y dios vengador [al menos así se deduce de la lectura literal del A.T., auténtica compilación etimológica de buena parte de nuestro refranero], aparece un ecléctico dios justo y ecuánime que «premia a los buenos con el cielo y castiga a los malos con el infierno», según pregonan los cánones de adoctrinamiento. Y este parece ser el soporte ideológico del dicho aquí comentado. Sentencia que cuando se proclama como admonición, visto lo visto, es para «agarrarse los calzones» o como también se suele decir: «que Dios nos coja confesados».

De tal palo, tal astilla

De tal palo, tal astilla

Luis Rivero. Suplemento Cultura La Provincia /DLP

El comportamiento del hombre, al igual que el de otros animales que poseen cierta organización grupal, viene determinado en gran medida por la herencia genética. Esta se transmite a través del material genético existente en las células y comprende características anatómicas, fisiológicas, capacidades emocionales y cognitivas conformadas por nuestro ADN. Es  esta en última instancia la idea clave que subyace en este dicho: «el modo de ser»  –por así decirlo– se transmite  de padres a hijos en forma de herencia genética.

 

El dicho, pues, viene a significar que la mayor parte de las cualidades, características y comportamientos presentes en un individuo son adquiridas de sus progenitores o del entorno familiar. Y más específicamente son heredadas genéticamente, aprendidas o asimiladas por imitación (sobre todo, en este último caso, cuando se trata de actitudes o comportamientos).

La voz «palo» (madera) no parece casual si consideramos que la metonimia nos reporta, aun subliminalmente, a la idea de árbol como arquetipo de árbol genealógico y por ende, de parentela genética. El árbol genealógico se representa gráficamente en forma de árbol propiamente dicho o bien de «tabla» (otro tropo subliminal que porta a la misma idea de madera, palo, astilla…). El «árbol del saber» o «árbol de la vida» aparece como idea primaria que puede relacionarse con el código genético.

La «astilla» es una muestra representativa de la madera de la que se extrae. Una porción del todo que –cual célula madre– guarda idénticas características y presenta las mismas propiedades que su matriz.

A título de curiosidad, recurriendo al «metalenguaje» del «mito» creacionista de la tradición judeocristiana, nos encontramos con lo que pudiera ser otra coincidencia significativa: cuando se describe en el Génesis el jardín del Edén, se habla –según la tradición–  del «árbol de la vida». En el texto original hebreo se denomina etz que tiene un valor polisémico y significa no solo ‘árbol’, sino también ‘madera’, en el sentido específico de material de construcción. Lo que figuradamente nos trae la imagen del «árbol de la vida»  como algún tipo de elemento de construcción o elaboración de vida…

 

Los usos de la expresión «de tal palo, tal astilla» pueden tener un sentido positivo como halago o alabanza de alguien por una actitud loable y destacada (en estos casos a veces se expresa con valor similar: «de casta le viene al galgo»),  o un sentido negativo cuando se juzga la actuación de un vástago como si se reprochase al propio progenitor del que parece ser una réplica.

«De tal palo, tal astilla» es una frase proverbial que aunque muy usada en las islas, no obstante, no es propia ni exclusiva del repertorio aforístico canario. En sus distintas variantes su uso es frecuente tanto en España, como en el Archipiélago y en América.

 

Con igual o similar significado y –esta sí– de uso más propio del español de Canarias y América, nos encontramos con esta otra expresión que dice: «hijo de gato caza ratones» (que igualmente obedece a muy variadas versiones). Con soporte en la misma «idea-fuerza» de la herencia genética, se recurre en este caso, como es habitual, a «elementos» del imaginario doméstico (gatos/ratones) para significar cuan grande es la influencia que ejercitan los padres sobre sus hijos a la hora de conformar el propio carácter, dar ejemplos a seguir y en sus hábitos de comportamiento. Se hace referencia básicamente a la observación/emulación  como criterios de aprendizaje/comportamiento. Lo que se resume  en una  explicación usual: los niños imitan lo que ven hacer a sus padres. Que en definitiva es lo que la moderna ciencia atribuye a la función de las llamadas neuronas espejo presentes en el cerebro de humanos y animales. Que es lo que explica la razón por la cual el «hijo de gato caza ratones».

 

¡A reclamar al maestro armero!

¡A reclamar al maestro armero!

Suplemento Cultura La Provincia/DLP , sábado 13 octubre 2018. ​Luis Rivero

Expresión de origen militar a la que se suele recurrir cuando no existe la posibilidad de reclamar o protestar por algo que ha resultado fallido o frustrado. Aunque se trata de una frase recurrente, no es patrimonio exclusivo del acervo fraseológico del español de Canarias, sino de uso general en otros dominios.

Los posibles orígenes de este modismo hay que buscarlos en el contexto de las reformas borbónicas del siglo XVIII.  Cuando el rey Felipe V afrontó la remodelación de los ejércitos sustituyendo los antiguos tercios por un nuevo modelo militar basado en brigadas, regimientos, batallones, compañías y escuadrones. Entre otras novedades introdujo los fusiles y la bayoneta que sustituirían a las picas como arma de infantería. Con ello aparece la figura del maestro armero que era el soldado experto que se encargaba de arreglar o reparar y mantener en buenas condiciones de funcionamiento las armas de fuego; a él se dirigía la tropa cuando los fusiles presentaban algún defecto. Ante la novedad, es probable que la soldadesca acudiera al maestro armero para exponer o lamentarse por cualquier problema, aún de poca importancia (quién sabe si incluso para quejarse por supuestos defectos a los que responsabilizaban de su mala puntería). En cualquier caso, se apunta como probable origen y sentido de la frase «¡vete a reclamar al maestro armero!» al hecho de que el daño causado por el mal funcionamiento de un arma de fuego pudiera resultar de irremediable y fatales consecuencias, frente a lo que no se podía hacer nada para remediarlo; o porque cualquier reclamación al maestro armero era realmente inútil, al carecer de un rango determinante en el escalafón.  Con el tiempo pudo haberse lexicalizado la expresión que acabaría usándose ante cualquier exigencia o reproche, para referirse a un hecho que no tiene remedio o a un infortunio para el que no se atisba solución. Lejos del rigor y boato marcial, se suele entonar con cierta sorna o escarnio frente al que ha de resignarse ante lo inevitable, desdramatizando la situación cuando esta no tiene remedio ni hay manera de enderezarla.          También se puede recurrir a esta frase cuando nos encontramos ante una situación en la que queremos eludir cualquier tipo de responsabilidad o situarnos al margen del acontecimiento, encogiéndonos de hombros, es decir, «hacerse el longui» para desviar la atención de la persona que nos exige o pueda pedir explicaciones. En definitiva, como el que se hace el loco o que no sabe nada para escurrir el bulto.

 

 

Siempre habla quien tiene que le digan

Siempre habla quien tiene que le digan

Canarismos. Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP. Luis Rivero 

Aunque en las islas se escuchan diversas versiones del mismo dicho [«siempre habla el que (más) tiene que le digan/o el que más tiene que callar», etc.], este es el que conocemos como más recurrente: «siempre habla quien tiene que le digan». Este refrán viene a recordar que casi siempre son las personas que más defectos tienen –o quienes menos virtudes poseen– las que más critican y suelen hablan mal de los otros, mostrándose muchas veces severas y despiadada en sus criticas. 

La expresión recurre al juego sinonímico de dos verbos: hablar/decir con significados en cierto modo disímiles. El primero, ‘hablar’, tiene el sentido de la locución verbal ‘hablar mal’ de alguien, criticar, chismorrear/chismiar o chismear («andar con cuentos» o chismes); mientras que ‘decir’ («tiene que le digan») toma el valor de referirse a un sujeto poco virtuoso, lleno de defectos, a veces peores de lo que él critica en otros, es decir, que tiene sobrados motivos para ser censurado, reprochado o regañado en su actitud y comportamiento; y por tanto, debería «callarse a la boca» en lugar de estar hablando de otros. 

Es copioso el número de aforismos presentes en el refranero canario que tiene como fuente del «modelo pedagógico»  adoctrinante las habladurías y las murmuraciones. Por citar algunos ejemplos, aquel que dice: «cuando el barranco suena es porque agua trae/o lleva», para significar que los rumores casi siempre tienen algo de fundamento; o «el que tenga una hija hembra, no dé voces a la lengua» que advierte de no criticar las faltas de otros a quien puede incurrir en las mismas; «de malas lenguas están los infiernos llenos» expresión aforística que se dice de la gente chismosa y que acostumbra a hablar de mal de los demás;  «el peje muere por la boca», frase que se usa cuando alguien que habla mucho se ve traicionado por sus propias palabras;  «lo que no va cantado, va rezado» que quiere decir que lo que no se dice en la cara a alguien es peor porque se dice por detrás; y así un largo etcétera de frases y aforismos. Casi todos ellos hacen referencia, advierten o censuran  los efectos devastadores o perversos que pueden llegar a tener las malas lenguas. Y en esta línea se sitúa el dicho aquí comentado: «Siempre habla quien tiene que le digan» que en última instancia viene precisar que la actitud crítica e intolerante frente a alguien o respecto a alguna cosa, suele dejar entrever o apuntar los mismos defectos criticados, o incluso peores, por parte de quien los critica. Lo que al final parece confirmar lo que sanciona aquella máxima evangélica que ha trascendido a la categoría de dicho: «el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».

Saber de qué pata cojea alguien

 Suplemento de Cultura de La Provincia/DLP

Saber de qué pata cojea alguien

 

Este modismo usual en Canarias se escucha en una versión que difiere de la más común en castellano y que el Diccionario recoge como: «saber de qué pie cojea alguien». En las islas se suele decir «de qué pata cojea», en lo que parece una referencia implícita al reino animal, si no una «animalización» del sujeto al que se refiere. Lo que acentúa la mala reputación o condición que se predica de él. En ocasiones se añade en tono burlón o despectivo una referencia «al pájaro»: «(ya) se sabe de qué pata cojea el pájaro». Se expresa así –como algo sabido– que se trata además de alguien astuto, cuico. Viene a colación una expresión que reza: «ese es un pájaro pinto», que quiere decir taimado, que es un espabilado que se las sabe todas o «es más listo que el hambre» o que se trata de un pillastre.

La frase («saber de qué pata cojea alguien») generalmente funciona como locución verbal para significar que ya se conocen sobradamente los vicios o defectos morales de los que adolece una persona. 

La cojera aparece así como metáfora de vicio o defecto, inconveniente, carencia, falta, insuficiencia o anomalía.

La expresión –quizás sin quererlo– posee un vasto contenido simbólico. En la simbología antigua el pie se presenta con una significación ambivalente: por una parte se concibe como miembro fundamental y soporte del cuerpo, mientras que por otro lado se afirma –por la misma razón que permite al hombre la posición erecta– que los pies son símbolo del alma. Tal concepción tiene su sustento en las leyendas mitológicas de la Antigua Grecia, en las cuales la cojera suele significar una deformación del ánima. Así por ejemplo, en la mitología griega, el theós Hefesto –dios del fuego y de la metalurgia (Vulcano para los romanos)– era cojo. Su cojera era para los antiguos simbolistas señal de debilidad o deformidad de su alma. Como mismo bastones, muletas o patas de palo son a menudo símbolo de un soporte visible, ya sea moral o incluso económico o de cualquier otro tipo. Con frecuencia, en distintas tradiciones, tales «soportes» aparecen como un sostén inmoral, oculto o vergonzante al que se asemeja la enfermedad o la mutilación como defecto espiritual incurable. Recuérdese que la literatura y las leyendas están llenas de  personajes malévolos, siniestros, bellacos, ladrones, piratas… que muchas veces arrastran una cojera simbólica. [Quizás como mismo, en tiempos relativamente recientes, los medios contribuyeron a crear un icono perverso en la imagen del cojo manteca, que el lector recordará].

Así pues, «saber de qué pata cojea (alguien o el pájaro)» es conocer sobradamente los defectos morales que pesan sobre una persona. Con esta locución ponemos en sobre aviso a nuestro interlocutor sobre la reputación de un determinado individuo o confirmamos el resultado de una acción esperable ante la catadura moral del sujeto en cuestión.

 

 

Dando brincos yo te trinco

CANARISMOS

Dando brincos yo te trinco

Luis Rivero 22.09.2018 | Suplemento de Cultura La Provincia 

Esta expresión construida sobre la base de dos homófonos (brinco/trinco) viene a anunciar en tono de severa advertencia o amenaza que toda mala acción será cobrada como se merece en cuanto surja la ocasión.

La locución verbal “dar brincos” es sinónimo de andar ligero. Por otra parte son diversas las acepciones que en el español de Canarias tiene el verbo “trincar”, como por ejemplo: “asir con fuerza” (“lo trincó por el brazo”) o también pillar, agarrar, alcanzar, sorprender, prender, coger; pero aquí parece tener el valor de coger a alguien en un engaño, falta o ardid (como se usa en la expresión “lo trincaron robando”); o bien de modo similar: coger a alguien por sorpresa, abordarlo, sorprenderlo: “cogerlo echado”; o cogerlo en un fallo, en una falta o engaño (sorprenderlo in fraganti). Puede coincidir o acompañar a la advertencia: “lo estoy esperando”.

“Yo te trinco” equivale a decir “déjalo que yo lo cojo” (o “deja que te trinque”) que prevé o puede tener como resultado una celada, cuando están asechando a alguien en el sentido de esperarlo a que yerre o cometa un fallo para reprenderlo o pescarlo en la falta: “deja que lo trinque, le voy a cantar las cuarentas”. Tiene así el valor de amenaza o advertencia de retribuir el justo castigo o reprimenda a quien se lo merece por la acción cometida precedentemente.

Este modismo con vocación aforística parece asentarse en una máxima de ca-rácter universal que se expresa en el dicho: “el que la hace, la paga”. Y tiene a su vez su fundamento en un aserto que pretende hacer valer que es así como funcionan las cosas, tanto en el ámbito de la justicia humana como en el de la justicia divina, por así decirlo. Se sustentaría, pues, ideológicamente en la creencia en un principio retributivo que responde a toda mala acción con un justo castigo, ya sea en esta vida o en la otra, tal como se advierte o se intuye en expresiones tales como “Dios castiga sin piedra ni palo” o aquella otra que dice: “No te rías del mal de nadie porque el tuyo viene caminando”. Estos ecos de justicia universal/divina pueden sugerir que el devenir de los acontecimientos y de las actitudes humanas están sujetos a una especie de rueda kármica que gira inexorable proporcionando a cada uno aquello que se merece, al modo en que lo afirman algunas tradiciones orientales. O como se dice inapelablemente: “el tiempo pone a cada uno en su sitio”.

Con ello se invoca la certeza de que ineludiblemente llegará el momento de pedirle cuentas a quien ha llevado a cabo cualquier acto censurable. Sin embargo, la locución “dando brincos” expresa celeridad resolutiva, es decir, que más pronto que tarde llegará la hora de reprender o punir la conducta que presumimos reprobable. Lo que lo que lo sitúa más bien en la esfera de la justicia material y humana.

El niño que no llora, no mama

El niño que no llora, no mama

Canarismos. Suplemento de Cultura de La Provincia sábado 15 septiembre 2018. 

Esta paremia recurre a una imagen universal inspirada en la lactancia. Se basa en un razonamiento argumental que sondea en la propia animalidad que nos identifica como mamíferos. «El niño que no llora, no mama» es quizás la variante más escuchada en las islas. El dicho, de uso más o menos general en distintos dominios del español, cuenta con un refrendo cuasi universal en otras lenguas  («quem não chora, não mama»; «chi non piange, non poppa»; «qui ne demande rien, n’a rien»; «the squeaking wheel gets the grease»…), como tantos otros aforismos. El razonamiento conclusivo recurre a una doble negación con valor asertivo: el que no llora/no mama. Y lo hace a través de dos verbos que definen comportamientos elementales tanto en el neonato humano como en la cría o cachorro en otras especies de mamíferos.

            La acción de llorar aparece como presupuesto necesario en el niño en las primeras etapas de su vida en demanda del preciado nutrimento de la madre. El llanto resulta así una forma de comunicación elemental y primigenia en el ser humano. Este está ligado a una exigencia o requerimiento: se llora fundamentalmente porque se tiene hambre y existe por ende una urgencia de alimento (además de por sueño, frío o cualquier otro malestar que incomoda y turba al recién nacido). Pero sin duda tal exigencia se relaciona en primer lugar con la necesidad primaria de alimento y supone, pues, un reclamo.

            La leche materna contiene los nutrientes y propiedades inmunológicas necesarias para un crecimiento sano en cada individuo. Cada sustancia privilegia aquellos aspectos distintivos en nuestra especie, como la presencia de ácidos grasos que son necesarios para un buen desarrollo del cerebro y, por ende, de las facultades inteligentes que son propias de los  humanos. Aunque ello no nos convierte en seres especiales, pues cada especie a través de la lactancia proporciona a sus crías los elementos imprescindibles para la supervivencia. Esta es la idea que sirve de soporte a la máxima: el llanto conlleva la satisfacción de una necesidad básica. 

            Se relacionan, pues, dos conceptos fundamentales en el comportamiento humano. Uno de naturaleza o características puramente animal que nos identifica como mamíferos (‘mamar’: succionar, comer, alimentarse); y otro, ‘llorar’ (llanto, lamento o quejido),  al que muchos consideran un rasgo típicamente humano y exclusivo de nuestra especie. Exclusividad que estaría por ver. 

            Paradójicamente nos seguimos reconociendo en nuestra condición más animal al invocar este razonamiento elemental que viene reportado con carácter aforístico para indicar que cuando se quiere obtener algo, hay que pedirlo con insistencia y con obstinación, incluso con tenacidad y perseverancia hasta despertar la compasión, la lastima o la ahitera en nuestro interlocutor o benefactor. Como mismo un neonato berrea cuando tiene hambre. Pero se trasciende aquí a la urgencia de obtener el sustento básico. Con esta figura se expresa que para asir las oportunidades que se nos presentan «hay que moverse», actuar, hay que «dejarse ver»; o como concluye otro dicho de similar significado: «el que quiera lapas que se moje el culo».

            «El (niño) que no llora, no mama» viene a concluir un argumento que induce a actuar, a espabilarse, porque «a los bobos se lo comen las moscas»  –reza otro dicho que a menudo acompaña y complementa al anterior–. El verbo mamar tiene aquí un carácter mucho más trascendente a la vocación inicial sobre la que se construye la metáfora. ‘Mamar’ es sinónimo también de «sacar provecho» (ventaja o beneficio), «hincharse», «trincar», «sacar tajada»; incluso en un sentido más turbio, o cercano al ilícito, se puede identificar con «chupar del bote», «mamoneo/mamonear»,  «chascar», entre otras voces que en Canarias, en América y en otros dominios del español se usan para hacer notar que alguien se está beneficiando y obteniendo ganancia o provecho de una situación dada. 

¡Se dijo!

Canarismos

¡Se dijo!

 Luis Rivero . Suplemento Cultura La Provincia/DLP sábado 28 julio

Tratase de un modismo que con el significado equivalente a las expresiones «¡no se hable más!» o «eso está hecho» (y similares) opera en la conclusión de una conversación y confirma que los interlocutores se han puesto de acuerdo sobre algo. En este sentido funciona en cierto modo como una forma de «juramento» o promesa informal. La locución verbal recurre a un modo impersonal,  poco habitual, en voz pretérita. Sin embargo este tiempo pasado proyecta y despliega todo su valor hacia el futuro como un compromiso espontáneo. 

Como fórmula al uso para mostrar acuerdo resalta el valor de «la palabra dada» como constitutiva de obligación. El contexto más propio es la charla informal entre dos o más personas que conciertan alguna acción futura, ya sea próxima o inmediata en el tiempo o más lejana, o ya posea un carácter trascendente o acaso ordinario. A modo de ejemplo: «¿Nos vemos mañana?»/ «venga»/ «¡se dijo!». El «se dijo» tiene así el valor de vinculación recíproca cuando es pronunciado solo por uno de los interlocutores –como suele ocurrir– y el otro asiente tácitamente, no mostrando discrepancia. En ocasiones, sin embargo, obedece a la invitación en forma interrogativa: «¿se dijo?», a la que se responde con una afirmación que sella el compromiso: «¡se dijo!». 

         Este modismo viene usado a veces de forma recurrente como una suerte de coletilla de la que se echa mano con facilidad de manera informal para referirse a cualquier cosa por hacer, pero puede tener también un contenido mucho más trascendente.

         Más allá del acuerdo, expresa la inminencia de lo tratado en la conversación, que lo hablado es cosa hecha. Lo que lo convierte en un modo de subordinación a la palabra dada con efecto de obligación. 

         La fórmula goza –acaso subliminalmente– del valor simbólico de la palabra. Rememora el significado primordial del verbo que evoca con toda sus fuerzas aquel Fiat lux(«Hágase la luz»), en el que las cosas se materializan a través de la palabra («…y la luz se hizo»). Como mismo el hombre de palabra cumple lo dicho.

         En fin, nosotros de momento nos despedimos aquí, pero nos vemos en septiembre: ¡Se dijo! 

 

Donde manda patrón no manda marinero

CANARISMOS

Donde manda patrón no manda marinero

Luis Rivero 20.07.2018 | Cultura La Provincia/DLP

El dicho “donde manda capitán, no manda marinero” es común en diversos dominios del español en el mundo, desde España a Cuba, pasando por Venezuela o Uruguay, entre otros territorios lingüísticos. Se escucha en Canarias también en la versión que dice: “donde manda patrón, no manda marinero”.

Funciona como máxima o principio que se fundamenta en el esquema de una estructura de poder jerárquico. Implícitamente nos reporta a una relación sinalagmática basada en dos conceptos contrapuestos, pero complementarios: potestad/obediencia.

El “donde” indica lugar genérico, determinado o determinable, no tanto entendido como espacio territorial, sino como situación social o relacional. Se inspira en una metáfora de origen marinero, elemento recurrente en nuestro acervo aforístico. Pero esta figura es extrapolable a cualquier ámbito de las relaciones humanas basadas en un orden de subordinación.

El “patrón” se refiere a la persona que en una pequeña embarcación mercante o pesquera está al mando (de “mandar”) o gobierno de la nave y de la tripulación (“marineros”), representando la máxima autoridad a bordo.

El principio de jerarquía en el que se fundamentan las relaciones sociales no difiere, sustancialmente, de los patrones de comportamiento que justifican la organización en determinadas especies animales. El gregarismo en torno al jefe de la manada tiene su justificación primaria en la búsqueda de protección o socorro mutuo en orden a garantizar la supervivencia de la especie; desde la colaboración entre los distintos miembros para asegurar el alimento en la caza, o para defenderse de predadores, hasta el desarrollo de un incipiente y rudimentario “mutualismo” en ciertas especies.

A pequeña escala, tales basamentos se pueden observar en la estructura organizativa y de poder de una nave, con rangos y escalafones propios de una disciplina marcial. Lo que se justifica en la necesidad de garantizar la seguridad de la embarcación, la integridad de la tripulación y llevar a la nave “a buen puerto”.

En su uso más común el dicho actúa como recordatorio o admonición que trata de justificar el orden jerárquico de poder establecido, sin que se entre a cuestionar la legitimidad de la máxima ni su mutabilidad, dando por sentado que así ha sido siempre y así será. De modo que cuando hay una autoridad que ostenta el mando, el subalterno le debe obediencia sin que pueda atender a otras razones.

En ocasiones se recurre al dicho por parte de los propios subordinados como justificación y, por ende, como excusa a la falta de iniciativa frente a cualquier cuestión que pueda comprometer su responsabilidad. “Yo soy un mandado”, se suele escuchar a menudo del operario que se encoje de hombros ante quien lo interpela sobre cualquier cuestión comprometida.