Se le va la fuerza por la boca

Se le va la fuerza por la boca

Luis Rivero. Suplemento de Cultura La Provincia DLP

Esta expresión aforística tiene su fundamento en una idea que con carácter universal está presente en la práctica totalidad de las culturas y tradiciones. Esto es, que los órganos corporales o partes del cuerpo son sede o lugar donde se localizan distintas facultades, sentimientos o emociones. Esto ha dado lugar a una vasta simbología basada en las varias partes de la anatomía humana. Y así se han originado multitud de expresiones idiomáticas. Por señalar algunos ejemplos afines al significado de la expresión que comentamos, tal como se escuchan en Canarias, se dice: «calladito a la boca», para denotar una actitud silenciosa y reservada que casi siempre se premia y se alaba como virtud; o  «callarse a la boca», otro pleonasmo que de sólito se utiliza con un matiz diferente al anterior, para consreñir a alguien a que modere sus palabras o guarde silencio; «no decir esta boca es mía», asentir con el silencio, permanecer sin decir palabra por temor o por falta de valor, en definitiva, no mostrar disidencia con lo que sucede o con lo que alguien dice; o «el pejemuere por la boca», que se dice para referirse a cuando alguien hablando, sin darse cuenta, «mete la mata» y dice o confiesa algo en su propio perjuicio. Todos estos supuestos relacionan la boca con la sede de la palabra.

Por su parte los brazos suelen identificarse como símbolo de fuerza física. Un buen ejemplo es la expresión: «a brazo partido», como imagen de entrega y lucha encomiable (o «cruzarse de brazos» para expresar la idea contraria). Y por extensión, en  algunas simbologías antiguas los brazos se relacionan como representación la acción en general y con el trabajo, protección, etc., en particular.

La expresión  «se le va la fuerza por la boca»  se utiliza comúnmente –tanto en el español de Canarias como en otros dominios– para reprender o calificar la actitud de quien habla mucho, sin obrar en consecuencia, es decir, quien mantiene una actitud pasiva frente a lo que pregona. En ella se relacionan dos palabras claves: “fuerza” y “boca” que en sentido figurado vienen a invocar dos concepto distintos y en cierto modo antagónicos. A saber: la “fuerza” como sinónimo de capacidad de realizar, de emprender, como potencialidad o potencial disponible de un individuo, facultad de avanzar, de ir hacia delante, de concluir, de materializar. Por su parte, “boca” se relaciona subliminal y simbólicamente con el habla, con la palabra, con la voz, con la expresión, y en particular, en este dicho con hablar mucho o más de la cuenta, «darle a la lengua», excederse o mostrarse prolijo en palabras o, a veces, propasarse con las palabras; indica locuacidad infértil, verborrea, incontinencia verbal… En definitiva lo que viene a expresar la frase es que quien mucho habla, poco o nada suele hacer.  Se dice, pues, de quien blasona, pregonando a los cuatro vientos sobre cuanto se dispone o pretende hacer, normalmente sin concluir nada positivo. Como si fuerza, voluntad y entereza, como energías de potencial realización,  se dispersaran inútilmente en el ambiente a través de la voz que las publica. Figura así la palabra –la superflua, no la necesaria– como simiente infértil de cualquier acción primordial o trascendente, de cualquier potencial realización.  La boca representa la válvula de escape a través de la cual se desahogan “calenturas” (‘cabreos’) del macho que blasona contra cualquier cosa sin que la sangre llegue al río; o de quien se empaña en dar a conocer a todos sus intenciones sin concluir nunca nada.

Afín a esta expresión es aquella otra máxima fabulada que reza: «perro que ladra, no muerde», como se suele escuchar en Canarias. Que hace referencia específica a quien prodiga en amenazas y muestra su enfado ostensiblemente, pero no representan peligro alguno, pues se trata solo de bravuconadas.